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LA VIDA EN COLOR O LOS COLORES DE LA VIDA

Os voy a presentar en esta ocasión el texto de una intervención del Papa dedicado a presentar algunos aspectos de la doctrina de San Gregorio de Nisa. A mí me ha encantado, y tal vez vosotros tengáis algo que decir...

A ver qué os parece. Dice así:

"Queridos hermanos y hermanas:

Os propongo algunos aspectos de la doctrina de san Gregorio de Nisa, de quien ya hablamos el miércoles pasado. Ante todo, Gregorio manifiesta una concepción muy elevada de la dignidad del hombre. El fin del hombre, dice el santo obispo, es el de hacerse semejante a Dios, y este fin lo alcanza sobre todo a través del amor, del conocimiento y de la práctica de las virtudes, «rayos luminosos que descienden de la naturaleza divina» («De beatitudinibus» 6: PG 44,1272C), con un movimiento perpetuo de adhesión al bien, como el corredor que tiende hacia delante.

Gregorio utiliza en este sentido una imagen eficaz, que ya estaba presente en la carta de Pablo a los Filipenses: «épekteinómenos» (3,13), es decir, «tendiéndome» hacia lo que es más grande, hacia la verdad y el amor.

Esta expresión plástica indica una realidad profunda: la perfección que queremos encontrar no es algo que se conquista para siempre; perfección es seguir en camino, es una continua disponibilidad para seguir adelante, pues nunca se alcanza la plena semejanza con Dios; siempre estamos en camino (Cf. «Homilia in Canticum 12»: PG 44,1025d). La historia de cada alma es la de un amor que es colmado en cada ocasión, y que al mismo tiempo está abierto a nuevos horizontes, pues Dios dilata continuamente las posibilidades del alma para hacerla capaz de bienes siempre mayores.

Dios mismo ha sembrado en nosotros semillas de bien y de Él surge toda iniciativa de santidad, «modela el bloque... Limando y puliendo nuestro espíritu forma en nosotros a Cristo» («In Psalmos 2»,11: PG 44,544B).

Gregorio aclara: «No es obra nuestra, y no es tampoco el éxito de una potencia humana el llegar a ser semejantes a la Divinidad, sino el resultado de la generosidad de Dios, que desde su origen ofreció a nuestra naturaleza la gracia de la semejanza con Él» («De virginitate 12»,2: SC 119,408-410).

Para el alma, por tanto, «no se trata de conocer algo de Dios, sino de tener a Dios en sí» («De beatitudinibus 6»: PG 44,1269c). De hecho, constata agudamente Gregorio, la divinidad es pureza, es liberación de las pasiones y remoción de todo mal: si todo esto está en ti, Dios realmente está en ti» («De beatitudinibus 6»: PG 44,1272C).

Cuando tenemos a Dios en nosotros, cuando el hombre ama a Dios, por esa reciprocidad que es propia de la ley del amor, quiere lo que Dios mismo quiere (Cf. «Homilia in Canticum 9»: PG 44,956ac), y, por tanto, coopera con Dios para modelar en sí la imagen divina, de manera que «nuestro nacimiento espiritual es el resultado de una opción libre, y nosotros somos en cierto sentido los padres de nosotros mismos, creándonos como nosotros mismos queremos ser, y formándonos por nuestra voluntad según el modelo que escogemos» («Vita Moysis 2»,3: SC 1bis,108).

Para ascender hacia Dios, el hombre debe purificarse: «La vida que reconduce la naturaleza humana al cielo no es más que alejarse de los males de este mundo… Hacerse semejante a Dios significa llegar a ser justo, santo y bueno… Si, por tanto, según el Eclesiastés (5,1), “Dios está en el cielo” y si, según el profeta (Salmo 72, 28), vosotros “estáis con Dios”, esto quiere decir necesariamente que tenéis que estar allí donde está Dios, pues estáis unidos a Él. Dado que él os ha ordenado que, cuando recéis, llaméis a Dios Padre, os está diciendo que seáis semejantes a vuestro Padre celestial, con una vida digna de Dios, como el Señor nos ordena con más claridad en otro momento, cuando dice: “Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial” (Mateo 5,48) » («De oratione dominica 2»: PG 44,1145ac).

En este camino de ascenso espiritual, Cristo es el modelo y el maestro, que nos permite ver la bella imagen de Dios (Cf. «De perfectione christiana»: PG 46,272a). Cada uno de nosotros, contemplándole a Él, se convierte en «el pintor de la propia vida», haciendo que la voluntad sea como la realizadora del trabajo y las virtudes como las pinturas de las que puede servirse (Ibídem: PG 46,272b).

Por tanto, si el hombre es considerado digno del nombre de Cristo, ¿cómo hay que comportarse? Gregorio responde así: tiene que «examinar siempre en su intimidad los pensamientos, las palabras, y las acciones, para ver si están dirigidos a Cristo o si se alejan de él» (Ibídem: PG 46,284c). Y este punto es importante para el valor que da a la palabra cristiano. Cristiano es quien lleva el nombre de Cristo y por tanto debe asemejarse a Él también en la vida. Nosotros, los cristianos con el Bautismo, nos asumimos una gran responsabilidad.

Ahora bien Cristo, recuerda Gregorio, está presente también en los pobres, de manera que no tienen que ser nunca ultrajados: «No desprecies a quienes están postrados, como si por este motivo no valieran nada. Considera quiénes son y descubrirás cuál es su dignidad: representan a la Persona del Salvador. Y así es, pues el Señor, en su bondad, les prestó su misma Persona para que, a través de ella, tengan compasión por quienes son duros de corazón y enemigos de los pobres» («De pauperibus amandis»: PG 46,460bc).

Gregorio, como decíamos, habla de una ascensión: ascensión a Dios en la oración a través de la pureza de corazón; pero ascensión a Dios también mediante el amor al prójimo. El amor es la escalera que lleva a Dios. Por tanto, el de Nisa exhorta vivamente a quienes le escuchaban: «Sé generoso con estos hermanos, víctimas de la desventura. Da al hambriento lo que le quitas a tu estómago» (Ibídem: PG 46,457c).

Con mucha claridad, Gregorio recuerda que todos dependemos de Dios, y por ello exclama: «¡No penséis que todo es vuestro! Tiene que haber también una parte para los pobres, los amigos de Dios. La verdad, de hecho, es que todo procede de Dios, Padre universal, y que somos hermanos, y pertenecemos a una misma extirpe» (Ibídem.: PG 46,465b). Entonces, el cristiano debe examinarse, sigue insistiendo Gregorio: «Pero, de qué te sirve ayunar y hacer abstinencia, si después con tu maldad no haces más que daño a tu hermano? ¿Qué ganas, ante Dios, por el hecho de no comer de lo tuyo, si después, actuando injustamente arrancas de las manos del pobre lo que es suyo?» (Ibídem: PG 46,456a).

Concluyamos nuestras catequesis sobre los tres grandes padres de Capadocia recordando una vez más ese aspecto importante de la doctrina espiritual de Gregorio de Nisa, que es la oración. Para avanzar en el camino hacia la perfección y acoger en sí a Dios, llevando en sí al Espíritu de Dios, el amor de Dios, el hombre tiene que dirigirse con confianza a Él en la oración: «A través de la oración logramos estar con Dios. Pero, quien está con Dios, está lejos del enemigo. La oración es apoyo y defensa de la castidad, freno de la ira, sosiego y dominio de la soberbia. La oración es custodia de la virginidad, protección de la fidelidad en el matrimonio, esperanza para quienes velan, abundancia de frutos para los agricultores, seguridad para los navegantes» («De oratione dominica 1»: PG 44,1124A-B).

El cristiano reza inspirándose siempre en la oración del Señor: «Si, por tanto, queremos pedir que descienda sobre nosotros el Reino de Dios, lo pedimos con la potencia de la Palabra: que yo sea alejado de la corrupción, que sea liberado de la muerte y de las cadenas del error; que nunca reine sobre mí la muerte, que no tenga nunca poder sobre nosotros la tiranía del mal, que no me domine el adversario ni me haga su prisionero con el pecado, sino que venga a mí tu Reino para que se alejen de mí, o mejor todavía, se anulen las pasiones que ahora me dominan» (Ibídem 3: PG 44,1156d-1157a).

Terminada su vida terrena, el cristiano podrá dirigirse con serenidad a Dios. Hablando de esto san Gregorio piensa en la muerte de su hermana Macrina y escribe que ella, en el momento de la muerte, rezaba a Dios con estas palabras: «Tú, que tienes en la tierra el poder de perdonar los pecados, perdóname para que pueda tener descanso (Cf. Salmo 38,14), y para que me presente en tu presencia sin mancha, en el momento en el que quedo despojada de mi cuerpo (Cf. Colosense 2, 11), de manera que mi espíritu, santo e inmaculado (Cf. Efesios 5, 27) sea acogido en tus manos, "como incienso ante ti" (Salmo 140,2)» («Vita Macrinae 24»: SC 178,224).

Esta enseñanza de san Gregorio sigue siendo válida siempre: no hay que hablar sólo de Dios, sino llevar a Dios en sí mismo. Lo hacemos con el compromiso de la oración y viviendo en el espíritu de amor por todos nuestros hermanos".

¿Lo hacemos así?...
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7 comentarios

dorota -

Es para mí un placer dialogar contigo, Joaquim.
Desde luego, no se merecen

Joaquim -

Muchas gracias.

dorota -

Querido Joaquim:
En ningún momento he dudado de tus conocimientos teológicos. Se hacen expresos a través de tus comentarios. Tampoco quiero halagarte. Pero piensa que acaso estos comentarios los lea alguien más, y lo único que yo pretendía era hablar de un hombre que, hace 17 siglos, era capaz de razonar con tan buen juicio, y sin apartarse de lo denominado por S. Bernardo Claraval "Teología de rodillas", de la que también está hablando estos días Benedicto XVI.

Estoy completamente de acuerdo contigo en que el conocimiento de Dios surge de la experiencia, y que sólo desde ella se ha de teorizar.
Esta experiencia no está circunscrita a teorías (a fin de cuentas, todas ellas no son más que modos de hablar de una realidad que nos trasciende), y puede tener lugar en modos variables.

Lo que los místicos exponen (no me refiero sólo a los cristianos, porque la actuación o la comunicación de Dios con el alma humana tampoco puede restringirse a nuestras categorías, y en todo caso obedece a su voluntad) es también fruto de sus vivencias, e incluye una dosis de carga cultural.

Lo que está claro es que, actuando de una determinada manera, incrementamos nuestra "capacidad de Dios", y que Él habita en cada alma del modo en que le place conveniente.

Me gustaría que leyeses el artículo que voy a colgar (espero que de aquí al sábado) que se llamará EL PAR DE FUERZAS, puesto que es de todo lo que ahora te digo de lo que hablo. Espero tu comentario.
Un cordial saludo

Joaquim -

Aunque de Gregorio de Nisa no sé nada relevante, está claro que no era un gnóstico; sino no formaría parte del club de los Padres de la Iglesia. Elemental. Mi primer párrafo era una pequeña digresión sin mayor utilidad (aunque hay que reconocer que los esquemas gnósticos recorren la teología cristiana desde San Pablo). Pero, como te digo, esto no tiene ninguna importancia.

Lo verdaderamente importante es lo que llamas “dejarse habitar por el Espíritu Santo”. Pero ocurre que muchos no creyentes actúan como habitados por el E.S., repartiendo amor de forma generosa y gratuita, pero carecen de esa convicción de estar actuando conforme o gracias a un designio divino. Es muy posible también que sus entendederas les impidan vitaliciamente actuar conforme a esa convicción. Ante un idéntico actuar santo, ¿dónde está la gracia de hacerlo pensando en un Dios mudo o no?

dorota -

Perdona, Joaquim, pero hace un momento lo he tenido que dejar.
La segunda parte de tu comentario es muy profunda. Yo también creo que el Reino de Dios está aquí y ahora "para" nosotros, y que más que construirlo o destruirlo, "participamos o nos negamos a participar de él" en cada instante haciéndolo o no haciéndolo de este modo realidad.
Sin embargo, yo sí creo que no sólo es posible sino deseable pretender, no llegar a ser inmaculado ni mucho menos, pero si santo si por ello se entiende que el Espíritu Santo, en mayor o medida, habite en nosotros y nosotros reaccionemos ante Él.
No hablo de que nos reconozcan en los altares. Digo que la intimidad con Dios es así...

dorota -

Hasta donde yo alcanzo, la teología de S. Gregorio se separa de la gnosis alejandrina en un aspecto esencial y distintivo como es la primacía interior del amor sobre el conocimiento, y ese es precisamente el arranque de la Teología Mística, caracterizada por la búsqueda de una experiencia personal trascendente de Dios.

Joaquim -

El texto es hermoso pero lleno de preconceptos teológicos y hasta diría que en algún momento gnósticos (¡qué cosa!): ese hacerse perfecto, ese elevarse gracias a la revelación; y ese desprecio por lo mundano, esa apología de la castidad.

El Reino está aquí y ahora, con todo lo que nos ofrece, incluso sus pasiones; lo construimos y destruimos a cada instante. Si no podemos hacerlo realidad aquí, aunque sea en pequeñas parcelas, para qué queremos ninguna Revelación. Pretender ser santo e inmaculado no es más que una vana pasión, convertida en dogma, que ha contaminado y pervertido nuestro actuar en la historia. Sólo suscribo el último párrafo, cien por cien.
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