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::: Dorotatxu :::

EL RAYO VERDE

Estábamos mis amigos y yo comunicándonos de ese modo tan especial en el que las ausencias llegan a ser presencia, cuando de repente "como que oí" la pregunta que mi nuevo amigo Luís le dirigía a mi querida amiga Julia y que decía así: "¿Alguna vez llegaste a ver el rayo verde?"…  

Comprenderéis esta expresión si os digo que ambos son primos, y que a la anécdota a la que se referían es a la de que, cuando en su niñez el padre de Luís quería deleitarse con una puesta de sol y puesto que los primos con sus juegos le distraían, les conminaba a que se fijasen en el último rayo de sol que, como despedida lanzaba el astro rey tras el horizonte.  

Era muy singular y podían distinguirlo muy fácilmente: era verde.    

Por supuesto no llegaron nunca a verlo, pero a base de escudriñar el horizonte, aprendieron a mirar el atardecer con la misma apetencia y con la misma veneración que lo hacía el adulto que les acompañaba. 

Si os cuento esto, es para deciros que no es tan importante lo que miramos cuanto que nuestro modo de mirar: que lo importante no es lo que vemos, sino el haber aprendido a mirar con los ojos del amor. 

Nuestro paisaje se ilumina cuando miramos con esos ojos.

Bajo su óptica apreciamos las cosas buenas que hay tras una aparente monotonía, la cadencia de la vida en su transcurrir, nuestra propia pulsión dentro de ella, la armonía de toda la creación... 

Si así lo hiciéramos llegaríamos a la contemplación, y si de pintar esta experiencia se tratara, ya no hablaríamos de dibujar rayos verdes ni cosas que únicamente están en nuestra imaginación, sino de reflejar realmente con nuestros propios medios el explendor de todo lo creado y con ello toda la grandeza del Creador.

A Él le sea dada toda la gloria...

Que así sea.

 

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6 comentarios

dorota -

Tu aportación es tan valiosa, que la he incluído como artículo con la pretensión que sigamos hablando de la contemplación.
Esker'ik asko, Begoñi

Begoñi -

Hace mucho tiempo, un granjero viudo murió dejando un hijo y una hija huérfanos. Los niños sabían que seis generaciones antes, uno de sus antepasados había quitado la ciudad para instalarse en aquel remoto lugar y cultivar su arrozal. En su lecho de muerte, el granjero había dicho a sus hijos: “Cuando yo muera, no vendáis el arrozal. Desde hace cinco generaciones, nuestros antepasados han creído que el fundador de estas tierras había escondido un gran tesoro en ellas. Hemos heredado un poema para ayudarnos a encontrarlo. Mi padre me dijo que para entenderlo había que meditar largo tiempo. Pero como todos hemos pasado nuestras vidas trabajando duramente para mantener el arrozal, no hemos tenido tiempo de meditar. Yo os transmito este tesoro. No trabajéis tanto como yo; sólo lo suficiente para tener para vivir, y dedicaros al poema”.

Después de enterrar a su padre, los hijos abrieron el sobre que les había dado y leyeron estos versos:

Ni techo de tejas sobre la cabeza
Ni tierra a cultivar bajo los pies
Viste un nuevo hábito
Y parte con un bastón
Un solo paso bastará para hacer temblar el mundo
Como un dragón saltando sobre su presa.

Los hermanos pensaron: “El abuelo tenía razón, el poema es incomprensible. Primero nos habituaremos a nuestra nueva vida y luego tendremos tiempo para meditar.
Pasaron los años. Los hermanos trabajaron duramente. Tuvieron buenas cosechas, reconstruyeron la granja de sus ancestros y se ganaron el respeto de toda la comunidad. Sin embargo, el hermano nunca estaba en paz. No conseguía dormir. Conocía el éxito y la riqueza, pero todo lo que representaba ese éxito – la casa, el arrozal, el jardín- eran obstáculos en su búsqueda.”Si quiero tener tiempo, he de abandonarlo todo. Pero si renuncio al arrozal, lo habré perdido todo”, pensaba. Su hermana le propuso que se retirara a un templo. Mientras tanto, ella se ocuparía de todo.

El hermano pasó tres años en un templo, practicando de todo corazón y concentrado en encontrar el sentido del poema, sin poder resolverlo.

Un día regresó a su casa. A lo lejos, vio a una joven que conducía un buey. Llevaba un ramo de flores en la mano, y cantaba. Al acercarse más, se dio cuenta de que era su hermana. Su actitud, su mirada, era la de una persona que había encontrado la paz, la felicidad y la alegría. La hermana escuchó atentamente su historia y le dijo: “Cuando te fuiste, me encargué de todo sola. Nunca sentí que fuera una carga. Mientras los bueyes araban la tierra, yo me decía: puede que el tesoro esté enterrado aquí mismo. Cuando me di cuenta de que el tesoro podía estar en cualquier lugar del arrozal, comencé a arar más despacio, poniendo toda mi atención en cada centímetro de tierra. Un día comprendí que cada trocito del arrozal era un tesoro. Comprendí que la tierra es preciosa, no sólo porque produce arroz, sino porque es tierra. Comprendí que lo que buscábamos no era un tesoro particular, sino la presencia única de todos los seres en el universo. Sentí un gran amor por toda la vida y todos los seres”.

Este cuento lo escribió un gran maestro zen para su mejor colaboradora y amiga, laica.

dorota -

¡Qué precioso comentario, querido amigo!...

No conocía la primera de las películas de la que me hablas, pero procuraré localizarla y verla.

Yo creo que todos nos enamoramos del amor, o mejor, que es el amor lo que nos enamora.
Si la mirada de los protagonistas veían la belleza del amor con los mismos ojos, seguro que la reconocerían en ellos mismos. Creo que sí.

También estoy de acuerdo contigo en que cualquier formulalmiento debe de responder a la realidad (a lo que se demuestra verdad, en suma). No tendría pervivencia en otro caso.

Me encanta la visión que ofreces de la película Cartas desde Iwo Jima. ¡Cómo se puede ver a otros seres humanos con conmiseración ante el sufrimiento, cómo llegamos a verles "como otro yo"!.
Son los momentos de ultimidad los que nos llevan a enfrentarnos más vivencialmente con las verdades de la vida, ¿no crees?...

Desconocía lo que nos dices sobre el rayo verde, pero me alegro de que en lo que yo sólo he instrumentalizado hubiera un fondo científico, o de verdad en suma...

Joaquim -

Era formidable la película de Eric Rohmer del mismo nombre (seguro que lo sigue siendo), que tomaba como referencia una novela de Julio Verne. Se decía que dos personas que contemplaban el fenómeno juntas quedaban indefectiblemente enamoradas la una de la otra. Efectivamente, en el género sapiens la mirada lo es todo.

En el atardecer, y en el amanecer, los rayos del sol tienen que atravesar una gruesa capa de aire, muchísimo mayor que cuando se encuentra en el cenit, encontrándose en su camino una gran masa de polvo en suspensión que dispersa su luz por lo que sólo nos llegan algunos colores, en concreto los rojizos y anaranjados. Se dice que el último rayo de luz, a veces y en ciertas condiciones, puede ser verde, incluso azul.

Ante cualquier hecho podemos hacer dos cosas: intentar explicarlo de la manera más científica posible o sublimarlo y darle una interpretación mitificada. Ambas visiones son consustanciales al género sapiens pero, a mi modo de ver, la dimensión mítica o espiritualizada de los hechos y de la historia, que no critico (en principio), debe de tener siempre como horizonte la explicación más científica y objetiva de las cosas. Hacerlo de otro modo nos deja indefensos ante el pensamiento mágico y pseudocientífico tan en boga hoy en día.

Después de este rollo, te diré que estoy totalmente de acuerdo contigo en que la mirada del ser humano sobre las cosas tiene que ser la mirada del amor, como en la película de Rohmer (y ya se sabe que todo aquello que es contemplado queda modificado por la mirada que le contempla). Y ya que hablamos de cine, ayer vi “Cartas desde Iwo Jima”, película muy dura pero cine en letras mayúsculas. Como puedes suponer el grado de destrucción y sufrimiento que se ofrece en la película es poco soportable para hígados sensibles, pero lo que quiero remarcar son esas situaciones de verdadero amor fraternal que aparecen en los peores momentos, en aquellos en que tu propia supervivencia está en juego. Es esa la mirada la que debe de modificar nuestra realidad, porque, no lo olvidemos, frente a un paisaje de máxima belleza, ya sea frente al gran espectáculo del atardecer o en una isla japonesa del Pacífico, pueden ocurrir o cometerse los actos más horrendos.

dorota -

No hablo de una motivación para vivir, querido amig@, hablo de saber para qué y por qué vivimos.
La contemplación nos lleva a ser contemplativos, y así llegamos a la auténtica sabiduría.
Todos los seres humanos de todas las épocas sabemos que no somos nosotros quienes hemos creado semejante belleza.
La cuestión es sentirse uno con ella, y dentro de ella, tratar de interpretar correctamente nuestro papel, porque sólo así participamos dignamente de ella.
También los cristianos pintamos con frecuencia rayos verdes, no creas...

Hola -

Bueno, en definitiva es la misma respuesta que dará un ateo al que se le pregunta como es una vida sin dios... -el explendor de todo "lo creado"- puede ser suficiente motivacion para vivir... y como dicen por ahi, cuando el sabio señala la luna, solo los tontos miran el dedo...
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