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::: Dorotatxu :::

9ª PREGUNTA REALIZADA

Nos encontramos en esta ocasión con una pregunta de J.M. L. Para leerla y poder opinar, tendríais que pinchar en comentarios

8ª PREGUNTA REALIZADA

Nos encontramos en esta ocasión con una pregunta de Nombre. Para leerla y poder opinar, tendríais que pinchar en comentarios

CUANDO DUELE EL AMOR

Tiene Miguel de Unamuno un poema dedicado a la muerte de su perro, que es una auténtica preciosidad. Lo que entre otras cosas en él nos dice, es que para cada perrill@, su amo es su Dios. Pues bien. Hoy os voy a hablar del mío: un schnauzer miniatura que se me fue con Mari Jaia (personaje emblemático de las fiestas de Bilbao) en agosto hará dos años.

Era un animal genial. Lleno de nervio. Pero lo que más me llamaba la atención, era la seguridad absoluta que tenía de ser digno de mi amor.

Era al mismo tiempo temeroso y temerario. Mimoso y altivo. Orgulloso y valiente, diría yo.

La cuestión es que Klaus –ese era su nombre- me recuerda con frecuencia a mí misma ante el Sacramento de la Reconciliación.

Así, el recuerdo de lo que en él eran ladridos, lamentos, pequeñas mordeduras y frecuentes zarpazos, me remiten a mi oración previa a la celebración del Sacramento,

... y lo que en él eran saltos de júbilo, menear de su pequeña colita, e ir a ofrecerme acto seguido el mejor de sus juguetes para que jugara con él, al gozo que se experimenta como efecto de la Gracia del Sacramento del Perdón.

Pero pasemos ahora un poquito a explicaros qué os quería decir con todo eso…

Veréis:

Cuando titulábamos este artículo bajo el epígrafe de CUANDO DUELE EL AMOR, no era porque creyésemos que así sea, sino para deciros a continuación que –como todos sabemos- lo que duele no es el Amor, sino que precisamente lo que duele es el verse apartado de Él.

En mayor o menor medida, tod@s sabemos lo que es estar –como dirían los ingleses- “caid@s” en el Amor.

Cuando lo estamos llegamos a sentirnos valiosos, porque hemos descubierto “con asombro” que lo somos para quien nos ama, y resulta que bajo esa apreciación comprobamos también que todo en nuestra vida cobra nuevo valor…

Sabemos del gozo que se experimenta cuando llegas a sentirte un@ con la persona amada, y también cómo harías cualquier cosa que de ti dependiera para permanecer en esa situación, porque las penalidades a su lado se trivializan. Nuestra vitalidad parece que creciera.. No es que no duelan -que lo hacen- pero de otro modo, porque como hemos dicho, lo que duele no es el Amor o nuestra forma de amar, sino el hecho de saberse apartado de Él…

A veces somos nosotros los responsables de ese apartamiento, y ése dolor precisamente -el de saberse apartado del verdadero Amor siendo nosotr@s únicamente l@s responsables- es el que subyace cuando hablamos de la contrición propia del Sacramento de la Reconciliación.

Pero para experimentar este dolor, previamente es necesario conocer hasta qué punto, por qué motivo, o bajo que circunstancias ha tenido lugar el apartamiento, y tener una voluntad clara además de no volver a repetir tal actuación. Nos encontramos aquí, pues, ante los tres supuestos previos –examen de conciencia, dolor de los pecados y propósito de la enmienda- a la celebración propiamente del Sacramento.

Hasta este momento, el cristiano o la cristiana no hace sino orar. Lo que hacía Klaus previamente a que yo le hiciera caso: implorar y tratar de merecer con nuestras disposiciones y nuestra pobre actuación, la atención del Amor.

Lo que sucede, es que a veces los cristianos, aunque no tengamos una voluntad clara y expresa de apartarnos del Amor de Dios, cuando de nuestro quehacer se trata no hacemos el Amor, sino el sudor.

Ésta es la expresión que utilizaba un conocido mío para referirse a la diferencia que había entre una relación sexual con entrega de uno mismo, o cuando la misma se realizaba únicamente para satisfacer el apetito carnal, y yo me referiré a ella para expresar que en nuestro actuar,

… la cuestión no es fijarnos una serie de objetivos y de conductas y cumplir con ellas escrupulosamente por un mero sentido del deber y “pese” a que sean trabajosas,

… sino realizarlas del modo más amorosamente posible, porque sabemos que el Amor existe para nosotros, y que las realizamos desde el Amor, y por el Amor.

Esto supone la ordenación de nuestros afectos, y nosotr@s estamos dispuest@s a realizarla, porque en ello estriba la diferencia entre el mayor o menor reconocimiento social (laboral, familiar…) y la auténtica vida cristiana.

Esta opción no es para nada baladí, sino que l@s cristian@s la ejercemos porque -como decía el estribillo de una conocida canción- “no estamos locos”, sino que “sabemos lo que queremos”.

¿Y qué es lo que queremos -alguno de vosotros se preguntará-?

Pues bien.

Lo que l@s cristian@s queremos es permanecer de un modo estable en el Amor: que el ser amantes sea nuestra condición.

A ello se llega en primer lugar ordenando nuestros afectos, porque no disipando nuestros esfuerzos y a base de realizar actos tendentes al Amor, es como la presencia  del Amor y de lo Amado es una realidad presente y generadora en nuestras vidas, y desde ella es como realmente llegamos a compartirnos y a compartir con nuestro entorno el Amor.

Pero como hemos dicho, en ocasiones –fundamentalmente pienso que por nuestro olvido de Dios, por nuestra intransigencia o por nuestra vanidad- somos nosotros los penitentes, “los que penan” al verse apartados del Amor.

En cada caso es necesaria nuestra “conversión”, es decir, “nuestro volver los ojos hacia Dios y nuestro encaminarnos a la unión con Aquel quien sólo es Amor, y sólo actúa por Amor”

Él sabe lo que hay en el fondo de nuestros corazones. Conoce nuestra intención y está deseando otorgarnos sus favores. Sólo que como nosotr@s no somos perrill@s y tenemos nuestro modo de expresarnos, presente Él en un Sacerdote y puesto que éste actúa “en persona de Cristo” para este Sacramento, tenemos ocasión de expresarle más acabadamente nuestros sentimientos, nuestros temores, nuestras incongruencias…

… y de pedirle perdón.

Ya sabéis cuál es el resultado: el “ego te absolvo”. El sacerdote sabe, y nosotr@s sabemos, que no es el sacerdote quien se nos da. Que no depende de su perdón nuestro perdón, sino que es la Gracia que nos adviene por este Sacramento la que nos da y nos hace evidente el amor incombustible, la amistad imperecedera, y el perdón misericordioso del Dios que es Amor.

Es de este modo como somos renovados con una nueva vitalidad y como experimentamos el gozo de la participación en el Amor de Dios. Daríamos saltos de alegría. Compartiríamos nuestros juguetes si fuéramos chuch@s, pero de nuevo os digo que no es ésa nuestra condición.

Nosotros también tenemos manera de expresar ese sentirnos renovad@s por el plus de oxígeno en nuestra sangre que supone la Gracia,

... porque a través de Ella somos cada vez más conscientes y por sus efectos sobre nuestra inteligencia a través de la virtud de la fe, de hasta dónde llega por nosotros el Amor de Dios,

... Siendo cada vez más conscientes por otro lado, a través de la virtud de la esperanza y de nuevo por efecto de la Gracia sobre nuestra inteligencia, también somos cada vez más conscientes del modo de tender a la unión con Él,

… y por último, a través de la virtud de la caridad, y una vez de ser conscientes de las mencionadas realidades, nuestra voluntad (nuestras opciones y nuestros actos) se ven reforzadas de modo que seamos capaces de hacer realidad el Amor de Dios no ya para nosotros mismos, sino para todos y todo lo demás...

Esta situación de amantes renovados, se hará expresa a través de nuestros actos.

Todos sabemos que por nuestra condición, volveremos a recaer…

… pero también sabremos a Quien recurrir cuantas veces sean necesarias, como os decía “volviendo” nuestra mirada, nuestra iniciativa y nuestro corazón hacia Aquel que sólo es Amor...

Él a través de la Gracia irá limando nuestras imperfecciones.

Porque sabemos que nos ama bajo cualquier circunstancia, llegaremos a considerarnos amables, y así, sabiéndonos amantes y amados, seremos también capaces de compartir con el Amor nuestro amor, y desde Él, a compartirlo con todos los demás.

Bajo su influjo, nuestra visión de la vida es diferente y nuestra vitalidad también lo es. Llegamos a comprender y a practicar el Amor desde nuestro amor pero con un espíritu renovado ante el que las dificultades no son sino ocasiones para mejorar, para llegar a ser cada vez mejores amantes por el hecho de participar cada vez más acabadamente del Amor de Dios.

Os deseo y me deseo a mí misma de todo corazón muchos éxitos en este terreno.

Que lleguemos a ser excelentes amantes, sabiéndonos animados para ello por el Amor de Dios.

Que así sea.

 

CON UN LENGUAJE PRIMORDIAL

Éstas son las últimas palabras de Benedicto XVI aparecidas en la revista Zenit el día 14 de este mes sobre el purgatorio, el cielo y el infierno. Toca tangencialmente el tema del Sacramento  de la Reconciliación sobre el que estoy preparando un próximo artículo, y puesto que éste es un tema que se ha tocado en la 7ª PREGUNTA REALIZADA, me ha parecido prudente en este momento su inclusión.

Benedicto XVI dice así: 

En la Encíclica Spe salvi he querido precisamente hablar también del juicio final, del juicio en general, y en este contexto asimismo sobre purgatorio, infierno y paraíso. Pienso que todos nosotros estamos aún afectados por la objeción de los marxistas, según los cuales los cristianos sólo han hablado del más allá y han descuidado la tierra. Así, queremos demostrar que realmente nos comprometemos por la tierra y no somos personas que hablan de realidades lejanas, que no ayudan a la tierra. Pero aunque sea justo mostrar que los cristianos trabajan por la tierra -y todos nosotros estamos llamados a trabajar para que esta tierra sea realmente una ciudad para Dios y de Dios- no debemos olvidar la otra dimensión. Sin tenerla en cuenta, no trabajamos bien por la tierra. Mostrar esto ha sido para mi uno de los objetivos fundamentales al escribir la Encíclica. Cuando no se conoce el juicio de Dios, no se conoce la posibilidad del infierno, del fracaso radical y definitivo de la vida, no se conoce la posibilidad y la necesidad de la purificación. Entonces el hombre no trabaja bien por la tierra dado que pierde al final los criterios, ya no se conoce a sí mismo, al no conocer a Dios, y destruye la tierra. Todas las grandes ideologías han prometido: tomaremos las cosas en nuestras manos, ya no descuidaremos la tierra, crearemos el mundo nuevo, justo, correcto, fraterno. En cambio han destruido el mundo. Lo vemos con el nazismo, lo vemos también con el consumismo, que han prometido construir el mundo tal como debería haber sido y sin embargo han destruido el mundo.  

En las visitas ad limina de los obispos de países ex comunistas, veo siempre de nuevo cómo en esas tierras se ha destruido no sólo el planeta, la ecología, sino sobre todo, y con mayor gravedad, las almas. Reencontrar la conciencia verdaderamente humana, iluminada por la presencia de Dios, es el primer trabajo de reedificación de la tierra. Ésta es la experiencia común de aquellos países. La reedificación de la tierra, respetando el grito de sufrimiento de este planeta, se puede llevar a cabo sólo reencontrando en el alma a Dios, con los ojos abiertos hacia Dios.  

Por ello usted tiene razón (se refiere aquí a un interlocutor que le interpela): debemos hablar de todo esto precisamente por responsabilidad hacia la tierra, hacia los hombres que viven hoy. Debemos hablar también y precisamente del pecado como posibilidad de destruirse a uno mismo y también otras partes de la tierra. En la Encíclica he intentado demostrar que precisamente el juicio final de Dios garantiza la justicia. Todos queremos un mundo justo. Pero no podemos reparar todas las destrucciones del pasado, a todas las personas injustamente atormentadas y asesinadas. Sólo Dios mismo puede crear la justicia, que debe ser justicia para todos, también para los muertos. Y como dice Adorno, un gran marxista, sólo la resurrección de la carne, que él considera irreal, podría crear justicia. Nosotros creemos en esta resurrección de la carne, en la que no todos serán iguales. Actualmente se suele pensar: qué es el pecado, Dios es grande, nos conoce, así que el pecado no cuenta, al final Dios será bueno con todos. Es una bella esperanza. Pero existe la justicia y existe la verdadera culpa. Quienes han destruido al hombre y la tierra no pueden sentarse de inmediato en la mesa de Dios junto a las víctimas. Dios crea justicia. Debemos tenerlo presente. Por ello me parecía importante escribir este texto también sobre el purgatorio, que para mí es una verdad tan obvia, tan evidente y también tan necesaria y consoladora, que no puede faltar. He intentado decir: tal vez no son muchos los que se han destruido así, los que son insanables para siempre, los que carecen de elemento alguno sobre el que pueda apoyarse el amor de Dios, los que no tienen en sí mismos una mínima capacidad de amar. Esto sería el infierno. Por otra parte, son ciertamente pocos -o en cualquier caso no demasiados- los que son tan puros que pueden entrar inmediatamente en la comunión de Dios. Muchísimos de nosotros esperamos que haya algo sanable en nosotros, que haya una voluntad final de servir a Dios y de servir a los hombres, de vivir según Dios. Pero hay tantas y tantas heridas, tanta inmundicia. Tenemos necesidad de ser preparados, de ser purificados. Ésta es nuestra esperanza: incluso con tanta suciedad en nuestra alma, al final el Señor nos da la posibilidad, nos lava por fin con su bondad que viene de su cruz. Nos hace así capaces de existir eternamente para Él. Y de tal forma el paraíso es la esperanza, es la justicia por fin cumplida. Y nos da también los criterios para vivir, para que este tiempo sea de alguna forma paraíso, una primera luz del paraíso. Donde los hombres viven según estos criterios, aparece un poco de paraíso en el mundo, y esto es visible. Me parece también una demostración de la verdad de la fe, de la necesidad de seguir el camino de los mandamientos, de los que debemos hablar más. Estos son realmente indicadores del camino y nos muestran cómo vivir bien, cómo elegir la vida. Por ello debemos también hablar del pecado y del sacramento del perdón y de la reconciliación. Un hombre sincero sabe que es culpable, que debería recomenzar, que debería ser purificado. Y ésta es la maravillosa realidad que nos ofrece el Señor: existe una posibilidad de renovación, de ser nuevos. El Señor comienza con nosotros de nuevo y nosotros podemos recomenzar así también con los demás en nuestra vida.  

Este aspecto de la renovación, de la restitución de nuestro ser después de tantos errores, después de tantos pecados, es la gran promesa, el gran don que la Iglesia ofrece. Y que, por ejemplo, la psicoterapia no puede ofrecer. La psicoterapia hoy está muy difundida y es también necesaria ante tantas psiquis destruidas o gravemente heridas. Pero las posibilidades de la psicoterapia son muy limitadas: sólo puede intentar un poco reequilibrar un alma desequilibrada. Pero no puede brindar una verdadera renovación, una superación de estas graves enfermedades del alma. Y por eso sigue siendo siempre provisional, jamás definitiva. El sacramento de la penitencia nos da la ocasión de renovarnos hasta el fondo con el poder de Dios -ego te absolvo- que es posible porque Cristo cargó sobre sí estos pecados, estas culpas. Me parece que ésta es precisamente hoy una gran necesidad. Podemos ser sanados. Las almas que están heridas y enfermas, como es la experiencia de todos, necesitan no sólo consejos, sino una verdadera renovación que sólo puede venir del poder de Dios, del poder del Amor crucificado. Me parece éste el gran nexo de los misterios que al final inciden realmente en nuestra vida. Nosotros mismos debemos volver a meditarlos y así acercarlos de nuevo a nuestra gente.” 

Como diría Joaquim, Benedicto XVI dixit.

7ª PREGUNTA REALIZADA

Nos encontramos en esta ocasión con una pregunta de Joaquim. Para leerla y poder opinar, tendríais que pinchar en comentarios

UNA CIERTA INTERPRETACIÓN

En un “ratico” de conversación, vamos a tratar de elaborar entre todos una cierta interpretación de lo que la vida (o la Vida) es. Lo haremos en base a vuestras aportaciones, e intentando a partir de ellas dar forma a lo que yo considero la base de su realidad. 

Lo primero que me llama la atención, es que todos coincidimos en la consideración de que la vida existe, aunque realmente no existan razones científicas que demuestren su origen, o que permitan llegar a su definición.  

Sencillamente sabemos de ella a través de la observación de sus efectos sobre “los vivientes”, es decir, sobre los que tienen –o tenemos- “en base a ella” su participación. 

En lo que parece que coincidimos también, es en que la vida se comparte, y en que en tanto que es y permite la participación de cada uno de los vivientes, tiene una duración.  

Sin embargo, la vida es anterior y discurre con posterioridad a la existencia de cada uno de nosotros, y así, en nuestro transcurrir, todos tenemos ascendientes, y previsiblemente podríamos tener descendientes, pese a que nosotros hubiéramos dejado ya de existir. 

Pues bien.

Esto, que se nos hace sensible a través de la mera observación, no nos resulta tan patente al considerar que es exactamente lo que ocurre con la vida intelectual.

Parece que no la considerásemos vida, y sin embargo, es éste el tipo de vida más propiamente humano y que nos hace “semejantes” a Dios.

De ella participamos por tener un co-principio espiritual en nuestra naturaleza que nos permite asimilar como propias las formas sustanciales de otros seres (que no su materia) mediante el conocimiento, lo que posibilita también nuestro modo de relación con Dios.  

A partir de ahí,

  •  porque la vida intelectual es una realidad, 
  • porque participamos de ella,
  •  y porque es en nosotros una realidad a través del conocimiento,
    • es por lo que llegamos a concebir ideas,
    • las desarrollamos,
    • las compartimos,
    • y las generamos y/o desechamos (funciones éstas como decía JML, comunes a todo viviente)

Luego hablaremos de la vida mística, pero antes vamos a insistir que lo que l@s vivientes son –el que tengan un modo de actuar, de ser y de relacionarse de acuerdo con cada una de las naturalezas- supone también su existencia. 

Quiere esto decir, que su acto de ser –ya recordaréis: esencia más existencia- comienza por un “puntito”, por una puesta en marcha, por un “stand by” de sus capacidades, a partir del que se origina su participación en la vida. 

Este stand by afirmamos que en todo caso no depende de nosotros, porque si así fuera no habría muertos, ¿no creéis?... 

Pues bien. 

Dando esto por supuesto, continuaré diciendo que somos unos en otros, y que somos unos con otros en función de los actos que cada uno dentro de su naturaleza realiza, o que su respectiva naturaleza permite que con ellos se realicen (me refiero a los seres inanimados). 

Así pues, considerando al conjunto de seres que son, y para explicar además el modo en que existen –que no su existencia-, me parece muy adecuada la segunda definición que nos daba JML en términos científicos (“La vida es la propiedad de algunos sistemas complejos de utilizar energía del medio para mantener un orden interno que de otra manera se disiparía mucho más rápidamente en el entorno”, nos decía). 

Sin embargo, en su intervención Begoñi nos introducía en una dimensión que, siendo complexiva de la anterior al mismo tiempo la transciende, al decirnos que “La vida es una forma de manifestación, una continua transformación del ser en la que participa todo el universo”. 

Como definición a mí se me antoja completísima, porque efectivamente contempla la manifestación de algo que previamente es  y de lo que, en continua transformación, participa todo el universo. 

Pero vamos a hablar ahora un poquito sobre el modo en que participamos nosotros –los seres humanos- en esa manifestación. 

La comunicación –que nos es posible en virtud de nuestra naturaleza espiritual como antes hemos dicho- con “ese Algo que previamente es” nos adviene a través de nuestra vida intelectual. 

Y porque sobre nosotros actúa esa Vida subsistente de la que participamos,

  • porque somos capaces de incorporarla a nosotros mismos vía conocimiento,
  • y porque sobre nuestra naturaleza son sensibles sus efectos,
    • comprobamos que llegamos a tener fe (por encima de nuestro conocimiento meramente intelectual),
    • una fe que justifica nuestra esperanza (porque nos lleva a reconocer a Dios como nuestro fin último)
    • y que motiva nuestra caridad (perfeccionando así lo que Sto. Tomás llamaba el doble momento de la voluntad –la opción, y la ordenación de actos- en aras a su consecución)
      • con los consiguientes efectos inmanentes (evolucionamos así en nuestra dimensión mistérica)
      • y transeúntes (damos con ello continuidad muy a menudo por encima de nuestras capacidades, a la obra de Dios).

 Por si alguno está despistado, os recordaré cómo os decía que nuestros actos producen dos tipos de efectos: unos que recaen sobre el sujeto que los ejecuta (los inmanentes), y otros que recaen sobre su entorno (los transeúntes).  

Pero sigamos con lo que estábamos diciendo. 

De que esto es así se tiene conocimiento a través de la experiencia de Dios. 

Pero aunque la experiencia de Dios es algo personal, es sin embargo compartible en tanto que se da, pero no se puede compartir si previamente no se conoce. De hecho, podríamos hablar de ella, pero sin comprenderla.  

Es más.  

Supuesta esa experiencia, podríamos incluso no comprendernos entre nosotros… 

Pero no  sería porque hubiera contradicción en la vivencia, sino porque en tanto que concebida y desarrollada como idea por seres humanos, hubiéramos llegado a diferentes formulaciones. 

Éste es el caso de lo que plantea Begoñi en la segunda parte de su intervención, en relación con lo que venimos manteniendo cuantos creemos en nuestra llamada a compartir como individuos y como humanidad nuestra vida perdurable con la humanidad y la Vida del Cristo Resucitado.  

Lo que sí os diré, es que –a mi modo de ver- el negarse tanto ante la existencia como ante la posibilidad de participar en una experiencia mistérica para la que el ser humano no sólo es capaz sino que para eso ha sido creado, constituye una negación no sólo a la posibilidad de desarrollar por sí mismo una dimensión que le es propia y constitutiva, sino un querer cerrar los ojos a la realidad. 

Dejadme deciros por último, que aunque la vivencia cristiana no tenga modo de demostrarse mediante las ciencias empíricas (al menos de momento, o al menos eso es lo que decís alguno de vosotros), de sus efectos se ocupan dsciplinas como la fenomenología, la psicología, la física, la historia, el arte, la medicina…

… sencillamente porque existe y además es real. 

Hasta aquí llego yo con mi razonamiento, chic@s.  

Ahora es vuestro turno para opinar... 

VERDAD VERDADERA III

Echando mano de vuestra “metafísica espontánea” y después de la “lección magistral” que os di en mi artículo anterior, confío en que os resulte evidente que las cosas son porque son una realidad en sí mismas, que lo son dentro de un orden y en relación con otras, que hay un rango dentro de lo que las cosas son que viene marcado por las características de sus respectivas naturalezas (o esencias), que dentro de ellas los entes actúan o son actuados (pensemos en la naturaleza inerte y/o en la naturaleza animada) “en”, “con” “por medio de” y “en base a” las posibilidades que éstas les ofrecen, y que para que esto sea así, previamente han necesitado ser y estar siendo.  

Esto último os parecerá una perogrullada, pero no lo es, puesto que lo que los entes son no tienen su origen en sí mismos como ya hemos dicho, sino que son porque hay algo que es previamente y que les hace ser, y “mantenerse siendo” como modo de permanencia en lo que originariamente es, que es su existencia.  

Cuando hablamos pues, de esencia y de existencia, estamos refiriéndonos a algo que es real: a algo que es y que existe, independientemente de que lo conozcamos, lo interpretemos,  o de cómo nosotros lo valoremos.  

Vamos ahora a ver en qué creemos los cristianos. Los cristianos creemos en la existencia de un Ser personal y subsistente, de quien no sólo proceden todas las cosas, sino que además procede la permanencia de las mismas en el ser. Ésta es la síntesis del contenido del relato del Génesis, incluyendo lo referido a la creación del ser humano. La argumentación metafísica para defender esta creencia, la considero suficientemente tratada en el artículo anterior, pero voy a hacer ahora un poquito de hincapié en lo que supone la especificidad del ser humano, para tratar de llegar a lo que suponen los grandes hitos del cristianismo por los que preguntaba Hola.  

Para ello partiremos de una definición de Huserl que ya me habéis visto utilizar en otras ocasiones. Huserl definía la certeza como la vivencia de la evidencia. Pero lo cierto es que a esa evidencia se llega a través de la experiencia, por lo que únicamente mediante la experiencia se podría llegar a la certeza, ¿no es así?...  

Pues bien.  Hasta aquí todos de acuerdo. Veamos ahora de cuantos tipos de experiencia hablamos:  

En ocasiones con nuestro conocimiento nos encontramos ante entes con una esencia tangible, es decir, con cosas que podemos conocer mediante nuestra percepción como ellas mismas  (un árbol, un perro). Estaríamos hablando de una experiencia directa de lo que ell@s son. 

En otras, nuestra experiencia de lo que las cosas son nos adviene a través de la observación de sus efectos en nosotros y/o en nuestro entorno (léase magnetismo, gravedad, el tiempo transcurrido) y en este caso, nuestra experiencia también permite ser relacionada con la tangibilidad.  

Pero hay otro tipo de experiencias que tienen lugar en nuestro interior.  A ellas no llegamos porque lo cognoscible tenga una presencia física, ni tampoco porque sus efectos –aunque también los tengan- sean tangibles, sino por la manera de vivirlas en nuestro interior. Es este tercer tipo de experiencias el que ahora nos interesa...   

Cuando tenemos una experiencia de este tipo, la mediación es superflua.  Son experiencias que se adquieren cuando, por ejemplo, nos traspasa la música o la belleza. Todos podemos más o menos participar de esa experiencia, y así podríais decirme que hay una armonía y una cierta música en toda la creación.  

En esto pues, no considero que consista la diferencia sustancial entre el ser humano y otros seres en tanto que cognoscentes. 

Cualquiera de ellos y a su nivel, son o somos capaces de distinguir lo uno como contraste de lo diverso, lo bueno en cuanto a que conveniente, lo bello como deseable, o lo verdadero en tanto que es. 

Pero hay otro tipo de experiencia que sí considero específica del ser humano, y es la del conocimiento no sólo de “lo que es” en tanto que compartido o en tanto que pueda incidir sobre nosotros mismos o sobre la realidad que nos circunda, sino de “lo que es”,  “en” nosotros mismos y “a través” de nuestra realidad. 

Me explicaré. 

Ya hemos dicho que trataríamos de hablar de lo que sabemos acerca de lo que es Dios, ejemplificándolo a través de lo que sabemos de lo que la música es. 

Pues bien. 

Centrándonos en la música, me diréis que tod@s tenemos una cierta percepción de ella, y que con la suficiente destreza podemos llegar no sólo a disfrutar, sino también a interpretar. También podéis decirme que música es lo que hacen los grillos, y hasta me atrevería a daros la razón.  

Pero lo que yo mantengo, es que los seres humanos somos capaces de actuar “movidos” por ella, “en pos” de ella, pretendiendo tener “algo que ver” con ella y hacerla patente “como realidad”, y esto es así, porque los seres humanos podemos llegar a ser conscientes, no sólo de que la música es algo o de que es algo para nosotros, sino de que verdaderamente vive en nosotros, porque efectiva y previamente ella es.  

Ésta es una diferencia sustancial que se hace patente si pensamos en la diferencia existente entre la figura de un intérprete y la de un compositor…

… y yo la utilizaré para expresar la diferencia existente entre los seres humanos en cuanto capaces de interpretar, y los seres humanos en cuanto capaces de participar voluntariamente y mediante sus actos, en el acto creador. 

A la primera consideración responde el “tipo” de Adán, es decir, la consideración de Adán como figura de todo ser humano (sea hombre o mujer), y a la segunda, el “tipo” de Eva, es decir, de Eva como figura de los seres humanos en cuanto capaces de conocer y participar voluntariamente en el acto creador.  

Nos queda por decir qué es la Gracia. 

Pues bien, la Gracia es “la música” que habitaba en ellos con sus peculiares características y como poder generador.  

Porque ella existía, y porque existía en ell@s, los seres humanos eran capaces no sólo de conocer su existencia, sino de participar voluntariamente en el acto creador, no por otra cosa. 

En estas condiciones y con estas características es como la humanidad fue creada. No sólo para ser intérpretes, sino para ser también co-autores de la obra de la Creación. 

El tema es que, en ejercicio de sus capacidades, los seres humanos y pese a conocer esta realidad, decidieron optar por una realidad creada, por una concepción propia, no por esa realidad, con el resultado de que voluntariamente se apartaron de la Gracia y de su virtualidad. 

Al ser así, y puesto que los seres humanos únicamente conocemos a través de nuestros sentidos externos, la única posibilidad de que conociéramos y admitiéramos la Gracia en nosotros mismos, hacía precisa la Encarnación –la manifestación sensible- de Dios. 

Esto tuvo lugar en la persona del Hijo. A mí me gusta incluir para seguir razonando la aclaración de que el término persona hace alusión a un ser perteneciente a la naturaleza espiritual, no otra cosa. 

Pues bien. 

Cristo no es el hijo de Dios a la manera de los dioses griegos. Decimos que es el Hijo, porque hablando de la realidad Trinitaria, el Hijo se corresponde con una realidad espiritual y por tanto personal, que consiste es la manifestación a través de sus actos y de sus consiguientes efectos, del ser de Dios.  

Así, “en la plenitud de los tiempos”, el Hijo de Dios entró en el mundo, y con este hecho pudimos tener conocimiento sensible de la realidad de Dios. Así pues, éste es uno de los cuatro hitos que yo considero fundamentales en el cristianismo: la Encarnación del Hijo de Dios. 

Cristo, con sus palabras y con sus obras nos reveló el ser y el poder de Dios. Nos habló de su ser como realidad trinitaria, y a través de sus milagros puso de manifiesto el poder del Espíritu de Dios. 

Hasta aquí, no pasaría del conocimiento de esta realidad. Estaríamos en el primer estadio de la creación, o más bien ante la figura de Adán. Pero es que a esta humanidad que Cristo tomó en sí, a través de su Bautismo, le advino la capacidad de conocer y participar en la nueva realidad que en Cristo adquiría y que recibiría con posterioridad. Así decimos, pues, que Cristo es el nuevo Adán y la nueva Eva de la nueva creación, y por eso creo que su Bautismo supone el segundo de los grandes hitos de nuestra religión. 

Así, en Él se estableció de nuevo la relación de Dios con toda la humanidad, pero no fue sino tras su aceptación contra toda consideración humana, de la realidad del ser humano ordenada a Dios. Así, fue la aceptación de la voluntad de Dios para consigo mismo por parte de Jesús de Nazaret  (su Muerte, el tercero de los grandes hitos del cristianismo) lo que consiguió para la humanidad entera la posibilidad de entrar de nuevo en relación con Dios. 

Pero aunque hasta ese momento nos encontramos con una humanidad capaz de relacionarse y de hecho relacionada con Dios en la persona de Jesús de Nazaret, restaba, para que nosotros fuéramos compositores, que en los seres humanos “habitara” la Gracia, la “música” de Dios. 

Fue también con un hecho concreto, con la Resurrección de la humanidad del Cristo (del Ungido con el Espíritu de Dios) como la humanidad entera se “hizo presente” y la presencia de Dios fue “en ellos” y “mediante de sus actos” tras la participación que entonces adquirimos en base a la participación en su Gracia creada, de la Gracia de Dios. 

Éste sería lo que yo considero el cuarto pilar de nuestra creencia.  

Notaréis que no he incluido Pentecostés y la creación de la Iglesia.  

No lo he hecho, no porque considere que esto no sea una realidad (como las otras) para nuestra vida mística, sino porque pienso sinceramente que la actuación de Dios no se circunscribe a un hecho concreto, sino que Dios actúa del modo y en el momento que considera conveniente, y que Pentecostés, como la creación de la Iglesia a mi modo de ver, es el modo en que su Gracia alcanza a todos los seres humanos, en virtud de los méritos de Nuestro Señor Jesucristo, y transcendiendo todo tiempo y toda ubicación. Es por ello que podemos hablar de la Iglesia militante y/o de la Iglesia triunfante, o eso es lo que a mí me parece…. 

Entonces veréis: 

Cuando los cristianos manifestamos nuestra creencia en todo esto, no hacemos sino manifestar que aceptamos esta realidad. 

No porque se considere más o  menos razonable en términos teóricos o demostrable por métodos empíricos, sino porque sabemos que “es así”, que “es así en nosotros”,  que “somos capaces de participar en ella”, y que de hecho lo hacemos por encima de nuestras posibilidades “como efecto de la Gracia”. 

Sabemos de la inhabitación trinitaria (es decir, de la presencia de Dios en nuestras vidas), y sabemos también que porque esto es así (porque su Gracia habita en nosotros), nosotros podemos (por encima de nuestras posibilidades), llegar a ser co-autores, y además de intérpretes compositores, de la hermosa melodía de la Creación. 

Por mi parte, hasta aquí hemos llegado en nuestro recorrido… 

No se lo que a vosotros os parecerá.

 

6ª PREGUNTA REALIZADA

Nos encontramos en esta ocasión con una pregunta de Dorota. Para leerla y poder opinar, tendríais que pinchar en comentarios