3ª PREGUNTA REALIZADA
Nos encontramos en esta ocasión con una pregunta de Daniel. Para leerla y poder opinar, tendríais que pinchar en comentarios
Nos encontramos en esta ocasión con una pregunta de Daniel. Para leerla y poder opinar, tendríais que pinchar en comentarios
Benedicto XVI ha escrito una carta de agradecimiento al padre Peter-Hans Kolvenbach, S.I., hasta ahora prepósito general de la Compañía de Jesús, en la que reconoce que la Iglesia tiene particular necesidad en estos momentos de la fidelidad de los jesuitas. La misiva, con fecha del 10 de enero, ha sido distribuida por la curia general de la Compañía en plena 35ª Congregación General que, entre las tareas previstas, elegirá al sucesor del padre Kolvenbach (ésta información nos la da el firmante del artículo).
«Querría expresar mi agradecimiento en primer lugar a usted, querido y venerado padre prepósito general -confiesa el Papa-, que desde 1983 está guiando de modo iluminado, sabio y prudente la Compañía de Jesús, tratando por todos los modos de mantenerla en el cauce del carisma ignaciano».
«Usted -añade-, por razones objetivas, ha pedido varias veces ser exonerado de su cargo, asumido con gran sentido de responsabilidad en un momento no fácil de la historia de la Orden».
El Papa da la gracias, además, a los «directos colaboradores» del padre Kolvenbach,
«a los participantes en la Congregación General y a todos los jesuitas esparcidos por todas las partes del planeta».
«¿Cómo no reconocer la valiosa contribución que la Compañía ofrece a la acción de la Iglesia en varios campos y de muchas maneras?», se pregunta el obispo de Roma.
«¡Contribución verdaderamente grande y benemérita, que sólo el Señor podrá recompensar debidamente!».
El Papa quiere que sus palabras
«sirvan de aliento y estímulo para realizar cada vez mejor el ideal de la Compañía, en plena fidelidad al Magisterio de la Iglesia».
«Se trata de una "peculiar" fidelidad, sancionada también, para no pocos de vosotros, por un voto de obediencia inmediata al Sucesor de Pedro "perinde ac cadáver"», explica.
«De esta vuestra fidelidad, que constituye la señal distintiva de la Orden, la Iglesia tiene aún mayor necesidad hoy, en una época en que se advierte la urgencia de transmitir, de manera integral, a nuestros contemporáneos, distraídos por tantas voces discordantes, el único e inmutado mensaje de salvación que es el Evangelio».
Para ello, el pontífice pide
«que la vida de los miembros de la Compañía de Jesús, como también su investigación doctrinal, estén siempre animadas de un verdadero espíritu de fe y comunión en dócil sintonía con las indicaciones del Magisterio».
En este sentido, el Papa confiesa:
«deseo vivamente que la presente Congregación General reafirme con claridad el auténtico carisma del fundador, para alentar a todos los Jesuitas a promover la verdadera y sana doctrina católica».
Por este motivo, considera que
«podría resultar muy útil que la Congregación General reafirme, en el espíritu de san Ignacio, la propia adhesión total a la doctrina católica, en particular sobre puntos neurálgicos hoy fuertemente atacados por la cultura secular, como, por ejemplo, la relación entre Cristo y las religiones, algunos aspectos de la teología de la liberación y varios puntos de la moral sexual, sobre todo en lo que se refiere a la indisolubilidad del matrimonio y a la pastoral de las personas homosexuales».
Acompañando la carta papal, la curia general ha publicado un comunicado en el que explica que «la Compañía de Jesús, son palabras del padre Kolvenbach, declara la voluntad de responder sinceramente a las invitaciones y a las peticiones del Santo Padre».
«La congregación general dedicará a éstas toda la atención debida en el transcurso de sus sesiones de trabajo, una considerable parte de las cuales será consagrada precisamente a los temas de la identidad y de la misión de los jesuita y de la obediencia religiosa y apostólica, en particular de la obediencia al Papa», concluye el comunicado.
La Compañía de Jesús, fundada por Ignacio de Loyola, en 1540, está hoy extendida por 127 países y compuesta por 19.564 religiosos, un dato que aporta el autor del comentario, Jesús Colina
La misiva de Benedicto XVI al P. Kolvenbach no deja de ser “una curiosa misiva”, ¿no lo creéis así?.
Seguro que los componentes de la Compañía de Jesús seguirán siendo fieles (como lo han sido siempre) a la búsqueda de la Verdad,
Como decía Joaquim en otra ocasión, "sea por muchos años".
Nos encontramos en esta ocasión con una pregunta de Martika. Para leerla y poder opinar, tendríais que pinchar en comentarios
Puesto que "agur" es en euskera una palabra que implica reconocimiento y que se usa tanto para las acogidas como para las despedidas, sirva a modo de reconocimiento este particular agur por nuestra parte a la figura y a la tarea del P. Kolvenbach.
"LA SOTANA"
"Se va el padre Kolvenbach, discreto, tímido, gran oyente, o escuchante, y sumamente asceta. Igual le pasa lo que al enorme teólogo Karl Rahner, que, ya en edad de jubilación y sin docencia, atendía la portería de la casa de Jesuitas en la que residía, mientras seguía produciendo. A Kolvenbach podría sucederle lo mismo y seguro que lo haría con sumo gusto y con convicción de que tanto se sirve a Dios guiando la orden religiosa más importante del catolicismo como abriéndole la puerta al cartero. Quiere esto decir que los Jesuitas desempeñan altísimos cargos de gobierno -piensen en el rector de la Universidad de Georgetown, o en el de Deusto-, pero, llegado el tiempo, descienden a la base de donde surgieron. Esto le sucede ahora a su general, el primero en la Historia que ha renunciado a un cargo vitalicio. Si esta misma dinámica, común a todos los religiosos, se aplicara parcialmente al tácito escalafón de los obispos, algunas cosas cambiarían.
Por lo demás, la congregación general de los Jesuitas elegirá ahora al sucesor de Kolvenbach. Observando fotos de este «cónclave» de los Jesuitas, el agudo e implacable comentarista Francisco José Fernández de la Cigoña mostraba en su blog religioso su sorpresa, porque no veía, no ya sotanas, sino unos míseros alzacuellos en la congregación, de tal modo que le parecía casi una convención de agentes comerciales, o algo semejante. Existe al respecto una anécdota de Kolvenbach, que sí usa una sotana de corte oriental, suelta, sin fajín y añosa. Un jesuita en ropa de seglar se le acercó un día: «Padre general, ¿cómo no retira usted esa sotanilla de una vez?».
Con la ironía demoledora que le caracteriza, Kolvenbach respondió: «Joven, yo uso esta sotanilla para que usted pueda vestir como quiera». Imagínense la turbación en la Santa Sede si el «Papa negro» entrara al palacio apostólico o a la Secretaría de Estado con corbata o cuello de cisne. Y, sin embargo, los hijos de San Ignacio no basan su identidad en el hábito.JAVIER MORÁN, La Nueva España, 16 enero 2007
Comenzamos esta modalidad del turno de preguntas con la que nos realiza en primer lugar Joaquim. Para leerla y para poder opinar después -en su caso-tendríais que "pinchar" en comentarios.
Si me permitís el inciso, creo que tú Gorka te estás refiriendo a la práctica, y tú Joaquim al modo de acercarse mediante la razón, a esa experiencia de la que los dos habláis: la de compartir nuestra vida con la del Resucitado (que es a lo que equivale el hecho de ser cristianos).
Tanto Joaquim como Martika quieren saber por qué. Por qué decimos que las cosas son de una determinada manera, y no de otra.
Vamos a tratar, pues, de hacer un ejercicio conjunto de apologética y a recordar también un poquitito de historia, con la pretensión de buscar algunas razones que avalen una determinada verdad.
Lo intentaremos, porque lo bueno que tiene la verdad es que una vez que creemos distinguirla -y aún a riesgo de seguir equivocados- vamos asimilándola como tal y en aras a ella, vamos modificando nuestra comprensión de las cosas hasta llegar -que es lo que pretendemos- a comprender por fin que nos hallamos ante la vivencia de una evidencia, que es precisamente en lo que estriban nuestras certezas.
Pues bien.
Cuando se trata de hacer apologética sobre la figura de Cristo, lo primero que hay que decir es que, independientemente de cuándo se hayan dado por buenos unos u otros argumentos, por fuerza en nuestro discurso se ha de incluir una dimensión trinitaria.
Como le decía a Martika, Cristo es el Hijo de Dios y su Palabra (por eso dice S. Juan, querido Joaquim, aquello de que "El Padre es mayor que Yo", y "El Padre y Yo somos una misma cosa").
Es la manifestación del ser de Dios "en relación" a nosotros, y "relacionándose" concretamente a través de la humanidad de Jesús de Nazaret. Fue la manifestación de ésto sobre Sí mismo lo que le valió a Nuestro Señor la persecución de la Sinagoga.
Como se nos dice en el Evangelio sobre su Bautismo, Él es el Ungido, el Mesías -que es lo que quiere decir precisamente El Cristo-
En Él comienza el cristianismo, Joaquim, no -como dices muy bien- con los apóstoles.
Si estimas que el cristianismo es un proceso -aunque yo creo que éso es así para cada cristiano, pero no objetivamente- Cristo es ni más ni menos que su origen y en comunicación con Quien tiene lugar propiamente su realización.
Los datos que aportas son interesantísimos. Cuando quieras seguimos hablando de ellos.
Pero en cuanto a saber cuándo o por qué se produce la ruptura (nos referimos, claro está, entre el judaísmo y las primeras comunidades de cristianos), yo pienso que tendríamos que hablar de un proceso paralelo al crecimiento del pueblo de Dios por una parte, y de una interpretación del concepto de mesianismo por parte del pueblo judío por otra, que hicieron inaceptable para ellos la figura de Jesús de Nazaret, lo que provocó que actuaran en un determinado sentido.
Como ha dicho Gorka en varias de sus intervenciones, los judíos interpretaban que el Mesías tenía que ser un salvador de la nación de Israel, y no lo identificaron así con el Siervo de Yahvé que diera su vida por los pecados del mundo del que hablaron los profetas.
Que Jesús dijera de sí mismo que era el Hijo de Dios Vivo, el Mesías, y capaz de perdonar los pecados del mundo, fue lo que motivó que el Sanedrín le declarara blasfemo y reo de muerte. Eran aquellos mismos sacerdotes y príncipes los que tenían que enfrentarse también con los discípulos que predicaban a Cristo resucitado.
Así pasó que, después de Pentecostés, la predicación y los milagros de los Apóstoles hicieron que se congregara en torno a ellos un buen número de fieles, lo que provocó la hostilidad y la intervención de las autoridades judías.
La primera vez que Pedro y Juan fueron apresados, el Sanedrín les prohibió anunciar el nombre de Jesús, y, como ellos no se callaron, presos otra vez –esta vez los Doce- fueron azotados.
Parece ser que el discurso de Esteban fue la gota de agua que colmó la medida, y, en un arrebato de furia, la asamblea decidió arrastrar a S. Esteban fuera de la ciudad y darle muerte. Ése fue el estallido de una gran persecución que obligó a los primeros discípulos a huir de Jerusalén, lo cual fue ocasión de que se abrieran nuevos caminos a la predicación del Evangelio.
La Iglesia comenzaba a tener así la dimensión de universalidad que le correspondía, todo ello coincidiendo en el tiempo con la existencia en Jerusalén de cristianos de dos procedencias: hebreos y helenistas, como dice Joaquim.
Unos y otros tenían conciencia arraigada de formar parte del pueblo escogido. Muchos pensaban -entre ellos inicialmente Pedro- que tan sólo los que pertenecían a ese pueblo eran destinatarios privilegiados de la esperanza mesiánica anunciada por los profetas y realizada en Cristo, pero fue la conversión milagrosa de Cornelio y de su familia -tras una intervención divina al parecer-, lo que le llevó a S. Pedro a reconocer que “para Dios no hay acepción de personas, sino que en toda nación el que teme a Dios y practica la justicia, le es acepto”.
El hecho de que Pedro conviviera con gentiles incircuncisos y les otorgara el bautismo, produjo entre sus hermanos judeocristianos una profunda conmoción. Tuvo entonces que referirles puntualmente lo que había sucedido para que se operase en ellos un cambio de mentalidad, lo que supondría una auténtica conversión: la liberación de prejuicios inveterados, y el darse cuenta del carácter universal de la obra salvífica que le Señor había proclamado tanto en sus enseñanzas.
Fue en el concilio de Jerusalén (año 49 de nuestra era) donde se trató la cuestión de las relaciones entre el cristianismo y Antigua Ley.
Pero muchas cosas habían ocurrido para entonces: la conversión de Pablo, el comienzo de sus viajes misionales, en la Pascua del año 44 una nueva persecución de la Iglesia de Jerusalén por parte de Herodes Agripa, el martirio de Santiago el Mayor, la prisión y milagrosa liberación de Pedro...
El colegio de los Doce dejó de tener su residencia común en la Ciudad Santa, y en Antioquia y en otras muchas ciudades gran número de gentiles habían sido recibidos ya en la Iglesia...
Lo que pasaba es que el ambiente de las Iglesias de la gentilidad era muy distinto del que rodeaba a la de Jerusalén, cuyos miembros seguían viviendo a la sombra del Templo y observando los preceptos de la Antigua Ley.
Los conversos de la gentilidad y los judeocristianos de Palestina –herederos de las tradiciones de Israel- tenían un espíritu y una mentalidad muy diferentes. Era comprensible que unos y otros se miraran con recelo y que sus relaciones no fueran fáciles.
Los cristianos de Jerusalén desconfiaban de sus hermanos gentiles, no sólo porque consideraban que no pertenecían -como ellos- al pueblo elegido, sino porque consideraban también que ni siquiera guardaban las más esenciales observancias impuestas por la Ley de Moisés.
En ese ambiente, hubo un incidente en Antioquia entre S. Pedro y S. Pablo que ahora os contaré.
Pedro, que vivía en esa ciudad -Antioquía-, convivía abiertamente con cristianos de procedencia gentil y comía en sus casas. Pero cuando llegaron algunos cristianos de Jerusalén, se retrajo y entonces Pablo le reprendió...
La cuestión es que él también, en razón de los judíos que había en los lugares donde tenía que trabajar, aceptó hacer algunas concesiones –entre otras la de que su discípulo Timoteo fuera circuncidado.
El tema era, que algunos judeocristianos venidos de Jerusalén sembraron la inquietud entre los gentiles de Antioquía, porque decían que, si no se circuncidaban, según la Ley de Moisés no podían salvarse. Como es normal, ese anuncio provocó gran agitación entre las iglesias de la gentilidad.
Durante la celebración del Concilio algunos judeocristianos, pues, pretendieron imponer a todos los cristianos la circuncisión y la observancia de la Ley de Moisés, pero al final fue Pedro quien se impuso, proclamando la libertad de los cristianos con respecto a los preceptos legales judíos.
La asamblea resolvió no imponer a los gentiles cargas inútiles; bastaba solamente con que se guardaran de la fornicación y, en obsequio a la vieja Ley, que observasen dos sencillos preceptos: abstenerse de comer carnes inmoladas a los ídolos, o carnes no sangradas.
Así fue como fue zanjada (hasta donde yo se) la cuestión de la obligatoriedad de la observancia de los preceptos de la antigua Ley.
Los cristianos de Jerusalén y Palestina siguieron acudiendo al Templo y observando sus prácticas tradicionales, aunque celebraban sus Eucaristías en la intimidad.
Poco después, Santiago –primer obispo de Jerusalén- fue condenado a muerte por el Sanedrín y lapidado.
Al estallar la guerra judaica, los cristianos de la Ciudad Santa se refugiaron en Pella, y no se hallaban dentro de Jerusalén cuando fue sitiada y destruida por Tito en el año 70, y ya a finales del siglo I, los judeocristianos que quedaban en Palestina rompieron definitivamente los últimos lazos que les unía con la Sinagoga.
Me temo que no puedo deciros más....
Espero no haberos resultado demasiado pesada.
La intervención de Martika y mi respuesta irán a continuación, pero la idea es que entre todos podamos, en su caso, ir profundizando sobre un mismo planteamiento. En esta ocasión, Martika nos cuestiona lo siguiente:
"Me gustaría hacer unas cuantas preguntas teologicas,no sé si este será el sitio adecuado pero allá voy: Como puede ser q formemos otra religión si Jesucristo era Judio y no renego de esas creencias?
Es decir,una de los dos religiones tiene q dejar d exisitir porq contradice totalmente a la otra.
Por q nosotros pasamos tanto del islam cuando para ellos Jesucristo es un profeta?"
Mi respuesta inicial sería la siguiente, aunque como os digo confío en la posibilidad de que entre todos sigamos profundizando en los temas que unos y otros planteéis:
¡Claro que sería deseable que todas las religiones monoteístas convergiéramos!...
... pero ésto no es posible si no llegamos todos a reconocer que Cristo es no un profeta, sino la auténtica revelación del ser de Dios.
Decimos que es la Palabra de Dios, porque Cristo es el modo en el que Dios se nos ha manifestado, con palabras y con obras -piensa en los milagros-, tomando forma humana.
Y decimos que es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Hijo, porque Cristo es también la forma de relacionarse de Dios con los seres humanos, y a través de ellos con todas sus criaturas.
Él mismo dijo que no venía a abolir la Ley mosaica, sino a darle cumplimiento.Lo que sustenta la religión judía ha tenido, pues, su cumplimiento y lo deseable sería que ellos así lo reconocieran.
Por lo demás, y como te digo, Cristo no es un profeta más.Es la realidad de la Vida y el Amor de Dios para con nosotros.
No sería suficiente, pues, valorarle como profeta, sino que tendría que reconocerse su divina realidad.
No se si mi explicación os habrá sido suficiente, pero, si no fuera así, hacédmelo saber y entre todos seguiremos elaborando este -como otros- interesante tema.
Os agradezco de antemano vuestras intervenciones.
Dicen, que Simone de Beauvoir decía, que tras toda persona feliz había una historia. Fue al final de un programa sobre el centenario del nacimiento de esta precursora del feminismo donde el pasado día 9 lo escuché, y, como veis, todavía hoy sigo dándole vueltas en mi cabeza.
Estaba recordando esta frase en la peluquería, mientras observaba a través de una puerta abierta a un montón de señoritas que al salir a atendernos, nos ofrecerían la mejor de sus sonrisas. No había ninguna que destacara. Eran muy semejantes y, sin embargo, cada una tenía detrás una historia que, poco a poco y como clientas, las que lo somos ya vamos conociendo.
Extendí la mirada y nos ví a nosotr@s mism@s. Cada un@ con nuestra propia historia. Si Simone de Beauvoir tenía razón, y puesto que tod@s tenemos detrás una historia, en principio tod@s tendríamos que ofrecer un semblante feliz; tendríamos al menos que parecer felices, pero me temo que no siempre es así...
¿Qué tienen entonces detrás, las personas que realmente son felices?, me pregunté...
Como cristiana, se que es fundamental una experiencia de fe; pero, sin embargo, también tengo observada una expresión de sincera felicidad en personas que en absoluto son creyentes. En algún caso, más bien todo lo contrario. Entonces, ¿qué es realmente lo que tienen en común, y que es lo que diferencia –en su caso- a unas y a otras?....
Yo diría que las personas que son felices tienen en común el conocimiento: el conocimiento de sí mism@s, y en el conocimiento de la realidad que les circunda. Ése es el primer paso también para una experiencia de fe.
Estas personas han comprendido en un momento o en otro que la vida es un proceso, y que, dentro de él, ell@s mism@s son un@s procesantes.
Se saben conviviendo, es decir, viviendo-con con elementos coyunturales y variables. En algunas ocasiones puede que les falte un hijo o una hija; en otras, un trabajo; algún amig@ quizá...
Distinguen ya que sus circunstancias -sean cuales sean o hayan sido las que puedan haber sido-, no son sino ocasiones, y desde luego, están decidid@s a aprovecharlas, porque saben bien que, aunque con algunas añoranzas y pese a todo, ell@s siguen vivos y procesándose.
Saben también que son “algo” para los demás. Que son sus con-vivientes.
Tal vez no se planteen un futuro escatológico ni la llegada definitiva del Reino de Dios, pero saben de los efectos de sus actos y, en su caso, de la necesidad de corregirlos.
Algunos han llegado así a un nivel de maduración francamente grande, y han hecho suyos mediante la práctica, valores como la honestidad, la conmiseración, la armonía, la mansedumbre, la coherencia… pero quizá otros no. En eso pienso que realmente estriba la diferencia entre personas que son felices y otras que no lo son.
No es pues cuando tenemos una historia, sino cuando la tenemos asimilada y la reconocemos en cuanto ordenada a nuestro propio vivir, cuando nos mostramos satisfechos con nuestra propia vida.
Es entonces cuando tenemos una experiencia de paz, y, para ello, habrá sido necesario superar nuestros coyunturales duelos, no tener nada especialmente grave que recriminarnos, o en todo caso, haber sido capaces de corregir convenientemente el rumbo y de integrar nuestros quebrantos en lo que realmente constituye el continuo de nuestra propia existencia.
Así, pues, yo pienso que lo que las personas felices tienen en común, es la vivencia de que, aunque en su vida propia hayan sido intervinientes, no es su propia voluntad la que la determina.
A las personas que realmente han sido capaces de hacer esta síntesis, es frecuente que recurramos con admiración a solicitar su consejo.
Algunas nos hablarán de su presente y de su pasado, pero no se nos referirán sino con la duda a su futuro; sin embargo, hay otras personas que nos hablarán tranquilamente del mismo, no como de algo escatológico, sino como de algo que ya pueden intuir, puesto que se trata de una experiencia de la que son conscientes de haberla vivido ya en la realidad.
Aquí es donde realmente observo la diferencia entre personas creyentes y personas que no lo son.
Las personas creyentes saben que lo que realmente hace feliz a una persona, no es la conformidad con su propia vida ni la voluntad cierta de favorecerla, sino la confianza de una plena realización.
Yo suelo decir que ante la vida caben dos tipos de posturas: la “realista”, que nos remite a la contextualización, y “la más realista”, que nos refiere a la trascendencia.
Cuando pretenden comunicarnos su visión de la vida, las personas “realistamente felices” nos hablan del presente y del pasado, mientras que las personas “más realistamente felices” lo hacen también del futuro, hablando de él no como de algo escatológico como digo, sino como de algo que ya han podido experimentar.
Así, las personas “realistamente felices”, pueden haber reconocido en la vida un sentido, y habiéndolo favorecido, llegar a alcanzar un cierto grado de evolución en relación a ella. Sin duda Dios, que es Padre de todos, habrá actuado también a través suyo. Pero tal vez les falte el sentimiento de agradecimiento y de confianza de quienes se saben hijos de Dios, por cuanto conocen en quién hunde la vida sus raíces.
Éstos, saben que la verdadera vida es la del Amor, y que es Él quien alienta y vivifica su propia existencia.
Su vida, pues, la pasada, la presente y la futura, está alimentada y sostenida por el Amor. Saben que sólo por Amor existen, y que es animadas por ese Amor y como fruto de su amor al Mismo, como han podido llegar a comprender y a realizar acciones a lo largo de su vida que hubieran estado con mucho por encima de sus capacidades.
No creen en la casualidad, sino en la causalidad, y saben que los designios del Amor incluyen para ellas su participación en Él.
Saben también, que animadas por el Amor, haciendo continuos actos de amor y como consecuencia de los efectos de los mismos, no sólo han compartido, comparten y compartirán ese Amor con los demás, sino que ellas mismas se irán haciendo paulatinamente más amables y susceptibles así de perpetuarse en el Amor.
De esto van siendo también “paulatinamente conscientes”, porque como ya hemos mantenido en algunos otros artículos, el modo de conocimiento humano es progresivo, mediato, puntual y acumulativo, y por eso mismo ese conocimiento hay que permanentemente actualizarlo, puesto que coyunturalmente su consciencia en nosotros puede desfallecer.
Esa consideración precisamente es la que me va a permitir asociar lo que hasta ahora venimos razonando, con el Sacramento de la Unción de los enfermos.
Hay personas “más realmente felices” que, sin hablar de las crisis ordinarias de las que tanto sabemos en medio de las que reforzamos nuestra fe mediante otros Sacramentos, ante momentos de ultimidad como pueden ser la proximidad de la muerte, una situación de riesgo, o un periodo de larga enfermedad por ejemplo, sienten la gravidez de sus limitaciones y realmente pueden llegarles a faltar las fuerzas ante la revelación de Dios.
Pues bien: ante esas situaciones es cuando nuestras limitaciones son superables contando con la Gracia del Sacramento de la Unción.
A través de él nos advienen las dosis suficientes de fe, de esperanza y de caridad, para poder seguir confiando, para poder seguir esperando, y para poder seguir abandonándonos, en la voluntad de Dios.
Cuando ese momento llegue, con el auxilio de la Gracia y por encima de nuestras limitaciones, será el momento también de conocer la auténtica y perpétua felicidad.