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::: Dorotatxu :::

LA CUESTIÓN DE NO HACER CUESTIÓN

Tratábale yo de explicar a una docta amiga mis sentires a cerca de una determinada situación, cuando en un momento dado ella argumentó: “el acierto que has tenido, es el de no hacer de ello cuestión”. 

La expresión me resultó tremendamente llamativa. Era cierto: sólo cuando algo nos cuestionamos, puede pasar a formar parte de nuestro interior, incluso aunque ese algo forme parte constitutiva de nosotros mismos, diría yo. 

Es curioso que esto que no deja de ser una anécdota, me sirva para analizar la postura de las hermanas de Lázaro, Marta y María, en el Evangelio del pasado domingo día 22. En Marta, la oración, la experiencia religiosa no se planteaba dentro de una situación de ajetreo provocada por la presencia de El Señor. En María sí. 

No se si ella le esperaría (acostumbrados como estaban a esperar el advenimiento del Mesías), ni tampoco cual sería su experiencia interior.  Pero sí se que ella le reconoció: “que hizo de su presencia cuestión”. 

Ella gozaba de su presencia: podía verle con sus propios ojos, y escuchar con sus propios oídos la Palabra de Dios.  Pero no son los ojos ni los oídos los que diferencian nuestra experiencia de la de María en la relación con El Señor, puesto que la Palabra de Dios se nos ha hecho explícita, y puesto que ella le veía y escuchaba con los sentidos del Amor.

Sólo nos diferenciaría “el no hacer de ello cuestión”. Cuando ajetreados como Marta no damos cabida a la Palabra de Dios en nuestro corazón, nos perdemos una jugosa experiencia porque grande es el gozo que se experimenta en la presencia de El Señor. 

Es un sentimiento íntimo, os diré. Te sientes en plenitud ante el amante amado y te sabes digno de amor, amado y amante a la vez. Realmente tu vida cambia: te conviertes y deseas reconvertirte cada vez para permanecer constantemente en presencia del Amor. S

upongo que todos tendremos la experiencia de que alguien nos quiera pese a ser lo que somos, sin merecerlo. Pero por si no es así, os diré que genuinamente ésta es: la del sentirse enamorado por, como dirían los ingleses, “haber caído en el amor”. 

Es que la presencia del Amor en el alma enamora ¿sabéis?, y para que esto sea así sólo hay que darle cabida en nuestro corazón. Pero os advierto: ésta es una experiencia que engancha, y merece la pena hacer de ello cuestión. 

EL VALOR DE LOS AMORES FAMILIARES

Publica la Editorial BIBLIOTECA INSTITUTO DE CIENCIAS PARA LA FAMILIA, un texto de Dn. Pedro-Juan Viladrich denominado EL VALOR DE LOS AMORES FAMILIARES del que, aparte de poder decirse que se trata de un libro inteligente y bien estructurado, nos sirve en esta ocasión para reflexionar sobre la identidad de lo que los seres humanos somos y hasta qué punto lo somos verdaderamente, en nuestras relaciones en comunidad.

 Comienza el Sr. Viladrich desde una consideración de valor como de la de “algo que es bueno, que por serlo es valioso, y por valer provoca aprecio y estima y deseo de tenerlo”, para pasar desde allí a analizar la razón de bondad de algunos valores a los que, por tener como origen la familia puesto que desde ella se difunden al resto de los escenarios compartidos y por considerarlos propios y específicos de ella, pasa a denominar valores familiares 

Así, y en base a que un valor es una bondad de verdad, es decir, un bien objetivo cuya razón de integridad, de verdad, de bondad y de belleza no la creamos nosotros puesto que la causa de su unidad, de su bondad, de su valía y aprecio no le vienen de fuera sino de dentro de la propia cosa, mantiene el Sr. Viladrich que “la bondad de un valor no depende de nuestro criterio, sino que está implícita en su propio ser con total soberanía e independencia”  

Esto es así porque todos los entes (es decir, todos los seres que son) en la medida que son como deben, lo son auténticamente (es decir, son verdaderos), y manifiestan en ellos la razón de unidad, de bondad, de verdad y de belleza que cada uno guarda en relación a todo lo creado. (Es notable la utilización que el Sr. Viladrich hace de los denominados Trascendentales Metafísicos).

 

 Pues bien. Mantiene el Sr. Viladrich, que la familia encierra muchas de esas bondades auténticas y de profunda verdad, pero que para que dichas verdaderas bondades puedan ser compartidas, es necesario en primer lugar conocerlas, siendo que en ningún caso podríamos asimilarlas en soledad.  

Por ello (nos dice) “es necesario comprender una dosis nuclear, un punto suficiente y verdadero de lo que son los valores de la familia para poder vivirlos dentro de ella” puesto que es precisamente dentro de cada una de nuestras familias, donde esos valores se enseñan y comparten de generación en generación.

Así, nos dice el Sr. Viladrich, insertos en nuestras familias, “nuestras relaciones familiares, entrelazándose, son aquello con lo que se compone nuestra singular e irrepetible identidad personal”, y puesto que esto es así,

o       puesto que la identidad en familia es una co-identidad, y puesto también que somos lo que somos en el seno de una relación de unión “vivida en comunión”,

o       podemos deducir que la unión es el principal bien de la familia, y la desunión y desintegración su principal mal. 

Es pues la de la familia una relación de unión en comunión, en la que la donación de la intimidad individual se realiza, y a través de la que los valores familiares se comparten “como algo a lo que se tiene derecho”, y “como algo debido en justicia” además.

 

Es ésta la segunda línea argumental que el Sr. Viladrich utiliza (la primera sería la metafísica de la que hemos hablado) en base la que pormenoriza y analiza las distintas relaciones que se establecen por el hecho de compartirse y en función de las distintas identidades individuales entre los diferentes miembros de una familia.

 

Pero vamos a quedarnos ahora con la idea de que como en la familia, también en la sociedad somos lo que somos en el seno de una relación de unión vivida en comunión.

 En esa relación, como en todas las relaciones, hay dos extremos (el origen y el término de la misma) y una razón:

o       una razón exterior a los mismos

o       que la justifica,

o       cuyos valores se comparten,

o       y en cuya transmisión encontramos la causa última de tal relación.

 

Dentro de esta relación co-existimos compartiendo una razón,

o       y es en la medida en que la compartimos como llegamos a ser mediante los efectos de nuestros actos de una u otra forma

o       y como llegamos a constituir, también de uno u otro modo, una sociedad.

 

Pero como es la razón de bondad de aquello que valoramos e incorporamos a nuestra existencia lo que nos hace evolucionar y lo que determina en último término nuestra conducta, tanto individual como colectivamente cabe hacer sobre ello una valoración moral.

 

Porque efectivamente la bondad de un valor no depende como diría el Sr. Viladrich de nuestro criterio,

  • lo que estimamos valioso para serlo, ha de tener en sí una razón de bondad, o dicho de otro modo, de conveniencia para el bien de cuantos lo comparten.
  Es así que lo que ahora vamos a denominar valores sociales se comparten, también como algo “a lo que cada uno tiene derecho” y algo “que a los otros es debido en justicia” en una sociedad,

o       y es en la medida en que esto se haga convenientemente,

o       como esa sociedad evoluciona conforme a los designios para la que fue creada, alcanzando a lo largo de la historia determinadas cotas de bondad y de autorrealización.

   Pero como unos u otros valores se transmiten y comparten en cada época y de generación en generación, hemos de ser conscientes de la importancia de su selección, y considerar el papel fundamental de la familia como crisol de una escala de valores de la que sus miembros participan y que comparten en comunidad, por cuanto que la familia es la célula de la sociedad.

 

 

LOLA Y JUDITH

Relacionado con el artículo LA PREGUNTA DE MAR aparecen un par de comentarios firmados por Judith y Lola respectivamente, que manifiestan que el mismo adolece de un lenguaje demasiado técnico, por lo que voy a intentar ahora facilitarlo en base a las siguientes consideraciones:

 

Mirad:

La forma sustancial es el modo en que la vida inhiere sobre una la sustancia. 

Es así como se le confiere la existencia, y con ella unas capacidades de ser, de actuar y de relacionarse determinadas que son específicas para cada una de las naturalezas. 

Esta especificidad es la que marca un rango de jerarquías dentro de las mismas, de modo que la existencia de los individuos de las naturalezas inferiores está ordenada a y existe en función de, la composición, la evolución, y la conservación en el ser de los componentes de las naturalezas superiores. 

Así, vamos a hablar ahora un poquito de lo que esto supone cuando hablamos de individuos de las distintas naturalezas.

 La característica común a todos los individuos de la naturaleza material, es que su sustancia está constituida por átomos, y aunque cabe una subdivisión entre seres animados e inertes dentro de esta naturaleza en función de que su forma de actuar excluya o no todo movimiento por ellos mismos, diremos que también sobre los miembros inertes de la naturaleza material recae una forma de vida que hace que entre los átomos que constituyen su sustancia se establezcan uniones estables para la formación de moléculas, que a su vez llegan a formar parte y a constituir la estructura de compuestos más complejos. 

La forma que adopta la vida en los seres animados de la naturaleza material permite a sus individuos realizar por sí mismos una serie de funciones como la metabólica y/o las de crecimiento y reproducción.  Compartiendo todas estas funciones por cuanto que a la naturaleza material también pertenecen, nos encontramos con otro tipo de individuos: los pertenecientes a la naturaleza racional.

 En los seres racionales, las especiales características de la forma sustancial que ellos comparten personaliza las correspondientes a las propias de la naturaleza material a la que también pertenecen, constituyéndoles al hacerlo en seres personales y por tanto,

o       capaces de trascender las limitaciones espacio-temporales que impone la materia,

o       para llegar a compartirse y a comunicarse en un nivel en el que las facultades espirituales se comparten con otros seres espirituales y con Dios mismo, tras la manifestación que de sí mismo y de su voluntad unos y otros hacen mediante su palabra.

 Así pues, Lola, y puesto que el existir antecede al ser, y el ser al actuar, aunque dentro de la naturaleza racional nos encontramos a menudo con lo que denominamos “auténticos seres insustanciales”, cabe concluir que en ninguna naturaleza (salvo en la divina) existen individuos sin sustancia,
  • por cuanto que la forma sustancial antecede a la sustancia,
  • porque las sustancias no son sino en relación a otras,
  • y porque las distintas formas sustanciales, en cuanto que formas de vida, sólo proceden de Dios.
 

Espero que estas consideraciones os sirvan a las dos para aclarar un poco vuestros cuestionamientos.

 

 

EL CRUCIGRAMA DE LA FE

Relacionados con el artículo EL POR QUÉ Y EL CON QUÉ DE NUESTRAS RAZONES, aparecen un par de comentarios que parecen tener en común el tema de los evangelios apócrifos, y también la consideración expuesta en uno de los casos de si es razonable o no otorgar a las Escrituras un valor superior al meramente metafórico.

 

La reflexión sobre ello me lleva a comparar el contenido de las Escrituras con un "a modo de crucigrama" diseñado por Dios, en el que se entrelazaran distintos contenidos relacionados en todo caso con Su manifestación, y ante el que nosotros reaccionáramos con mayor o menor afán resolutorio siempre mediatizados por nuestro conocimiento o por nuestra capacidad de interpretación.

 

Pero veréis por qué digo ésto:

 Dios se ha manifestado de diversos modos y en diferentes momentos de la historia (podríamos hablar de sus intervenciones directas o teofanías; del modo en que se nos dirigió por medio de los profetas, o del modo último en que se nos manifestó por boca de “Aquel que sólo conoce al Padre”: Jesús de Nazaret).

Pero siempre lo ha hecho para que nosotros le conociéramos, y para que supiéramos también que su voluntad última era nuestra salvación. 

Todas estas intervenciones salvíficas fueron transmitidas en principio oralmente de generación en generación, hasta que llegado el momento, fueron transcritas por diversas fuentes y en distintos momentos de la historia, tratando sus autores de ser fieles en todo caso al contenido de la Revelación.

 

Es este contenido el que revela el carácter profético del Antiguo Testamento con relación al Nuevo,

o       no sólo porque en el Nuevo Testamento se nos refiere cómo es en Cristo en quien encuentran cumplimiento las promesas de la antigua alianza,

o       sino porque en él se nos refiere también que es en su persona y por su operación como se establece la Nueva Alianza de los seres humanos con Dios.

 

Así, Cristo nos habló de un Nuevo Mandamiento que compendiaba los de la antigua ley (“Amaos los unos a los otros, como Yo os he amado", nos dijo), pero también nos habló de los valores del Reino de Dios, de las condiciones que se requerían para formar parte de él, y de los efectos que se derivaban para el alma de su participación en aquel tipo de Amor (las Bienaventuranzas)

 

Sus palabras pudieron ser transcritas en más de una forma. En realidad poco importa nuestra interpretación. Lo que realmente importa, es que Cristo es la manifestación misma de Dios.

 Es en Él y a través de sus actos como se establece la Nueva Alianza de Dios con todos los hombres, pudiéndose comprobar por su medio cómo a través de las obras de un ser humano en plenitud de Gracia actúa mediante sus actos y se manifiesta actuando en ellos el Poder del Espíritu de Dios 

Es éste el Espíritu que impera en toda la Revelación, y como digo, poco importan ante Ella nuestras maneras literarias o nuestras interpretaciones.

 

Para resolver nuestro especial crucigrama, sólo hay que ceñirnos a los modos y maneras de Cristo, porque Él es la Palabra de Dios.

 

Y del mismo modo que ante un crucigrama en el que una misma palabra pueda tener distintas acepciones recurrimos a un diccionario para encontrar la más adecuada erigiéndolo en árbitro y apoyo de nuestras deliberaciones, bastará recurrir al Magisterio de la Iglesia ante cualquier duda sobre a la verdad revelada en la seguridad de que la selección que de las distintas interpretaciones haga, estará basada en datos históricamente contrastados y por lo demás debidamente fundamentados y coherentes con la verdad.

EL POR QUÉ Y EL CON QUÉ DE NUESTRAS RAZONES

Decimos que nuestra fe es razonable. Pero a veces por miedo al error, por un exceso de prudencia, o por dejación de nuestras funciones, no ejercemos tal funcionalidad.

 

Pues bien:

o       aunque el Magisterio de la Iglesia es incuestionable en aquellos temas que han sido definidos como dogmas de fe, y en todo caso ilustrador de nuestros conceptos por cuanto que la Iglesia es la responsable última de la conservación del depósito de nuestra fe,

o       sucede que esto no elimina nuestra capacidad de razonar ni hace de nosotros seres alienados, por cuanto que la capacidad de razonar subyace en nosotros, tanto como subyace en nosotros la propia vanidad. 

Así las cosas,

o       aunque la opinión de la Iglesia no deba ser un corsé para nuestro razonamiento,

o       el peligro de considerar nuestro razonamiento como medida de todo lo razonable subsiste,

o       por lo que es necesario que, a la hora de razonar, utilizando siempre razonamientos objetivos, los contrastemos incesantemente con el contenido de lo revelado de nuestra fe.

 

Me viene a la memoria una anécdota que, por ser ilustrativa de lo que digo, paso a continuación a relatar:

 

En una ocasión y tras ser suspendido en una asignatura de los primeros cursos de Arquitectura un alumno, su madre acudió al profesor para reclamar la nota de su hijo (que había sido baja por no complacerle al profesor alguno de sus trabajos) con la argumentación de que “sobre gustos no hay nada escrito”. A esto, el profesor respondió: “Si, señora, sí que lo hay; lo que sucede es que Vd. no lo ha leído”.

 

Por supuesto el criterio del profesor era determinante en aquella situación. Pero tal criterio se fundamentaba en razones objetivas que constituían el objeto propio de la ciencia y justificaban el método utilizado en ella, para la elaboración de la materia que pretendía transmitir (la Arquitectura).

 

Pues bien:

También cuando hablamos de Dios hemos de tratar el tema con el mismo rigor. 

De entrada se nos dirá que la realidad de Dios no es objetivable, y que por tanto no puede constituir el objeto propio de ninguna ciencia. 

Esto no es así, porque si bien la realidad de Dios es intangible, también lo son la luz o la música, y no por ello utilizando notas o guarismos, dejamos de elaborar sobre estas realidades no sólo para hacerlas comprensibles, sino para participar conscientemente de ellas y para hacerlas nuestras de alguna manera también. 

Porque lo que sucede es, que de la existencia de estas realidades se derivan determinados efectos, y de su aprehensión por nuestro intelecto se derivan para nosotros otros también, que a nuestra vez somos capaces de asimilar por cuanto que comprensibles, de elaborar y de compartir. 

Estos efectos si son tangibles y objetivables y es por causa de ellos por lo que un músico llega a ser músico, por lo que podemos juzgar sobre la mayor o menor armonía de una composición, o por lo que, en último término, podemos llegar a participar, a filosofar y a contrastar con nuestros semejantes la realidad de Dios, así como a valorar su conveniencia para nosotros mismos y/o para los demás.

 Debemos hacerlo con objetividad pero sin miedo. Como adultos. Porque aunque no lo hayamos leído como la señora del ejemplo que anteriormente exponía, cuanto ahora yo hablo y que no pretende sino dar verbo a las posibilidades de la Revelación, constituye el objeto propio de una ciencia, la Metafísica., con cuyo método científico las verdades de nuestra fe han sido analizadas y encuentran coherencia en todas sus manifestaciones, a través de todos los siglos de nuestra historia. 

 

Así, pues, no seamos timoratos. Nuestra fe no sólo es razonable,

o       sino que la iniciación y el progreso en el conocimiento de la realidad de Dios y de su conveniencia para nosotros mismos no deja de ser sino una manifestación de inteligencia,

o       y la opción de participar en esta realidad de un modo consciente, no deja de ser también sino una manifestación de nuestra libertad.

LA PREGUNTA DE MAR

Me alegro de que me hayas dado ocasión de estrenar el TURNO DE PREGUNTAS con tan buen pie, Mar. Supongo que habrás tenido ocasión de estudiar algo de Metafísica, y que ese sea el origen de tu pregunta. La misma dice: ¿Podrías explicarnos qué es la forma sustancial?...

 

Pues mira: Aunque a veces lo compliquemos con razonamientos extendidos, te voy a contestar con una obviedad:

  • La forma sustancial es aquello que da forma a la sustancia.

 Ahora me podrías responder “¿Y qué es la sustancia?, y el círculo se cerraría al contestarte yo:

  • La sustancia es aquello sobre lo que recae la forma sustancial.

Dicho así resulta demasiado abstracto, pero tú simplemente piensa que de la forma sustancial proceden otras tres formas (la forma de ser, la forma de actuar, y la forma de relacionarse) que va a tener la sustancia, y que de esas tres formas o capacidades que va a tener la sustancia, va a depender la realización de su ser.

 Esto quiere decir, que la forma sustancial “anima” a la sustancia, de modo que por poseerla y tras activar convenientemente sus capacidades, la sustancia “llega a ser” 

Esto es así, porque la sustancia es, pero “siendo”, y concretamente siendo en relación, lo que supone que los seres “sustanciados” co-accionan o co-actúan entre sí según las específicas formas de ser, de actuar y de relacionarse de sus respectivas naturalezas. 

De esto es lo que hablamos cuando decimos que el conjunto de la creación tiene una estructura teleológica, y ésta es la causa que hace posible que cada criatura, por su operación y relacionándose con otras según las específicas capacidades de ser, de actuar y de relacionarse propias de su naturaleza, llegue a alcanzar su “telos” o razón última para la que fue creada.

 

 Espero que mi explicación te haya servido de algo. Sigo a tu disposición si quieres volver a aclarar algún término de lo hasta aquí dicho. De todos modos, te diré que el haberme hecho reflexionar sobre estos temas, me ha sugerido el siguiente de mis artículos, que creo se llamará EL POR QUÉ Y EL CON QUÉ DE NUESTRAS RAZONES.

Así, pues, te agradezco vivamente tu intervención

TURNO DE PREGUNTAS

Porque el amor a la verdad es aquello que subyace en todos los que buscamos, y porque el asunto de Dios es el asunto de la intimidad por excelencia de la persona humana, me van a permitir Vds. presentar una nueva sección del blog.

 

Se trata de abrir la posibilidad de que cada uno pueda comunicar al prójimo sus anhelos y sus visiones, lo que le sale del corazón y del alma.

 

No habrá opinión que valga más que otra; se trata de que empleéis un poco de tiempo en hacer oír vuestra voz en internet, en decir lo que quieres decir. Nada más que eso.

 

Yo así trato de hacerlo a través de este cuaderno de bitácora. Pero como a veces lo que digo quizá resulte demasiado complejo, si alguien quiere preguntar algo concreto o que no haya quedado lo suficientemente claro, también lo incluiríamos en esta sección.

 ¿Os animaréis?

LA UNISEXUALIDAD DE DIOS

En el artículo anterior (EL CORAZÓN Y LOS ANDARES DE LA IGLESIA) partíamos del axioma de que sólo lo inteligible es interpretable, y sólo lo amable es digno de amor. Una vez considederado, vamos a introducir ahora el siguiente silogismo: “sólo lo que para nosotros es amable, es capaz de generar nuestra conducta en aras a su consecución”. 

 

Esto es así porque las personas queremos por una razón de bien, es decir, sólo cuando algo es considerado bueno para nosotros lo admitimos como tal, sencillamente por considerar que forma parte de nuestro propio bien, y es de este modo como llega a formar parte de nuestra propia realidad. 

 

Pero comoquiera que nuestros actos de conocimiento y amor son puntuales, acumulativos y mediatos (es decir, porque sólo conocemos a través de nuestra experiencia, porque sólo incorporamos conceptos en la medida en que nos sean significativos de la realidad, y porque sólo conocemos mediante nuestros sentidos externos), sólo en la medida en que nuestros conceptos sean y se demuestren veraces se convertirán en principios ordenadores de nuestra conducta y constituirán para nosotros una experiencia de la vivencia de nuestra propia felicidad.

 

Es pues con sucesivos actos puntuales y acumulativos de conocimiento y amor como vamos evolucionando a lo largo de nuestra vida, no dudando en sustituir o incorporar nuevos conceptos en la medida en que los juzguemos significativos de nuestra verdad.

 Pero independientemente de nuestras consideraciones, la verdad es algo que se impone por cuanto que todas las cosas tienen una razón de bien o de bondad en sí mismas, es decir: las cosas son y son buenas en la medida en que son como deben, o dicho de otro modo, en la medida en que son e interactúan de la manera conveniente a sus respectivas naturalezas, formando parte cada una en su medida de una razón de bien universal. 

Es esta razón de bien universal lo que justifica la bondad de todo lo bueno, y es el hecho de participar en ella del modo conveniente (sepámoslo o no) lo que nos convierte en auténticamente amables y como tal en seres dignos de compartir amor.

 Hemos llegado pues, a lo que yo considero una obviedad: si hay algo real, netamente bueno es el Amor, pero son nuestras connivencias, nuestras maneras cicateras y restrictivas de compartir unos conocimientos sobre Él que no dejan de ser sino interpretaciones filosóficas de esta neta realidad lo que dificulta nuestra participación y nuestra co-existencia dentro de ella, provocando en la medida en que los absoluticemos incomprensiones y desarraigos en quienes, pese a su deseo de compartirla, no sean conscientes del peligro de esa posibilidad. 

Es, pues, amando convenientemente como compartimos el Amor. 

Pero este Amor que impera en y entre todas las naturalezas y que se nos comparte, no actúa circunscribiéndose a las características .creadas de ninguna de ellas.

 

Sencillamente actúa, y precisamente porque actúa existe “en” y es compartido “por” todas ellas.

 

Dicho de otro modo: nosotr@s amamos, precisamente porque el Amor existe, porque Él nos ama primero e ininterrumpidamente, y porque vivificad@s por ese Amor que existe, nos ama, y actúa en nosotr@s ininterrumpidamente, a través de nuestras relaciones somos capaces de participar y de compartir, siempre que lo hagamos convenientemente, el verdadero Amor.

 

Pero el Amor del que hablamos tiene unas características especiales que como hemos adelantado, no están circunscritas a ninguna de las características de las distintas naturalezas creadas entre las que se comparte.

 

Su naturaleza es netamente espiritual (por no decir divina), y es a través de sus relaciones “con”, “entre” y “por” los actos de otros seres que participan aunque limitadamente de esta naturaleza (es decir, de otros seres personales), como ese Amor de naturaleza divina impera conforme a un cierto rango “en” todas sus criaturas.

 

Es por eso que hablo de la “unisexualidad” de Dios.

 Porque aunque con categorías humanas podamos hablar de Dios indistintamente como Padre o Madre en razón de la procedencia de su Amor, la realidad es que el Amor de Dios existe y actúa “en” y “a través” de los actos de los seres humanos independientemente de cuál sea su condición sexual,

... porque ése el modo previsto para que su Amor alcance en función nuestra a todas las criaturas manifestándose de ese modo el poder y la Gloria del Creador,

... y porque aunque los seres humanos tengamos un cuerpo sexuado, y realmente haya un modo específico de compartir nuestro amor de naturaleza racional ordenado a la perpetuación de nuestra especie, lo que los seres racionales compartimos, lo que no somos capaces de dar por nosotros mismos, y lo que justifica nuestra condición como seres personales precisamente por haber sido creados a imagen y semejanza de Dios, es el hecho de ser capaces de compartir ese Amor ilimitado de naturaleza espiritual y para el que no existen categorías, que es el Amor de Dios. 

 

Hablando de la capacidad de generar seres de nuestra misma especie,

... una cosa es el discernimiento, la elección, la libre entrega de la intimidad, la aceptación consciente de la relación y la actuación que resulte debida y consiguiente...

 

Son éstas opciones y valores positivos que la Iglesia defiende por cuanto que tienen una razón de bondad implícita en todas las relaciones que con origen en la conyugalidad y a partir de ella se establezcan entre los miembros de una familia (fraternidad, filiación...)

 Pero eso no quiere decir que el Amor esté limitado por ellos, y es únicamente considerándolo bajo esta acepción como podemos hablar sin faltar a la verdad, de conceptos como la maternidad de la Iglesia, la paternidad espiritual de los sacerdotes y del mismo Papa, o la hermandad y solidaridad universales. 

 

Acabemos diciendo:

  • que sólo Dios conoce nuestra intención.
  • que es a través de una dimensión intencional como las facultades espirituales se comparten,
  • y que es precisamente así como los seres racionales nos comunicamos y participamos del Amor de Dios.

  Esa participación en el Amor de Dios como pareja, se nos alcanza en el Sacramento del Matrimonio. Es así como se nos comunica la gracia específica para, por encima de nuestros medios, poder perpetuar en pareja en el Amor de Dios. 

Pero aunque, los padres incoan y favorecen en sus hijos el conocimiento y el amor a Dios, nunca olvidemos, que quien da, participa, y mantiene la vida mistérica no son los progenitores, sino Dios.

  Así las cosas, una vida ya nacida puede ser encauzada hacia Él por personas que, no siendo propiamente sus generadoras, sean incoadoras, favorecedoras y protectoras de su crecimiento espiritual, y como la vida espiritual es propiamente vida por cuanto que en ella convergen las funciones necesarias para considerarla tal por (las ideas o los afectos también se asimilan, se comparten y se generan), podemos concluir que en temas tan analizados como el de la familia o el matrimonio, cabe la consideración de nuevos planteamientos, máxime si se tiene en cuenta que en el caso del Sacramento del Matrimonio, la unión se establece entre los contrayentes y Dios, siendo el Sacerdote y la comunidad meros testigos de la expresión del consentimiento de los auténticos sujetos y ministros del Sacramento: la pareja. 

 

Confío en que estos razonamientos sirvan para aclarar alguna de las ideas barajables por una y otra parte (me refiero a opiniones tanto de personas homosexuales como a miembros de la misma Iglesia), porque como decía en otra ocasión,

  • los cristianos estamos obligados a entendernos cuando hablamos del verdadero Amor,
  • y porque, como también decía, sea cual sea la tendencia sexual de una persona, desde el momento en que participa del Cuerpo Místico de Cristo a través del Sacramento del Bautismo, puesto que el mismo imprime carácter, salvo que renuncie a ella, no hay quien le quite esa condición.