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::: Dorotatxu :::

5ª PREGUNTA REALIZADA

Nos encontramos en esta ocasión con una pregunta de Jesús M. Landart. Para leerla y poder opinar, tendríais que pinchar en comentarios

POLVO ENAMORADO

Perdonadme este extravagante modo de introduciros en la Cuaresma. Lo hago, porque la Cuaresma es un tiempo de reflexión, y no otra cosa es la consideración de que, si bien la Liturgia nos recuerda hoy (Miércoles Santo) algo evidente como que somos polvo, y en polvo nos hemos de convertir, también nos resulta evidente que, si somos polvo, lo somos enamorado.

Así, y en la Cuaresma, la Iglesia nos invita a reflexionar.

Personalmente (y que Dios me perdone), no me dice mucho la evocación de la flagelación, de la crucifixión, etc...

Estoy convencida y me se tan flagelante y tan crucificante como en su momento lo fueron los autores de aquellos hechos.

De hecho, estoy convencida también de que si Jesús estuviera hoy físicamente entre nosotros, su mensaje nos resultaría tan transgresor y tan exigente, que con toda probabilidad y fácilmente le volveríamos a crucificar.

Pero yo creo que el mensaje de la Cuaresma no es ése.

Que la Cuaresma no tiene otro sentido que el remitirnos a la Resurrección.

Para ello, y como sostengo, yo creo que hemos de centrarnos en el análisis de nosotros mismos.

En que somos polvo y en polvo nos hemos de convertir, sí.

Pero también en que, si somos polvo, lo somos de una manera muy especial: polvo llamado a sobrevivir en tanto que, enamorado y participante en el polvo de Cristo, seamos capaces de llegar a participar también, con Él y en Él, de la eternidad del Amor.

El auténtico calado en esta verdad, es lo que lleva al ser humano a la conversión.

A reflexionar sobre ella os remito pues con este artículo, por considerar que sería una pena que, enamorados y adheridos a otras contingencias, no llegáramos a participar de la verdad del Amor...

 

VERDAD VERDADERA II

Vamos en esta segunda sección del tema, a hacer una pequeña elaboración metafísica que nos lleve (o eso pretendemos) a encontrar una cierta lógica en lo que sobre la creación del mundo nos cuenta la Revelación. Es curioso cómo mi reflexión viene precedida por dos comentarios de Jesús M. Landart –el que hace al artículo de GALILEO RESUCITADO que tenéis reproducido como artículo en posición inmediatamente anterior a éste, y el que hace al de VERDAD VERDADERA I-, los dos francamente interesantes.

Puesto que sus argumentaciones van a tener mucho que ver con lo que a continuación expondré, aunque por supuesto cuente con la “furiosa” intervención de Hola y de Joaquim amén de con otras intervenciones y la de Jesús M. Landart mismo, a él se lo dedico.

Para comenzar, insistiremos en la idea de que aunque la Metafísica es una ciencia instrumental al servicio –en nuestro caso- de la Teología, constituye por sí misma una disciplina cuyo objeto propio consiste en el intento de alcanzar un saber último y universal acerca de la realidad.

En un principio el estudio de todas estas cuestiones constituía un único saber indiferenciado que se llamaba filosofía, sabiduría, ciencia, etc... Pero a medida que se investigaba sobre las diferentes parcelas de la realidad (matemáticas, medicina, gramática, etc...) fueron constituyéndose las ciencias particulares diferenciándose así del tronco común del saber en el que se planteaban los temas más fundamentales llamado propiamente filosofía.

A su vez, a medida que crecía el cuerpo de doctrina filosófica se iban deslindando ramas que se ocupaban de problemas distintos (la naturaleza, el hombre, la moral, etc...) y entre ellas se perfilaba un núcleo principal que, tratando del constitutivo último del mundo, afectaba a todos los conocimientos filosóficos y terminaba en la consideración de una primera causa del universo, y esta ciencia es la Metafísica.

Una vez hecha esta pequeña introducción, vamos a pasar a considerar ahora lo que constituye el objeto propio de la Metafísica, que no es otro que la consideración de que “algo es”, y de “lo que” ese algo es, que es precisamente “lo que le hace real”.

Esta consideración antecede a todas las consideraciones y elaboraciones que sobre este hecho se hagan desde las distintas ciencias particulares, precisamente porque las ciencias particulares tienen por objeto determinados sectores o aspectos de la realidad, mientras que la Metafísica estudia toda la realidad fijándose en aquello que todas las cosas tienen en común, que es el hecho de ser.

El universo se nos presenta pues, como un conjunto de realidades que, teniendo el ser como propiedad común, se diversifican específicamente según una variedad de esencias o naturalezas.

Pero la peculiaridad de la cuestión del ser radica en que todo es, es decir, no hay ninguna realidad que no sea; sin embargo, ninguna de las cosas son ser puro, sino que consisten en modos determinados de ser, en realidades que son, pero que no son el ser puesto que, siendo distintas unas cosas de otras, aquello que hace que todas ellas sean no puede radicar en sus principios de diversidad.

Así las cosas, el ser es un acto universal.

No es algo exclusivo de un tipo de realidades como lo son el acto de correr o de entender, sino que todas las cosas son, y sin ser no habría nada.

Pero como decimos, el ser no es un acto idéntico en todas las cosas, sino que está diversificado  y se da en grados de menor a mayor intensidad.

Así. es un hecho manifiesto la jerarquía de entes en el universo, la progresiva gradación de perfecciones que poseen las cosas, partiendo del reino mineral –desde sus elementos hasta sus estructuras más complejas- y ascendiendo por las diversas formas de vida –vegetal, animal y espiritual- hasta llegar a la perfección máxima que pertenece a Aquel que posee el ser en toda su amplitud y en toda su intensidad por lo que le pertenecen todas las perfecciones, puesto que si le faltara alguna –que es algo- ya no tendría el ser en toda su intensidad sino que estaría afectado de limitación.

Todas estas verdades metafísicas, aunque sean naturalmente cognoscibles por el ser humano, han sido también reveladas por Dios.

Como seres humanos y sólo con nuestra razón, tenemos un conocimiento de conjunto acerca de la realidad, y sin ninguna elaboración teórica sabemos lo que se quiere decir cuando hablamos de ser, de verdad, de bien; tenemos un cierto conocimiento de la naturaleza humana, y somos capaces de llegar a plantearnos la existencia de una Primera Causa del universo.

También con nuestra inteligencia somos capaces de distinguir (antes de entender con detalle una determinada realidad y sus perfecciones características) que algo es y que es algo, aunque después y con la experiencia, vayamos comprendiendo bien esa realidad.

Lo cierto es que nada se puede entender, si no se comprende antes que “aquello es”

Pero aunque seamos capaces de llegar a concebir e incluso a elaborar una cierta “metafísica espontánea” con la sola luz de la razón, para que nuestra inteligencia pudiera introducirse en las verdades naturales más profundas y viviese de ellas, Dios quiso revelarnos verdades como la creación de las cosas ex nihilo (de la nada), la espiritualidad del alma humana, su propia existencia y naturaleza, o su nombre como Ser subsistente: “Yo soy el que soy”, nos dijo.

Pero puesto que el conocimiento del orden sobrenatural presupone el conocimiento de las realidades naturales, no es fácil adquirir un conocimiento adecuado de lo que Dios revela sin antes profundizar en el saber natural, y por eso la Metafísica constituye un instrumento valioso para entender mejor los misterios sobrenaturales de los que se ocupa la Teología.

La teología pues, como no puede dejar de emplear conocimientos naturales acerca de la realidad, obtiene categoría de ciencia cuando estas nociones han sido previamente elaboradas (ordenadas, fundamentadas, expresadas con precisión y formando un todo unitario y coherente) por una ciencia instrumental, que es la Metafísica. 

Tras esta defensa a ultranza de la Metafísica como una ciencia instrumental al servicio de la Teología, confío en que haya quedado mínimamente argumentado que razón y fe no son contradictorias como el otro día te decía, Hola...

Cabría plantearse aún (como lo hacía Joaquim) si la creencia en un Dios personal, creador y providente es o no falsable o con relación a qué podría serlo, pero a eso trataremos de llegar en el tercero de los artículos dedicados a este mismo tema, después de analizar la realidad de la de la creación, la de las distintas realidades creadas, y fundamentalmente de la de ese ser que representa el cúlmen de la creación y que es el ser humano.

Pero mientras ésto llega, espero con impaciencia vuestras intervenciones...

 

UNA VALIOSA INTERVENCIÓN

Aunque con un poco de retraso, me he encontrado hoy el interesantísimo comentario que Jesús M. Landart ha hecho al artículo GALILEO RESUCITADO que como recordaréis publicamos el 18 de octubre del pasado año.

En primer lugar, le daremos nuestra más cordial bienvenida, y le diremos también que esperamos contar próximamente con su intervención.

También te diré, querido amigo, que nuestra opinión quedó plasmada en un artículo inmediatamente posterior que se llamaba POLVO DE ESTRELLAS, y que no se si habrás tenido ocasión de leer...

Pero como tu intervención de hoy presenta un enfoque sustancialmente distinto al que nosotros hacíamos sobre lo que mantenía en su artículo el Sr. Vargas, me temo que no soy capaz de sustraerla a la consideración general.

Dice así:

"Estimada Dorotatxu:

Acabo de conocer la existencia de este blog por Carlos; y mi primera intencion es felicitarte por él.

Respecto al asunto de etse interesante post, debo manifestar mi perplejidad por las afirmaciones de Stanley Jaki.

Está claro que las afirmaciones que hacemos los humanos están previamente teñidas por nuestra indeología o nuestra creencia, pero esta circunstancia es un fortísimo impedimento para llegar a la verdad. Así, un anticlerical "a la española" no verá sino malas artes en cualquier actuación de la Iglesia Católica, y un fiel se verá impelido a ver bondades donde no las hay.

La ciencia como tal no nació en el medievo cristiano; nació en la costa jónica de la mano de los primeros filósofos que se atrevieron a pensar en una explicación falsable del universo: Tales y compañía, presocráticos ellos. En su búsqueda del ἀρχή "arjé", iniciaron la aventura del descubrimiento de las leyes que rigen el universo más allá de la mitología imperante en la época. Poco importa que ni el agua (Tales) ni el número (Pitágoras) ni el fuego ni el átomo pudieran dar cuenta de la totalidad del universo. Lo que importa aquí es que por vez primera se intenta explicar la naturaleza desde la razón; y eso lo hicieron los griegos, precisamente porque supieron olvidarse de la religión a la hora de entender el mundo. El pensamiento griego fue capaz de medir con gran exactitud la distancia de la tierra al sol (Eratóstenes) y muchos siglos después en la Europa cristiana se seguía pensando que el Génesis daba una versión fidedigna el origen del universo...

El papel de la Iglesia (de cualquier iglesia) ha sido desgraciadamente una rémora para el avance de la ciencia. Esto es muy fácilmente explicable: cada vez que el conocimiento avanza, la creencia se ve resentida. Bien es cierto que los teólogos, sobre todo a partir de San Agustín, intentaron conjugar fe y razón; pero siempre supeditando ésta a aquella. Basta releer la Summa Theologica para comprobar los saltos mortales con doble tirabuzón que el santo tiene que realizar para conjugar ambas visiones del mundo.

No sé cómo se puede mantener la proposición de una Iglesia Católica como garante del desarrollo científico cuando cualquier avance de importancia lo ha sido no gracias a ella, sino a su pesar. Como ejemplo, una frase del Papa Juan Pablo II a Stephen Hawking: " Está bien estudiar el Universo y dónde se originó. Pero no se debería profundizar en el origen en sí mismo, puesto que se trata del momento de la Creación y de la intervención de Dios"

Reitero mi felicitación por el blog y mando a la autora y a sus lectores un cordial saludo.

Jesús M. Landart"

Esker'ik asko eta ondo etorria, Jesús M. 

4ª PREGUNTA REALIZADA

Nos encontramos en esta ocasión con una pregunta de Joaquim. Para leerla y poder opinar, tendríais que pinchar en comentarios

LOS POCOYÓ DE EL SEÑOR

No era tal. Cuando lo vi, que volando estaba, parecióme un pájaro. Cuando comprobé que una manada de ellos lo rehuía, me dije que no. Vi por fin que se trataba de un simple globo: de un globo sin forma de pájaro, del que los pájaros se asustaban debido sin duda a sus radiantes colores, los cuales adornaban una figura de caballito de ésos que se venden en ambulancia. Mi nietito tuvo uno, lo recuerdo muy bien. 

Lo segundo que imaginé, fue lo que hubieran sentido Pablo si su caballito recién adquirido hubiera partido volando hacia el cielo, y el modo en que, en ese caso, se lo hubiera explicado Pocoyó.

Pocoyó, por si no lo sabéis, es un personaje que junto con sus amigos -Elly, Pato, Lula, y Pajaroto- y a través de sus aventuras, introducen a los niños en un mundo de conceptos utilizando para ello la risa y las emociones.  Su nombre se debe a que su autor –cuando también era niño, aunque quizá nunca haya dejado de serlo- rezaba antes de acostarse, la conocida y siguiente oración: Jesusito de mi vida, tú eres niño pocoyó.

La cuestión es que a veces, y para que ellos comprendan, nosotr@s también tenemos que hacernos un poco niños, como Pocoyó, y utilizando su lenguaje, utilizando también determinadas actitudes, y desde luego con una gran dosis de imaginación, mostrar o hacer comprensible a nuestros niñ@s una determinada realidad.

Pues bien.

Todos hemos crecido. Pero en ocasiones aún necesitamos la presencia de Pocoyó en nuestras vidas para que nos haga comprender -habida cuenta de las circunstancias- la voluntad de Dios. A alguien que, por encima de las circunstancias y aún habiéndolas experimentado, nos enseñe a nuestra vez a ser un poquito Pocoyó para los demás.

Digo esto, porque ante la adversidad nos cuesta creer que la voluntad de Dios se concrete en algo que no deseamos, sin darnos cuenta de que Dios nos ama aún en y aún a pesar de las circunstancias, y que su voluntad no es otra sino nuestra evolución espiritual dentro de ellas,  y únicamente para nuestro bien. Para comprenderlo, es preciso ser un señor o una señora, es decir, personas que transcendiendo nuestras circunstancias, seamos capaces de situarnos por encima de ellas.

Es curioso que esto nos lo enseñen nuestras decisiones: nuestra voluntad rendida a la voluntad de Dios.

Pero para que se produzca tal aceptación, es necesario tener alma de niñ@s, y como si de niñ@s se tratara, realizar en nosotros un proceso de aprendizaje que nos permita a nuestra vez y una vez que lo hayamos logrado, ser un poquito otros Pocoyó para los demás.

Porque sucede que cuando esto es así, es decir, cuando realmente vivimos confiados en la voluntad de Dios y hacemos nuestra voluntad conforme a la Suya, es cuando llegamos a experimentar una paz y un gozo que podemos permitirnos después con todos compartir. Alegremente, como Pocoyó.

Es a ello a lo que por medio de esta reflexión os invito, porque considero que el mundo está necesitado de numerosos Pocoyó, y que ésta es precisamente nuestra tarea.

 

VERDAD VERDADERA I

El contenido de este artículo y de los otros dos que en principio le seguirán, tiene su origen en el debate que venimos manteniendo entre Hola, Joaquim, Gorka y yo (con Daniel como moderador, que fue precisamente quien lo originó) para tratar de dilucidar entre todos qué o qué cosa sea, y cuanto de realidad tenga la Verdad. 

Para leer nuestras intervenciones anteriores, tendríais que ir al contenido del artículo denominado 3ª PREGUNTA REALIZADA donde las encontraréis reflejadas. Allí veréis que, después de las últimas intervenciones de Hola, Joaquim y Gorka, el turno me toca a mí. 

Lo primero que te diré, querido Hola, es que para los que habitualmente nos paseamos por los Cerros de Úbeda, tanto tus alegaciones como las de Joaquim nos resultan relativamente  fáciles de contestar.  

Pienso además, que por esos mismos cerros transitarían Eistein o Hawking para llegar a formular determinadas afirmaciones sobre algo que, independientemente de cómo lo concibieran, sabían previamente real. 

Así lo reconoce el Prof. Stephen Hawking en un interesantísimo libro de divulgación (“El universo en una cáscara de nuez”) en el que se nos invita a un recorrido por las distintas concepciones del espacio y del tiempo como modo de referenciar una realidad, denotándose en su argumentación cómo tales concepciones -que no dejan de ser meramente teóricas- han llegado a suscitar diversas interpretaciones de lo que -incluyendo el origen de “lo cognoscible”- es o no “real” de “la realidad”. 

En este libro, el Prof. Hawking habla también de sus propias aportaciones, y así,

  • frente a las cuatro dimensiones que barajaba Einstein para formular su teoría de la relatividad (anchura, longitud, altura y gravedad), él elabora su trabajo en base a once de ellas –tendréis que leer el libro para empaparos-,
  • y frente a una concepción lineal del tiempo establecida en base al binomio pasado-futuro, incorpora lo que él denomina un “tiempo ideal” que intersectaría sobre dicho continuo, puesto que -aún y siguiendo la teoría de la relatividad- sus investigaciones le habían llevado a concluir
    • no sólo que el tiempo tuvo un origen (no lo considera, por tanto, una magnitud universal ni increada),
    • sino que nos es imposible definir lo que realmente el tiempo es,  puesto que sólo nos es posible describirlo en base a lo que de él se ha podido percibir. 

¡Eso sí!:

... en base a eso, el Prof. Hawking es consciente de que se ha llegado, se llega y podrá llegarse a construir hermosas formulaciones... 

Así las cosas, yo creo que podemos concluir que lo relativo no es lo que el espacio o el tiempo sean, sino las diversas formulaciones a las que se pueden llegar en base a su consideración. 

¿Qué quiere esto decir?...   

Pues lo que esto quiere decir,

  • es que una cosa es lo que las cosas son,
  • otra, del modo en que las cosas sean,
  • una más lo que de las cosas percibimos,
  • y una tercera, el modo en que podemos interpretar aquello que percibimos de lo que realmente las cosas manifiestan de lo que realmente son.

 Como ves, querido Hola, yo sigo manteniendo que las cosas son, y que son de una determinada manera,

  • independientemente de que nosotros tengamos noticia de ello,
  •  o de que las hayamos incorporado como concepto al conjunto de nuestros conocimientos (es decir, de que las hayamos incluido o no en nuestro denominado mapa conceptual). 

Así, un árbol caído en la mitad de un bosque frondoso, siempre es o habrá sido un árbol, independientemente de que alguien hubiera estado allí para comprobarlo, o de que posteriormente así nos lo transmitiera. 

Otro tanto diríamos de tu afirmación de que, a tu modo de ver, no existen características o cualidades independientes del modo en que sean consideradas. 

Una sustancia venenosa por ejemplo, seguiría siendo venenosa, aún y cuando tú no la hubieras ingerido, o aún y cuando ni tú ni nadie la hubiéramos catalogado, o ni siquiera tuviéramos aún noticia de su existencia. 

Otra cosa es el modo en que su conocimiento pudiera llegar a sernos significativo, y ahí es donde interviene el sistema de falsación para la identificación de la verdad del que nos habla la Wilkypedia. 

Esa falsación nos es necesria (recordaréis que yo hablaba de la "conversio ad fantasmata" refiriéndome al mismo tema),

  • precisamente porque las cosas no son ni son de una determinada manera en función de lo que nosotros creamos,
  • sino porque lo que nosotros creemos conocer sobre lo que las cosas son o sobre sus características,
    • para que sea un conocimiento verdadero,
    • ha de estar en referencia necesaria a lo que esas cosas son y al modo en que se manifiestan en la realidad. 

Como podéis comprobar, la misma definición de la verdad que nos aportaba Joaquim (“La verdad suele definirse como la conformidad existente entre lo que se expresa y la situación real de algo o el concepto real que se tiene acerca de un tema)  presupone la existencia de lo real.   

Hasta aquí mis intentos de contrarrestar vuestras ideas “relativistas”.  

Dejemos a los físicos con sus formulaciones para trabajar a partir de ahora con una disciplina más apropiada para hablar de la verdad, y más concretamente de la verdad que se manifiesta en los entes como reflejo y en cuanto a participados de la Verdad de Dios: la Metafísica. 

Con la luz que nos aporta, no te extrañarás querido Hola, de que utilicemos categorías más o menos humanizadas para referirnos al conjunto de perfecciones que cada ente manifiesta,

  • sencillamente porque comprenderás que, precisamente porque se trata de algo común a todos ellos y que les transciende, no son en ellos sino la manifestación de unos atributos que de por sí no les corresponden,
  • y que los entes no hacen sino reflejar y hacer visibles, de un modo similar al que nos permite percibir la luminosidad y el color de los objetos bajo la acción del sol. 

También mediante la Metafísica intentaremos hacer comprender querido Joaquim, que la Verdad, esa verdad a la que la verdad de los entes nos remiten, es cognoscible y falsable,

  • de un modo similar al que sabemos de un arquitecto a través de lo que sobre él nos refiere su obra,
  • o en el que conocemos la existencia de la música por cuanto que la misma “vive” en el ama de un compositor.

Así, es el conocimiento de la realidad de lo tangible lo que vamos a pretender que nos lleve al conocimiento de lo intangible y no al revés.

Pero curiosamente y como espero tener ocasión de demostrar, dicho conocimiento nos llevará precisamente a cerciorarnos de la veracidad del contenido de la Revelación. 

Espero que todo esto constituya el objeto del segundo de mis artículos dedicados a este tema (VERDAD VERDADERA II).

En el tercero (VERDAD VERDADERA III), trataré de analizar los -a mi modo de ver- "hitos" en base a los que se sustentan nuestra creencia, y que no son otros que la Encarnación, el Bautismo, la Resurrección y Pentecostés, es decir, los acontecimientos relacionados con la Vida que de hecho compatimos con Jesús de Nazareth.

Pero diremos que no son propiamente misterios si por ello se entiende la falta de datos falsables en relación a ellos. Los hechos acontecieron y están datados  y ubicados.

Misterio es, en cambio (como diría S. Juan), aquello que acontece después de nuestra aceptación, es decir, tras la asumción y la consciencia por nuestra parte, de participar en esa realidad.

No porque sea inenarrable, sino porque se trata de una experiencia íntima, inefable e instransferible:

  • la de nuestra comunicación con, y la de nuestra verdadera experiencia de la Verdad en, como muy bien dice Gorka, la Persona del Cristo Resucitado, vivo y presente hoy entre nosotros. 

Me temo que por hoy vamos a tener que dejarlo aquí, pero no os preocupéis, porque como os tengo amenazado, en breve sigo... 

LAS VIRTUDES TEOLOGALES EN BENEDICTO XVI (prolegómenos)

Lo primero que vamos a decir para introducirnos en este artículo, es que Dios no es como nosotros. Él es la perfección absoluta y la vida ilimitada, mientras que nosotros somos una composición de perfecciones susceptibles de evolución a lo largo de nuestra más corta o más larga vida. 

Tratando de explicar esta realidad en relación con nosotros, Benedicto XVI ha elaborado las dos primeas de sus encíclicas: Dios es caridad, y Salvados por la esperanza.  

Como sabéis, y en un intento de racionalizar cuanto hasta este momento en mi vida se me ha referenciado sobre Dios, me he permitido asociar al Padre con la forma de ser, al Espíritu Santo con la forma de actuar, y al Hijo con la forma de relacionarse de esa realidad trascendente a la que denominamos Dios. 

De Él decimos que su naturaleza es el Amor, y hasta aquí llegamos, al considerar que puesto que las Tres Personas divinas se comparten entre sí, y puesto que tenemos asimilado que cuantos individuos comparten una misma forma de ser, de actuar y de relacionarse, constituyen una misma naturaleza, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo también, en tanto que se comparten, comparten una única naturaleza (la divina) a la que tradicionalmente denominamos Amor. 

Personalmente me gusta más la idea de referirme al Amor como a la personalidad de Dios. Reconozco que es una idea propia, pero si tenemos en cuenta que cuando hablamos de la cualidad de persona de un ser personal (es decir, de su personalidad) aludimos a las características de su modo de ser, de su modo de actuar y de su forma de manifestarse en relación a nosotros, utilizando el mismo criterio podemos atrevernos a decir que, efectivamente, el Amor puede ser interpretado como la personalidad de Dios. 

Pero vamos ahora a ver por qué decimos que Dios es un “Ser en Acto” (es decir, por que decimos que Dios es “El que es”). 

Para ello tenemos que hablar de la característica específica de la naturaleza divina, que es la infinitud, la ilimitación. 

  • Dios es un ser que es “ilimitadamente” un Espíritu Puro (el Padre);
  • un ser que actúa “ilimitadamente” (el Espíritu Santo),
  • y un ser que está “ilimitadamente” manifestándose en su relación con nosotros (el Hijo).

Es un ser, por tanto, que es, actúa y se relaciona ilimitadamente. 

Así, a este Ser trascendente que es, actúa y se relaciona ilimitadamente y a quien nos referimos cuando hablamos del Amor, yo me refiero también al decir, que

  • por un único acto de Amor del Amor, de cuyos efectos se derivaron el modo de ser, de actuar y de relacionarse de todas las criaturas (la creación), 
    • el Amor se hizo amante al amar (es lo que queremos decir cuando mantenemos que Dios se ama a sí mismo)
    • y constituyó en amante a lo amado. 

Por este acto creaccional, pues, se les confirió a todas las criaturas la esencia y la existencia; una esencia y una existencia en estado incoativo, para que entre ellas y en relación, alcanzaran a través de los efectos de sus actos el grado de perfección para el que fueron creadas dentro de las respectivas naturalezas. 

La perfección de la naturaleza humana incluye la capacidad de trascenderse superando las limitaciones espacio-temporales que impone la materia, puesto que, dotados de una naturaleza dual, por mor del principio espiritual de nuestra naturaleza -nuestra alma-,

  • al tiempo que participamos de la naturaleza material en virtud del otro de nuestros co-principios -nuestro cuerpo-,
  • somos también individuos pertenecientes a la naturaleza espiritual y por lo tanto seres personales. 

Esta capacidad de transcendernos superando las limitaciones espacio-temporales que impone la materia, nos permite comunicarnos con otros seres espirituales y con Dios mismo,

  • pero para comunicarnos con Dios nuestras sola capacidad es insuficiente por cuanto limitada: precisamos que Dios se comunique antes con nosotros, elevando nuestra naturaleza espiritual como efecto de la participación en su Gracia. 

Con la Gracia, pues, se nos comunica “algo” de la naturaleza divina que “eleva” nuestras potencialidades y que nos permite no tanto comunicarnos –para lo que desde el principio éramos capaces- como compartirnos con Dios.  

Compartimos así un poco de su naturaleza divina, lo cual “regenera” o "vivifica" vamos a decir las características de nuestro co-principio espiritual, de modo que nuestro modo de ser, de actuar y de relacionarnos ya de por sí espirituales, pueden llegar a trascender nuestras limitaciones creaturales hasta llegar un punto en el que, mediada nuestra intervención, podamos llegar a compartir nuestro ser (sin dejar de ser criaturas, claro está) con el del mismísimo Dios. 

Pero como el existir antecede al ser, y el ser al actuar según la filosofía clásica, para que ese “re-formateo” de nuestra forma sustancial se produzca, será necesario que se modifique en primer lugar nuestra forma de actuar,

  • que por los efectos inmanentes de nuestros actos alcanzaría a nuestro modo de ser, 
  •  y que por los efectos transeúntes de los mismos afectaría a todos los seres personales con los que nos relacionamos y también a nuestro entorno.

Pues bien. 

Si consideramos la Gracia como una participación en la Vida Divina, 

  • si a la participación en la forma de actuar ilimitada del Amor le llamamos caridad,
  • si como consecuencia de ello y por haberse perfeccionado ilimitadamente nuestra capacidad de comprensión al conocimiento de lo que el Amor es le llamamos fe,
  • y si tal comprensión motiva que coloquemos nuestra esperanza en llegar a alcanzar la comunicación con Él,
    • si todo esto, repito, lo hacemos coherente con nuestros actos,
    • nos encontraremos con que, a base de la repetición de los mismos, llegaremos a alcanzar el grado máximo de perfección para el que hemos sido creados, que no es otro que, como venimos diciendo, alcanzar la participación en el Amor de Dios, un Amor que por lo demás, nos es participado.

Todo esto acontece –o va aconteciendo- a lo largo del tiempo, pero no es el tiempo lo que determina este proceso. 

La comunicación con Dios en el Amor y desde Él con otros seres espirituales, tiene lugar independientemente de la historia, y sólo está mediada por la inter-correspondencia. 

Así, y puesto que los seres humanos somos en sociedad, Benedicto XVI puede hablar de la Comunión de los Santos, o también de la mutua intercesión entre los componentes de la Iglesia Triunfante y Militante. 

Esta comunión con Dios en el Amor, tiene lugar en la persona del Hijo. Él es, como decíamos, la forma de relacionarse de Dios, y también lo es la forma de relacionarnos con Dios en el Amor. 

Cuantos fuimos creados capaces de ello y en la medida en que prestemos nuestra adhesión, participamos en Cristo de su Gracia creada. No somos dioses, pero sí estamos llamados a ser “otros Cristos”: otros seres llamados a manifestar en sí la Gloria de Dios. 

Para todos nos obtuvo Cristo su Gracia. Nosotros debemos prestar nuestra adhesión. Pero en ocasiones, por circunstancias, o por vanidad, todos nos hemos apartado más o menos de Él. 

Nuestro paso por la tierra es nuestra época de merecer. Pero llegará un momento –más o menos próximo- en que nuestros días acaben. A unos habremos antecedido, y otros nos continuarán, pero los méritos adquiridos para nosotros por Nuestro Señor Jesucristo no lo fueron para 6, para 9 o para 900.000 millones de cristianos, sino para toda la humanidad. 

Quiere esto decir, que aún en el caso de las personas fallecidas, y puesto que aún son parte de nosotros y nosotros parte de ellos en una determinada dimensión (la del Amor), sus posibles actos -y sus previsibles consecuencias- de desamor, no prevalecerán, pero sí cobrarán realidad el día del Juicio sus actos de positivo amor, que les habrán llevado a ellos también a ser amantes y como tal dignos participantes del Amor, a los ojos del Amor. 

Aquí es donde juega un importante papel la intercesión de unos con respecto a los otros, confiando siempre en la Misericordia de Dios, y a ello es lo que se refiere el Papa cuando habla del Purgatorio. 

Espero que esto que os cuento os sirva para entender un poquito mejor algunas de las afirmaciones  que han resultado más controvertidas en la segunda de las Encíclicas de Benedicto XVI. 

Si no se entiende bien, podéis preguntar; pero os ruego que únicamente consideréis mi trabajo como una aportación -que aunque espero sea positiva- en todo caso estoy dispuesta a contrastar.

Un saludo  muy especial para Martika y para Joaquim, quienes creo que alguna de estas consideraciones las estarían esperando.