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::: Dorotatxu :::

A VECES PODEMOS SER FAROLILLOS...

Esta reflexión se me ha ocurrido tras la lectura de varios artículos que sobre las supuestas dudas de fe de Teresa de Calcuta han ido apareciendo en estos días.

Al parecer, la madre Teresa de Calcuta hizo el voto en 1942 de no negar nada a Dios, y en una de las cartas que ella escribe, podemos leer lo siguiente "Estuve a punto de dejarlo y entonces recordé el voto y eso me hizo levantarme".

Hay un buen libro para leer y comprender algunas de sus vivencias. Se trata de "Fire Within" (fuego interior) del padre Thomas Dubay.

En él se nos habla del sufrimiento de la pérdida y del sufrimiento de la sed, para explicar que el sufrimiento de la sed es más duro. Se nos dice también, que en el camino hacia la auténtica unión con Dios existe una etapa purgativa, la llamada "noche oscura" tras la que el alma entra en un estado de éxtasis y verdera unión con Dios. 

Pero como dice el P. Dubay, "aunque a veces la contemplación es deleitosa, otras es sustituida por una fuerte sed de Dios".

Teresa de Calcuta solía decir que la mayor pobreza era la de no sentirse amado, solicitado, cuidado por nadie, y era exactamente lo que ella esperimentaba en ocasiones en su relación con Jesús.

Así, su sufrimiento redentor era parte de la vivencia de su carisma al servicio de los más pobres de los pobres.  

Para ella, el sufrimiento era no sólo un medio para identificarse con la pobreza física y material, sino que a nivel interior se identificaba con los no amados, con los que están solos, con los que son rechazados.

Se diría que renunció a su propia luz interior para iluminar a quienes vivía en la oscuridad diciendo: "Se que no son más que sentimientos"

Era consciente que su sed de Luz no podía enturbiar el fundamento de su misión.

«Si un día llego a ser santa, decía la M.Teresa, seguramente seré una santa de la “oscuridad”. Seguiré estando ausente del Cielo para dar luz a quienes están en la oscuridad en la tierra...».

Así es como comprendió su oscuridad. 

Es posible tener una «alegría cristiana objetiva», como la llamó Carol Zaleski, y al mismo tiempo entrar en la prueba o sentimiento de no tener fe, porque no hablamos de los sentimientos de dos personas, sino de los de una persona con sentimientos a diferentes niveles..

Podemos realmente estar viviendo la cruz de algún modo -es dolorosa y nos hace daño-, y aunque la espiritualicemos esto no quita el dolor. Ahora bien, al mismo tiempo, podemos estar alegres porque estamos viviendo con Jesús, y esto no es falso.

Aquí está el cómo y el por qué la madre Teresa vivió una vida tan llena de alegría.

Su ejemplo nos puede llevar a una experiencia similar. Decididos a no negar nada a Dios, animémonos pues, a ser farolillos: a iluminar con la Luz que está con nosotros.

Dediquémonos a reflejarla aun en los momentos de oscuridad, porque será Ella la que nos ilumine y la que hará nuestro trabajo fecundo.

Que así sea.

 

PAR DE FUERZAS

Actuamos entre un par de fuerzas: una tira de nosotros hacia el bien, y hacia el mal tira la otra, condicionando de uno u otro modo nuestro actuar. Este par de fuerzas están presentes en nuestra vida en forma de tendencias, y contando con ellas co-existimos con todo lo creado en una situación pre-existente, sobre la que impera en todo momento nuestra libertad.

Así, cuando actuamos conforme a nuestra inclinación al bien, evolucionamos y nos compartimos en un determinado sentido (positivo para nosotros y para cuanto nos rodea), mientras que cuando cedemos ante nuestra inclinación al mal, lo hacemos en un sentido negativo cuyos efectos son diametralmente opuestos a los del anterior.

Es, pues, a través de los efectos de nuestros actos como nuestro par de fuerzas actúa, como si dijéramos “iluminando” u “obscureciendo” una realidad. Pero ese “iluminamiento” u “obscurecimiento” de la realidad no nos es ajeno en absoluto, puesto que para que ello tenga lugar y como ha de ser a través nuestro, el proceso ha de contar con el beneplácito de nuestra voluntad.

Es en la medida en que optamos permanente y libremente por el bien y nos despojamos de un modo definitivo de la vanidad de nuestra inteligencia, del hedonismo de nuestra conducta, y de la codicia de nuestra voluntad como nuestra propia humanidad es susceptible de ser iluminada.

Es de ese modo como la relación con la Luz (con Dios) se restablece (en un principio perdida como consecuencia de los efectos del pecado original), y es de este modo también como por efecto de nuestros actos, llegamos a hacernos en mayor o menor medida seres capaces de contener, de manifestar y de participar de esa Luz que emana de la Vida: de la Luz de Dios.

Lo que nuestras renuncias suponen, es un morir a nosotros mismos en aras a un Bien mayor.

No se consigue ni fácil ni inmediatamente, pero supongamos que lo consiguiéramos: sería entonces cuando nos resultara patente que detrás toda muerte, hay una resurrección.

Tras morirnos a nosotros mismos, llegaríamos a percibir desde la vivencia de la evidencia, los efectos de la presencia de Dios en nuestra alma: es decir, a reconocer en nosotros actuando, y a través de nosotros sobre otros, al Poder del Espíritu de Dios.

Percibiríamos su don de sabiduría, no para que supiéramos muchísimo de muchas cosas, sino para perfeccionar en nosotros ni más ni menos que el amor.

Lo haríamos también con su don de entendimiento, que potenciaría en nosotros la fe y con el que entenderíamos de modo admirable los más profundos misterios.

Con el don de ciencia se nos conferiría una ciencia verdadera: una ciencia que viene y va a Dios en directo, que perfecciona la fe que habríamos de transmitir a los demás y que nos enseñaría a juzgar rectamente las cosas creadas. Con seguridad merecería la vida entera conocerla y juzgarla.

El don de consejo ayudaría mucho, pero mucho, a esa virtud tan rara y pocas veces tomada en cuenta que es la de nuestra prudencia. Nuestras grandes determinaciones estarían signadas por este Don, no por nuestros criterios personales.

Con el don de piedad descubriríamos nuestra verdadera filiación y no decaeríamos en el amar a Dios con todas nuestras fuerzas y también a nuestros hermanos.

Con el don de fortaleza, resistiríamos y acometeríamos según la necesidad de cada momento, con una fuerza única que resistiría al mal. Resistiríamos el mal y haríamos siempre el bien sin cansarnos.

Y con el don de temor a Dios, tendríamos un temor pleno de amor justificado por el temor de perder nuestra relación con Él.

Hasta aquí hablaríamos del resultado de un proceso en el que interviene de un modo determinante nuestra voluntad, pero que tiene lugar y nos resulta más o menos evidente, tras la presencia de un modo también más o menos estable de Dios en nuestra alma.

Esto es así, porque cuando de una experiencia mística hablamos, lo que acontece es la comunicación entre dos seres personales: entre Aquel que es (Dios), y cada uno de nosotros (los llamados a ser) individualmente considerados.

Esta experiencia depende de nuestra capacidad de experimentarla, y esta capacidad (que como decíamos pasa por un morirnos a nosotros mismos) se ejercita de un modo evolutivo a través de toda nuestra existencia.

La meta de esa evolución consiste en llegar a ser “personas virtuosas”, es decir, en llegar a adquirir de un modo estable a base de la repetición de actos en un determinado sentido, la calidad de personas para la que hemos sido creadas. 

Pero lo que en el momento en que lo alcancemos nos resultará evidente, se hace patente también en determinados momentos de nuestra vida ordinaria. Nuestra intuición de Dios, nuestras pequeñas experiencias, nos llevan a perseguirlas con un ardor todavía ciego. Es a esta situación a la que creo que los teólogos y los místicos se refieren cuando hablan de la vía purgativa. 

Llegado un grado de evolución suficiente (aunque aún condicionados por las circunstancias de nuestra vida presente), la comunicación con Dios puede llevarnos a una percepción sensible de su presencia y de los efectos que ésta conlleva, y se me antoja que de ello hablan también los grandes místicos cuando se refieren a la vía iluminativa. 

En la vía unitiva por último, se daría en nosotros la circunstancia de que, la actuación del Poder de Dios (del Espíritu Santo) sería tal, que nos capacitaría para trascender toda circunstancia espacio-temporal para llegar así a la unidad con Él aún en nuestras temporales circunstancias. (De esa trascendencia los efectos físicos son también observables, al parecer). 

Pero no nos engañemos: la presencia de Dios en el alma humana depende en todo caso y siempre de su Voluntad. 

Cuando esto acontece, utilizando categorías humanas los humanos tratamos de expresarlo, y es así como llegamos a tener otras referencias (aparte de la propia) de esta realidad. 

Pero la comunicación que de Sí mismo Dios hace es libérrima, y puesto que no depende sino de nuestra capacidad de vivenciarla, podemos encontrarnos con referencias de personas de otras culturas o de otras religiones que hablen de la misma realidad. 

Lo que los cristianos sabemos, es que esta presencia de Dios en el alma humana no es otra cosa que la Gracia.

  • Que a esa Gracia (que en todo caso es un don de Dios) accedemos por participar de la Gracia creada de Jesús de Nazaret.
  • Que fue por el hecho de asumir nuestra humana naturaleza y tras su aceptación voluntaria de la voluntad de su Padre para con Él como la comunicación de los seres humanos con Dios (perdida como consecuencia del mal uso que hicimos de nuestra libertad en el pecado original) se restableció.
  • Y que con la ayuda de su Gracia, siempre que actuemos de un modo “semejante” al de Cristo, es decir, que seamos capaces de morir voluntariamente a nosotros mismos en cumplimiento de la voluntad de Dios para con nosotros, nos haremos semejantes a Él.

 Los resultados de esta experiencia están fuera de toda duda. Así lo atestiguan los testimonios de los grandes místicos (S. Juan de la Cruz, Teresa de Ávila, Fray Luis de León o Francisco de Borja, por ejemplo) a lo largo de la historia. 

De la mayor o menor identificación con Cristo se deriva nuestra mayor o menor unidad con Dios. 

Pero la adquisición de Cristo para su Iglesia (comunidad de seres humanos susceptibles de compartir la Gracia de Dios y que como tal pre-existe al pecado original) lo fue para todos los seres humanos, y lo fue para todos los tiempos. 

Es por ello que, merced a los méritos del Hijo del Hombre, los seres humanos de toda época (estando de nuevo en condiciones de entrar en comunicación con Dios en virtud de Su Gracia) podemos llegar (mediada nuestra conducta) incluso a la comunión con el mismísimo Espíritu de Dios. 

Hasta aquí mi reflexión. Tampoco esto deja de ser una manera de hablar. Espero con impaciencia lo que vosotros tendríais que añadir. Que así sea.

 

EL SECRETO DE MI FUERZA

No digo que sea una mujer fuerte. Digo que se dónde estriba, o mejor en quien estriba la razón de nuestro valor, de nuestra fuerza, y es en nuestro trato personal con la persona de Cristo sacramentado.

Él es la piedra viva en la que toda las creación es recreada, y la piedra angular también con cuyas lascas se construye el edificio entero de la Iglesia

En la parte dogmática de la primera epístola de S. Pablo a los colosenses (versículos 15 a 20), refiriéndose al primado de Cristo leemos:

"Él es Imagen de Dios invisible, Primogénito de toda la creación, porque en Él fueron creadas todas las cosas, las visibles y las invisibles: tronos, dominaciones, principados, potestades, todo fue creado por Él y para Él.Él existe con anterioridad a todo y todo tiene en Él su consistencia.Él es también la cabeza del cuerpo, de la Iglesia. Él es el Principio, el Primogénito entre los muertos para que sea Él el primero en todo, pues Dios tuvo a bien hacer residir en Él toda la plenitud y reconciliar por Él y para Él todas las cosas, pacificando mediante la sangre de su cruz los seres de la tierra y de los cielos".

Así, Cristo es el verdadero Adán por cuanto que origen, y la verdadera Eva por cuanto que realización de la nueva realidad de los hijos de Dios y por ello, estando de acuerdo con Karl Barth, mantenemos que sólo en la medida en que Dios se ha hecho hombre, podemos decir acabadamente que el hombre es la medida de todas las cosas.

Es porque la relación personal con Cristo se establece, por lo que la humanidad participa de la Gracia creada del Salvador, y es porque esto es así, por lo que se nos alcanzan la fe, la esperanza y la caridad, una participación de la Vida divina que no hace sino plenificar en nosotros nuestras naturales capacidades de conocer, de juzgar, de elegir y de actuar de un modo conforme y correspondiente al Amor de Dios.

Es de este modo como la humanidad entera, en relación y por los efectos de nuestros actos, llegamos a comunicarnos con el Amor, y es así también como podemos participarlo a todas las criaturas, animados por el Espíritu de Dios.

El desarrollo de este tema es parte sustancial del texto Peldaños de Luz que está a vuestra disposición mediante el correspondiente enlace. Pero para hablar ahora de cómo debe llevarse la relación nuestra, pobres lasquitas, con esa piedra viva y angular en la que la regeneración de toda la creación se produce, utilizaré dos citas de un texto que tengo entre manos (concretamente del egiptólogo Christian Jacq) en el que, relacionadas con la concepción filosófica de la divinidad de aquella civilización, podemos leer las siguientes expresiones:

"Dios crea tanto lo que está arriba como lo que está abajo, y vendrá a ti en un soplo luminoso. No debes creer en él, sino conocerlo,  experimentarlo"

(Cap. 11 del tomo 2º de la tetralogía "LA PIEDRA DE LUZ")

En otro capítulo (concretamente el 9) del mismo texto, podemos leer:

"No intentes analizar ni comprender lo que ves, pero mira con todo tu ser, ve con tu corazón y siente con tu espíritu" 

Estas expresiones de la espiritualidad egipcia destinadas a la iniciación de un postulante en una cofradía que durante unos cinco siglos (de 1550 a 1070 a.C.) vivió en el Alto Egipto y cuyos vestigios aún pueden ser descubiertos en el paraje denominado Deir el-Medinhe en la orilla oeste de Tebas, parecer hacer explícito el modo en que las palabras de San Gregorio de Nisa que ya incluíamos en un artículo anterior tienen cabida en el alma humana y que dicen así:

«No se trata de conocer algo de Dios, sino de tener a Dios en sí» («De beatitudinibus 6»: PG 44,1269c), es decir (esto lo añado yo), de hacer que nuestra relación con Dios forme parte de nuestra experiencia.

Para ello no es preciso racionalizar.

Ante la presencia de Dios es suficiente:

  •  “con mirar con todo nuestro ser”, es decir, con estar abierto a la trascendencia percibiendo toda nuestra pequeñez
  •   “con ver con todo nuestro corazón”, es decir, permitiéndonos a nosotros mismos escuchar a Aquel quien sólo es Bueno; 
  •  y con “sentir con todo nuestro espíritu”, es decir sintiendo todo nuestro espíritu  en comunicación con Él.

Es así como surge el diálogo y la comunicación, y es de este modo también como, cuando damos cabida en nuestra alma a la Palabra de Dios, sobre ella inhiere Su Gracia y con ella las tres virtudes teologales de las que hablábamos y que como decíamos nos plenifican.

Ése es a mi modo de ver la razón y la causa de nuestro valor y de nuestra fuerza, pero ni siquiera quiero que me creáis: quiero que lo experimentéis. Veréis cómo me dais la razón....

 

EL ZAPATO DE RASO

En la obra «El zapato de raso» de Paul Claudel, la protagonista, cristiana fervorosa pero al mismo tiempo locamente enamorada de Rodrigo, exclama interiormente, como si le costara creerse a sí misma: «Por tanto, ¿está permitido este amor por las criaturas? ¿Verdaderamente Dios no tiene celos?». Y su ángel de la guarda le responde: «¿Cómo podría ser celoso de lo que ha hecho él mismo?» (acto III, escena 8).

El amor por Cristo no excluye los demás amores sino que los ordena. Es más, en Él todo amor genuino encuentra su fundamento, su apoyo y la gracia necesaria para ser vivido hasta el final. 


Jesús no hace ilusiones a nadie, pero tampoco desilusiona a nadie.

Pide todo porque quiere darlo todo; es más, lo ha dado todo.

Uno podría preguntarse: ¿pero cómo puede este hombre, que vivió hace veinte siglos en un rincón perdido del planeta, pedirnos a todos este amor absoluto? La respuesta se encuentra en su vida terrena que conocemos por la historia: él fue el primero en darlo todo por el hombre: «Cristo nos amó ; y se entregó por nosotros» (Cf. Efesios 5, 2).

En este mismo pasaje del Evangelio, Jesús nos recuerda también cuál es el test y la prueba del verdadero amor por Él: «cargar con la propia cruz». Pero cargar con la propia cruz no significa buscar sufrimientos. Cristo tampoco se puso a buscar su cruz; en obediencia a la voluntad del Padre la cargó sobre sí cuando los hombres se la pusieron a las espaldas, transformándola con su amor obediente de instrumento de suplicio en signo de redención y de gloria.

Jesús no vino a aumentar las cruces humanas, sino más bien a darles un sentido.

Con razón, se ha dicho que «quien busca a Jesús sin la cruz, encontrará la cruz sin Jesús», es decir, de todos modos encontrará la cruz, pero sin la fuerza para cargar con ella.

(Opiniones extraídas del comentario del padre Raniero Cantalamessa a la liturgia del domingo XXIII del tiempo ordinario) 



LA VIDA EN COLOR O LOS COLORES DE LA VIDA

Os voy a presentar en esta ocasión el texto de una intervención del Papa dedicado a presentar algunos aspectos de la doctrina de San Gregorio de Nisa. A mí me ha encantado, y tal vez vosotros tengáis algo que decir...

A ver qué os parece. Dice así:

"Queridos hermanos y hermanas:

Os propongo algunos aspectos de la doctrina de san Gregorio de Nisa, de quien ya hablamos el miércoles pasado. Ante todo, Gregorio manifiesta una concepción muy elevada de la dignidad del hombre. El fin del hombre, dice el santo obispo, es el de hacerse semejante a Dios, y este fin lo alcanza sobre todo a través del amor, del conocimiento y de la práctica de las virtudes, «rayos luminosos que descienden de la naturaleza divina» («De beatitudinibus» 6: PG 44,1272C), con un movimiento perpetuo de adhesión al bien, como el corredor que tiende hacia delante.

Gregorio utiliza en este sentido una imagen eficaz, que ya estaba presente en la carta de Pablo a los Filipenses: «épekteinómenos» (3,13), es decir, «tendiéndome» hacia lo que es más grande, hacia la verdad y el amor.

Esta expresión plástica indica una realidad profunda: la perfección que queremos encontrar no es algo que se conquista para siempre; perfección es seguir en camino, es una continua disponibilidad para seguir adelante, pues nunca se alcanza la plena semejanza con Dios; siempre estamos en camino (Cf. «Homilia in Canticum 12»: PG 44,1025d). La historia de cada alma es la de un amor que es colmado en cada ocasión, y que al mismo tiempo está abierto a nuevos horizontes, pues Dios dilata continuamente las posibilidades del alma para hacerla capaz de bienes siempre mayores.

Dios mismo ha sembrado en nosotros semillas de bien y de Él surge toda iniciativa de santidad, «modela el bloque... Limando y puliendo nuestro espíritu forma en nosotros a Cristo» («In Psalmos 2»,11: PG 44,544B).

Gregorio aclara: «No es obra nuestra, y no es tampoco el éxito de una potencia humana el llegar a ser semejantes a la Divinidad, sino el resultado de la generosidad de Dios, que desde su origen ofreció a nuestra naturaleza la gracia de la semejanza con Él» («De virginitate 12»,2: SC 119,408-410).

Para el alma, por tanto, «no se trata de conocer algo de Dios, sino de tener a Dios en sí» («De beatitudinibus 6»: PG 44,1269c). De hecho, constata agudamente Gregorio, la divinidad es pureza, es liberación de las pasiones y remoción de todo mal: si todo esto está en ti, Dios realmente está en ti» («De beatitudinibus 6»: PG 44,1272C).

Cuando tenemos a Dios en nosotros, cuando el hombre ama a Dios, por esa reciprocidad que es propia de la ley del amor, quiere lo que Dios mismo quiere (Cf. «Homilia in Canticum 9»: PG 44,956ac), y, por tanto, coopera con Dios para modelar en sí la imagen divina, de manera que «nuestro nacimiento espiritual es el resultado de una opción libre, y nosotros somos en cierto sentido los padres de nosotros mismos, creándonos como nosotros mismos queremos ser, y formándonos por nuestra voluntad según el modelo que escogemos» («Vita Moysis 2»,3: SC 1bis,108).

Para ascender hacia Dios, el hombre debe purificarse: «La vida que reconduce la naturaleza humana al cielo no es más que alejarse de los males de este mundo… Hacerse semejante a Dios significa llegar a ser justo, santo y bueno… Si, por tanto, según el Eclesiastés (5,1), “Dios está en el cielo” y si, según el profeta (Salmo 72, 28), vosotros “estáis con Dios”, esto quiere decir necesariamente que tenéis que estar allí donde está Dios, pues estáis unidos a Él. Dado que él os ha ordenado que, cuando recéis, llaméis a Dios Padre, os está diciendo que seáis semejantes a vuestro Padre celestial, con una vida digna de Dios, como el Señor nos ordena con más claridad en otro momento, cuando dice: “Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial” (Mateo 5,48) » («De oratione dominica 2»: PG 44,1145ac).

En este camino de ascenso espiritual, Cristo es el modelo y el maestro, que nos permite ver la bella imagen de Dios (Cf. «De perfectione christiana»: PG 46,272a). Cada uno de nosotros, contemplándole a Él, se convierte en «el pintor de la propia vida», haciendo que la voluntad sea como la realizadora del trabajo y las virtudes como las pinturas de las que puede servirse (Ibídem: PG 46,272b).

Por tanto, si el hombre es considerado digno del nombre de Cristo, ¿cómo hay que comportarse? Gregorio responde así: tiene que «examinar siempre en su intimidad los pensamientos, las palabras, y las acciones, para ver si están dirigidos a Cristo o si se alejan de él» (Ibídem: PG 46,284c). Y este punto es importante para el valor que da a la palabra cristiano. Cristiano es quien lleva el nombre de Cristo y por tanto debe asemejarse a Él también en la vida. Nosotros, los cristianos con el Bautismo, nos asumimos una gran responsabilidad.

Ahora bien Cristo, recuerda Gregorio, está presente también en los pobres, de manera que no tienen que ser nunca ultrajados: «No desprecies a quienes están postrados, como si por este motivo no valieran nada. Considera quiénes son y descubrirás cuál es su dignidad: representan a la Persona del Salvador. Y así es, pues el Señor, en su bondad, les prestó su misma Persona para que, a través de ella, tengan compasión por quienes son duros de corazón y enemigos de los pobres» («De pauperibus amandis»: PG 46,460bc).

Gregorio, como decíamos, habla de una ascensión: ascensión a Dios en la oración a través de la pureza de corazón; pero ascensión a Dios también mediante el amor al prójimo. El amor es la escalera que lleva a Dios. Por tanto, el de Nisa exhorta vivamente a quienes le escuchaban: «Sé generoso con estos hermanos, víctimas de la desventura. Da al hambriento lo que le quitas a tu estómago» (Ibídem: PG 46,457c).

Con mucha claridad, Gregorio recuerda que todos dependemos de Dios, y por ello exclama: «¡No penséis que todo es vuestro! Tiene que haber también una parte para los pobres, los amigos de Dios. La verdad, de hecho, es que todo procede de Dios, Padre universal, y que somos hermanos, y pertenecemos a una misma extirpe» (Ibídem.: PG 46,465b). Entonces, el cristiano debe examinarse, sigue insistiendo Gregorio: «Pero, de qué te sirve ayunar y hacer abstinencia, si después con tu maldad no haces más que daño a tu hermano? ¿Qué ganas, ante Dios, por el hecho de no comer de lo tuyo, si después, actuando injustamente arrancas de las manos del pobre lo que es suyo?» (Ibídem: PG 46,456a).

Concluyamos nuestras catequesis sobre los tres grandes padres de Capadocia recordando una vez más ese aspecto importante de la doctrina espiritual de Gregorio de Nisa, que es la oración. Para avanzar en el camino hacia la perfección y acoger en sí a Dios, llevando en sí al Espíritu de Dios, el amor de Dios, el hombre tiene que dirigirse con confianza a Él en la oración: «A través de la oración logramos estar con Dios. Pero, quien está con Dios, está lejos del enemigo. La oración es apoyo y defensa de la castidad, freno de la ira, sosiego y dominio de la soberbia. La oración es custodia de la virginidad, protección de la fidelidad en el matrimonio, esperanza para quienes velan, abundancia de frutos para los agricultores, seguridad para los navegantes» («De oratione dominica 1»: PG 44,1124A-B).

El cristiano reza inspirándose siempre en la oración del Señor: «Si, por tanto, queremos pedir que descienda sobre nosotros el Reino de Dios, lo pedimos con la potencia de la Palabra: que yo sea alejado de la corrupción, que sea liberado de la muerte y de las cadenas del error; que nunca reine sobre mí la muerte, que no tenga nunca poder sobre nosotros la tiranía del mal, que no me domine el adversario ni me haga su prisionero con el pecado, sino que venga a mí tu Reino para que se alejen de mí, o mejor todavía, se anulen las pasiones que ahora me dominan» (Ibídem 3: PG 44,1156d-1157a).

Terminada su vida terrena, el cristiano podrá dirigirse con serenidad a Dios. Hablando de esto san Gregorio piensa en la muerte de su hermana Macrina y escribe que ella, en el momento de la muerte, rezaba a Dios con estas palabras: «Tú, que tienes en la tierra el poder de perdonar los pecados, perdóname para que pueda tener descanso (Cf. Salmo 38,14), y para que me presente en tu presencia sin mancha, en el momento en el que quedo despojada de mi cuerpo (Cf. Colosense 2, 11), de manera que mi espíritu, santo e inmaculado (Cf. Efesios 5, 27) sea acogido en tus manos, "como incienso ante ti" (Salmo 140,2)» («Vita Macrinae 24»: SC 178,224).

Esta enseñanza de san Gregorio sigue siendo válida siempre: no hay que hablar sólo de Dios, sino llevar a Dios en sí mismo. Lo hacemos con el compromiso de la oración y viviendo en el espíritu de amor por todos nuestros hermanos".

¿Lo hacemos así?...

MOMENTOS DE VIDA

Comentaremos en esta ocasión un texto de THICH NAHT HANN que nos remite nuestra amiga Begoñi relacionándolo con el artículo "LA ESPERANZA DE UNA ESPERA" y que dice así:

"La vida no está disponible sino en el aquí y en el ahora. El pasado se fue y el futuro no ha venido aún. Sólo hay un momento para mí que vivir: es el momento presente. La primera cosa que debo hacer es regresar al momento presente y, haciendo esto, toco profundamente la vida. Mi inspiración es la vida, mi espiración es la vida, el paso que doy es la vida, el aire que respiro es la vida y puedo tocar el cielo azul. Puedo tocar la vegetación. Puedo escuchar el canto de los pájaros, puedo escuchar a otro ser humano.

Si somos capaces de quedarnos en el momento presente, somos capaces de tocar las maravillas de la vida que están allí, disponibles. Muchos de entre nosotros pensamos que la alegría no es posible por el momento. Muchos de entre nosotros pensamos que hace falta todavía algunas condiciones suplementarias para poder ser felices. Es por eso que somos aspirados por el futuro. No somos capaces de estar aquí en el momento presente y es por lo que pisoteamos sobre muchas de las maravillas de la vida. Si continuáis corriendo, entonces no podéis entrar en contacto con estas maravillas que os curan, os transforman y os aportan la alegría."

"Durante el tiempo de la posición sentada, de caminar, de comer o de trabajar al exterior, cultivamos siempre nuestra libertad, pues la libertad es aquello que practicamos todos los días. Para mí, no hay alegría sin libertad y la libertad no nos es dada por nadie. Debemos cultivarla nosotros mismos. Compartiré con vosotros cómo aprender a tener más libertad por vosotros mismos. Independientemente de cómo o de dónde estéis, si tenéis esta libertad seréis felices. "

Sin tener conocimiento de la trayectoria vital de este autor, no cabe duda de que el texto nos remite a unos conceptos que, siendo significativos para él,  circunscribe a un momento puntual de la vida, y yo me temo no estar de acuerdo con él, puesto que considero que el origen o la causa de esas vivencias que él considera puntuales, pervive por sí mismo.

No vivimos momentos presentes ni aislados. Vivimos el presente, porque hemos vivido el pasado, y como preparación de lo que viviremos en el porvenir, siempre que la Vida habite en nosotros.

Esta Vida que habita en nosotros y que nosotros vivimos, como decíamos en un artículo anterior al considerar la virtud de la esperanza, no se hace sino que hace; no se produce, sino que produce; aunque los une, es algo más que la suma de sus componentes, no es otra cosa que la participación de las criaturas (en el modo conveniente a cada una de las naturalezas) de una vida que sólo proviene de Dios. La evolución de nuestra vida (decíamos también), supone la Vida: una Vida que está ya y cuyas manifestaciones observamos.

Puesto que nuestro modo de conocimiento es puntual, mediato y acumulativo, el conocimiento de esta realidad se relaciona con nuestras vivencias, pero la realidad de esta Vida nos trasciende, independientemente del modo que tengamos de concebirla. No está por tanto circunscrita a nosotros, ni somos libres en un momento dado, sino en cada momento por cuanto la libertad forma parte de nuestra condición.

Digámoslo o no, siempre caemos en la tentación de creer que el hombre (el ser humano mejor), es la medida de todas las cosas. Que el tiempo es, que los otros son, que sus criterios son o deberían ser tal y como nosotros lo consideramos. Que todo es según el color de nuestro cristal, pero esto no es así.

La auténtica libertad no es arbitraria, sino la capacidad de autodeterminarnos que tenemos conforme a fines a lo largo de toda nuestra vida, siendo que entre todos los fines que el ser humano se marca, existe uno que prioriza toda nuestra actuación y que todos perseguimos al que denominamos fin último, que no es otra cosa que el concepto que cada uno tenga de su propia felicidad.

Como los cristianos sabemos y todos los seres racionales intuyen que nuestro fin último es llegar a compartirnos con el Amor, resulta que sabemos también que sólo la auténtica libertad es la que nos conduce a ello.

Es ella la que nos permite ordenar nuestros actos hasta llegar a alcanzar nuestra meta, pero no sólo en el momento presente, sino a lo largo de toda nuestra vida.

Si me permitís una licencia poética, os diré que cuando la ejercemos correctamente, cuando el ejercicio de nuestra libertad está ordenado a la consecución de ese fin último del que hablábamos antes, con ella efectivamente nos llega el gozo: un gozo que anticipa el gozo de los ciudadanos del cielo.

¡Fijaos si es intemporal y no momentánea la dicha a la que estamos llamados!..

LA EXPERIENCIA DE DIOS

Se me ha sugerido que hablemos de la experiencia de Dios. Pues bien: os diré que la experiencia de Dios tiene cabida en nuestra vida, contando con nuestra experiencia, pero de un modo no condicionado por la misma. Pasa por un reconocimiento de Dios y de sus designios, prescindiendo previamente de nuestras valoraciones y vaciándonos de nosotros mismos

¡Mirad de qué modo tan explícito expresaba algo tan abstracto nuestra amiga Zoe cuando comentaba un artículo mio aparecido en este blog el pasado mes de Mayo, en el que trataba de explicar el sentido del sufrimiento humano y que se denominaba PARA ENTENDERLO!

 Nuestra amiga Zoe dice así:

"Como tu dices el sufrimiento no es deseable pero ya de tener que ser poder aprenderlo maximo de el. En mi vida ha sido curioso,como he podido vivir mas mi experiencia espiritual a traves del dolor. Me daba cuenta que esos eran los momentos en que me ponia de rodillas,me quitaba la mascara y pedia ayuda. Eran en esos momentos cuando me sucedian los milagros,llamenlos cada uno como quiera,claridad ante el problema,descanso ante el dolor,paz..etc. Despues de muchas experiencias y todas solucionarlas de la misma manera,me dije ¿Porque no me quedo en esta postura? Si,la de rodillas,que no tiene nada que ver con la humillacion,sino dejando que las cosas transciendan,quitandome la mascara,dejando actuar al que sabe,al Espiritu Santo. La verdad es que pocas veces lo logro,porque tiendo a ponerme la mascara,a saber mas que nadie,a darle a la cabeza como una lavadora. Pero cuando lo consigo,si,es agua bendita!!!!"
Precisando un poquito más, yo diría que el que actuaba en ella era Dios, a través del Espíritu Santo, y que con Él le alcanzaban a Zoe sus siete dones. 
Zoe había comprendido que por fin ella actuaba para quien actuaba en ella, y es esa una auténtica experiencia mística a la que todos estamos llamados.
Decía el Evangelio del domingo pasado, que El Señor no había venido a traer paz, sino guerra. Pues bien: la experiencia de Dios supone el éxito de una batalla; pero no contra el demonio o contra el mal, sino contra nosotros mismos.
La experiencia de Zoe nos ha hecho ver, que para escribir como  ella lo hace, no es necesario considerar todas las reflexiones que puedan hacerse al respecto: ella simplemente ha considerado una voluntad que no es la suya, y ha sabido respetarla y asumirla por considerar que proviene del Amor.
Para esta percepción pueden molestarnos nuestras percepciones, puesto que nuestro conocimiento de la realidad está mediado por nuestras experiencias y por nuestros sentidos, y mayormente tendemos a considerar conforme a lo que creemos la propia realidad. Pero la realidad de Dios se hace manifiesta y su voluntad se impone, siempre que renazca a ella nuesto conocimiento y hagamos con ello nuestra Su voluntad.
Es el conocimiento de nosotros mismos y de la realidad de Dios como el Totalmente Otro y como el Totalmente Amor para nosotros lo que presenta mayor dificultad, y ésto es producto de nuestra propia vanidad, y por éso,
  • sólo cuando sabemos reducir nuestro valor y nuestro criterio a a sus justos términos en relación a Él, llegamos a comprender la existencia de sus designios pese a que nos contravengan,
  • y sólo cuando nos sabemos actuados y actuando por su Amor y para su Amor, tiene lugar con la base de nuestra entrega, la magnífica experiencia de la que hablamos.
Te felicito, Zoe, y te agradezco mucho tu intervención, porque como digo tu manifestación no puede ser más explícita.

HABLEMOS HOY DE LA ESPERANZA

Partiremos de la consideración de la esperanza como una participación de la forma de vida divina que plenifica nuestro conocimiento de forma que lleguemos a concebir con certeza (es decir, desde la vivencia de la evidencia) la realidad de Dios, como una realidad conveniente para nuestro propio bien. 

Esta posibilidad no responde sino a nuestra propia conveniencia, puesto que, si bien es cierto que el ser humano necesita conocer para amar, también lo es que el ser humano actúa siempre por una razón de bien. Esto y no otra cosa es lo que quiere expresar lo conocido como Primer Principio de la Moral, que no hace sino formular con carácter universal el axioma de que “hay que hacer el bien y evitar el mal”. El problema puede estribar en la corrección de la concepción que uno tenga del bien, y, más aún, de la concepción que uno tenga de su propio bien. 

¿Y qué es el bien, podríamos preguntarnos? Pues bien: el bien es aquello que es bueno, siendo que todo aquello que es, en la medida en que es como debe, es bueno y es amable. 

Es en la medida en que un ente es como debe, como manifiesta en sí la unidad, la verdad, la bondad y la belleza de su ser, y es en esa medida como lo conocemos y juzgamos sobre su conveniencia, y esto es así, porque la manifestación de lo que un ente es no hace sino reflejar en él más o menos acabadamente la actualización de una serie de perfecciones con las que con su acto de ser se le caracteriza. 

Esas características de nuestro modo de ser y de actuar, no son otra cosa que el modo en que inhiere la vida sobre la materia,

… vida que no se hace, sino que hace,

… que no se produce, sino que produce,

… que aunque los une es algo más que la suma de sus componentes,

… y que no es otra cosa que la comunicación en las criaturas de la vida de Dios. 

La evolución de nuestra vida supone la Vida,una vida que está ya y cuyas manifestaciones observamos. Pero vamos a ver ahora hasta de qué punto y de qué modo interactúa la Vida en las distintas criaturas para que estas lleguen a alcanzar su propio “telos”, es decir, aquello que constituye su modo propio de compartirse con el Amor. 

En primer lugar diremos que en el caso de las criaturas inanimadas, su telos es meramente objetivo puesto que la materia es pura potencia, y esta es la razón por la que se excluye en ellas todo movimiento. Son en la medida en que existen, y su ser constituye únicamente ocasión para el crecimiento y mantenimiento en el ser de las criaturas animadas, como vamos a mantener. 

Estas criaturas en cambio, realizan una serie de funciones que les permiten evolucionar en su ser y relacionarse mediante los efectos de sus actos, y estas funciones se corresponden con las especiales capacidades de asimilación, crecimiento y reproducción con las que fueron creadas en cada caso.  

En el caso de la vida vegetativa –propia de las plantas y de todos los animales superiores a ellas-, lo inorgánico exterior pasa a formar parte como hemos dicho de la unidad del ser vivo. La nutrición se subordina al crecimiento, y la reproducción consiste en la capacidad de originar otro ser vivo de la misma especie. 

La vida sensitiva –que distingue a los animales de las plantas-, consiste en tener un sistema perceptivo que ayuda a realizar las funciones vegetativas mediante la captación de diversos estímulos (lo presente, lo distante, lo pasado y lo futuro) siendo que, en cuanto captados, provocan un tipo u otro de respuesta meramente instintiva (entendiendo por instinto la tendencia del organismo biológico a sus objetivos más básicos mediada por el conocimiento). 

Las características esenciales de este tipo de vida tal y como se da en los animales son las siguientes:

… el carácter no modificable del circuito estímulo-respuesta en su conducta,

… la intervención de la sensibilidad en el desencadenamiento de la conducta,

… y la persecución de fines específicos o propios de cada especie, no de cada individuo dentro de esa especie. 

De un modo superior a estas, la vida intelectiva es la vida auténticamente humana.

Supone un modo de actuación a través del cual el conocimiento se comparte, y aunque el conocimiento intelectivo es un modo de asimilación diferente al de la alimentación, además de producir un crecimiento, permite ser compartido y generar nuevos conocimientos (se “dan a luz” ideas, decimos), por lo que cumple con las funciones generales de toda vida de las que ya hemos hablado (asimilación, crecimiento y reproducción).

  

En la vida intelectiva se rompe la necesariedad del circuito estímulo-respuesta del que hablábamos al hacerlo de la vida sensitiva, y lo que sucede es que hay una separación entre medios y fines, lo que hace que no se den respuestas automáticas a los estímulos y que éstas hayan de ser concretadas, tanto en la forma, como en el modo de realización. 

Por participar de este tipo de vida, y porque son capaces de conocer y de optar trascendiendo las limitaciones que les impone la materia, los seres humanos pueden elegir intelectualmente sus propios fines –excluyendo lo vegetativo- y tender hacia ellos mediados su conocimiento y su libertad.  

Es esta condición la que les permite evolucionar en la realización de su ser en comunión con la Vida de Dios, como en un próximo artículo analizaremos. Llegaremos así a la conclusión de que la raíz de la virtud de la esperanza es el Dios de la Vida, y que la condición de necesariedad de nuestra esperanza, es la participación mediado el conocimiento, en la Vida de Dios.

Porque la vida intelectiva además de ser la vida auténticamente humana, es el tipo de vida que las criaturas racionales comparten con Dios, sucede que nuestro acto de conocimiento de la entidad y de la bondad ontológica de Dios así como el de su conveniencia para nosotros mismos, además de ser la condición de necesariedad para participar en la Vida de Dios, supone una manifestación de inteligencia, siendo además que nuestro acto de reconocimiento, constituye al mismo tiempo un ejercicio de libertad, como veremos en otra ocasión.