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::: Dorotatxu :::

EL REGALO DE UNA MADRE

Idea implícita en el regalo:“Con la navegación adecuada compartiréis mi destino” 

Era una fiesta de la comunidad judía: una comunidad a la que también pertenecían María, su Hijo, los discípulos de Éste, y el relator de lo sucedido, S. Juan.  

Que se tratara de la celebración de unos esponsales nos da idea de la vocación a la continuidad de aquella pequeña comunidad, y que en la celebración de los mismos faltara el vino (un elemento que facilita la comunicación y anima el espíritu de cuantos participan en una reunión) sugiere a nuestro modo de ver, el ocaso de la antigua alianza. 

Fue la carencia del vino y el conocimiento de su virtualidad lo que provocó la actuación de Nuestra Señora, y puesto que toda comunidad se enriquece con las aportaciones de sus miembros, la actuación de Nuestra Señor supuso para la comunidad judía un regalo inclusivo y que manifestaba además explícitamente Su condición. 

Ella sabía que a través de las obras de una persona henchida de Gracia, se manifestaba actuando el poder del Espíritu de Dios, y sabía además que esto era así, porque de la presencia de la Santísima Trinidad en el alma humana se derivaban determinados efectos, tanto para el alma misma, como para las distintas realidades con las que ese ser humano a través de sus actos se relacionara. 

Estas relaciones, que alcanzaban a su trato con Dios y que afectaban desde Él a las distintas realidades con las que ese ser humano se relacionara (entiéndase sus relaciones con otros seres personales y con su entorno) serían el modo previsto por Dios para que Su Alianza con todos los seres humanos fuera una realidad y para que su Amor se compartiera a través de ellos entre todas las criaturas siempre que esos seres humanos empeñaran en ello su voluntad. 

Fue el “fiat” de Ntra. Sra. lo que supuso para Ella esa condición, y ya desde ella, fueron su comprensión solícita y su confianza ilimitada en el cumplimiento de sus promesas lo que motivó la actuación de Dios y lo que le hizo acreedora al título de Omnipotencia Suplicante con el que le adornamos.

Así, por su intercesión y aunque aún no había llegado su hora puesto que el Hijo del Hombre no había sido aún glorificado, a través de las obras del Hombre-Dios Jesucristo y tras su bautismo, lo que para María era una certeza fue manifestado explícitamente ante la comunidad: Dios transformó el agua destinada a las abluciones rituales de los judíos, en el Vino que prefiguraba la Nueva Alianza. 

Pero puesto que el conocimiento de Ntra. Sra. provenía de la vivencia de una evidencia, para que los seres humanos pudiéramos participar de ella y así decidirnos a participar en la Nueva Alianza con convicción, María nos regaló el navegador de su propia fe: una fe que justificara la certeza, que fundamentara la esperanza, y que motivara la actuación del pueblo de Dios de tal modo que todos llegáramos a alcanzar nuestro común destino, que no sería otro que el de llegar a compartir, a manifestar, y a hacer presente mediante nuestros actos, la Gloria de Dios.

Es a ello a lo que estamos llamados.

CASO Nº 10

Si recordáis, en mi participación como co-autora con el capítulo 10 en el texto Fe Vivida (editado por EUNSA), asimilaba al Espíritu Santo con la forma de ser y de actuar de Dios que se nos manifestaba sensiblemente y se nos participaba en una persona física: en Jesús de Nazareth.  

Él será, pues, nuestro protagonista. 

Por otro lado, y si atendemos a la segunda de las acepciones que del término antagonista figuran en el Diccionario de la R.A.E., nosotr@s mism@s podríamos presentarnos como antagonistas, puesto que por antagonista entendemos “el principal personaje que se opone al protagonista en el conflicto esencial de una obra”. 

El caso sería la obra de la santificación: una obra que podríamos situar en contextos distintos (porque distintas serían las épocas), pero que en ningún caso resultarían antagónicos por cuanto que la realidad de Jesús de Nazareth es una realidad metahistórica. 

Quiere esto decir, que el conocimiento que a través Suyo alcanzamos de la Ternura de Dios alcanza e informa de tal modo nuestra conducta en toda época, que es a partir del momento en que le prestamos nuestra adhesión cuando llegamos a comprobar en nosotros mismo que ésta adquiere unas características tales, que nos posibilita para ser vividos y actuar con la fuerza de Dios.  

Es en esto, y no en otra cosa, en lo que consiste la santificación.  Hasta aquí no existe el antagonismo entre nosotr@s y Jesús de Nazareth, puesto que aunque Él es “el Dios con nosotr@s”, tod@s nosotr@s también estamos llamados a ser en la Persona del Hijo “otro Cristo” siempre que permanezcamos unidos a Él compartiendo el Espíritu de Dios.  Es entonces cuando Dios habita en nosotr@s, y es entonces también cuando por encima de nuestros límites, llegamos a reconocer en nosotr@s, actuando mediante nuestras obras, la fuerza de Dios. 

Para que esto fuera así y en la persona del Hijo, Dios asumió nuestra humana naturaleza: Él se nos compartiría primero, para que nosotros, luego de conocerle, pudiéramos decidirnos a compartirnos con Él. 

Aquel que sólo conocía a Dios puesto que procedía de Él, es quien nos lo ha dado a conocer.  Él fue quien nos habló del ser de Dios como de una Trinidad de Personas, y fue también Él quien manifestó de Sí mismo ser el Hijo de Dios hecho hombre por Amor y para amar.  

Es de este modo como llegamos a conocer a Dios como al totalmente Otro, y fue así también como supimos de su Voluntad, una Voluntad que se hizo realidad en Jesús de Nazareth y a través Suyo, porque fueron los efectos de sus obras los que nos dieron a conocer y nos alcanzaron la forma de actuar de Dios. 

Fue porque Jesús de Nazareth era el Hijo de Dios y el Ungido, por lo que Dios se hizo hombre y pudo actuar entre nosotros, y fue el poder observar en Él los efectos del Amor de Dios en los seres humanos una vez que hemos hecho nuestra y actuamos según su Voluntad, lo que nos permitió comprender el destino al que estábamos convocados. 

Este conocimiento pasa de ser puramente teórico a un principio dinamizador de nuestra conducta en el momento en que se produce la aceptación, y es en nuestra opción precisamente donde encontramos la razón del posible antagonismo entre el ser humano y la persona de Jesús de Nazareth. 

La aceptación de la Voluntad de Dios por parte del Hombre-Dios y su actuación consecuente, tuvo como efecto la posibilidad de comunicación de los seres humanos con Dios en la medida en que compartamos su Espíritu. Pero somos nosotr@s quienes libremente tenemos que ejercitar esa opción, una opción de la que se derivarán nuevos efectos tanto para nosotr@s mism@s, como para entre nosotr@s mism@s, y para nuestro entorno. 

De ellos depende el cumplimiento de la Voluntad de Dios en la tierra: la instauración de la Sociedad del Amor. Una Sociedad en la que el conocimiento y el Amor de Dios se compartan, teniendo como origen su Palabra, y como efecto de Su aceptación y de la nuestra a la Voluntad de Dios. 

Pero para eso hemos de convertirnos de antagonistas en co-protagonistas: no podemos “oponernos al protagonista en el conflicto esencial de una obra”, sino aprender de Él y decidirnos a asumir nuestro papel dentro de la obra a semejanza Suya.

Es entonces cuando compartiremos su Unción, y será entonces también cuando haremos realidad mediante nuestros actos la Voluntad de Dios, en la tierra.  

Que así sea.

 

 

LUZ PARA HOMOSEXUALES Y LESBIANAS

La frase con la que pretendo aportar luz a estos colectivos, aparece publicada el 18 de septiembre de 2004 en la revista electrónica Zenit, servicio diario a través del cual se difunde “una visión del mundo visto desde Roma” y dice así…

… «Si creemos en serio en nuestros ideales, no tiene sentido tener miedo de nuestros instintos; al contrario, debemos servirnos de ellos para amar y vivir aún mejor esos mismos ideales, con más coraje y fantasía»…

Esta afirmación está incluida en una entrevista concedida por Amedeo Cencini, religioso de los Hijos de la Caridad (canosiano), profesor de la Universidad Salesiana y del Instituto de Psicología de la Universidad Gregoriana de Roma, y consultor desde 1995 de la Congregación para la Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, y está destinada a fomentar una comprensión acabada del celibato eclesiástico.

Dentro de la entrevista, y hablando de una posible tendencia homosexual dentro del colectivo de los futuros sacerdotes, tras mantener que no existe prueba científica que demuestre que en el ámbito del celibato eclesiástico este tipo de problemas sea más frecuente que en otros ámbitos de la vida, el entrevistado afirma que:

...  la cuestión de la homosexualidad es una cuestión muy delicada que ha de ser tratada con extrema atención por parte de los formadores, toda vez que “en torno a ella, en cuanto a su naturaleza y génesis, en las perspectivas de soluciones y en sus límites, no existe todavía un consenso por parte de los estudiosos”.

Aunque el contenido de todas las afirmaciones vertidas en esta entrevista ha de ser interpretado dentro del ámbito del celibato eclesiástico,

... la concepción de la sexualidad humana como una energía preciosísima creada por Dios y donde habita el Espíritu Santo (una energía que ha de ser integrada en un proyecto personal de vida como dice Amadeo Cencini), nos es particularmente válida para discurrir hasta qué punto esa interiorización de la propia en nuestro proyecto de vida, ha de suponer para nosotros “un crecer positivamente en un amor maduro, en una experiencia progresiva de una relación con Dios, que de verdad puede llenar el corazón humano, y hacerlo siempre más capaz de amar, y amar de una manera divina”, como dice el mismo Cencini.

Creyendo interpretar correctamente el contenido de esta entrevista, me van a permitir Vds. que formule una serie de consideraciones, que no pretenden sino contribuir a una mejor comprensión de la condición de estos colectivos de homosexuales y lesbianas dentro de la Iglesia, y que son las siguientes:

Sucede que, cuando Dios crea a Adán y Eva, crea con ellos el alma humana, y la crea “a su imagen y semejanza”. Quiere esto decir, que el alma humana es masculina y femenina a la vez, por haber sido creada a imagen y semejanza de un Dios que es Padre y Madre a la vez, y esto quiere decir y supone también, que al ser esa parte esencial del ser humano (el alma), la que éste comparte a un nivel intencional (dimensión ésta a través de la que las facultades espirituales se comparten) con otros seres espirituales y con Dios mismo, ninguna de las manifestaciones de esa comunicación puede ser negada o ninguneada…

El resto es un simple corolario:

Como es el alma la que anima al cuerpo, y la concepción de la realidad y de su conveniencia para sí, la que fija los objetivos y motiva la conducta del ser humano, la consideración que desde fuera nosotros podamos hacer de determinadas conductas sexuales como equivocadas o no, no nos da derecho, y en ningún caso nos capacita, para juzgar (y mucho menos anatemizar) las relaciones de otros seres humanos con Dios, con sus semejantes, o con nosotros mismos…

Sólo Dios conoce la rectitud de nuestra intención, porque Suya es nuestra alma, alma que todos estamos llamados a compartir, animados por su Espíritu, para mayor gloria de Dios…

Este Espíritu que habita en nosotros, y que busca su comunicación contando con nuestra deficiente naturaleza, es también el mismo Espíritu que se nos alcanza a través de los Sacramentos…

... Y sucede que la participación en su común-unión, tanto de cada ser humano en particular, como de los seres humanos entre nosotros y en la medida en que seamos capaces de comunicarnos y de compartirnos con Él, no es otra cosa que la Iglesia,

... Una Iglesia a la que pertenecemos, por voluntad de Dios, todos los bautizados…

Que Dios nos ayude a no ser excluyentes, y a amarnos unos a otros "con su mismo Amor"

LA EUTANASIA

¡Es curioso cuánto estamos hablando en este momento de la eutanasia!…

… se diría que se está preparando a la opinión pública para su aceptación…

Ciertamente, cada uno opinamos lo que nos parece, y según algunos, ésta es una demostración evidente de que aquí hay libertad. Pero aunque ninguno podemos ponernos en la cabeza y en el corazón de las personas que viven una situación tan delicada que les lleva a plantearse y a desear poner fin a su vida, con toda seguridad ese planteamiento está basado en la desesperanza; porque ninguna persona en una situación ordinaria renunciaría a su vida, a sus proyectos, o a sus relaciones, por muy libre que se considerara, ¿no creen Vds?...

Estas personas, aun en su estado de enfermedad, son seres personales: seres racionales y libres. Capaces de conocer, y capaces de desear y amar. Pensando en ellos, quizá todos tengamos que plantearnos lo que somos, porque quizá un día nos podamos ver en una situación así, y, lo que somos (ellos también), es seres habitados por el Espíritu…

… Un Espíritu que nos anima para que seamos, y para que, en la medida en que seamos, vivamos eternamente en Él…

¡Ésa es la esperanza que estamos llamados a compartir!

Pero ese Espíritu no es nuestro. No podemos, por tanto, decidir sobre Él.

La falta de esperanza, el no concebir nuestra capacidad de trascendencia y al Amor  como nuestro destino último, hace que nos quedemos pegados a nuestro momento, que carezcamos de motivos para luchar. Tal vez, en lugar de sentir tanta conmiseración, debiéramos ser capaces de hacer sentir al enfermo desesperado nuestra cercanía, y de decirle, con amor, que su existencia no es baldía. Que le damos las gracias por darnos la ocasión de amarle, porque el Espíritu que compartimos unos y otros, nos ordena a él y a nosotros, al Amor.   

 

DE CÓMO NUESTRA INTELIGENCIA ESTÁ INCLINADA A LA VERDAD

Nuestro modo de conocer se basa en que la inteligencia humana está inclinada a la verdad,

... pero los modos de captar la ley moral natural no son el raciocinio y la argumentación, sino el conocimiento por evidencia, y no por un proceso deductivo al modo de como la razón especulativa descubre las verdades. 

Así se alcanza el ser de las cosas, pero no el deber ser, la norma.

 El deber ser es alcanzado por la razón práctica como un específico modo cognoscitivo y argumentativo, que alcanza de modo inmediato y evidente las normas morales naturales fundamentales, argumentando las demás desde ellas. 

La persona humana, siempre que quiere y busca la verdad, capta como evidentes unas primeras verdades sobre el bien y el ser que llamamos primeros principios, y que son evidentes por sí mismos.

 

Todo razonamiento se apoya en esta primera captación intuitiva de la verdad en sus principios, sin la cual sería imposible razonar. Así, en el orden especulativo capta el principio de no contradicción, o de que el todo es mayor que las partes.

 

En el orden práctico, hay un primer principio que dice “hay que hacer el bien y evitar el mal”.

 

Bajo la luz de este conocimiento evidente, y aplicándolo a los diversos bienes que integran la perfección humana, la razón descubre los varios y diversísimos preceptos particulares de la ley moral.

 

La determinación de los bienes humanos o bienes que integran la perfección del hombre, y de sus exigencias concretas, se obtiene a partir de la experiencia y la reflexión (no sólo personales, sino acumuladas en la historia y que recibimos por educación, etc.)

 

Este descubrimiento no es una labor meramente intelectual, sino de toda la persona, porque la experiencia en la que se funda es la experiencia ética, inseparable del ejercicio de las virtudes.

 

La ley natural es accesible a la razón humana, y aunque se pueda hablar de normas generales, la razón humana las descubre como exigencias concretas de la naturaleza humana.

 

Pero los primeros principios morales no son unas ideas vagas y genéricas, sino una luz por la que reconocemos en el acto, si algo nos acerca o aleja de Dios, si es bueno o malo.

 

Esta captación es común a todos los hombres, porque se basa en el hecho de que todos tenemos una naturaleza común con unas exigencias fundamentales que son también comunes.

 Pertenece a la dignidad propia de la vida racional y libre, que los bienes se conozcan no sólo en cuanto apetecibles, sino en su verdad y en su moralidad. El conocimiento de la moralidad no es una extraña actividad sobreañadida al ejercicio de la libertad, sino algo que integra el modo de conocer propio de la criatura inteligente y libre. 

1.      Mientras el conocimiento meramente sensible de los animales sigue un movimiento instintivo –automático, como mecánico- del apetito sensible,

2.      el conocimiento intelectual propio del hombre sigue un movimiento libre de la voluntad.

 

El hombre conoce los bienes en lo que valen y en su relación con el fin. No se mueve necesariamente por los bienes que le solicitan, sino que libremente se dirige hacia ellos.

 

En esto se muestra la perfección y la dignidad de la vida intelectual o racional,

o       porque mientras los demás vivientes se mueven a sí mismos imperfectamente, como llevados por el instinto,

o       el hombre en cambio es dueño de sus actos y se mueve libremente porque así lo quiere.

 Pero no todo lo que el hombre se siente inclinado a hacer puede considerarse natural, sino sólo lo que su inteligencia –mediante el juicio de la conciencia-, percibe como adecuado a su último fin, y a los demás fines subordinados al último. 

La composición de alma y cuerpo, con el desorden causado por el pecado original, explica que sintamos inclinaciones que contrarían a la razón, pero tales inclinaciones,

  • no sólo no pertenecen a la ley natural,
  • sino que seguirlas contraría a la inteligencia y nos reduce a la vida animal.
 Considerar natural al hombre todo lo que le apetece es degradante: es situar su felicidad en el deleite sensible, común a los hombres y a las bestias. 

Entre las formulaciones del primer principio ético, está la del doble precepto de la caridad. “El amor de Dios y del prójimo –dice Sto. Tomás-, constituyen los dos primeros y más comunes preceptos de la ley natural”

 

Todos los preceptos del Decálogo remiten a estos dos, al modo que las conclusiones remiten a los principios comunes. En realidad, el propio “se debe hacer el bien y evitar el mal”, más que un precepto específico del obrar moral, lo es de toda la razón práctica. Explicita el constitutivo metafísico de todo obrar creado, en cuanto inclinado al bien, en su aplicación a la criatura racional.

 

Como consecuencia de ese principio de “hacer el bien y evitar el mal” se descubrirá el respeto a los bienes humanos personales básicos, el amor al prójimo, el amor a Dios, y otras muchas obligaciones propias de la ley natural.

 

Su ignorancia equivaldría a desconocer el bien humano, y a la persona como criterio ético.

 Pero afirmar que los primeros principios son “per se nota”, no indica su evidencia inmediata (como si el conocimiento de Dios y por tanto de que su amor es el último fin de nuestra vida fuera nuestra primera evidencia), sino el carácter originario y evidente de tal verdad. No hay ninguna verdad moral que fundamente a ésta, y, una vez captada, asegura todas las demás. 

Dios no es inmediatamente asequible a la razón; y por tanto, el conocimiento y formulación que la razón puede hacer de la ley natural, no puede incluir expresamente a Dios en el sentido de hacerlo el objeto directo de los primeros principios.

 

A esto se llega tras un complejo proceso en el que intervienen revelación, experiencia, formación recibida, procesos racionales, etc...

 

Lo que parece cierto es que la razón, en su progresiva maduración, ayudada conjuntamente con la revelación y la gracia, permite conocer con mucha profundidad y en plenitud la naturaleza humana y la ley natural, haciendo posible que los enunciados éticos normativos se puedan expresar en términos de amor a Dios y a los demás, porque se comprenden fundados en Dios, dando lugar a la síntesis que supone el Decálogo.

 En conclusión: no parece que la razón alcance en su proceso cognoscitivo como primer principio moral natural amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a uno mismo, aunque luego de hecho lo pueda identificar como tal. 

Bajo la luz de los primeros principios, y por la experiencia ética y la reflexión sobre los varios bienes humanos, se alcanzan los preceptos o principios secundarios, llamados también conclusiones inmediatas a las que se accede por fáciles razonamientos.

 

Cuando para alcanzar la norma o exigencia de un bien humano, se requiere una reflexión más compleja y difícil, se habla de conclusiones mediatas de la ley natural.

 La ley, con sus preceptos, presupone y promueve las virtudes. No solo gracias a las virtudes se consigue cumplir siempre el mandato del amor, sino que sólo mediante ellas se llega a conocer bien sus exigencias. Los preceptos positivos y negativos de la ley natural: 

La persona se realiza en el don de sí, en que consiste el amor y la verdadera libertad: el ser humano tiene tanta libertad cuanta más caridad.

 

El primer paso del camino del amor es no hacer nada que dañe al prójimo: amar a una persona es querer su bien, y no es posible querer el bien de alguien si se busca su daño.

 

Los preceptos positivos mandan las obras del amor. Los negativos, prohíben las normas a él contrarias.

 
  • Los primeros expresan la dinámica sin límite que le es propia.
  • Los segundos, las condiciones mínimas para su desarrollo.
 

Los preceptos positivos nos dicen las obras y disposiciones que agradan a Dios y con las cuales podemos amar al prójimo. Son universales y permanentes. Sin embargo, obligan según las circunstancias y condiciones de cada persona. No se pueden encerrar exhaustivamente en ninguna fórmula.

 

En cambio los preceptos negativos aclaran lo que nunca cabe realizar para amar a Dios y al prójimo.

 

Son la condición básica del amor y, al mismo tiempo, su verificación; expresan con singular fuerza la exigencia indeclinable de proteger los bienes de la persona, y a diferencia de los positivos, pueden ser formulados en términos concretos que obligan a todos y a cada uno siempre y en toda circunstancia.

 

Espero que esta reflexión aporte alguna luz a todos vosotros, pues no ha sido otra mi pretensión. A veces necesito hacer ejercicios de este tipo, para seguir ahondando en algunas cuestiones. Espero que os sirvan para algo.

RETÓRICAMENTE

En la Trinidad, Causa Primera y Fin Ultimo de todo lo creado, coexisten tres Hipóstasis que gozan de una única naturaleza: El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Asimilamos a Dios Padre con la Creación, a Dios Hijo con la Redención, y a Dios Espíritu Santo con la Santificación. 

“Lo propio” de la Trinidad, de “su actuación” (por lo que actúa) y su “actualización” (por lo que actualiza), es el Amor:  Dios Padre causa por Amor. Por, con y en el Dios Hijo “nos incorporamos” al Amor, y lo hacemos a través del Espíritu Santo, que es el Vínculo del Amor.  

Dios Padre causa por Amor: Sabiduría, Poder, Voluntad divina  

Por un acto de Amor Benevolente, y valiéndose de Su capacidad causal, Dios confiere esencia y existencia a lo que concibe con su Sabiduría. 

La relación entre las capacidades de Conocer y fijarse un objetivo, Actuar o actuarse, y Querer como efecto de la voluntad se repite en todo el juego causal cuando el que causa es una persona. 

Cuando quien causa es el hombre, lo que su naturaleza reclama es que mediante el conocimiento de la Verdad, y en la medida en que sea capaz de actuar y de actuarse, opte libremente por el Amor. 

El Amor es la Causa Final de todo lo creado y se participa de El con una participación analógica de semejanza. 

El amor de benevolencia se identifica con el bien: El bien es lo conveniente para cada cosa puesto que la lleva a su plenitud. Es el “telos” del agente causal. Su incentivo para actuar o para actuarse, su fin y acabamiento es el Amor. 

Dios es El Amor 

Un agente cuando causa, tiene que “poder causar”.  Tiene que estar en posesión en una mayor medida, de aquello que “quiere” participar, y tiene que “tener en acto”, o “poner en acto” para actuar lo necesario del potencial operativo del que es capaz según su naturaleza. 

Un agente causal es más acto (causa más), cuanto más acto sea: cuanta mayor capacidad y grado de auto-realización, de actualización de su esencia, tenga.  

La evolución en esa capacidad y en ese actualizarse de los seres creados, es la justificación  de su dinamismo, y marca el grado de participación en el ser de El Que Es. 

Dios, por ser Acto Puro de Ser, tiene un poder causal ilimitado:

Por un mismo acto de Amor crea cada una de las naturalezas, y, de acuerdo con esas naturalezas, hace partícipe a todo lo creado, mediante los respectivos actos de ser, de su mismo Ser Subsistente.  

Dicho de otro modo: por medio del respectivo acto creacional, Dios “actualiza”, o “actualiza y capacita para autorrealizarse y a su vez actuar”, a todas sus criaturas. 

Hemos dicho que el efecto de la acción creadora de Dios era el acto de ser de sus criaturas, y que por un único acto de ser, se confiere a las criaturas la esencia y la existencia.  

La esencia “vive” en función del acto de ser, y es principio limitador de la existencia 

La existencia se posee por participación en el Acto Puro de Ser: Una participación analógica (en función de una gradación en las perfecciones) de semejanza (el Ser se comparte de manera en parte igual y en parte diversa)

Con dicha participación no se agota el Ser, puesto que lo que se participa es el Mismo Ser Subsistente. 

Todos los seres creados tienen esencia: en unos casos es simple (no sujeta a materia, como en el caso de los seres angélicos), y en otros, compuesta de materia y forma. 

Los seres materiales tienen una limitación espacio-temporal derivada de la necesidad de determinar la materia. Los seres espirituales, en cambio, se mueven en una dimensión intencional, es decir, exenta de toda limitación que impone la materia. 

En el ámbito de lo creado, la mayor o menor participación en el Ser, supone una gradación en la posesión de las perfecciones que se participan: los seres inferiores participan de las perfecciones de los superiores, quienes las poseen en mayor grado  (p.e. los ángeles poseen la inteligencia por esencia, mientras que el hombre la posee por participación) 

En el ámbito de la Gracia, la mayor o menor gradación en el ser supone poseer una mayor o menor participación en la intimidad de la Trinidad Beatísima: en el Amor. 

La característica de todos los seres vivos, es que tienden a la autorrealización, a la consecución de los fines previstos para sus especies, a su crecimiento, a alcanzar su disposición orgánica final. 

Hasta ahora hemos hablado de seres materiales o de seres espirituales.

Con la creación del hombre, Dios introduce una auténtica “novedad”: Lo constituye como Persona: al cuerpo humano le infiere un alma espiritual como forma sustancial y, con ello, le confiere una especial participación en el Acto de Ser, en El Alma: la espiritualidad. 

El término persona, que únicamente lo aplicamos a las Tres Hipóstasis Divinas, a las criaturas angélicas y al hombre nos habla de su común naturaleza espiritual. 

Podemos decir que el hombre es un cuerpo espiritualizado: coexisten en él ambas naturalezas. El resultado es un ser racional (capaz de conocer) y libre (capaz de querer) las Verdades contenidas en el Infinito. 

De ese Infinito, que es a su vez Inteligencia y Voluntad, participa intencional, semejante y analógicamente. 

Esta criatura (el hombre), además de compartir ciertos grados de vida con otras especies inferiores (con los animales y con las plantas), participa también de la vida propia del espíritu, la intelectual. 

Cuando hablamos de animales y de plantas, estamos hablando de especies cuyos individuos cumplen con objetivos, reaccionan ante los estímulos y ejercitan funciones conforme al modo previsto para cada una de sus especies. 

La participación en la vida intelectual supone que los individuos participantes, amén de gozar de las perfecciones propias de los grupos anteriores de un modo superior, son capaces de fijarse objetivos individuales, y de elegir los medios y los modos que consideren más adecuados para conseguirlos.  

El hombre, como cualquier ser vivo, evoluciona a través del tiempo hacia la plena perfección de su especie: evoluciona en el cuerpo y evoluciona en el espíritu.  

El cuerpo tiene la limitación espacio-temporal de la que ya hemos hablado, por ser el componente material del ser humano. Su grado de perfección es limitado, pero la posesión de un alma espiritual hace al hombre responsable de su propia evolución: de su actuación libérrima depende que llegue a una mayor o menor actualización de su propio ser y, con ello, a alcanzar una mayor o menor participación intencional en la Vida Mística. 

Hemos dicho que el hombre es un ser racional (capaz de conocer) y libre (capaz de querer) las verdades contenidas en el Infinito. 

La alta participación en el Alma (en la Forma común) del alma humana que le confiere la espiritualidad, le permite a esta incorporar intencionalmente nuevas formas: le capacita para “conocer”, “ser”, “adquirir” y “evolucionar” intencionalmente.  

De esta forma el hombre puede incrementar su participación intencional en el Mundo de las Formas,  y con ello hacerse más persona y, por tanto, participar más íntimamente del Amor.

Hemos comenzado esta parte trabajo diciendo que “Por un acto de Amor Benevolente, y valiéndose de Su capacidad causal, Dios confería esencia y existencia a aquello que concebía con su Sabiduría” . También hemos tratado de analizar en base a qué la combinación “conocimiento, capacidad causal y voluntad” se repetía en la actuación de todo agente. 

Me queda únicamente por decir que por el acto de ser, por ser un Acto de Amor, Dios está real y constitutivamente presente, con una presencia íntima y esencial, en el interior de cada criatura.  

Por, con y en el Dios Hijo “nos incorporamos” al Amor: El Cuerpo Místico 

Vamos a tratar de analizar ahora cómo la Segunda Persona de la Santísima Trinidad es la esencia del Amor, y cómo la Iglesia, los cristianos “en acto”, constituimos el Cuerpo Místico de esa misma Esencia, en esa situación espacial y temporal en que nos encontramos. 

La forma de esta Entidad (la Iglesia), sería el Espíritu Santo

Con el término esencia se indica el principio  en el que se recibe el ser de un ente y según el cual se contrae el ente a una forma determinadaEn palabras de Sto. Tomás, “La esencia se dice en cuanto que en ella y por ella la cosa tiene el ser”.  

El conocer algo exige tener presente la cosa conocida, salvo para Dios, que conoce por esencia.  En los demás casos, el conocimiento se realiza por información: la cosa conocida se hace presente por medio de la especie o de la idea. 

La “especie” divina sería El Que Es, Dios, el Acto Puro de Ser, que se nos da a conocer mediante la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. 

Cristo, con su encarnación, adopta una doble naturaleza, la humana y la divina.

El Ser Divino es recibido en naturaleza humana. Con ello, se hace semejante a nosotros: la materia es como la nuestra (toma cuerpo humano), pero el espíritu, la Forma, es el Espíritu de Dios. Es por tanto el Espíritu “contenido”, la Esencia del Amor. 

En el momento en que se separa Su cuerpo de Su Espíritu, el Espíritu Divino sigue viviendo, “infundiendo” vida a los cristianos (a los “otros” Cristos) quienes, como “piedras vivas” constituyen nuevamente su continente en el mundo. 

Esa es la entidad de la Iglesia:

Los cristianos en comunión de Espíritu con Cristo, animados por el Espíritu Santo, y en contínuo crecimiento espiritual alimentado por sus obras. Y lo hacemos a través del Espíritu Santo, que es el Vínculo del Amor:  

Decíamos en otra parte del trabajo que cuando hablamos de formas, hablamos de una dimensión espiritual (la intencional), y que el alma humana, por la espiritualidad, participa altamente en el Alma Divina.  Esta alta participación le permite al hombre a través de su alma, incorporar a sí  intencionalmente nuevas formas (reales o virtuales). Le capacita para “ser”, “conocer”, “incrementarse”, etc. intencionalmente. 

También decíamos que en el ámbito de la Gracia, una mayor gradación en el ser suponía una mayor participación en el Amor y en la intimidad de la Trinidad Beatísima. 

Pues bien, esto se consigue estando inmersos en el Espíritu del Amor, participando de la Vida Mística, a la que nos incorporamos a través del Sacramento del Bautismo.

Hace falta, como dirían los ingleses, “to be fallen in love” (aunque mi inglés no es perfecto, confío estar diciendo “estar caídos en el amor”). 

Por el Espíritu de Amor los hombres somos “intencionalmente hermanos”, y “coherederos de la Gracia”. 

Esa situación puede perderse, puede dejarse de  estar inmersos en ese Espíritu de Amor, pero la situación se restituye por medio de los Sacramentos, en los que, por la epíclesis, el Espíritu de Dios se instaura nuevamente en nuestras almas. 

Por esa común unión intencional con otras formas, incorporamos a nuestra alma a “lo amado”, y circula en todo ello el  Espíritu del Amor.

Eso es la Oración:

nuestra voluntad de hacer extensivo intencionalmente a través del nuestro, el espíritu de Dios.  

Solamente quiero añadir, que el Espíritu Santo no es cualquier espíritu: Es un espíritu perfeccionador, generador de Vida. El vehículo y la Forma del Amor de Dios. 

OBITUARIO

Dedicado a una mujer que sabía ver en su enfermedad “una caricia de Dios”. 

A veces te encuentras en la vida seres extraordinarios que no son tales...

Personas que han sabido vivir con total autenticidad su ser personal. Sin duda con sus deficiencias, pero dedicadas “sencillamente a amar”. 

A amar porque saben que ellas han sido amadas primero.

Porque existe el Amor. 

Muchísimas gracias por vuestro ejemplo, y que Dios os lo pague...  

MIS QUERIDOS AMIGOS Y AMIGAS

   

Mis queridos amigos y amigas que habéis tenido la “suerte” de llegar a cierta edad: Me vais a permitir que me dirija a vosotros por puro egoísmo. Porque os necesitamos.  Necesitamos vuestra experiencia. Vosotros “de la vida” sabéis más, y además sois un grupo muy importante en nuestra Parroquia.

Pero no vamos a utilizar términos manidos. Ni siquiera pretendemos “utilizaros” únicamente, aunque sí quisiéramos que nos ayudarais.

Me explicaré: Estamos hablando de aproximadamente 1.600 personas mayores de 65 años, un grupo de población que presenta una problemática variada que se puede observar desde distintos ángulos. Pero nosotros sólo somos Iglesia. Vuestra Iglesia, la que está a vuestra disposición.

Nosotros sólo hablamos de la espiritualidad en el ser humano, de esa de la que, a lo largo de vuestra vida, podéis haber tenido tantas experiencias: de su existencia y de su anhelo en caso de carencia. De ésa dimensión queremos hablaros hoy.

  1. Porque conocéis el amor y el desamor
  2. Porque conocéis la alegría y el sufrimiento.
  3. Porque sabéis que las circunstancias de la vida son sólo eso, aunque puedan resultar agobiantes o gozosas.
  4. Porque sabéis también que el hombre nace, crece, se reproduce y muere... pero además piensa; aún sin querer, y aún sin saberlo, se relaciona constantemente con el Infinito, y que es ese infinito el que nos espera al final del camino. Un camino que se puede recorrer junto al Amor de Dios, aunque le llaméis de otra forma alguno de vosotros, o de otra manera.

También seguro que conocéis el dolor, y esa faceta suya tan interesante que hermana, enseña, mueve a la compasión... Nos hace vernos en nuestra dimensión real. Y junto a nosotros, otros como nosotros... que sufren o se alegran prácticamente por los mismos motivos.

Sabemos que, si al final nos decidimos, si “podemos” con “nuestro” dolor... si vemos a Jesús que sufrió y murió por nuestro amor, para enseñarnos un camino de retorno al Padre..., simplemente con que intuyamos que ese camino existe... y que “intentemos” sobreponernos y considerar al otro, tenga la edad que tenga, como un hermano de experiencias y optemos por compadecerle y ayudarle... ¡vemos cómo nuestro dolor se diluye!...

Este efecto puede conseguirse con el transcurso del tiempo. Digamos que Dios es tan bueno que, queramos o no, nos siguen “enseñando” su Bondad, y nos “atrae” de esa manera.

Nos relajamos en la medida en que vamos “confiando” en su Bondad. En que vayamos “confiando” en Ella y “participando” en Ella”.

Quien conozca el dolor de verdad, sabe que el dolor puede “no dañar” al ser humano. Pero para llegar a saberlo, también tenga la edad que tenga, hace falta el “tipo” de experiencias que presuponemos tenéis vosotros y que a nosotros nos interesan.

Sabéis que en esencia, hay que optar por el Amor, sean cuales sean las circunstancias en la vida. Eso al ser humano “le conviene”.

Bien, pues os proponemos que nos ayudemos unos a otros.

Somos unos cuantos y unos pocos. 1.600 personas mayores de 65 años (cada una con sus circunstancias), y unas 10 personas a vuestra disposición.

La Parroquia dispone de un grupo de Vida Ascendente para fomentar, o mejor dicho, ayudar a hacer crecer vuestra espiritualidad. Aquí nos tenéis.

Pero para tratar de ayudaros en otro tipo de temas (vuestro mundo de relación, situaciones de soledad, residencias de ancianos, etc...) somos demasiado pocos.

Necesitamos vuestra ayuda. NECESITAMOS VOLUNTARIOS, y nos interesa vuestro colectivo. Queremos poner en marcha y desarrollar una serie de actividades que manifiesten el Amor, la Ternura, la Alegría, el NUEVO ROSTRO del Señor. Entre todos. Cada uno en la medida de sus capacidades.

Poneos en contacto con nosotros. Nuestro teléfono es ..............

Manifestadnos además vuestras necesidades si  aún no las conocemos.

Porque somos una comunidad, la de los bautizados en Cristo, por la que tiene que circular el Espíritu del Amor.

¿Lo haréis?.

Un saludo muy cordial, que Dios nos ayude, y ¡HASTA MUY PRONTO!

  (Ésta es una iniciativa que no llegó a ponerse en marcha, pero que considero que puede tener cierta validez)