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SANACIÓN CREYENTE

Viene siendo habitual que comentemos posteriormente documentos de trabajo que nos hablan del Evangelio correspondiente a cada domingo. En esta ocasión, os incluyo uno que Xabier Pikaza ha colgado en su blog. A mi modo de ver es magnífico, pero me encantará conocer vuestras opiniones. Dice así:

Domingo 28. Tiempo ordinario. Ciclo C.

"Mientras va culminando su camino de ascenso hacia Jerusalén, el Jesús de Lucas expone cada vez con más fuerza la riqueza de la fe. El domingo anterior he comentado la palabra de fondo de Habacuc 2, 4: "El justo vive por la fe". Hoy quiero comentar la nueva palaba de Jesús que dice al enfermo "tu fe te ha curado". La fe es principio radical de sanación. La mayor enfermedad humana (mental y somática) es la falta de fe. El hombre que cree en el Reino de Dios, en el Dios del Reino de Jesús puede curarse, sea judío o samaritano. Gratuita es la curación, con agradecimiento debe respodner el curado. Éste es el tema clave: que la humanidad enferma pueda curarse.

Texto Lucas 17, 11-19

Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: "Jesús, maestro, ten compasión de nosotros."
Al verlos, les dijo: "Id a presentaros a los sacerdotes."
Y, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias.
Éste era un samaritano.
Jesús tomó la palabra y dijo: "¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?"
Y le dijo: "Levántate, vete; tu fe te ha salvado."

Primer acercamiento

No hace falta ser judío, no hace falta ser cristiano. Ante Jesús son todos iguales, judíos y samaritanos. La lepra no distingue religiones externas. Los leprosos judios y los samaritanos pueden andar juntos.

Pero una vez curados... los leprosos pueden distinguirse. Unos van a lo anterior (los judíos, con sus sacerdotes). Otros, como los samaritanos, pueden volver a dar gracias. Sólo éstos se han curado de verdad, sólo estos pueden empezar una vida nueva con Jesús.

Una reflexión más detallada.

Ahora podemos condensar en breves trazos el sentido de los milagros de Jesús , tal como han sido reasumidos y entendidos por la tradición cristiana. Nos hallamos en ese punto central, piedra angular, donde se juntan experiencia religiosa y compromiso de amor liberador sobre la tierra. Es el punto donde el reino de Dios se hace visible entre los hombres, como base de vida y fundamento de futuro.
Jesús mismo ha llegado hasta aquí: como profeta escatológico de Dios puede ofrecer los signos del reino sobre el mundo. Así los ha ofrecido. No pregunta si lo suyo es magia o religión:sabe que es amor y como amor lo ofrece;sabe que es poder de creación y como creador ayuda, en actitud de fe, a los pobres y enfermos de su entorno. Humanamente hablando, Jesús ha compartido la esperanza apocalíptica del tiempo: la manera de entender el gran combate entre Dios y su adversario, los signos y señales de Satán sobre la tierra (enfermedad, posesión). En ese mundo de dolor y enfermedad ha penetrado Jesús con "toda el alma", con la gran certeza de que llega el reino y de que el reino es libertad para los hombres que se encuentran cautivados.

De esa forma ha vinculado los dos rasgos de su obra:
su "mensaje apocalíptico", de culminación del mundo viejo, ha tomado cuerpo en las señales de vida que ha ofrecido a los enfermos y posesos;
por otra parte, esas "señales" aparecen así como anticipo (anuncio) de aquella libertad total de Dios que ya se acerca.
De esa forma, Jesús no ha pretendido ir resolviendo los problemas de los hombres uno por uno. Ha hecho algo más hondo, más definitivo:dentro de esos mismos problemas que son la expresión del mundo viejo, como iniciador de un camino de Dios, Jesús ha introducido unas señales de esperanza: los signos de su reino.

No es magia, es fe que cura

Planteamos de esa forma la verdad más paradógica de todo el evangelio. Parece que la magia antigua quiere triunfar de una manera externa sobre el mal del mundo. Por eso apela a los poderes exteriores: pide que ellos vengan y que actúen, como liberando al hombre de su propia responsabilidad, de eso que pudiéramos llamar el peso de su acción y sacrificio.
En contra de eso, Jesús actúa como un hombre de fe. Por eso no resuelve los problemas de los hombres ofreciéndoles un tipo de ayuda desde fuera. No les lleva a la evasión o al olvido de la tierra sino todo lo contrario: en el centro de la misma enfermedad Jesús suscita un gesto de fe en aquellos que le acogen y le escuchan. Así actúa como promotor de vida en medio de la muerte, como signo de esperanza en medio de una sociedad que parece condenada a la desesperanza. Tres son los elementos que actúan en sus curaciones:

a) Jesús actúa como mediador de fe: dialoga con el enfermo (o poseso); penetra en el lugar de su dolor, en la raiz de su misma enfermedad o su locura. Actúa en gesto de iluminación psicológica, de donación de amor, de entrega radical. Precisamente allí donde parece que la vida se encuentra condenada y fracasada ha penetrado Jesús con su fuerza de amor gratuito y transformante.

b) Jesús pone a los enfermos ante el poder de Dios que definimos con todo el evangelio como "reino". De ese Dios hemos hablado ya en el capítulo anterior, presentándole como gratuidad al servicio de los pobres y pequeños, como amor creador que triunfa de la muerte. A modo de mensajero de ese reino actúa Jesús, haciendo que cada enfermo pueda colocar su vida (enfermedad, esperanza) en manos de Dios.

c) Por eso el milagro se realiza como fe. Así lo indica la tradición evangélica recordando una y otra vez las palabras de Jesús que dice a los enfermos "si crees puedes curarte" o "tú fe te ha curado". Fe es ponerse en manos de la gracia de Dios, en manos de su fuerza creadora. La fe es el gesto por el cual, superando lo que somos, nos ponemos en brazos de aquel que nos hace vivir, de aquel que nos capacita par esperar. Al llegar a este nivel puede realizarse y se realiza muchas veces el milagro.

Milagro no es por tanto algo que puede hacerse por la fuerza; si se hace por la fuerza no es milagro. Tampoco es milagro si se logra demostrar por métodos científicos. Por eso, frente a la magia que quiere expresarse como dominio del hombre sobre las fuerzas superiores (divinas) de la realidad, el auténtico milagro de Jesús viene a expresarse como signo de fe, como expresión de gracia.

De esa forma se vinculan, en unión gratificante y creadora, los tres agentes indicados: el hombres que escucha la palabra de Jesús y se confía en manos del Dios de la vida. Por eso se puede decir que cura Dios (poder del reino); y se puede añadir que los milagros son gestos de Jesús, que es portador del reino; pero, al mismo tiempo, se puede y debe añadir que los milagros son gestos de fe del mismo enfermo que supera su antigua situación y pone su vida en manos del misterio de la gracia.

El milagro es la fe que actúa

Es el gesto y consecuencia de aquella confianza radical que, en medio de este mundo malo, pone a los hombres ante el resplandor de Dios. La máxima actuación del hombre consiste en dejar que Dios actúa, dejándose en los brazos de su reino. Por eso el milagro no se puede programar ni demostrar; no se puede convertir después en acción de compraventa, en mercado de favores religiosos. Allí donde comienza el mercado termina el milagro. Donde se programa la feria de prodigios se apagan los auténticos prodigios, en la línea de la gracia de Jesús.

Milagro es la misma vida de la gracia, es la gratuidad de los samaritanos: el gesto de amor de Dios que irrumpe, por medio de Jesús en la existencia de los hombres, el gesto de amor de los samaritanos que responden dando gracias. Por eso, toda la vida del creyente empieza a ser milagro: signo de gratuidad, canto de vida, principio de libertad.

Por los prodigios de la magia el hombre puede quedar fijado en lo exterior, en manos de poderes que le manipulan. Esto es lo que intentan siempre los grandes "buscadores" de prodigios, los que van al adivino y hechicero, al echador de cartas o al pronosticador de futuro: tienen miedo de su propia libertad; quieren que otro les resuelva los problemas desde fuera.
En contra de eso, el milagro de Jesús es principio de libertad. Me libera Dios para que pueda hacerme responsable de mí mismo, para que asuma las riendas de mis propia vida. Son muchos los, que de un modo o de otro, quieren vivir esclavizados, en manos de poderes exteriores. Quizá se refugian en la misma enfermedad, porque tienen miedo de sí mismos; les cuesta asumir una responsabilidad, enfrentarse con los grandes problemas de la vida. Pues bien, el milagro de Jesús (sobre todo en lo que toca a los exorcismos) nos lleva siempre al lugar de la libertad, al lugar donde cada uno puede y debe hacerse responsable de su propia vida.

Milagro, una fe que se hace amor

No cura Jesús para resolver los problemas de los hombres; cura para ayudarles a ser humanos, para hacerles capaces de asumir su responsabilidad en un camino de existencia abierto hacia la entrega de amor y hacia la muerte. Dos son, en esta línea, los componentes fundamentales de todo milagro de Jesús:

a) El milagro es gesto de amor: Jesús mira a los hombres y tiene compasión, pues los encuentra encorvados, aplastados en la tierra. Por eso, como mensajero de la gratuidad de Dios quiere ayudarles, ofreciéndoles la mano, dándoles su cariño, haciéndoles capaces de asumir su propia vida.

b) Al mismo tiempo, los milagros son invitación a la libertad: Jesús quiere que los curados, liberados de la enfermedad, los que superan el abismo de su locura o de la lepra, puedan hacerse responsables de su vida. En fórmula paradógica, podríamos decir que Jesús cura a los hombres para hacerles capaces de asumir en libertad su propia muerte como gesto de entrega por los otros. Los samaritanos curados tienen que iniciar ahora una nueva travesía de libertad, por encima de los ritos anteriores (a los que vuelven los judíos, que no han entendido a Jesús, a pesar de cumplir externamente la palabra de Jesús (ir donde los sacerdotes)

Jesús, sanador

Jesús ha curado a muchos enfermos, viniendo a presentarse como profeta poderoso en obras y palabras", pero luego es "impotente" en el Calvario. Por eso le acusan los contrarios diciendo que es un mago fracasado. Al obrar de esta manera desconocen su mensaje más profundo, el sentido de su fidelidad en el amor.

El auténtico milagro consiste en aprender a amar, pudiendo así entregarse hasta la muerte. Un hombre inmortal no podría amar nunca del todo, ni podría dar su vida por el otro, como han destacado algunas de las versiones modernas del "superman": un héroe inmortal, que realiza series de prodigios exteriores, viene a estar al fin como cautivo de su propia "grandeza". No puede enamorarse de verdad: no puede dar su vida por los otros. El milagro de Jesús consiste en que se hace humano hasta el final y así actualiza el don total de reino en forma de entrega humana. El milagro de Jesús consiste en que ha vivido el amor de una manera total, hasta la misma frontera de la muerte.
Jesús ama dando su propia vida; hace milagros comprometiéndose al hacerlos. De esa forma, su amor a los necesitados no es un tipo de juego superficial, algo que resbala por su entraña. No es mago que actúa mirando las cosas desde fuera, como un visitador que permanece siempre alejado de los verdaderos problemas de los hombres. Es todo lo contrario: en cada gesto de amor, en cada uno de los milagros, Jesús entrega su propia vida y de esa forma va "muriendo".

Significativamente, a Jesús le han condenado a muerte porque ha hecho milagros en favor de la libertad de los más pobres del pueblo, como mostraremos en el capítulo final de este libro. Le condenan porque sus milagros desestabilizan el orden social que había forjado Israel. Jesús no cura a unos pocos. . . , poniendo sus curaciones al servicio del sistema, como sucede en Epidauro o en los sitios donde actúan los exorcistas judíos. Jesús cura ofreciendo a los curados y a todos los pobres de la tierra un ideal nuevo de vida liberada, de amor hasta la muerte. Cura mostrando con sus curaciones la llegada de un nuevo orden de gracia donde todos los hombres son hermanos, todos libres, todos responsables de su propia vida.

De esta forma, los milagros de Jesús se convierten en principio de ruptura dentro de aquella sociedad establecida en la que había sitio para cojos, mancos, ciegos y posesos. . . pero dentro un sistema sacral que justifica el orden existente. Pues bien, Jesús ha roto ese sistema. Ha curado a los enfermos y a los locos para abrir su corazón y su existencia hacia una forma de existencia liberada, de plena gratuidad. Por eso le persiguen como peligroso, por eso le acusan de "poseso" y le acaban condenando como a un hombre que destruye el orden de la ley israelita.
He dicho que las curaciones de Jesús, siendo gesto de amor a los pequeños son, al mismo tiempo, una expresión de libertad. Jesús quiere liberar a los pobres y enfermos, haciéndoles capaces de vivir en gratuidad, en apertura al reino, haciéndoles capaces de gozar y de morir por ese reino. Por eso, cuando le entregan a la muerte y le clavan en cruz, Jesús sigue fiel a su ideal de reino y se mantiene (sufre) en la cruz precisamente por amor al reino. Ha confiado en Dios y esa confianza ha sido base de todos sus milagros; en Dios sigue confiando desde el mismo abismo de la muerte.

El valor de los milagros de Jesús viene a condensarse, de esta forma, en el fin de su vida: acepta la muerte porque cree en el Dios de sus milagros, porque sigue confiando en la vida del amor desde el abismo del odio y de la muerte. Está en juego lo que ha sido su camino. Si fracasa ahora su gesto acaba todo: Jesús no habría sido más que un simple mago fracasado; si Dios responde es que Jesús ha sido profeta verdadero, aquel supermago del amor que hace posible que la vida se convierte en gracia y esperanza desde el mismo abismo de la muerte de este mundo."

Realmente, no creo que se pueda ser más realista. ¿Vosotros si?...

LA «THEOTÒKOS»

Ella estuvo allí con nosotros y para nosotros en “el cuando” de la Nueva Alianza (Pentecostés).

Su presencia en Dios y su solicitud justifican el título de Omnipotencia Suplicante con el que le adornamos (ver la argumentación de lo que decimos en el artículo EL REGALO DE UNA MADRE). 

Pero sin duda el título que más singularmente le conviene, es el de ser la «Theotòkos», es decir, “la que dio a luz a Dios”. 

Fue su intervención lo que motivó el origen de la vida pública de Nuestro Señor, y fue también su intervención lo que motivó que la Luz de Dios se hiciera presente entre nosotros, a través de la actuación de su Hijo, el Hijo único de Dios. 

Todos sabemos de su intimidad, y todos sabemos también de sus entrañas de misericordia. A Ella acudimos constantemente como intercesora, y por eso sabemos cuánto le hemos de agradecer.

Por eso tanto hoy como ayer (hoy bajo la advocación de Ntra. Sra. del Pilar y ayer bajo la de Ntra. Sra. de Begoña) acudimos a Ella para agasajarle. 

Es una fiesta íntima, una fiesta del corazón. Es la misma Señora, claro está, y por eso me permitiréis que yo hable de Ella como de “nuestra amatxu” de Begoña. 

Desde hace ocho siglos, generaciones de bizkainos nos llegamos a sus plantas, como a Ella le decimos, “para cantarte” (“zugana kantari”). 

Impresiona ver cómo los txikiteros (cuadrillas de hombres que acostumbran a tomar txikitos de tasca en tasca) cantan a la Amatxu de Begoña. Sus voces son roncas, pero grande su unción. 

Ellos saben, pero nosotros también, que están cantándole a su Madre. A Aquella que vela. A Aquella que consuela. A Aquella que en numerosas ocasiones es causa de su alegría. ¡Cómo no!... 

No necesitan ninguna teoría. Tampoco los romeros que hasta sus pies subimos. Su presencia es entre nosotros una vivencia. Lo sabemos, y por ello cantando subimos hasta sus plantas a agradecer. 

A agradecerle que sea Madre de todos los hombres, bizkainos o zaragozanos, vascos y/o españoles, porque ante Ella no hay baskidad ni españolidad. 

Quien tuvo en sus entrañas y nos dio a luz a la Luz, es también quien con la comprensión y el amor de una Madre, con su sonrisa, muestra a la Iglesia su Luz.

Que Ella nos ilumine siempre. 

Gracias, Madre. Esker'ik asko, Ama. 

 

LA ORACIÓN DE ROUCO

Mi intervención será corta hoy, Pero no puedo dejar de comentar la impresión que me ha producido la determinación del Sr. Arzobispo de Madrid de que en todas las Eucaristías se rece "por el rey y por la corona", seguido de una oración por la "unidad de España".

Precisamente ayer estábamos tomando un cafelito una amiga y yo, y hablando sobre la situación de la Iglesia, mientras que yo le decía que Benedicto XVI me parecía un gran teólogo, ella decía que comparativamente con Juan Pablo II, no acababa de llegar. Que quizá debería encargar una especie de "macro-campaña publicitaria" o algo así, de modo que el mensaje pudiera llegar al pueblo llano.

Yo le decía que lo que realmente necesitábamos, es que fuera de los grandes discursos, la Iglesia fuera creíble porque en nuestro comportamiento se manifestara siempre la Verdad.

La Verdad del Evangelio está desarrollándose en distintas comunidades y con distintas sensibilidades, y por ello creo que la derminación del Sr. Rouco ha sido francamente desacertada.

Jesús nos dijo claramente que el Padre ya sabe de qué tenemos necesidad antes de que se lo pidamos.

En esta hora complicada y hasta crispada, lo que procede pedirle al Dios de la Vida, no es por el rey o por la corona, por la unidad de España o por la autodeterminación, sino para que entre todos sepamos llegar a la paz y a la unidad, de modo que de verdad seamos Uno como Jesús y Él lo son.

Pienso que sólo así el mundo creerá.

¿ABSOLUTO?, ¿RELATIVO?

Me alegro de que las palabras de Benedicto XVI del día 5 hayan suscitado vuestros comentarios. Me vais a permitir ahora que os someta un razonamiento un poco más elaborado si no sobre ellas, sí sobre lo que las msmas pretenden suscitar o sobre lo que de las mismas yo interpreto. Vosotros me diréis.

Mirad: sólo la consideración de un absoluto puede llevarnos a la consideración de un relativo, puesto que relativo es "aquello que hace relación a". Dicho ésto, y en relación con la Transcendencia, utilizando notas, guarismos o versos, nosotros no hacemos sino "relativizar" su realidad.

La cuestión es si existe o no una correspondencia de nuestras opiniones con aquello que interpretamos, dando por supuesta en todo caso nuestra buena voluntad.

Esta correspondencia viene determinada por un rango que fija la Ley Natural, como expresión imperceptible de una ordenación que impera el Cosmos (imperceptible quiero decir si pretendemos percibirla con nuestros sentidos externos, y no con la luz de la razón).

Es la razón una facultad humana que sintetiza nuestro conocimiento y nuestra voluntad permitiéndonos conocer realidades razonables; pero aunque como posibilidad existe y está abierta a todos los seres humanos en el ámbito de su conciencia (en ocasiones pienso que es más expresivo denominarla consciencia), lo cierto es que las verdades o las realidades que tratamos de razonar para poder interpretarlas tienen que ser razonables, es decir, tienen que tener razonabilidad y ser acordes a la razón.

La razón que se nos transmite el relación con el Absoluto, es el conocimiento de Dios. 

Todos habremos oído mil veces (o más), que nuestra conciencia ha de estar formada, o aquello que yo decía de que "sin ciencia no hay conciencia". Pues bien. No se trata de una ciencia cuantificable, sino de la que surge de la experiencia de Dios, de aquel momento en el que lo que sabemos se nos muestra como certero porque surge de la vivencia de una evidencia.

Ante esta percepción, eliminamos o renovamos argumentos o formulaciones anteriores, porque "sabemos" que estamos en pleno progreso.

Pues bien: en ocasiones, y en ese "nuestro progresar", el conocimiento de la realidad de Dios de la que hablo se ve contaminada aparte de nuestra coyuntural necedad, por opiniones ajenas a las que damos un valor exagerado. No dejan de ser "buscantes" (como nosotros mismos) que en ningún caso van a llegar a manifestar (como tampoco nosotros) la verdad acabada del conocimiento que pretendemos poseer.

Como los cristianos sabemos, ese conocimiento "sensible" de las cosas de Dios se nos ha alcanzado con la encarnación de Nuestro Señor Jesucristo. Él si conoce la verdad de Dios y nos la ha participado.

Reconozco que yo soy la primera a la que le ha costado lo suyo caer en esa vivencia, pero gracias a Dios ha sido así. La cuestión es que siempre estaba ahí, pero, aunque yo lo intuía, mi "nescencia" precisamente no me permitía vislumbrarlo.

Otras personas no creyentes también han llegado a esa vivencia, porque  Dios a todos nos habla. Esa percepción les llega precisamente porque son contemplativos: porque son capaces de ver la mano de Dios en toda la naturaleza e incluso (pese a nuestros errores) en el comportamiento humano.

 Pero en ocasiones ese conocimiento se nubla en ellos como en nosotros precisamente por nuestra vanidad: porque queremos ser como dioses. Así, manipulamos, conducimos o erramos a otros seres racionales, queramoslo o no, no buscando la razón que queremos transmitir por ella misma, sino nuestra propia interpretación de la realidad.

Acaso que nuestras versiones sean compartidas nos afiancen. Pero aunque fuéramos todos opinando al unísono, nunca variaríamos ese orden pre-establecido del que habla Benedicto XVi y que no es sino la expresión viva a través de sus actos de la Sabiduría de Dios.

No se lo que os parecerá lo que me he decidido a compartir con vosotros...

DEFENSA NECESARIA ANTE LAS IDEOLOGÍAS Y EL RELATIVISMO

Ayer mismo Benedicto XVI ha hecho un llamamiento a todas las conciencias para redescubrir en la ley natural el fundamento de la convivencia democrática y evitar así que el humor de la mayorías o de los más fuertes se conviertan en el criterio del bien o del mal.

La ley natural es, según explicó el Papa, esa «norma escrita por el Creador en el corazón del hombre» que le permite distinguir el bien del mal. Ahora bien, reconoció, «en muchos pensadores parece dominar hoy una concepción positivista del derecho. Según ellos, la humanidad, o la sociedad, o de hecho la mayoría de los ciudadanos se convierte en la fuente última de la ley civil».

«El problema que se plantea no es por tanto la búsqueda del bien, sino la del poder, o más bien, la del equilibrio de poderes». 

«En la raíz de esta tendencia se encuentra el relativismo ético, en el que algunos ven incluso una de las condiciones principales de la democracia, pues el relativismo garantizaría la tolerancia y el respeto recíproco de las personas", afirmó.

Pero si fuera así, siguió advirtiendo, «la mayoría de un momento se convertiría en la última fuente del derecho».

«La historia demuestra con gran claridad que las mayorías pueden equivocarse --alertó--. La verdadera racionalidad no queda garantizada por el consenso de una mayoría, sino sólo por la transparencia de la razón humana ante la Razón creadora y por la escucha de esta Fuente de nuestra racionalidad».

Cuando están en juego «las exigencias fundamentales de la dignidad de la persona humana, de su vida, de la institución familiar, de la justicia del ordenamiento social, es decir, los derechos fundamentales del hombre, ninguna ley hecha por los hombres puede trastocar la norma escrita por el Creador en el corazón del hombre, sin que la sociedad quede golpeada dramáticamente en lo que const ituye su fundamento irrenunciable», aclaró.

«La ley natural se convierte de este modo en garantía ofrecida a cada quien para vivir libremente y ser respetado en su dignidad, quedando al reparo de toda manipulación ideológica y de todo arbitrio o abuso del más fuerte».

«Nadie puede sustraerse a esta exigencia -siguió advirtiendo el Papa-. Si por un trágico oscurecimiento de la conciencia colectiva el escepticismo y el relativismo ético llegaran a cancelar los principios fundamentales de la ley moral natural, el mismo ordenamiento democrático quedaría radicalmente herido en sus fundamentos».

«Contra este oscurecimiento, que es la crisis de la civilización humana, antes incluso que cristiana, es necesario movilizar a todas las conciencias de los hombres de buena voluntad, laicos o pertenecientes a religiones diferentes al cristianismo, para que juntos y de manera concreta se comprometan a crear, en la cultura y en la sociedad civil y política, las condiciones necesarias para una plena conciencia del valor innegable de la ley moral natural».

«Del respeto de ésta depende de hecho el avance de los individuos y de la sociedad en el camino del auténtico progreso, en conformidad con la recta razón, que es participación en la Razón eterna de Dios», concluyó el Papa.

Cuesta mucho no estar de acuerdo con estas palabras, ¿no creéis?, sobre todo si se considera a la familia humana como una comunidad en la que el Amor de Dios se comparte, sea cual sea su status jurídico ...

LA TEORÍA DE LOS GLADIOLOS

Mucho se rió mi profesor de Metafísica cuando, para tratar de explicar el modo en que yo concebía no la creación humana, sino la procreación humana, le hablaba de mi teoría de los gladiolos.

No me cogía de la cabeza (como pienso que a nadie lo hará), la posibilidad que de una figura de varón (Adán) y una de hembra (Eva), ambas únicas, procediera toda la estirpe humana, y se me ocurrió formular la teoría de que tal vez con ellos sucediera lo mismo que sucede con un bulbo de gladiolo: si uno plantáramos, al cabo de un tiempo de esa misma raíz surgirían algunos más...

En medio quedaron algunos razonamientos sobre el modo de reprodución humana que invalidaban mi planteamiento, pero el pensamiento quedó en mí: algo incomprensible enconraba yo en la manera de entender no ya el origen sino el modo de continuación de la estirpe humana, y ello me llevó a concretar aún más mi combatida teoría dando lugar a una interpretación propia, tanto de este tema como de la vocación del ser humano a la perpetuidad, que a continuación expondré...

Veréis:

Nos dice el Génesis, que partiendo de la naturaleza material creó Dios al primer viviente, y lo hizo participándole una forma de ser y de actuar determinada que le permitirían, aparte de la posibilidad de relacionarse con otros seres de su misma especie para transmitir y compartir la vida propia (hablamos de relaciones de generación, de parentesco o de participación en determinadas formas sociales), asimilar, compartir o transformar las formas sustanciales de otros seres (pensemos en las funciones metabólicas, en la asimilación de conocimientos o en la realización de obras de arte o de creatividad en suma), de modo que partiendo de ese modo de ser y de actuar característico, la Vida de Dios fuera en él y a través de él mediante los efectos inmanentes y transeúntes de sus actos.

Pero aunque  nos encontráramos así con un viviente dotado de creatividad, capaz de actuar y por lo tanto de relacionarse, la perfección de su ser personal no comportaba la posibilidad de generar un viviente semejante a él capaz de transmitir la vida de Dios, puesto que la Vida de Dios no era algo que le conviniese por naturaleza.

Así (y sin su intervención) a ese ser humano le añadió Dios una nueva perfección (la capacidad de transmitir la dignidad de los hijos de Dios), constituyéndole en padre por cuanto que inicio (Adán), y madre por cuanto que modo de realización (Eva, "madre de todos los vivientes") de toda la humanidad.

Ambos serían una misma carne, pero no hablamos con ello del hecho de generar hijos al modo que lo hacen otras especies animales, sino de que ambos (Adán y Eva, principio y realización) servirían de sustancia para que, sobre su progenie,  habitara y los hiciera capaces de transmitir la Vida de Dios.

Así, cuando hablamos de que por esa nueva realidad (Eva) el ser humano (Adán) dejaría padre y madre, tampoco estamos hablando de nada físico, sino de una vocación a la Vida de Dios: de nuestra llamada a participar y a hacer realidad en nosotros y a través nuestro, la dignidad de los hijos de Dios.

¿Qué os ha parecido en qué quedó mi tan ingénua "teoría de los gladiolos"?...

LA INSPIRACIÓN DE LOS CRISTIANOS.

No es la primera vez que mi contestación a las intervenciones de quienes comentan origina por sí mismo un artículo. Éste es el caso en esta ocasión. Pretendo contra-argumentar los comentarios que tanto Gorka como Joaquim realizaban al artículo LOS EVANGELIOS SIN-OPTICOS y mi respuesta dice así:

La cuestión es que estoy de acuerdo con los dos. Contigo, Gorka, estoy de acuero en que "en la interpretación de los Evangelios hay que estar abierto a lo que a cada uno inspire el Espíritu de Jesús", y contigo, Joaquim, en que "por supuesto puede hacerse buena teología con las aportaciones que realice tanto la historia como la ciencia", y en que "cuando nos acercamos a los acontecimientos de la historia debemos despojarnos de todo pre-juicio no intentando proyectar hacia el pasado nuestras actuales comprensiones de las cosas", pero no así de la realidad.

Es posible que "los actuales textos canónicos más que como expresión de lo externo o lo interno de la Iglesia, sean fruto de un pacto entre las diversas tradiciones surgidas al amparo de lo que dijo e hizo Jesús", como dices tú, pero yo creo más bien que hay un consenso implícito precisamente fruto de la actuación del Espíritu de Dios.

Lo que intentamos es mirar hacia el pasado bajo la luz de la fe, con la pretensión de contemplar lo acontecido con nuestra actual comprensión de la realidad.

Aun asumiendo que es así, poco importa que diversas fueran las fuentes de los cuatro evangelistas, la posibilidad de su mutua influencia, o que el cuarto de los evangelios (el del Zebedeo que tú dices, supongo que refiriéndote a S. Juan) fuera escrito por un discípulo suyo. En realidad y en su conjunto, los evangelios reflejan la fe de la Iglesia ante la revelación de la Palabra de Dios tal y como fué recibida por los apóstoles, y transmitida oralmente a quienes años después fueron capaces de transcribirlas siempre tratándose de receptores de "primera generación"

Como dices tú, "todos los hechos históricos, casi sin excepción, van siendo sometidos a revisión, y el de los orígenes del cristianismo no es ni debe ser una excepción". Pues bien. Yo te digo que poco importa que Nuestro Señor naciera en el año 0 o en el 44 de nuestra era. Bienvenido sea el dato; pero la mala datación inicial de la fecha, en nada condiciona el hecho de la encarnación del Verbo de Dios.

Quiero con esto decir, que las aportaciones de la ciencia pueden ser valiosas, pero no deben llevarnos a dudar de una interpretación sustancial de la Palabra de Dios, porque es efectivamente el Espíritu Santo no sólo quien inspiró a quienes transcribieron sus revelaciones, sino también quien inspira a quienes en su interpretación han acogido la Palabra de Dios.

Digamos que, con un cierto instinto, percibimos lo que es cohrente con Ella. En una ocasión (y permite que me refiera a mis vivencias), ante una determinada situación yo respondía: "no puedo saber lo que quiero, porque no lo he tenido nunca; pero sé muy bien lo que no quierol". Pues bien: aun persiguiendo algo que aún no hayamos tenido y como tal no lo conozcamos, sabemos perfectamente qué es lo que debemos seguir persiguiendo, al menos por exclusión.

Realmente con el artículo de Chacón pretendía sintetizar esto que ahora digo. Este hombre había llegado a una interpretación inclusiva, no excluyente de los Evangelios y eso me gustó. Tenía el apunte, pero para nada recuerdo de dónde lo saqué, así que busqué en internet para ver quién era esa persona. Como el artículo continuaba con una reflexión sobre su experiencia íntima en el trato con Dios y hablaba de retiros y cosas así, yo supuse que se trataba de alguien del Opus Dei; de algún artículo que nos hubieran suministrado a lo largo de la carrera. Imagina cuál no sería mi sorpresa cuando me encontré con que el Sr. Chacón es un pastor evangélico chileno...

Es aquí cuando de nuevo me muestro de acuerdo con Gorka en el sentido de que es el Espíritu Santo quien sopla cómo, dónde y sobre quien quiere, y en que es Él quien nos lleva a la comprensión acabada de la Palabra de Dios.

No es que no podamos dudar. Las dudas existen, pero precisamente han de ser un acicate para encontranos con la verdad. Busquemos si aún no hemos encontrado, porque como dice el Evangelio, quien busca encuentra.

Pero tampoco se trata de que de nuestra interpretación hagamos norma. Algo así debió intuir S. Mateo cuando trató de interpretar la voluntad divina de que nuestras interpretaciones, y por nuestra conveniencia,  tuvieran un rango. Pensemos que los carismas que cada uno posee son siempre dones destinados a la construcción de la comunidad, que los cristianos participamos de la fe comunitariamente, y que estamos llamados a constituir la Iglesia, no una torre de Babel.

Porque fué S. Pedro (según se dice en los cuatro evangelios, también en el de S. Juan) quien supo ver en el Cristo no al mesías político que restaurara la nación de Israel, sometiera el poder de los romanos y le diera primacía sobre todas las naciones sino al Hijo de Dios Vivo, personalmente no me cuesta en absoluto reconocer en él el carisma de discreción del que hablaba en el artículo LA ELECCIÓN DE PEDRO. Pero como decía también allí, éso no supone un derecho de dominio, sino un deber de servicio, al menos para mí, y en ese sentido y ante determinados comportamientos puedo estar completamente de acuerdo contigo.

Por lo demás, la Iglesia es algo vivo. Como decía Chacón, en Jesús todo es desbordamiento, y lo que ese desbordamiento es, es precisamente el Espíritu que nosotros compartimos y estamos llamados a desbordar, ¿no te parece?

EL SECRETO DE LA JOVEN QUE CONDUCÍA UN BUEY

Mirad que cuento tan hermoso nos ha remitido nuestra amiga Begoñi, y juzgad sobre cuánto tiene que ver con la experiencia que decíamos de la contemplación en el artículo de EL RAYO VERDE. Dice así:

"Hace mucho tiempo, un granjero viudo murió dejando un hijo y una hija huérfanos. Los niños sabían que seis generaciones antes, uno de sus antepasados había quitado la ciudad para instalarse en aquel remoto lugar y cultivar su arrozal. En su lecho de muerte, el granjero había dicho a sus hijos: "Cuando yo muera, no vendáis el arrozal. Desde hace cinco generaciones, nuestros antepasados han creído que el fundador de estas tierras había escondido un gran tesoro en ellas. Hemos heredado un poema para ayudarnos a encontrarlo".
Mi padre me dijo que para entenderlo había que meditar largo tiempo. Pero como todos hemos pasado nuestras vidas trabajando duramente para mantener el arrozal, no hemos tenido tiempo de meditar. Yo os transmito este tesoro. "No trabajéis tanto como yo; sólo lo suficiente para tener para vivir, y dedicaros al poema".

Después de enterrar a su padre, los hijos abrieron el sobre que les había dado y leyeron estos versos:

Ni techo de tejas sobre la cabeza
Ni tierra a cultivar bajo los pies
Viste un nuevo hábito
Y parte con un bastón
Un solo paso bastará para hacer temblar el mundo
Como un dragón saltando sobre su presa.

Los hermanos pensaron: El abuelo tenía razón, el poema es incomprensible. Primero nos habituaremos a nuestra nueva vida y luego tendremos tiempo para meditar. Pasaron los años. Los hermanos trabajaron duramente. Tuvieron buenas cosechas, reconstruyeron la granja de sus ancestros y se ganaron el respeto de toda la comunidad.
Sin embargo, el hermano nunca estaba en paz. No conseguía dormir. Conocía el éxito y la riqueza, pero todo lo que representaba ese éxito - la casa, el arrozal, el jardín- eran obstáculos en su búsqueda.
"Si quiero tener tiempo, he de abandonarlo todo. Pero si renuncio al arrozal, lo habré perdido todo", pensaba.
Su hermana le propuso que se retirara a un templo. Mientras tanto, ella se ocuparía de todo.
El hermano pasó tres años en un templo, practicando de todo corazón y concentrado en encontrar el sentido del poema, sin poder resolverlo. Un día regresó a su casa.
A lo lejos, vio a una joven que conducía un buey. Llevaba un ramo de flores en la mano, y cantaba. Al acercarse más, se dio cuenta de que era su hermana. Su actitud, su mirada, era la de una persona que había encontrado la paz, la felicidad y la alegría.
La hermana escuchó atentamente su historia y le dijo: "Cuando te fuiste, me encargué de todo sola. Nunca sentí que fuera una carga. Mientras los bueyes araban la tierra, yo me decía: "puede que el tesoro esté enterrado aquí mismo".
Cuando me di cuenta de que el tesoro podía estar en cualquier lugar del arrozal, comencé a arar más despacio, poniendo toda mi atención en cada centímetro de tierra. Un día comprendí que cada trocito del arrozal era un tesoro. Comprendí que la tierra es preciosa, no sólo porque produce arroz, sino porque es tierra.
Comprendí que lo que buscábamos no era un tesoro particular, sino la presencia única de todos los seres en el universo. Sentí un gran amor por toda la vida y todos los seres".

(Este cuento lo escribió un gran maestro zen para su mejor colaboradora y amiga, laica).