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::: Dorotatxu :::

SALUDANDO IDEAS

Hay personas a las que lees con mucho agrado, a la vez que te complaces en  comprobar que existe gente con tanta cordura: me refiero a Don José Luis García Labrado.

Hace algunas fechas, este señor remitió una colaboración que encabezaba como “Pan y Besos”. Ya me llamó la atención el título, pero a lo largo del artículo parafraseó algo que yo me voy a atrever a sacar de contexto, y que me va a  servir de base a mi reflexión de hoy.

La frase decía así: “El pan es importante, la libertad es aún más importante, pero lo auténticamente importante es la adoración”... 

Cuando lees a alguien aparentemente desconocido (el Señor García Labrado, en este caso), y te reconoces en su discurrir, te da la impresión de que has encontrado a un amigo. Pero cuando tienes la misma sensación con respecto a una persona del siglo IV a. de C.... ¡es gracioso!. A mí me encanta leer manuales, y ahora mismo tengo entre manos uno de filosofía, de J. Hirschberger en concreto.

El por qué me fijé en lo que sigue, tiene que ver con una conversación familiar en la que estabamos discurriendo acerca del alma. De la calidad del alma, y del “alma” de un caballo, por ejemplo. 

Os podéis imaginar el animado debate con dos de mis hijos, adolescentes éllos (de 21 y 24 años respectivamente) y universitarios ambos (digo adolescentes porque quiero hacer hincapié en la vehemencia de sus convicciones). Como la conversación se alargó hasta  altas horas de la madrugada , os haréis idea también de que enfrente tenían a una persona, amén de convencida, enamorada de sus convicciones.

El tema no quedó “zanjado”, y, pese a estar segura de mis razonamientos, como para éllos yo era “solo” su madre (y catalogada como católica practicante además), tuve que ponerme a buscar  “nuevos” argumentos que tuvieran una base si no teológica, sí filosófica al menos por si continuaba "el debate" en otra ocasión. Ahí es cuando cogí el manual y me puse a repasar el pensar en base a la razón a través de los siglos. Y es aquí donde me encontré con mi segundo amigo: Aristóteles (vivió entre los años 384-322 a. de C.) 

Os diré que Aristóteles era un hombre meticuloso que pretendía poner orden en los conceptos de los seres humanos (por lo visto, llegó a la conclusión de que los seres humanos andábamos permanentemente clasificando las cosas en distintas casillas: por ejemplo, distinguimos entre cosas vivas y muertas, y también entre plantas, animales y seres humanos).

Cuando Aristóteles se puso a “ordenar” la existencia, hizo una primera separación entre cosas “inanimadas”, y cosas vivas o con “automovimiento”. Como para él el alma equivalía a la vida, según los diferentes planos de la vida que se estudiasen, Aristóteles distinguía diferentes tipos de almas: la vegetativa, la sensitiva o la racional. Aunque el hombre tenía parte en el alma vegetativa y sensitiva, el conjunto del alma humana tenía una naturaleza espiritual, y por ese motivo estaba dotada de inteligencia, razón y voluntad libre.  

También para Aristóteles el tener vida era equivalente a tener capacidad de “moverse” (es decir, de evolucionar sin necesidad de factores externos). Pues bien, con estas dos premisas: a) las cualidades del alma humana y b) la capacidad de evolución de los seres vivos, llegó a la conclusión de que la particularidad de los seres humanos consistía en que se “podían mover” “para conseguir unos fines”, que ellos mismos “podían fijarse” por medio de su razón y su intelecto. 

Dedujo que el ser humano debía de  tener una chispa de razón divina, puesto que por fuerza tenía que haber un “primer motor” autor de todo  movimiento, o un dios que pusiera en marcha toda la animación. (Aristóteles aquí habla del Demiurgo, no del Dios revelado; de un dios transformador origen de todo movimiento, no de un Dios creador, por eso yo lo pongo con minúsculas). 

Siguió pensando, y se dio cuenta de que de entre los fines que le hacían evolucionar y que se marcaba el hombre a lo largo de su vida, había uno que todos los hombre compartían, un fin común y último: la felicidad.

Meditando sobre el concepto describió Aristóteles tres clases de felicidad: La primera sería una clase de felicidad consistente en una vida de placeres y diversiones. La segunda clase de felicidad consistiría en vivir como un ciudadano libre y responsable, y la tercera, sería una vida en la que uno fuera filósofo o investigador.

Decía que estas tres variedades tenían que existir simultáneamente para que el hombre fuera feliz (yo añadiría que para que un hombre fuera  plenamente humano también). 

Cuando llegué a este punto, no pude por  menos que asociar las teorías de Aristóteles con mi frase paradigmática. Recordémosla: “El pan es importante, la libertad es más importante, pero lo auténticamente importante es la adoración”....

Para que la idea fuera idéntica, sólo faltaba por asociar un término: la adoración. De su dios decía Aristóteles que “movía” el mundo no mecánicamente, sino como “lo amado”. Me fue muy fácil deducir lo restante: cualquier filósofo o investigador que estudiase ese principio (el dios aristotélico), se encontraría de plano con la contemplación.  

Estaba encantada al darme cuenta de la similitud que había entre lo mantenido por estos dos “amigos” míos. Tanto, que me planteé a mí misma el siguiente silogismo:
  1. Como sin duda la teoría de Aristóteles es asumible por la razón y válida considerando el contexto de la época, y 
  2. la frase que manejaba el Sr. García Labrado es exacta en todos sus términos, asumible por todo cristiano, y vivenciable además (ya me diréis si no lo que es para el hombre el pan sin libertad, o una libertad que no reconozca donde está su causa última)..., 
  3. he llegado a la conclusión de que profundizando en un razonamiento filosófico válido, se puede llegar a un mayor conocimiento o a una mejor comprensión de determinados planteamientos teológicos.

Aparte del reconocimiento de que esto es así, añadiré que adquirir ese tipo de formación puede resultar totalmente ameno, y el tenerla, práctico además.

EL AMOR, PERSONALIDAD DE DIOS

Aunque las distintas definiciones del término personalidad presentan cierta dificultad por su nivel de abstracción, si tenemos en cuenta las distintas utilizaciones que consagran su uso (pensemos que cuando hablamos de la personalidad de alguien siempre lo hacemos de las cualidades o defectos de su forma de ser, de actuar o de manifestarse), así como la definición que de la misma figura en el Diccionario de la R.A.E. (Personalidad: “conjunto de cualidades que constituyen a la persona o supuesto inteligente”), también podríamos hablar del Amor como de la personalidad de Dios, y así, asociar al Padre con la Inmanencia de Dios,  al Espíritu Santo con la Omnipotencia de Dios, y al Hijo con la Sabiduría de Dios

Pero describir la personalidad de alguien, supone un intento de captar su esencia, de concretar algo a partir de las distintas cosas que se conocen de él.  Veamos ahora en qué modo se nos alcanza dicho conocimiento. 

Manifestación de Dios 

Porque los seres personales se transcienden y comunican a través de su palabra siendo éste el modo en que les conocemos, decimos que El Hijo es la Palabra de Dios. 

Es por el hecho de transcenderse por su Palabra como El Señor se nos comunica, nos facilita su conocimiento y nos manifiesta su voluntad.

El conocimiento de un ser personal nos es necesario porque todo conocimiento antecede a una querencia, y porque sólo tras conocer la identidad de un ser personal podemos asociar a él el origen de su conducta.  Pero si el conocimiento de un ser personal es necesario, también lo es el conocimiento de su intención, porque es el conocimiento de la intención lo que da inteligibilidad a las acciones de un sujeto, y porque es el hecho de asumir esa intención por parte de otros seres inteligentes lo que llega a ocasionar en ellos nuevas dinámicas, como tendremos ocasión de argumentar al hablar de la virtud de la esperanza 

Así, pues, sólo tras conocer la identidad y la intención del ser personal que actúa podemos asociar a él el origen de su conducta y juzgar sobre su conveniencia para nosotros mismos, lo que nos llevará en su caso a la actuación correspondiente.  

Este conocimiento se nos hace explícito a través de sus actos, actos que no son sino la actualización de su acto de ser, que se verifican en función de una razón que previamente el actor es capaz de fijarse, y que producen unos determinados efectos, tanto sobre el ente que actúa (nos referimos aquí a los efectos inmanentes de sus actos) como sobre las distintas realidades con las que éste se relaciona (lo hacemos ahora a los efectos transeúntes de los mismos). 

Así pues, es por los efectos de unos actos que se llevan a cabo conforme a la voluntad del que actúa como los seres personales se relacionan y realizan. 

Es por los efectos de sus actos por los que el que actúa se hace actor, y en tanto que actúa, autor (como el que lee se hace lector, el que construye arquitecto, o aquel que roba, ladrón), y es mediante ellos también como se originan una serie de relaciones entre el que actúa y aquello sobre lo que recaen los efectos de tal actuación, basadas en una razón que previamente el autor es capaz de fijarse para las mismas.  

(La cotinuación de este artículo puede encontrarse en el denominado Por un único acto de amor) 

POR UN ÚNICO ACTO DE AMOR

Así, y porque nuestro Dios es un Ser que actúa, como consecuencia de un acto de amor del Amor (Padre, Hijo y Espíritu Santo) motivado por su intención de compartirse con todas las criaturas, el Amor se hizo amante al amar (es lo que queremos decir cuando manifestamos que Dios se ama a Sí mismo), y constituyó en amante a lo amado, como veremos a continuación. 

Relata el Génesis cómo, como resultado de un acto de amor de Aquel que es (la Santísima Trinidad) se originaron los actos de ser de todas las criaturas.  

Es así como se les confirió una capacidad de ser (o esencia) y una capacidad de actuar (o existencia) determinadas (lo que se denomina una forma sustancial)conforme a la que la vida (como don de Dios) inhería sobre una sustancia (o materia) confiriéndole unas determinadas características o cualidades (los denominados accidentes metafísicos), de forma que la vida (que sólo es de Dios) fuera en ellas, pero para que fuera en ellas mediante sus actos. 

Pero la vida que con nuestro acto de ser se nos confería no se nos otorgaba por lo que éramos exactamente, sino para que fuéramos, y para que fuéramos “viviendo” (es decir, actuando esa vida que se nos concedía) y “vividos” (en la medida en la que fuéramos capaces de relacionarnos con Él) por Dios como diremos al hablar de la virtud de la Caridad. 

Es así como la Vida se compartiría entre y de un modo conforme a los distintos individuos de las distintas naturalezas, estableciéndose una relación real de dependencia en el ser de la criatura respecto al Creador, en la que su propia existencia (del modo en que esta fuera) dependería y depende de Él. 

Esto es lo que queremos decir cuando mantenemos que el conjunto de la creación tiene una estructura teleológica conforme a la que, entre sí relacionadas y por su operación, cada criatura está llamada a alcanzar aquel grado de perfección que constituye el fin último para el que fue creada (su propio “telos”) y que no es otro que su modo propio de compartirse con el Amor.  

El fin último del ser humano es manifestar en sí la Gloria de Dios, al llegar a compartirse con Él tras ser elevado en su naturaleza por efecto de la Gracia. Es para esto para lo que fue creado como una criatura capaz de Dios.  

(La argumentación puede seguirse en el artículo denominado El ser humano, un ser personal)

FAMILIA Y EDUCACIÓN

 

La familia, entendida en sentido amplio, es una realidad presente en todas las sociedades conocidas, aunque en modalidades y formas diferentes. Alrededor de ella existen una gran variedad de valores, usos, costumbres, normas y leyes que se comparten y que la configuran no sólo como un grupo social característico, sino como una institución social fundamental.

 

Dentro de esos valores, y puesto que los padres son los primeros educadores de los hijos y los últimos responsables de su educación, me permitirán Uds. Iniciar una serie de reflexiones sobre la conveniencia de transmitir a nuestros jóvenes las verdades de nuestra fe.

 

Lo primero que hay que decir es que no creemos por imitación o por costumbre, sino

  • porque el creer en Dios no es sino una manifestación de inteligencia,
  • porque tender hacia Dios no es sino un ejercicio de libertad,
  • y porque la actualización de estas facultades del ser humano no hacen sino suponer y anticipar la participación en la Vida de Dios.
 

Es ésta una posibilidad que se nos da porque hemos sido creados...

... no sólo para dar gloria a Dios mediante nuestros actos y para manifestar en nosotros la Gloria de Dios,

... sino para ser gloriosos a nuestra vez, sólo que la Gloria hay que alcanzarla. 

Es a través de un camino de perfección humana y sobrenatural como lo lograremos,

... y es precisamente en ese camino de perfección humana y sobrenatural en el que queremos iniciarles a ellos, por considerar que iniciar a nuestros jóvenes en esta experiencia, es sin duda el mejor legado que nosotros podríamos dejarles..

 

Es esta una experiencia a la que todos estamos llamados a participar en Cristo, y que nos es posible...

... tras conocerle a Él.... merced al hecho de que el Verbo de Dios compartiera nuestra humana naturaleza,

... y por compartir y tras dejar que actúe en nosotros su Gracia.

 

Es éste el modo en que llegamos a ser instrumentos de la voluntad de Dios y es desde esta perspectiva desde la que debemos acometer nuestro trabajo.

 

LA TEOLOGÍA DE LOS COLORES

La Teología de los colores es el nombre de la tesina que tuve el gusto de defender cara a la obtención de mi licenciatura en Ciencias Religiosas (que por cierto obtuvo la calificación de sobresaliente)

En ella figura la base bíblica y epistemológica que fundamenta mi posterior discurrir y en base a la cual me he permitido razonar sobre el ser de Dios, la naturaleza del Amor, el concepto de la Gracia, y hasta pretender explicar de un modo totalmente asequible la Santísima Trinidad a los niños a través de un texto lleno de imágenes y contenido teológico.

 

Figuran a continuación los argumentos que utilicé de cara a su defensa, y que son los siguientes:

 

 Comenzaremos diciendo que Dios es “el que es”, el Ipsum Esse Subsistent. Pero todo lo que es, es algo; es de una determinada manera, y como tal se manifiesta. Podemos referirnos así a “lo que” Dios es, y decir de Él que es Espíritu Puro. Podemos referirnos también a su modo de ser y de actuar, y decir de Él que es ilimitado...... Y podemos, por último, referirnos a las obras con las que se manifiesta, y decir de Él que es Padre. Y es Padre, porque es en la realidad de las perfecciones de Aquel que comparte con Él su mismo modo de ser y de actuar ilimitados, en quien también cobran realidad el ser y la vida de todas sus criaturas.  Pero, aunque podemos referirnos por separado a estas tres características de su ser personal, hemos de decir que, lo que Dios ante todo y sobre todo es, es Amor.   Como ya avanzábamos en la tesina, mantenemos que el Amor es la personalidad de Dios.  Concebirlo de este modo, nos lleva a interpretar que cuando nos referimos al ser, al poder, o a las obras del Amor, estamos refiriéndonos al mismo tiempo al ser, al modo de ser y de actuar, o a las propias obras del mismo Dios. Trinidad Subsístente que, en un único acto de genuino Amor cuyos efectos se proyectaron fuera de Ella misma, confirió al total de la creación la esencia y la existencia. Una esencia y una existencia convenientes a cada una de las naturalezas, para que las criaturas a ellas pertenecientes, compartiéndonos, fuéramos, y en la medida en la que fuéramos, participáramos también de la vida.  Siguiendo con los términos utilizados en la tesina, diremos que la Luz increada del Amor se nos participó en un solo acto a todas las criaturas, confiriéndonos al hacerlo, nuestra propia capacidad y nuestro propio modo de contener y de participar en Ella. Por este hecho, al tiempo que se manifestaba en nosotros y ante nosotros la omnipotencia de Dios, se nos hacía partícipes también de la Vida de esa Luz, es decir, de la Luz de la Vida.   Pero vamos a profundizar ahora un poquito más en ese concepto de Luz increada, para continuar explicándonos después cómo esa Luz increada se nos participa a todas las criaturas, en la medida en que las criaturas actuemos nuestra capacidad de contenerla y compartirla. Para ello, comenzaremos preguntándonos qué es lo que entendemos nosotros cuando hablamos de la Santísima Trinidad...  La Santísima Trinidad Cuando hablamos de la Santísima Trinidad, nos referimos a una relación Subsístente, en la que las Tres Personas divinas se comparten y transcienden, compartiéndose y compartiendo así El Amor con todas las criaturas. Ese compartirse de la Santísima Trinidad tiene lugar en la persona del Hijo, y se verifica en tanto que las criaturas, en la medida en que son, comparten su ser y su vida con el Ser Trinitario, tras ser elevadas en su naturaleza por el influjo de la Gracia. Así, participando del ser y la vida en Aquel que tiene en sí todas las perfecciones, por medio de una actuación “ad extra” de la Santísima Trinidad, se nos confiere al total de la creación la esencia y la existencia.  Pero esta participación del ser y la vida que Dios nos hace en la persona del Hijo, si bien se realiza en nosotros conforme a los designios del Padre y bajo la acción del Espíritu Santo, no es una participación ilimitada, ni que se nos haga acabadamente. Lo que a las criaturas se nos participa es un ser y una forma de ser; pero un ser conforme a una gradación de perfecciones susceptibles de evolución. Dicha evolución se lleva a cabo con la intervención de las criaturas, y es posible merced a un principio de dinamismo, la forma sustancial, que se nos comunica de modo simultáneo con el ser o sustancia, y que, como él, también está limitada en cada criatura por la respectiva naturaleza. Participando, pues, de las perfecciones de Aquel que tiene la misma forma de ser y de actuar ilimitadas de su Padre, lo que con nuestro acto de ser se nos participa a las criaturas, es un ser en estado incoativo, más una forma de ser y de actuar para que, participándonos y por nuestra operación, llevemos ese ser a su perfección a lo largo de nuestra vida. Quiere esto decir, que el conjunto de la creación tiene una estructura teleológica según la cual cada criatura, y por su operación, está destinada a alcanzar aquel “telos” o grado de perfección, que constituye el fin para el que fue creada. Dicho “telos” no es otra cosa que la manera específica prevista por Dios, de compartir su Amor con cada una de las criaturas, y, alcanzándolo, las criaturas manifiestan en sí la gloria de Dios, al tiempo que resplandece en ellas su verdad creatural. Vamos a intentar ahora explicar brevemente esta estructura teleológica:  La creación Las criaturas inanimadas tienen un “telos” meramente objetivo: manifiestan en ellas la gloria de Dios simplemente con existir, y participan de la vida en la medida en que son.  Pero en tanto que creadas para posibilitar el desarrollo y el mantenimiento en el ser de las criaturas animadas, las criaturas inanimadas participan también en la vida de éstas. Para la naturaleza material animada, en cambio, el tiempo y el espacio son dimensiones a través de las cuales se realizan determinados procesos en virtud de los cuales las criaturas, mediante su operación, van evolucionando en su ser, determinándose con ello.  De este modo, y en la medida en que son, se comparten y participan de la Vida.  Pero por cuanto los seres de esta naturaleza existen como ocasión para el hombre de conocimiento y amor (es decir, para el desarrollo y mantenimiento de su vida espiritual), así como para la conservación y el desarrollo de su vida material, también ellos participan de la vida divina en la medida en que sonincorporados al ser del hombre constitutiva o intencionalmente. Nos queda decir, que en tanto, que las criaturas de la naturaleza espiritual pueden trascenderse y compartirse, pueden también compartir la vida de Dios, por cuanto que Dios es Espíritu Puro y también Él se trasciende y se nos comparte por la Gracia. En ese sentido, en la medida en que los seres espirituales participan de la Gracia y además se comparten, participan cada uno con su propio ser y en la persona del Hijo en la comunión y comunicación de la Vida divina, constituyendo una nueva realidad social que es la Comunión de los Santos. Esta nueva realidad no es otra cosa que la Iglesia, preexistente al pecado original, y que con posterioridad al mismo subsiste por cuanto participa de la Gracia creada de Jesús de Nazaret, y a través de ella, de la Vida divina. Pero vamos a ver ahora, hasta qué punto y de qué manera el hombre participa de la luz de la Vida...  El ser personal del hombre El ser humano ha sido creado para compartirse con Dios, participando de la Vida divina. Sin embargo, el modo de vida divino no le corresponde al hombre por naturaleza, sino que, para participar en él, el hombre únicamente dispone de lo que se denomina una potencia obediencial.  Diremos por ello, que el hombre tiene una doble naturaleza, y una capacidad. La creación del ser humano supuso una auténtica novedad  Comenzaremos diciendo que los seres que tienen la misma forma sustancial, tienen también la misma naturaleza; Reservamos la categoría de ser personal para los seres pertenecientes a la naturaleza espiritual. El hombre fue creado para que, sirviéndose de la naturaleza material e incorporando ésta a su propio ser (material e intencionalmente), realizara libremente las funciones propias de su naturaleza espiritual, manifestando en él la gloria de Dios mediante actos sucesivos de conocimiento divino y de comunicación en el Amor. Pero el conocimiento divino y la participación en el amor de Dios no son cosas que convengan al hombre por naturaleza, sino que es algo que se le alcanza a través de la gracia. La Gracia es una participación que Dios nos hace “de lo suyo” (de su modo de ser y de actuar), con la cual el hombre puede (por su operación) participar (con su ser así divinizado) de la naturaleza divina, en la persona del Hijo. Pero conoce por los sentidos –> era necesario que Dios se manifestase.La gracia plenifica las facultades humanas:La fe, conocemos a Dios como bienLa esperanza, id. como finLa caridad Ya hemos dicho que la Gracia no es una realidad que convenga a la naturaleza humana, sino que se trata de una participación de la forma de ser y del modo de vida divinos, que transforma el alma del ser humano, convirtiéndolo (en la medida en que responde a ella) en hijo de Dios en el Hijo. Como nos dice la Biblia, la obra de la creación finalizó al sexto día con la creación del hombre, a quien por la creatividad Dios hizo capaz de participar libremente en su acto creador.  La creación del ser humano supuso una auténtica novedad, por cuanto era la única criatura a la que Dios quiso por sí misma. Mediante actos de amor individualizados, creó Dios en primer lugar al hombre, y, una vez que éste existiera, sin su participación y como una procesión de su mismo ser, creó a la mujer. Ambos constituían la primera sociedad humana, y disfrutaban de una naturaleza dual (material y espiritual) en virtud de la cual, al tiempo que compartían con el resto de las criaturas de la naturaleza material una serie de características (su tendencia a la felicidad, el instinto de conservación o el amor concupiscente, por ejemplo), eran al mismo tiempo seres personales, y como tales, capaces de trascenderse y de trascender también las limitaciones de su naturaleza material.  La naturaleza espiritual de su alma personalizaba su forma sustancial, y les permitía participar en una dimensión intencional a través de la cual podrían comunicarse con otros seres espirituales, y con Dios mismo. En este caso, la iniciativa partiría de Dios, y para ello el ser humano tendría lo que se llama una potencia obedencial.  El ser personal del hombre    El pecado original En cuanto que procede de las manos de Dios, la creación es “una”, “bella”, “buena” y “verdadera”. El conjunto de la creación tiene una razón de bondad, por cuanto que el ser de las criaturas procede de la Verdad divina. Esto es lo que queremos decir cuando hablamos de la “naturaleza íntegra” de las criaturas, y en ese estado es como las criaturas manifiestan la Gloria de Dios por participar en su Bondad. En el estado de naturaleza íntegra, la creación gozaba de la plenitud de ser y de vida correspondiente a cada una de las naturalezas. En su estado original y por medio de su inteligencia, el hombre era capaz de conocer el proyecto del Creador que se manifestaba, y por medio de su voluntad, de decidirse a participar en él. Pese a ello, el hombre fijó su felicidad en una realidad creada, y, como consecuencia de su acto libre, rompió la comunicación con Dios que conllevaba la Gracia.  Como consecuencia de la privación de la Gracia, el ser humano quedó privado de los dones preternaturales derivados de su participación en el modo de vida divino (quedó sometido al deterioro físico, al sufrimiento anímico y a la muerte), y su naturaleza creatural también quedó debilitada ante la incapacidad de conocer por sí mismo el auténtico bien moral, y ante la falta de reciedumbre (infirmitas) de la voluntad para conseguir por sí misma el Bien.  Como los hombres nos realizamos mediante nuestros actos, la nueva realidad del hombre quedaba marcada por su inclinación al mal (la malicia), y por una tendencia al amor desordenado o egoísta (la concupiscencia), pero pese a todo, el hombre seguía conservando su deseo de felicidad, y llevaba en sí una semilla de eternidad. A la vista de su incapacidad para realizar estos anhelos, el Padre, fiel a Sí mismo y para restituir a la humanidad en su dignidad original, en la plenitud de los tiempos y de nuevo en la Persona del Hijo y por su operación, volvió a disponer el modo de que la humanidad entera, participando de la Gracia creada de Jesús de Nazaret, pudiera introducirse de nuevo en la intimidad trinitaria. Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, al mismo tiempo perfecto Dios y perfecto hombre, es el nuevo Adán, el hombre íntegro en quien toda la creación es recreada, por cuanto que sólo Él podía, con el sometimiento de su voluntad humana a los designios de su Padre, restituir a la humanidad la comunicación de la Gracia que, por su pecado de soberbia y voluntariamente, el hombre había perdido. Él es quien revela al hombre su propia dignidad y el destino al que está llamado en la medida en que su ser sea verdadero, es decir, en que sea conforme con aquella idea según la cual el Padre le concibió.   El ser del hombre Para tratar de profundizar en esta afirmación, vamos a considerar la característica fundamental de los seres personales, que es su capacidad de trascendencia. Ya hemos dicho que el ser humano pertenece a esta categoría, por cuanto la naturaleza espiritual de su alma personaliza la forma sustancial de su naturaleza material, haciendo de él un ser capaz de trascenderse y de participar en una dimensión intencional a través de la cual puede compartirse con otros seres personales y con Dios mismo. Empezar por la participación en el ser personal de Dios.Hablar del fin último y de la razonabilidad: así como conceptuábamos el Amor como la cualidad de persona de Dios, así diremos que la cualidad de persona humana es la razonabilidad.De las facultades humanas: intelectus, sindéresis, estimativa, creatividad (participación del acto creador, por la que el hombre puede ser causa segunda en la realización del Amor) y fecundidad (por la que el hombre puede transmitir su propia dignidad personal) El hombre es un ser racional.La razón (facultad integradora del conocimiento y la voluntad) es en el hegemónica.Lo propio para él es, por tanto, “razonar”, es decir, efectuar operaciones de conocimiento y amor espirituales.El hombre es capaz de conocer y amar trascendiendo lo efímero, y capaz también de fijarse su fin último y arbitrar el modo de conseguirlo. La vida del hombre La perfección del ser personal del hombre incluye la capacidad de determinarse ordenadamente en su ser mediante actos sucesivos de conocimiento y amor.Esta capacidad hace del hombre un ser libre y responsable de sus actos. Hablar de la dimensión intencionalDel espacio y del tiempoDe las formas de conocer y amar.De cómo aprehende las formas sustanciales a través del conocimiento à mueve a la voluntad en un doble momento (intención + imperando el resto de las facultades)  Los seres que comparten la misma forma sustancial, comparten también la misma naturaleza.  La Gracia es una participación del ser y la vida de Dios que opera en el hombre una “metanoia” o metamorfosis en virtud de la cual el hombre, en el Hijo, es capaz de disfrutar de la naturaleza divina. Con ella se nos participa la fe (el conocimiento de Dios como bien), la caridad (la participación en el modo de vida de Dios) y la esperanza (el conocimiento de Dios como fin). Ante estos dones divinos, las potencias espirituales del hombre reaccionan, y el hombre puede participar en ellos mediante actos sucesivos y acumulativos de su inteligencia y su voluntad. En la medida en que lo hace, participa en una experiencia mística que, como decimos, no le corresponde por naturaleza. La vida en comunión Ese compartirse tiene lugar en la persona del Hijo, y se verifica en la medida en que las criaturas participan de la Vida divina tras ser elevadas en su naturaleza por el influjo de la Gracia.La vida y el Espíritu SantoLa Iglesia.El hombre es un ser social,  y esto supone que tiene una fuerte tendencia a la unión con sus semejantes y una natural dependencia, basadas ambas cosas en la unidad de naturaleza y fin que tienen los seres humanos.La relación entre los seres humanos se establece mediante la manifestación de los mismos a través del lenguaje y también mediante el gesto.Por el lenguaje, el hombre se trasciende, se comunica y puede formar nuevas realidades, que ya no son entidades propiamente dichas, sino que poseen una entidad de tipo accidental en la que su existencia y su realidad lo son en función de la existencia y la realidad de las personas que las componen.Pero no hay palabra humana a través de la cual el hombre pueda relacionarse con Dios formando comunidad con Él, puesto que su ser, por inaprensible, nos es inefable. Sin embargo, si hay una Palabra (el Verbo), capaz de lograr la comunicación del hombre con Dios, o, mejor dicho, de Dios con el hombre. En la persona del Hijo, el Verbo de Dios, el Padre llama y conduce a los hombres con la infusión del Espíritu Santo a compartir su intimidad. Compartiendo en la persona de Cristo su humanidad, la humanidad entera queda introducida en la intimidad Trinitaria, participando así de la forma de vida divina que supone la práctica de la caridad. La participación de esta forma de Vida divina, viene precedida por la convocatoria al amor que Dios realiza (la gracia actual), y el modo eminente en el que se realiza, es a través de la incorporación del hombre a la Iglesia, que es el Sacramento Universal de Salvación. La vida en Cristo Puede así el hombre participar (con su propio ser divinizado) de la naturaleza divina, y compartir un modo de Vida divina que, de por sí, es eterna. Esta vida eterna es la que se nos participa (de un modo acorde a) y la que se comunica y perpetúa (de un modo diverso en) las distintas naturalezas, por lo que podemos hablar de un rango de participación en la Vida que es acorde con la estructura teleológica de la creación. Vida que tiene su origen en el Padre y su realización en el ser personal del Hijo, en quien, al trascenderse y por contenerla, se nos participa.  ¡¡¡Ojo!!!: Meter en algún lado que las criaturas participan de la vida en la medida en que son. Continuando con los términos de la tesina, diríamos que, participando en Él de la luz increada, se nos entrega a todas las criaturas nuestra propia luz y el modo de contenerla y compartirla. La participación en la vida tiene lugar a través de la forma sustancial, que inhiere en la sustancia que cada criatura tiene según su naturaleza.

PARA ENTENDERLO

Como si de una conversación entre amigos se tratara, os diré, como el poeta, que confieso que he sufrido (más o menos igual que decir “que he vivido”).

El sufrimiento (a mi entender), si bien no es deseable a nivel humano, sí tiene una “bis” didáctica: humaniza, reordena y además ¡perded cuidado! que, con él, lo que se ha aprendido no se olvida. 

Una vez leí que lo peor no era la desgracia, sino la impaciencia dentro de la desgracia. Me explicaré.  

Veréis: cuando una persona sufre se ve muy, pero que muy limitada en su capacidad de razonamiento. Digamos que el cuerpo, al reaccionar contra el traumatismo, genera una especie de estado de anestesia que nos afecta. Y, cuando el nivel de sufrimiento es lo suficientemente alto, acabamos utilizando como recurso una especie de “piloto automático” para nuestro actuar: recurrimos a situaciones ya conocidas, ya practicadas por nuestro intelecto, y que ya las tenemos en nuestra “memoria intelectual” (al llegar a este punto podemos darnos cuenta de lo importante que puede ser la formación en una u otra escala de valores).

Pero bueno, centrándonos en el tema, digamos que una persona, cuando sufre, prácticamente solo sufre. 

Ante una desgracia de la índole que sea, el sentimiento más fuerte que se apodera de uno es el de incomprensión. No lo entendemos. No entendemos el por qué, ni el por qué a nosotros nos está pasando ésto o aquéllo. En ese estado, ésas son para nosotros las dos preguntas fundamentales. Te las sigues haciendo, mientras sigues sintiendo el dolor, vivo o ronroneante, pero inextinguible.  

Cuando tratas de contestarte, te encuentras con algunas respuestas. La más importante te la da la filosofía cristiana. Pero, aún y cuando tengas una predisposición a aceptarla (aunque nada más fuera porque te vendría bien), hay veces que sigues sin entender su mensaje ante el problema de la Cruz, o eso es al menos lo que me pasaba a mí: no me era asimilable un Dios Amor que A MI me enviase ese sufrimiento.

No entendía tampoco que me aconsejasen que, con una aceptación amorosa de Su Voluntad, le ofreciese “el fruto de mi penar”.  

 ¿Qué podía tener que ver la Voluntad de Dios con el desamor, la mentira, el sufrimiento o la muerte?, ó ¿Para qué podría querer Dios que yo le ofreciese mi sufrimiento?... ¡Era absurdo!... El sufrimiento no formaba parte de la esencia de Dios ni de sus cualidades. En realidad, el sufrimiento ¡ni tenía nada que ver con Dios!, o todo lo demás fallaba.  

¡Muchas vueltas le dí yo a mí cabeza hasta que, gracias a Dios, me pude dar a mí misma una respuesta!. Y os la ofrezco, por si intentáis “tratar de entenderlo”, como os decía en el titular del artículo, por si os sirve de algo. 

Veréis:

Dios no quiere mi sufrimiento, ¡me quiere a mí dentro del sufrimiento!.

Pero os diré más: no es que Él me quiera a mí (por aquello de que Dios ama a todas sus criaturas y al hombre/mujer en particular), y mucho menos que me quiera dentro de esa situación de sufrimiento, no: ¡El me quiere a mí, a ti, a todo nuestro yo, y quiere que yo, que tú, que nosotros, le queramos a El (que El siga siendo nuestra opción), aún y a pesar del sufrimiento!. 

“Lo peor es la impaciencia dentro del sufrimiento”. Es así: en la vida de cualquier persona hay de todo: alegrías y penas, gozos y sufrimientos.

Las personas, con una mentalidad eternamente adolescente, no nos damos cuenta cuando sufrimos de que las circunstancias presentes, por malas que sean, no son más que esos, circunstancias, y de que, como tales, no son ilimitadas en el tiempo. 

Antes os hablaba de ese mecanismo humano de “poner el piloto automático”. Pues bien, ahora os digo que, cuando ese “piloto automático” está animado por esa Opción (la de entregarle a Dios en esos momentos nuestro yo entero, todo nuestro amor y también todo nuestro dolor porque forma parte de todo nuestro sentir y de todo cuanto somos), se consigue un efecto: el dolor se dulcifica, se diluye...

Se produce esa anestesia que no emborracha (mayor cuanto más te entregues), ese abandonarse confiados a su Voluntad, a esa Voluntad de futuro que sin duda El tiene para nuestra vida y a la que nosotros no podemos acercarnos, ni siquiera en sueños. 

¡Hacedme caso!, porque, como os decía, yo confieso que he sufrido.            

EL SER HUMANO Y DIOS

Pero vamos a ver ahora cómo eran en un origen, y cómo son ahora las relaciones de ese ser humano con Dios. 

Nos dice el Génesis, que partiendo de la naturaleza material creó Dios al primer viviente, y lo hizo participándole una forma de ser y de actuar determinada que le permitían, aparte de la posibilidad de relacionarse con otros seres de su misma especie para transmitir y compartir la propia vida (hablamos de relaciones de generación, de parentesco, o de participación en determinadas formas sociales), asimilar, compartir o transformar las formas sustanciales de otros seres (pensemos en las funciones metabólicas, en la asimilación de conocimientos, o en la realización de obras de arte o de creatividad en suma) de modo que, partiendo de ese modo de ser y de actuar característico, la vida de Dios fuera en él  mediante sus actos. 

Pero aunque nos encontramos así con un viviente dotado de creatividad, capaz de actuar y por lo tanto de relacionarse, la perfección de su ser personal no comportaba la posibilidad de generar un viviente semejante a él sobre el que actuara la vida de Dios, puesto que la vida de Dios no era algo que le conviniese por naturaleza.  

La vocación de los hijos de Dios

Así, y sin su intervención, a ese ser humano le añadió Dios una nueva perfección (la capacidad de transmitir la dignidad de los hijos de Dios), constituyéndole en padre por cuanto que inicio (Adán) y madre por cuanto que modo de realización (Eva “madre de todos los vivientes”), de toda la humanidad.  

Ambos serían una misma carne, pero no hablamos con ello del hecho de generar hijos al modo que lo hacen otras especies animales, sino de que ambos (Adán y Eva, principio y realización) servirían de sustancia para que, sobre su progenie, habitara en ellos la vida de Dios

Y así, cuando hablamos de que por esa nueva realidad (Eva) el ser humano (Adán) dejaría padre y madre, tampoco estamos hablando de nada físico, sino de una vocación a la vida de Dios: de nuestra llamada a participar y a hacer realidad la dignidad de los hijos de Dios mediante nuestros actos.  

(Esta argumentación tiene continuidad en el artículo titulado El pecado original)

EL SER PERSONAL DE DIOS

Para hablar de este tema, hemos de partir de la consideración de las características del ser personal de Dios, una realidad que, por cuanto trascendente, nos resulta inefable.

Sin embargo, y del mismo modo que utilizamos cifras, fórmulas o notas musicales para significar una realidad que las transciende, me permitirán Vds. que, sin otra pretensión que la de ser fiel al contenido de la Revelación, instrumente unos sencillos conceptos metafísicos, en la confianza de que su utilización nos permita avanzar en la consideración de cuál sea y en qué se concrete la realidad de ese Ser trascendente al que denominamos Dios. 

Sabemos (porque así nos lo dice la Revelación) que Dios es una realidad espiritual (y personal, por tanto) tripersonal.  

Pero es que esa realidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo) son a su vez realidades personales, cuyas especiales características (su modo de ser, de actuar y de compartirse ilimitado concretamente) hacen que las tres constituyan en tanto que integrantes, una única naturaleza: la divina.  

En Dios, pues, ser y naturaleza convergen, y coinciden precisamente con el concepto de aquello que denominamos Amor. 

Pero como ya hemos dicho al referirnos al concepto de ente, los entes son, tienen una forma de ser y de actuar determinadas, y como tales se nos manifiestan. Es así que, para hablar del ser de Dios (de lo que Dios es, de quién es Dios), cabe considerar su forma de ser (El Padre), su forma de actuar (El Espíritu Santo), y su forma de manifestarse (El Hijo). 

Y puesto que mantenemos que Dios es Amor, también podríamos hablar del Padre como la forma de ser del Amor, del Espíritu Santo como la forma de actuar del Amor, y del Hijo como la forma de manifestarse del Amor, asociando con ello al Amor con la personalidad de Dios, como diremos a continuación.   

(Sigue el razonamiento de este artículo en el denominado El Amor, personalidad de Dios