Blogia

::: Dorotatxu :::

LOS EVANGELIOS SIN-OPTICOS

“Más vale acuerdo tácito que manifiesto” (decía Heráclito) manteniendo con ello que un punto de vista meramente histórico que nos atestigüe diversas y aún discordantes tradiciones, posee en su sustancia una riqueza y una solidez que no sería capaz de conferirle un testimonio perfectamente coherente pero de una sola tonalidad.

Este era el comienzo de un artículo a través del que pretendía argumentar cómo la realidad de la Iglesia está presente tanto en las predicaciones de Mateo o de Marcos como en el conjunto de la predicación de Cristo, cuando barajando diversa documentación me encontré con un artículo de Rubén Chacón que, ligeramente extractado, dice así:

“El Espíritu Santo inspiró ni más ni menos que cuatro “biografías” de Nuestro Señor Jesucristo. El evangelio según Mateo, según Marcos, según Lucas y según Juan.

El hecho de que haya cuatro evangelios indica por una parte, que se necesitó más de un evangelio para poder registrar en toda su dimensión la revelación del Señor Jesucristo. En efecto, cada uno de ellos tiene una parte del todo, de tal manera que juntos nos permiten apreciar el cuadro completo. Por otra parte, el hecho de que haya cuatro evangelios muestra también la suprema importancia que le otorga Dios a la experiencia de conocer a Jesucristo.

Ahora bien, los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas reciben el nombre de evangelios sinópticos (de los formantes griegos syn –junto- y opsis –ver), porque es tal la cantidad de material en común que contienen que puede ordenarse su contenido en tres columnas paralelas, y así, con una sola mirada, ver el cuadro general de su contenido. El evangelio de Juan, en cambio, tiene muy poco material en común con ellos.

Pero la distinción formal o literaria no es la más importante. Desde el punto de vista de la revelación existe también una gran diferencia entre los evangelios sinópticos y el cuarto evangelio.

Los tres primeros –Mateo, Marcos y Lucas- tienen un fuerte énfasis en la acción de Jesús: en su ministerio, en sus hechos y obras. Son fundamentalmente la descripción exterior de lo que Jesús manifiesta, lo que era visible para los demás. Son como una fotografía de Jesús.

¿Y qué es lo que allí encontramos?. Que nuestro bendito Señor Jesucristo fue en sus días de carne un hombre extraordinario, único, admirable. Manifestó en su vida un poder tremendo que le permitía sanar a los enfermos, echar fuera demonios, hacer milagros y resucitar muertos. Actuó con una sabiduría insuperable y mostró un amor sobrenatural. Fue un hombre de oración, un maestro que enseñaba con autoridad y un siervo incansable.

Ahora bien, toda esa maravillosa exterioridad de la vida de Jesús no era otra cosa que el resultado de algo interior. Lo que era por fuera se explica únicamente por lo que ocurría interiormente en Él. Por ello, tratar de imitar a Jesús sin aquella interioridad sería un rotundo fracaso.  Nuestra tendencia al leer los evangelios es rápidamente tratar de producir los mismos hechos y obras de Jesús, y tendemos a pasar por alto esa realidad interior de Jesús. De esa manera nos desenfocamos y perdemos el camino.

Pero ¿en qué consistía esa realidad interior de Jesucristo?, ¿dónde la podemos ver?. Aquí entra en acción el evangelio de Juan. La pregunta de fondo que responde Juan es: ¿qué hay en la vida íntima de Jesús que explica la clase de hombre que es?...

Lo de Juan, más que una fotografía es una radiografía. Sólo a un hombre como Juan que vivía tan cercano a Jesús hasta el punto de ser el único que se recostaba sobre su pecho se le podía revelar tal interioridad. ¿Y qué es lo que encontramos allí?: lo que hay en el interior de Jesús es la comunión íntima, profunda y permanente con su Padre.

Lo que Juan nos muestra en su evangelio es a Jesús viviendo la vida humana por medio de la vida del Padre que moraba en Él. Aunque exteriormente Jesús hacía muchas cosas, interiormente estaba abocado a una sola cosa. Interiormente hay solo una cosa necesaria, como le dijo Jesús a Marta.

Interiormente, Jesús vivía con el corazón vuelto permanentemente hacia el Padre, amándole, confiando en Él, esperando en Él, dependiendo de Él, oyéndole, viéndole y palpándole. Este el secreto que explica la clase de hombre que era Jesús. En Jesús nada era actuación: todo era desbordamiento. ¿Cuánto de lo que nosotros hacemos es actuación o imitación?, ¿cuánto es desbordamiento?.

Pero Jesús nos transfirió su secreto. Leemos en Juan 6,57 “Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por (por medio de) el Padre, asimismo el que me come él también vivirá por (por medio) de mí”.En otras palabras: de la misma manera como el Padre había morado en Nuestro Señor Jesucristo y éste había vivido por medio de su Padre, así también Jesucristo morará en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo y nosotros viviríamos por medio de Él.

En conclusión,

  • los evangelios sinópticos nos muestran el ministerio que la Iglesia debe llevar a cabo en el mundo.
  • Dicho ministerio no es otro que el mismo llevado a cabo por Nuestro Señor Jesucristo.
  • El evangelio de Juan, no obstante, nos muestra el fundamento de la Iglesia, y por ende, el fundamento del servicio que ella debe llevar a cabo.
  • Pero el fundamento de la Iglesia no puede ser otro que Aquel que fue el fundamento del hombre Jesús.”

Yo tenía previsto barajar fechas, hablar de destinatarios, ofrecer síntesis, barajar estructuras, decir que los cuatro evangelistas presentaban a Jesús bajo distintas ópticas según su intencionalidad, pero al final me encontré con este artículo tan especialmente luminoso a mi modo de ver que no he podido por menos que reproducir.

Así, he acabado considerando que lo importante no son las fuentes que los evangelistas barajaran ni las fechas de la respectiva composición.

Lo importante no es que Marcos nos presentara a Jesús como un laico judío que considerara superadas las tradiciones rabínicas de Israel y quisiera abrir el sentido de la Escritura a los paganos. Tampoco lo es que Mateo nos lo presentara como un rabino que predicara la llegada del cumplimiento de las Escrituras, que mientras que Marcos se fijara más en la persona de Jesús Mateo lo hiciera en su doctrina, ni que para Lucas Jesús fuera un profeta que quisiera llevar el mensaje más bello de la Ley a los paganos o que considerara que Israel había tenido su misión histórica que concluía ahora con la predicación del mensaje a los paganos.

Como decía Chacón, esto no eran sino fotografías de algo más profundo de lo que nos habla S. Juan. Es él quien nos transmite en su evangelio que la maravillosa exterioridad de la vida de Jesús no era otra cosa que el resultado de algo interior.

El Jesús de Juan es el de la Sabiduría encarnada que dio origen a Israel y al mundo: todo lo pasado ha terminado porque se dirigía a Él. Ahora es Él quien tiene la palabra, o mejor, todo lo anterior eran voces como Juan Bautista: Él es la Palabra de Dios.

Es precisamente la comunidad de quienes acogemos esa Palabra y permanecemos unidos a Cristo en cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre Dios los que constituimos la comunidad de los Hijos de Dios que es la Iglesia.

No importa que esta realidad esté expresada con más o menos acierto utilizando categorías humanas. Lo que importa es que sepamos que esta común-unión en el Amor existe en Nuestro Señor Jesucristo, y que el fundamento de tal unión, nuestro motor, no puede ser otro (como diría Chacón) que Aquel que fue fundamento del hombre Jesús, en quien la comunicación con el Amor y en el Amor fué restaurada (añado yo).

Esta reflexión seguramente no aporta gran cosa a la pregunta que se hacía Joaquim sobre la elección de Pedro y que decía así:

““La tradición católica afirma que Marcos, el primero en redactar un evangelio, fue el incansable compañero de Pedro (una especie de secretario) y que, por tanto, su texto tiene el privilegio de ser la plasmación del magisterio del apóstol. ¿Por qué nada dice Marcos (8, 27-30) sobre la elección de Pedro –del que no dudo que tuviera un ascendente especial, como Juan, sobre el resto de los seguidores de Jesús- y sólo aparece esta escena en Mateo (16, 13-20) que al respecto “sigue” a Marcos?””

Hasta donde yo llego y sin considerarme en absoluto una exegeta, pienso que la diferente redacción simplemente obedece a la intencionalidad en el modo de presentar una misma realidad.

Sirvan en todo caso estas líneas para dejar constancia de que tanto en el evangelio de Mateo como en el de Marcos (y como en el tercero de los evangelios en el que también se relata este pasaje, diría yo), se está considerando una misma cosa: la virtualidad de la comunidad de los Hijos de Dios.

Veréis:

Mientras que Marcos escribía su evangelio dirigiéndose a unos destinatarios que provenían del mundo pagano, Mateo lo hacía en arameo para dirigirse a judíos cristianizados.

En ese contexto, Marcos nos presenta la incomprensión de los discípulos ante los prodigios y la enseñanza del propio Jesús, y el evangelista se pregunta si por ello habría que desesperar de todos los discípulos, respondiéndose a sí mismo que no, puesto que contra toda esperanza, Pedro se aparta de la opinión de la gente para reconocer “Tú eres el Cristo”. Sólo había podido hacerlo en virtud de una revelación del Padre como comprenderá Mateo después.

Sin embargo, Mateo no se hace ninguna ilusión respecto de la Iglesia: el que menos se piensa puede claudicar, incluso Pedro, y por ello en su texto procura dar principios de conducta y jefes autorizados a la comunidad de los creyentes, incluyendo directrices sobre cómo tomar decisiones y resolver conflictos dentro de la comunidad.Para Mateo en la Iglesia santos y pecadores se hallan mezclados hasta la última criba, y sin embargo la Iglesia es enviada en misión al mundo entero.

Como véis, ambos hablan de lo mismo, y ésta es mi modesta aportación.

Espero que mis pobres intentos te haya servido para algo, querido Joaquim...

LA CIUDAD DE DIOS

Relacionado con el artículo hoy, permitidme que os presente la intervención de Benedicto XVI en la audiencia general de este miércoles dedicada a presentar los últimos momentos de vida de san Juan Crisóstomo y su enseñanza social. Dice así:

"Queridos hermanos y hermanas:
Continuamos nuestra reflexión sobre san Juan Crisóstomo. Tras el período pasado en Antioquía, en el año 397, fue nombrado obispo de Constantinopla, capital del Imperio romano de Oriente. Desde el inicio, Juan proyectó la reforma de su Iglesia: l a austeridad del palacio episcopal tenía que ser un ejemplo para todos: clero, viudas, monjes, personas de la corte y ricos.

Por desgracia no pocos de ellos, tocados por sus juicios, se alejaron de él. Solícito con los pobres, Juan fue llamado también «el limosnero». Como administrador atento logró crear instituciones caritativas muy apreciadas. Su capacidad emprendedora en los diferentes campos hizo que algunos le vieran como un peligroso rival. Sin embargo, como auténtico pastor, trataba a todos de manera cordial y paterna. En particular, siempre tenía gestos de ternura especial por la mujer y dedicaba una atención particular al matrimonio y a la familia. Invitaba a los fieles a participar en la vida litúrgica, que hizo espléndida y atractiva con creatividad genial.

A pesar de su bondad, no tuvo una vida tranquila. Pastor de la capital del Imperio, se vio envuelto a menud o en intrigas políticas por sus continuas relaciones con las autoridades y las instituciones civiles. A nivel eclesiástico, dado que había depuesto en Asia, en el año 401 a seis obispos indignamente elegidos, fue acusado de haber superado los límites de su jurisdicción, convirtiéndose en diana de acusaciones fáciles. Otro pretexto de ataques contra él fue la presencia de algunos monjes egipcios, excomulgados por el patriarca Teófilo de Alejandría, que se refugiaron en Constantinopla. Después se creó una fuerte polémica causada por las críticas de Crisóstomo a la emperatriz Eudoxia y a sus cortesanas, que reaccionaron desacreditándolo e insultándolo. De este modo, fue depuesto, en el sínodo organizado por el mismo patriarca Teófilo, en el año 403, y condenado a un primer exilio breve. Tras regresar, la hostilidad que suscitó a cau sa de sus protestas contra las fiestas en honor de la emperatriz, que el obispo consideraba como fiestas paganas, lujosas, y la expulsión de los presbíteros encargados de los bautismos en la Vigilia Pascual del año 404 marcaron el inicio de la persecución contra Juan Crisóstomo y sus seguidores, llamados «juanistas».
Entonces, Juan denunció con una carta los hechos al obispo de Roma, Inocencio I. Pero ya era demasiado tarde. En el año 406 fue exiliado nuevamente, esta vez en Cucusa, Armenia. El Papa estaba convencido de su inocencia, pero no tenía poder para ayudarle. No se pudo celebrar un concilio, promovido por Roma para lograr la pacificación entre las dos partes del Imperio y entre sus Iglesias. El duro viaje de Cucusa a Pitionte, destino al que nunca llegó, debía impedir las visitas de los fieles y romper la resistencia del prelado agotado: ¡la condena al exilio fue una auténtica condena a muerte! Son conmovedoras las numerosas cartas del exilio, en las que Juan manifiesta sus preocupaciones pastorales con tonos de dolor por las persecuciones contra los suyos. La marcha hacia la muerte se detuvo en Comana Pontica. Allí Juan fue llevado a la capilla del mártir san Basilisco, donde entrego el espíritu a Dios y fue sepultado, como mártir junto al mártir (Paladio, «Vida» 119). Era el 14 de septiembre de 407, fiesta de la Exaltación de la santa Cruz. La rehabilitación tuvo lugar en el año 438 con Teodosio II. Las reliquias del santo obispo, colocadas en la iglesia de los Apóstoles, en Constantinopla, fueron transportadas en el año 1204 a Roma, en la primitiva Basílica de Constantino, y yacen en ahora en la capilla del Coro de los Canónigos de la Basílica de San Pedro.

El 24 de agosto de 2004 una parte importante de las misma f ue entregada por el Papa Juan Pablo II al patriarca Bartolomé I de Constantinopla. La memoria litúrgica del santo se celebra el 13 de septiembre. El beato Juan XXIII le proclamó patrón del Concilio Vaticano II.

De Juan Crisóstomo se dijo que, cuando se sentó en el trono de la Nueva Roma, es decir, Constantinopla, Dios hizo ver en él un segundo Pablo, un doctor del universo. En realidad, en Crisóstomo se da una unidad esencial de pensamiento y de acción tanto en Antioquía como en Constantinopla. Sólo cambian su papel y las situaciones. Al meditar en las ocho obras realizadas por Dios en la secuencia de los seis días, en el comentario del Génesis, Juan Crisóstomo quiere hacer que los fieles se remonten de la creación al Creador: «Es de gran ayuda saber qué es la criatura y qué es el Creador», dice. Nos muestra la belleza de la creació ;n y la transparencia de Dios en su creación, que se convierte de este modo en una especie de «escalera» para ascender a Dios, para conocerle.

Pero a este primer paso le sigue otro: este Dios, creador, es también el Dios de la condescendencia («synkatabasis»). Nosotros somos débiles para «ascender», nuestros ojos son débiles. De este modo, Dios se convierte en el Dios de la condescendencia, que envía al hombre caído y extranjero una carta, la Sagrada Escritura. De este modo, la creación y la escritura se completan. A la luz de la Escritura, de la carta que Dios nos ha dado, podemos descifrar la creación. Dios es llamado «padre tierno» («philostorgios») (ibídem), médico de las almas (Homilía 40,3 sobre el Génesis), madre (ibídem) y amigo cariñoso («Sobre la Providencia» 8,11-12).

Pero al prime r paso de la creación como «escalera» hacia Dios y al segundo de la condescendencia de Dios, a través de la carta que nos ha dado, la Sagrada Escritura, se le añade un tercer paso: Dios no sólo nos transmite una carta, en definitiva, Él mismo baja, se encarna, se convierte realmente en «Dios con nosotros», nuestro hermano hasta la muerte en la Cruz.

Y a estos tres pasos --Dios que se hace visible en la creación, Dios que nos envía una carta, Dios que desciende y se convierte en uno de nosotros-- se llega al final a un cuarto paso: en la vida y acción del cristiano, el principio vital y dinámico es el Espíritu Santo («Pneuma»), que transforma la realidad del mundo. Dios entra en nuestra misma existencia a través del Espíritu Santo y nos transforma desde dentro de nuestro corazón.

Con este telón de fondo, precisamente en Constantinopla, Juan, al comentar los Hechos de los Apóstoles, propone el modelo de la Iglesia primitiva (Hechos 4, 32-37) como modelo para la sociedad, desarrollando una «utopía» social (como una «ciudad ideal»). Se trataba, de hecho, de dar un alma y un rostro cristiano a la ciudad. En otras palabras, Crisóstomo comprendió que no es suficiente hacer limosna, ayudar a los pobres de vez en cuando, sino que es necesario crear una nueva estructura, un nuevo modelo de sociedad; un modelo basado en la perspectiva del Nuevo Testamento. Es la nueva sociedad que se revela en la Iglesia naciente. Por tanto, Juan Crisóstomo se convierte de este modo en uno de los grandes padres de la Doctrina Social de la Iglesia: la vieja idea de la «polis» griega es sustituida por una nueva idea de ciudad inspirada en la fe cristiana. Crisóstomo defendió como Pablo (Cf. 1 Corintios 8, 11) el primado de cada cristian o, de la persona en cuanto tal, incluso del esclavo y del pobre. Su proyecto corrige de este modo la tradicional visión de la «polis» griega, de la ciudad, en la que amplias capas de la población quedaban excluidas de los derechos de ciudadanía, mientras en la ciudad cristiana todos son hermanos y hermanas con los mismos derechos. El primado de la persona es también la consecuencia del hecho de que basándose en ella se construye la ciudad, mientras que en la «polis» griega la patria se ponía por encima del individuo, que quedaba totalmente subordinado a la ciudad en su conjunto. De este modo, con Crisóstomo comienza la visión de una sociedad construida con la conciencia cristiana. Y nos dice que nuestra «polis» es otra, «nuestra patria está en los cielos» (Filipenses 3, 20) y esta patria nuestra, incluso en esta tierra, nos hace a todos iguales, hermanos y hermanas, y nos obliga a la solidaridad.

Al final de su vida, desde el exilio en las fronteras de Armenia, «el lugar más remoto del mundo», Juan, enlazando con su primera predicación del año 386, retomó el tema que tanto le gustaba del plan que Dios tiene para la humanidad: es un plan «inefable e incomprensible», pero seguramente guiado por Él con amor (Cf. «Sobre la providencia» 2, 6). Esta es nuestra certeza. Aunque no podamos descifrar los detalles de la historia personal y colectiva, sabemos que el plan de Dios está siempre inspirado por su amor. De este modo, a pesar de sus sufrimientos, Juan Crisóstomo reafirmaba el descubrimiento de que Dios ama a cada uno de nosotros con un amor infinito, y por este motivo quiere la salvación de todos. Por su parte, el santo obispo, cooperó con esta salvación con generosidad, sin ahorrar nada, durante todo su vida. De hecho, consideraba como último fin de su existencia esa gloria de Dios que, ya moribundo, dejó como último testamento: «¡Gloria a Dios por todo!» (Paladio, «Vida» 11)."
Espero que os haya interesado. A mí sí.

UN HOMBRE RICO VESTÍA DE PÚRPURA Y LINO

El tema principal que hay que sacar a la luz, a propósito de la parábola del rico Epulón que se lee en el Evangelio del próximo domingo, es su actualidad, esto es, cómo la situación se repite hoy, entre nosotros, tanto a nivel mundial como a nivel local.

A nivel mundial los dos personajes son los dos hemisferios: el rico epulón representa el hemisferio norte (Europa occidental, América, Japón); el pobre Lázaro, con pocas excepciones, el hemisferio sur. Dos personajes, dos mundos: el primer mundo y el «tercer mundo». Dos mundos de desigual tamaño: el que llamamos «tercer mundo» representa de hecho «dos tercios del mundo». Se está afirmando la costumbre de llamarlo precisamente así: no «tercer mundo» (third world), sino «dos tercios del mundo» (two-third world).

El mismo contraste entre el rico Epulón y el pobre Lázaro se repite dentro de cada una de las dos agrupaciones. Hay ricos epulones que viven codo a codo con pobres lázaros en los países del tercer mundo (aquí, de hecho, su lujo solitario resulta todavía más estridente en medio de la miseria general de las masas), y hay pobres lázaros que viven codo a codo con ricos epulones en los países del primer mundo.

En todas las sociedades llamadas «del bienestar» algunas personas del espectáculo, del deporte, del sector financiero, de la industria, del comercio, cuentan sus ingresos y sus contratos de trabajo sólo en miles de millones (hoy en millones de euros), y todo esto ante la mirada de millones de personas que no saben cómo llegar con su escuálido sueldo o subsidio de desempleo a pagar el alquiler, las medicinas, los estudios de sus hijos.

La cosa más odiosa, en la historia relatada por Jesús, es la ostentación del rico, que éste haga alarde de su riqueza sin miramiento hacia el pobre. Su lujo se manifestaba sobre todo en dos ámbitos, la comida y la ropa: el rico celebraba opíparos banquetes y vestía de púrpura y lino, que eran, en aquel tiempo, telas de rey.

El contraste no existe sólo entre quien revienta de comida y quien muere de hambre, sino también entre quien cambia de ropa a diario y quien no tiene un harapo que ponerse. Aquí, en un desfile de modas, se presentó una vez un vestido hecho de láminas de oro; costaba mil millones de las antiguas liras. Tenemos que decirlo sin reticencias: el éxito mundial de la moda italiana y el negocio que determina nos han afectado; ya no prestamos atención a nada. Todo lo que se hace en este sector, también los excesos más evidentes, gozan de una especie de trato especial. Los desfiles de moda que en ciertos períodos llenan los telediarios vespertinos a costa de noticias mucho más importantes, son como representaciones escénicas de la parábola del rico epulón.

Pero hasta aquí no hay, en el fondo, nada de nuevo. La novedad y aspecto único de la denuncia evangélica depende del todo desde el punto de vista de observación del suceso.

Todo, en la parábola del rico Epulón, se contempla retrospectivamente, desde el epílogo de la historia: «Un día el pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán. Murió también el rico y fue sepultado». Si se quisiera llevar la historia a la pantalla, bien se podría partir (como se hace frecuentemente en las películas) de este final de ultratumba y mostrar toda la historia en flashback.

Se han hecho muchas denuncias similares de la riqueza y del lujo a lo largo de los siglos, pero hoy todas suenan retóricas o superficiales, pietistas o anacrónicas. Esta denuncia, después de dos mil años, conserva intacta su carga negativa.

El motivo es que quien la pronuncia no es un hombre que esté de parte de ricos o pobres, sino uno que está por encima de las partes y se preocupa tanto de los ricos como de los pobres, incluso tal vez más de los primeros que de los segundos (¡a estos les sabe menos expuestos al peligro!).

La parábola del rico Epulón no se sugiere por el hastío hacia los ricos o por el deseo de ocupar su lugar, como tantas denuncias humanas, sino por una preocupación sincera de su salvación. Dios quiere salvar a los ricos de su riqueza.

(Vuelve a ser un comentario del P. Cantalamessa para el evangelio de la Eucaristía del domingo. A mí me sugiere mucho, ¿y a vosotros?...)

EL HECHO RELIGIOSO

El comentario que pretendo articular tiene relación con el artículo inmediatamente anterior y dice así: 

“Bueno, yo comparto bastante la idea de la religión como un subproducto de la evolución, y que obviamente, produce a menudo efectos indeseables...
Sobre los efectos deseables que la religión aporta, recuerdo ahora como unos días atrás, en un comentario hecho al articulo LA VIDA EN COLOR O LOS COLORES DE LA VIDA se preguntaba: "Ante un idéntico actuar santo, ¿dónde está la gracia de hacerlo pensando en un Dios mudo o no?". Me parece una pregunta muy oportuna para ser repetida en esta ocasión. Me temo que la religión no es el origen de la bondad...

 Si por subproducto entiendes que la religión procede de la comprensión e interpretación humana de la manifestación de Dios (que sería el producto), estoy de acuerdo contigo, querid@ amig@. 

Esta posibilidad está al alcance de todos los seres racionales, por lo que el hecho religioso se encuentra expresado en todas las culturas y en todos los tiempos. Su interpretación en ocasiones origina las conductas, y esto vale para un monje budista, para Teresa de Calcuta, o para los talibanes (por ejemplo) y en ese sentido creo que se expresa el P. Cantalamessa. 

Lo que sucede es, que como el ser humano necesita conocer para amar (o para "tender" si lo prefieres) puesto que los seres humanos evolucionamos y nos relacionamos a través de los efectos de nuestros actos, que el hecho religioso tenga su plasmación en la sociedad de una manera u otra depende del conocimiento y verdadera interpretación  que tengamos de la bondad de "lo religioso", es decir, del modo en el que la bondad de Dios se nos manifiesta. 

Él se nos manifiesta a través de la naturaleza, pero es que llegada la plenitud de los tiempos nos ha hablado. Lo ha hecho precisamente para que le comprendiéramos y lo ha hecho precisamente mediante su Palabra. 

Es por su Palabra como le conocemos como un ser tri-personal, es decir, como un ser espiritual del que se pueden considerar su forma de ser como Espíritu Puro (el Padre), su forma de actuar ilimitada (el Espíritu Santo), y su forma de manifestarse mediante sus actos (el Hijo). 

Porque la forma de manifestarse de los seres personales (es decir, los seres espirituales) es mediante la  Palabra, decimos que el Hijo es la Palabra de Dios. 

Porque la manifestación de la Palabra de Dios tomó forma humana, sabemos de sus designios, y tenemos constancia de su cumplimiento en un ser humano (Jesús de Nazaret), en quien fuera de todo espacio y de todo tiempo, por la acción del Poder del Espíritu de Dios (del Espíritu Santo) la creación es recreada.  

Ésta es la manera de interpretar el hecho religioso por los cristianos. Como ves, consideramos que la actuación de un Dios mudo es perceptible (me refiero a la contemplación). Pero los cristianos sabemos también hecha explícita su intención porque es la misma Palabra de Dios quien tomó forma humana. 

Cualquier otra interpretación que tenga como razón el conocimiento de un Dios personal en quien tuvieron origen y en quien tienen mantenimiento y realización todas las maravillas del universo, a mi modo de ver es correcta.

Si además esa interpretación se concretara en un tender hacia Él con auténtico empeño del corazón, puesto que todos actuaríamos todos “tendiendo” hacia lo mismo, llegaríamos a unirnos en el amor, aunque para ello tendríamos que purificar y despreciar algunos de los “detritus” de nuestras respectivas interpretaciones.  

Pero como a lo que se puede llegar de un modo intuitivo, tiene una concreción,  pienso que lo conveniente es escuchar a un Dios que nos habla, encarnado, en la persona de Jesús de Nazaret. 

He dicho.

ESTA VEZ EL COMENTARIO NO ES MÍO

Es de un viejo conocido de todos nosotros, y dice así:

Publicamos el comentario del padre Raniero Cantalamessa OFMcap, predicador de la Casa Pontificia, al ensayo difundido por el periodista anglo-estadounidense Christopher Hitchens bajo el título «Dios no es grande – La religión envenena todo».

* * *

P. Raniero Cantalamessa

CHRISTOPHER HITCHENS Y EL FINAL DE LA EVOLUCIÓN


Hace tiempo un anónimo benefactor se preocupó de hacerme llegar como regalo, de parte del editor, el ensayo del conocido periodista anglo-estadounidense Christopher Hitchens titulado «Dios no es grande»; el subtítulo es: « La religión envenena todo» («God is not great. How religion poisons everything», Nueva York 2007). Pienso que no lo hizo con afán polémico, sino con el deseo de ayudarme a salir del engaño en el que, en su opinión, me encuentro como creyente y como comentarista del Evangelio en televisión.

Quiero decir enseguida que estoy agradecido a este desconocido amigo. Muchos reproches que Hitchens dirige a los creyentes de todas las religiones (el islam no recibe en el libro un trato mejor que el cristianismo, cosa que revela una buena dosis de valor por parte del autor) son fundados y hay que tomarlos en consideración para no repetir los mismos errores del pasado. El Concilio Vaticano II afirma que la fe cristiana puede y debe sacar provecho también de las críticas de quienes la combaten, y éste es ciertamente uno de los casos.

Pero Hitchens mete todo en el mismo saco. Dice atenerse al criterio evangélico de juzgar el árbol por sus frutos, pero del árbol de la religión él considera sólo los frutos podridos, nunca los frutos buenos. Los santos, los genios y los benefactores dados a la humanidad por la fe, o alimentados de ella, no cuentan nada. Con los mismos criterios, esto es, considerando sólo el lado oscuro de una institución, se podría escribir un libro negro de todas las grandes realidades humanas: de la familia, de la medicina (recuérdese para qué servía la medicina en Auschwitz), del psicoanálisis (¡de él se ha escrito recientemente, de hecho, un «libro negro»!), del propio periodismo que ejerce el autor (¡cuántas veces ha estado, y está, a servicio de los tiranos y de los intereses de grupos de poder!).

De su crítica no se salva nadie. ¿Francisco de Asís? ¡«Un mamífero que creía hablar a los pájaros»! ¿La Madre Teresa de Calcuta? «Una ambiciosa monja albanesa», hecha famosa por el libro «Algo bello para Dios», escrito sobre ella por Malcom Muggeridge. En otras palabras, ¡un producto como tantos otros de la era mediática!

Pascal concluye el relato de su descubrimiento del Dios vivo con las palabras: «Alegría, alegría, lágrimas de alegría», y C. S. Lewis describe su conversión como haber sido «sorprendido por la alegría»; pero para Hitchens «hay algo sombrío e incongruente» en estos dos autores, una fundamental ausencia de felicidad como en todos los creyentes («¿Por qué una creencia así no hace felices a sus seguidores?»).

Dostoiewski fue uno de los principales testigos de cargo de la religión, pero de él se toman en consideración mucho más los argumentos puestos en boca del rebelde y del ateo Iván que los del devoto Aliocha, el cual, como se sabe, refleja bastante más de cerca el pensamiento del escritor.

Tertuliano se convierte en un «padre de la Iglesia» de manera que su «credo quia absurdum», «creo porque es absurdo», pueda presentarse como el pensamiento de todo el cristianismo, mientras se sabe que, cuando escribe tales palabras (interpretadas, aparte de todo, fuera del propio contexto y de modo inexacto), Tertuliano está considerado por la Iglesia como un hereje. Extraña, además, esta crítica a Tertuliano, porque si existe un apologeta al que Hitchens se parezca espectacularmente, en la cara opuesta, es precisamente este africano: la misma capacidad dialéctica, la misma voluntad de triunfar del adversario, sepultándolo bajo una masa de argumentos aparentemente, pero sólo aparentemente, indiscutibles: la cantidad sustituyendo a la calidad de los argumentos.

Un recensor inglés ha comparado al autor del libro con un desafiante púgil que en el gimnasio lanza puñetazos furiosos contra un saco de arena inerte, ignorando que el verdadero campeón que hay que abatir está en otro sitio. Él no derriba la verdadera fe, sino su caricatura. A mi la lectura del libro me ha traído a la memoria el deporte de tiro al plato: se lanzan al aire blancos artificialmente confeccionados que el tirador, sin esfuerzo, hace añicos con disparos precisos.

Hitchens combate los distintos integrismos religiosos con otro de signo opuesto. «El de Hitchens –observaba Renzo Guolo en "La Repubblica"— se asemeja al manifiesto militante de un mundo que parece polarizado entre los inquietantes partidarios del fundamentalismo, con sus locos proyectos de nuevos, totalitarios, estados éticos, y los proclives a un neosecularismo integral que minusvalora la búsqueda de sentido de muchos en el tiempo del final de las "grandes narraciones"».

Hitchens da prueba de integrismo también en otro sentido. Aún con intenciones opuestas, él lee las Escrituras exactamente como lo hacen ciertos representantes del fundamentalismo bíblico de corte evangélico americano, esto es, a la letra, sin esfuerzo alguno de contextualización y de hermenéutica histórica. Esto le permite hablar de «la pesadilla del Antiguo Testamento».

Pero Christopher Hitchens es una persona inteligente. Ha previsto que la religión sobrevivirá también a su ataque, como ha sobrevivido a muchísimos otros que le han precedido, y se ha preocupado de dar una explicación a este embarazoso hecho: «La fe religiosa --escribe-- es inextirpable porque somos criaturas en evolución. No se extinguirá nunca, o al menos, no se extinguirá mientras no venzamos el miedo a la muerte, a lo oscuro, a lo desconocido y a los demás». La religión no es más que un estadio intermedio provisional, ligado a la situación del hombre que es un «ser en evolución».

De esta forma el autor se atribuye tácitamente el papel de quien ha roto tal barrera, anticipando solitariamente el final de la evolución e, igual que el Zaratustra nietzschiano, vuelve a la tierra para iluminar sobre las realidades de las cosas a los pobres mortales.

Repito: no se puede dejar de admirar la extraordinaria cultura del autor y la pertinencia de ciertas críticas suyas. Lástima que haya preferido vencer clamorosamente, renunciando así a convencer, incluso cuando podría haberlo hecho en provecho de la sociedad y de la propia religión."

Personalmente a mí este señor me dice mucho, ¿y a vosotros?...

 

HACEOS AMIGOS CON EL DINERO

Me suele gustar leer los comentarios que el P. Cantalamessa hace al contenido del Evangelio de cada domingo. A ver lo que os parece lo que ha escrito para el de mañana. Dice así:

"El Evangelio de este domingo nos presenta una parábola en cierto modo bastante actual, la del administrador infiel. El personaje central es el administrador de un propietario de tierras, figura muy popular también en nuestros campos, cuando regían sistemas usufructuarios.

Como las mejores parábolas, ésta es como un drama en miniatura, lleno de movimiento y de cambios de escena.

La primera tiene como actores al administrador y a su señor y concluye con un despido tajante: «Ya no puedes ser administrador». Éste no esboza siquiera una autodefensa. Tiene la conciencia sucia y sabe perfectamente que de lo que se ha enterado el patrón es cierto.

La segunda escena es un soliloquio del administrador que se acaba de quedar solo. No se da por vencido; piensa enseguida en soluciones para garantizarse un futuro.

La tercera escena –el administrador y los campesinos— revela el fraude que ha ideado con ese fin: «“¿Tú cuánto debes?” Respondió: “Cien cargas de trigo”. Le dijo: “Toma tu recibo y escribe ochenta”». Un caso clásico de corrupción y de falsa contabilidad que nos hace pensar en frecuentes episodios parecidos en nuestra sociedad, si bien a escala mucho mayor.

La conclusión es desconcertante: «El señor alabó al administrador injusto porque había obrado astutamente». ¿Es que Jesús aprueba o alienta la corrupción?

Es necesario recordar la naturaleza del todo especial de la enseñanza en parábolas. La parábola no hay que trasladarla en bloque y con todos sus detalles en el plano de la enseñanza moral, sino sólo en aquel aspecto que el narrador quiere valorar. Y está claro cuál es la idea que Jesús ha querido inculcar con esta parábola. El señor alaba al administrador por su sagacidad, no por otra cosa. No se afirma que se vuelva atrás en su decisión de despedir a este hombre. Es más, visto su rigor inicial y la prontitud con la que descubrió la nueva estafa, podemos imaginar fácilmente la continuación, no relatada, de la historia.

Tras haber alabado al administrador por su astucia, el señor debe haberle ordenado que devolviera inmediatamente el fruto de sus transacciones deshonestas, o pagarlas con la cárcel si no podía saldar la deuda. Esto, o sea, la astucia, es también lo que alaba Jesús, fuera de parábolas. Añade, de hecho, casi como comentario a las palabras de ese señor: «Los hijos de este mundo son más astutos con los de su generación que los hijos de la luz».

Aquel hombre, frente a una situación de emergencia, cuando estaba en juego su porvenir, dio prueba de dos cosas: de extrema decisión y de gran astucia. Actuó pronta e inteligentemente (si bien no honestamente) para ponerse a salvo.

Esto –viene a decir Jesús a sus discípulos— es lo que debéis hacer también vosotros para poner a salvo no el futuro terreno, que dura algunos años, sino el futuro eterno. «La vida –decía un filósofo antiguo— a nadie se le da en propiedad, sino a todos en administración» (Séneca). Somos todos los «administradores»; por ello debemos hacer como el hombre de la parábola. Él no dejó las cosas para mañana, no se durmió. Está en juego algo más importante como para confiarlo al azar.

El Evangelio a menudo hace diversas aplicaciones prácticas de esta enseñanza de Cristo. En la que se insiste más tiene que ver con el uso de la riqueza y del dinero: «Yo os digo: haceos amigos con el dinero injusto, para que, cuando llegue a faltar, os reciban en las eternas moradas». Es como decir: haced como aquel administrador; haceos amigos de quienes un día, cuando os encontréis en necesidad, puedan acogeros.

Estos amigos poderosos, se sabe, son los pobres, puesto que Cristo considera dado a Él en persona lo que se da al pobre. Los pobres, decía San Agustín, son, si lo deseamos, nuestros correos y porteadores: nos permiten transferir, desde ahora, nuestros bienes en la morada que se está construyendo para nosotros en el más allá. "

¿Os ha gustado?

Ya sabéis que el P. Cantalamessa es el predicador del Papa, ¿no?...

EL RAYO VERDE

Estábamos mis amigos y yo comunicándonos de ese modo tan especial en el que las ausencias llegan a ser presencia, cuando de repente "como que oí" la pregunta que mi nuevo amigo Luís le dirigía a mi querida amiga Julia y que decía así: "¿Alguna vez llegaste a ver el rayo verde?"…  

Comprenderéis esta expresión si os digo que ambos son primos, y que a la anécdota a la que se referían es a la de que, cuando en su niñez el padre de Luís quería deleitarse con una puesta de sol y puesto que los primos con sus juegos le distraían, les conminaba a que se fijasen en el último rayo de sol que, como despedida lanzaba el astro rey tras el horizonte.  

Era muy singular y podían distinguirlo muy fácilmente: era verde.    

Por supuesto no llegaron nunca a verlo, pero a base de escudriñar el horizonte, aprendieron a mirar el atardecer con la misma apetencia y con la misma veneración que lo hacía el adulto que les acompañaba. 

Si os cuento esto, es para deciros que no es tan importante lo que miramos cuanto que nuestro modo de mirar: que lo importante no es lo que vemos, sino el haber aprendido a mirar con los ojos del amor. 

Nuestro paisaje se ilumina cuando miramos con esos ojos.

Bajo su óptica apreciamos las cosas buenas que hay tras una aparente monotonía, la cadencia de la vida en su transcurrir, nuestra propia pulsión dentro de ella, la armonía de toda la creación... 

Si así lo hiciéramos llegaríamos a la contemplación, y si de pintar esta experiencia se tratara, ya no hablaríamos de dibujar rayos verdes ni cosas que únicamente están en nuestra imaginación, sino de reflejar realmente con nuestros propios medios el explendor de todo lo creado y con ello toda la grandeza del Creador.

A Él le sea dada toda la gloria...

Que así sea.

 

VEINTIDOS DE SEPTIEMBRE

Formando parte de nuestra vida nos ha nacido esta niña que no es sino un auténtico regalo de Dios.

Ante Él la presentamos hoy 22 de Septiembre, para que del mismo modo en que en un momento dado sobre los gametos de sus padres recibiera su primer soplo de vida, en el seno de la Iglesia y a través de las aguas del Bautismo reciba hoy la vida propia de los hijos de Dios.

Será el Dios de la Vida quien se haga presente en su alma.

Pero para que su nueva vida progrese y fructifique y del mismo modo en el que una vez concebida en el seno de su madre recibió esta niña cobijo y alimento, en el seno de la Iglesia también nuestra pequeña recibirá el calor y los nutrientes necesarios para que esa nueva vida que hoy se le otorga se desarrolle y llegue a su plenitud. 

Por tanto, somos nosotros como comunidad quienes la presentamos y quienes esperamos con regocijo la acción de Dios sobre ella y su nuevo nacimiento a la vida de Dios.

Sentimos al hacerlo un profundo agradecimiento ante la ternura de nuestro Padre Dios, porque si nosotros queríamos tanto a esta  niña aún antes de que naciera, ¿cuánto más le querrá El Señor?

Aceptamos, pues, este precioso regalo, y con él el compromiso de colaborar para que esta niña progrese espiritualmente y ostente con orgullo su nueva condición.

Para ello, habremos de enseñarle a conocer y a amar a Dios. Poquito a poco. En la medida de sus posibilidades y de las nuestras también.

Lo haremos al transmitirle nuestro conocimiento de la Palabra de Dios, cuando le hablemos de nuestra experiencia en el trato con Él, también lo haremos mediante nuestro ejemplo. Pero sobre todo, sobre todo, lo haremos contando con la ayuda del nuestro Padre Dios.

Es Él con su Poder quien actúa en y a través de todos nosotros, y es Él también quien actuará en y a través de las obras de esta niñita llevándole de ese modo a alcanzar su plenitud humana y espiritual.

Pidiendo que esto sea así para esta niña elevamos nuestros corazones al Padre, y lo hacemos junto con  María.

A ella acudimos bajo la advocación de Ntra. Sra. de Muskilda, patrona del Valle de Iratí, para pedirle que tome a esta niñita bajo su protección, y que bajo su especial madrinazgo nuestra Muskildita llegue a conocer a Jesús, a hacerle presente en su vida, y a alcanzar de ese modo las promesas que Él nos hizo…

... ¡Que así sea!...

(Esta es la monición que tengo preparada para el bautizo de mi nietita el próximo sábado.

Espero que vuestros ruegos sean uno con los nuestros)