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::: Dorotatxu :::

EL SER HUMANO, UN SER PERSONAL

La creación del ser humano supuso una auténtica novedad.  

Dotado de una naturaleza dual (espiritual y material al mismo tiempo) y compartiendo una serie de funciones con otras criaturas de la naturaleza material, el co-principio espiritual de su naturaleza (el alma) personalizaba la forma sustancial de la materia, constituyéndole así en un ser personal.

Es esto lo que convierte al ser humano en un ser relacional: en un ser capaz de tener, y en un ser capaz de relacionarse a un nivel intencional con otros seres espirituales y con Dios mismo. 

Vamos a ver ahora cuáles son las características fundamentales de los seres personales que el ser humano comparte, y que justifican que, por su participación en ellas, sea constitutivamente un ser relacional y por tanto capaz de Dios. 

Es la capacidad de transcenderse superando las limitaciones espacio/temporales que impone la materia, lo que permite a los seres personales compartirse según su voluntad, y es su capacidad de conocer y de amar transcendiendo lo efímero, lo que les permite no solo asimilar las formas sustanciales de otros seres mediado su conocimiento (esto es lo que queremos decir cuando manifestamos que el ser humano es un ser capaz de tener), sino también, una vez objetivado lo conocido y juzgado sobre su conveniencia, fijarse como objetivo no sólo alcanzarlo por cuanto que conveniente, sino el modo y los medios para llegar a su consecución 

Como hemos dicho, estas dos características son las que constituyen al ser humano como un ser relacional, y las que posibilitan también su comunicación a un nivel intencional con otros seres personales y con Dios mismo, precisamente por haber sido creado capaz de Él.  

Es ésto precisamente lo que vamos a ver en el artículo denominado El ser humano y Dios

PEROGRULLADA

La semana pasada mantuve en esta misma sección, que los vascos podíamos distinguirnos por un señalado amor a la verdad, el cual éramos capaces de llevar hasta sus últimas consecuencias Hoy me van a permitir mantener una aparente perogrullada: “detrás de cada vasco, siempre hay un vasco...”  Ya dialogue, ya negocie, ya festeje o ya guerree, en su fuero interno, un vasco siempre sigue siendo un vasco. Consciente de su propia identidad, orgulloso de su cultura...  Un pueblo que jamás ha doblegado la rodilla ante nadie contra su propia voluntad... Como verán por mis apellidos, yo soy vasca.  Sé que lo soy; estoy orgullosa de mis mayores; me cuesta doblegar la rodilla cuando me creo con la razón...; y, muy frecuentemente, ni siquiera la doblego... Dirán Vds. que para qué me hago todas estas consideraciones, pero ahora mismo lo comprenderán...  Verán: el Domingo por la mañana, estuvimos dando una vuelta por el Casco Viejo de Bilbao. Entramos a hacer una visita, y de paso a conocer,  la Catedral de Santiago.  Allí, mi sorpresa fue grande al comprobar que en ese Templo recientemente restaurado, no existía ni un solo reclinatorio...  Me alarmé súbitamente ante la idea de que en nuestra sociedad, en la de Bilbao, en la vasca, se estuviese produciendo un cambio cultural muy profundo... Nosotros, el pueblo vasco, los que no doblegamos la rodilla ante nadie contra nuestra voluntad, ¿podríamos haber evolucionado hasta llegar a no querer doblegar nuestra rodilla, ni ante Dios?... ¿Sería nuestra voluntad tan desmesurada, como para no reconocer que la única postura válida ante Dios es la de hincar la rodilla, la de la adoración...? No puede ser, ¿verdad?...  La explicación tendrá que ser otra, ¿no creen?... 

 

 

CARTA A MANUEL ALCÁNTARA

Vd. ha sido el que ha hablado de Dios. Lo ha hecho  en la contraportada de El Correo del 11 de septiembre de 1998, en su artículo      EL CLUB DE LOS MILLONARIOS.  Había un dato objetivo: ““La ONU ha publicado el catálogo de los Epulones último: El 47% de la riqueza mundial está en manos de 225 personas; 1.300 millones de seres humanos viven con unos ingresos inferiores a 1 dólar al día; 225 “tipos” acumulan la misma cantidad que los 2.500 de personas más pobres...””  Había una frase de León Bloy (Vd. dice que era un ser algo resentido): “Para saber la opinión que tiene Dios sobre el dinero, sólo hay que fijarse en la gente a quien se lo da”.   Pero era Vd. el que se planteaba: “¿Qué opinión tendrá Dios sobre la gente a quien se lo niega?” y añadía: “Quizá no ha reparado en éllos”.   ¡Mire que a mí me gusta leerle...!. Me gusta porque suele hacerme pensar. Supongo que formará parte del encanto del género literario que Vd. practica.  Le diré que en esta ocasión también lo ha conseguido, verá: No voy a meterme con Vd. por lo que apostilla porque no podría. No me es posible asociar en serio la formulación que Vd. hace con una persona razonable. Una persona razonable razonando, no utilizaría en su discurrir esa “fuga dialéctica” a modo de conclusión... Y Vd. es una persona razonable.  La asocio con un tópico, con un recurso retórico, con una utilización del lenguaje... que no hace otra cosa que confundir respecto a una verdad objetiva: El  verdadero ser del hombre, su verdadera naturaleza.Sabemos los creyentes que Dios creó al hombre “a su imagen y semejanza”. Tal vez, profundizando sobre el conocimiento del hombre,  podamos acercarnos más a la idea de Dios. Es una consideración hermosa que yo me hago. Me ayuda a discurrir. Pero, aún y no siendo creyentes (digamos que, sea como sea o sea cual sea su origen), el hombre es una realidad que habita, manipula y somete a este entorno nuestro que llamamos Tierra. Hasta aquí creo que podemos todos estar de acuerdo. También podemos estar de acuerdo al afirmar que el hombre es un animal racional, ¿no?, o, por lo menos, pensante. Bien, pues una característica de los seres “pensantes” es que somos capaces de actuar para conseguir nuestros fines, y hasta de programarlos en el tiempo. Lo sabemos perfectamente. Y sabemos también que existe un fin último capaz de estimular al común de los mortales: el deseo de felicidad.  Bueno, pues, a mi modo de ver, ese es el “quid” de la cuestión: con el dinero (para un creyente otra realidad creada que coexiste con nosotros y que nos es sometida) se pueden hacer muchas cosas. Depende de “dónde hayamos puesto el corazón”, o de cómo lo utilicemos para conseguir nuestros deseos de felicidad. De cómo lo ordenemos para conseguir nuestros fines. Es cuando consideramos el dinero como un fín en sí mismo, cuando ciframos en él nuestro deseo de felicidad, cuando surge el problema. Porque la idea, la formulación que un hombre se hace de su felicidad condiciona todo su comportamiento. Así, hay personas que acaparan y lo que someten no es a la naturaleza, sino a otros hombres... La naturaleza, los bienes de la naturaleza, están ahí. Están ahí, son suficientes, y no son para unos pocos. Están ahí desde el principio y también son para los que Vd. dice que “Dios se los niega”. No tenga duda de que están en perfecta armonía con todo lo creado. Y no porque Dios lo haya hecho todo bien (cosa que es evidente), sino porque la armonía es una característica de la naturaleza: Entiéndase por armonía el orden y proporción interna de las partes en el todo.  Pero Vd. y yo sabemos que ése no es el problema. Ojalá me contestase.

LOS VASCOS Y LA VERDAD

 Me ronda esta carta en la cabeza: El Sr. Arzallus ha dicho uno de estos días (realmente ignoro la forma explícita), que “el problema vasco” guarda relación con el carácter de los vascos. Estoy completamente de acuerdo. Yo estoy realmente orgullosa de ser vasca, y, fíjense Vds. que no fui consciente de ello hasta que tuve ocasión de vivir largas temporadas en otras tres diferentes autonomías. ¿Saben marcadamente por qué nos podemos caracterizar los vascos?. Pues por un amor a la verdad que somos capaces de llevar hasta las últimas consecuencias. Pero el problema está en dónde pone cada uno la verdad..., porque la Verdad únicamente está en Dios... Si los vascos llegamos a concebir la Verdad de esta manera y, con el mismo amor de siempre reaccionamos ante Ella, llegaremos con toda seguridad a que “el problema vasco” se disuelva, ¿no creen? Fdo.: Dorota Urbina Aurtenetxea  

CARDENAL RATZINGER

 En la edición de 12 de diciembre de 2002 del diario ABC, escribía el entonces Cardenal Ratzinger un artículo, analizando las razones por las que San Josemaría Escrivá de Balaguer había denominado Opus Dei a lo que luego sería su Prelatura.Decía que San Josemaría había manifestado saberse instrumento de Dios, y que tal conocimiento le provenía precisamente de su trato con Él, con quien el Santo se relacionaba “de amigo a amigo”.Si Benedicto XVI opinaba así desde la óptica que le proporcionaba su propia experiencia, y si desde ella actúa ahora sabiéndose él también instrumento de Dios, y ejerciendo su responsabilidad de Sucesor de Pedro desde la escucha e interpretación de opiniones y acontecimientos con la luz del Espíritu, será sin duda un gran Papa.Que así sea.

DIOS ES ESPÍRITU

 Dios es Espíritu, y Dios es Amor. Y, como decía Sto. Tomás de Aquino, la naturaleza del Amor es difusiva, expansiva... Tiende a comunicarse, a participarse, a crear... En un acto de Amor, y en su infinita Sabiduría, Dios crea al hombre, como dicen los primeros capítulos del Génesis, “a Su imagen y semejanza”. Y lo crea capaz del infinito, capaz de Dios mismo.  Lo destina a la contemplación, al gozo eterno. Lo crea para Sí: lo crea para el Amor.  Es el único ser de la creación a quien Dios quiere por él mismo. Lo quiere como lo ha creado, y lo crea para que, plenamente consciente de su ser y su existir, y usando y participando de y con todo lo creado, ame y de gloria a su Creador. Pero Dios quiere que sea el hombre le que “actualice” su amor. Quiere un “movimiento” de amor por parte del hombre.  Quiere que el hombre participe y sea amor para El. Que el hombre Le conozca y Le quiera, pero voluntariamente. Y para ello le capacita para que esa opción pueda ejercitarla libremente. Dios es Acto Puro de Ser. Pero la criatura no tiene el ser como una de sus perfecciones, sino que tiene el ser participadamente: participa del ser, de la vida, conforme a una gradación.  La vida se da en un estado incoactivo, y ese vivir, ese desarrollarse, ese evolucionar hacia el fin para el que cada cosa fue creada, pasa o se lleva a cabo mediante sucesivas “actuaciones” de las potencias para las que cada criatura está dotada. Esto es lo que queremos decir cuando afirmamos que la Creación tiene un sentido teleológico.  Por un acto de Amor Benevolente, Dios Uno y Trino confiere a la creación entera la esencia y la existencia.  El Que es, Perfección suma, en su infinita Sabiduría crea “lo que es”, y lo da realidad conforme a una composición determinada, dotándolo además, de una dinámica propia que hace que todo lo creado, evolucione, se desarrolle y se dirija hacia lo que le es conveniente según su naturaleza, hacia lo que supone la perfección de su especie. En la cima de la creación, Dios sitúa al hombre, y lo constituye compuesto de dos co-principios: el cuerpo (materia), y el alma (su forma sustancial). Por la materia, que es un principio de limitación, el ser humano se encuentra inserto en unas coordenadas espacio-temporales y comparte con el resto de la creación algunas características y funciones propias de la materia creada. Pero la creación del hombre constituye una “auténtica novedad” por las características de su otro co-principio: el alma. El alma humana es de naturaleza espiritual e inmortal. Por estas características que el alma humana comparte con otros seres creados de naturaleza no material (los seres angélicos) y con una analogía de semejanza con las Tres Personas Divinas, decimos que el hombre es una persona. En virtud de su alma, el hombre es capaz de Dios. Es capaz de acceder a un nivel trascendente, superador de las limitaciones de la materia, y es capaz de abrirse a la totalidad de lo que tiene existencia real. En virtud de su alma también, el hombre posee de modo participado esas cualidades “casi divinas” (la inteligencia y la voluntad) que le hacen libre, capaz de conocer y de amar al resto de las criaturas, y a través de ellas, a su Creador. Es, por tanto, capaz de autodeterminarse, de discernir y optar (o  no) por aquello que supone su plena realización. El hombre conoce, y el hombre quiere y, comoquiera que consciente y libremente, opta, puede elegir o no lo conveniente para su propio bien.  En la media en que lo hace, con ese acto de su voluntad, incrementa o disminuye la gradación de sus perfecciones y, con ello, su mayor o menor participación en el ser.  Cuando Dios creó al hombre, lo hizo responsable de sus actos y partícipe de Su amor. El ser de Dios es el Amor, y el hombre tenía participación en el Amor, en la intimidad divina. Del hombre, Dios esperaba amor. Pero el hombre optó. Se creyó Dios. Pensó que podía alcanzar lo que discernía como su fin por sus propios medios y, con ello, se apartó voluntariamente de Dios. Con esta opción equivocada, se introdujo el primer pecado en el mundo, y con él, el apartamiento voluntario de la persona humana del estado de justicia y felicidad para el que, y en el que fue creada. Este apartamiento voluntario del Ser, supuso para el hombre una degradación de sus perfecciones, una disminución en su propio ser: un detrimento de su vida teologal (la pérdida de la intimidad con Dios), y la pérdida también de unos dones llamados preternaturales, derivados de la participación en esa misma intimidad (la inmortalidad, la felicidad y plenitud que supone la contemplación de Dios...). La naturaleza original del hombre se vio así modificada, pero no anulada. El hombre se apartó de la eternidad y lo encontramos así situado en medio de unas coordenadas espacio-temporales; pero, en virtud de su alma, su espíritu seguía, sigue y seguiría siempre tendiendo a Dios. Tiene en sí una semilla de eternidad. Y Dios, fiel a Sí mismo, seguía, y sigue, y seguirá siempre, convocando al hombre a la plena participación en Su Amor. Permitiendo y posibilitando recorrer al hombre, contando de nuevo con su voluntad, y a través de la Persona encarnada del Verbo, el camino de retorno a Sí mismo.  Decíamos antes que en el hombre coexisten dos principios: el cuerpo y el alma, y que ambos co-principios constituyen el ser humano. Decíamos también que la creación entera (y con ella el hombre) está dotada con una dinámica propia que hace a cada criatura evolucionar hacia el fin para el fue creada.  De nuevo tenemos al hombre autodeterminándose: capaz de reconocer su propio Fin, capaz de hacerse persona por su participación en el diálogo amical con la Persona divina que Dios mismo genera a través de Su Palabra, y mediante su adhesión voluntaria a la Misma. Para participar en ese diálogo personal con Dios, el hombre presta su adhesión, pero es Dios el que convoca: actúa su Palabra, y el hombre responde a esa convocatoria al Amor reconociendo en Ella la Voluntad de Dios y sometiendo a ella la voluntad propia, mediante un acto de fe.  Dios se hace presente en este diálogo interpersonal mediante su Espíritu de Verdad y de Amor, y el hombre, reconociéndolo, Lo ama y se adhiere a El, sometiendo su propia voluntad a la Divina. Es el Espíritu de Amor el que hace partícipe (de nuevo) al hombre de esa vida teologal que había perdido, y es en la Persona del Verbo encarnado a través de La que, el hombre, autodetermilnándose, puede aspirar y conseguir introducirse definitivamente en el estado de beatitud y justicia que supone la contemplación de Dios, y la plena participación en la intimidad divina. Para que lo consiga, el Espíritu Santificador comunica al hombre sus Dones y suple así las carencias humanas, posibilitando que, a través de ellos, puede llegar el comportamiento del hombre a actuar con unos criterios no propios sino Divinos.             

BEATO JUAN, BEATO PIO

   Ser creyente, católica y romana se me antoja la manera debida de ser cristiana. Pero si Vds. no lo creen así, podrían ayudarme a razonar....  Verán: No creo que exista ninguna duda de que El Espíritu Santo anima a la Iglesia. De que El es su Alma. Si no fuera así, ¿de qué estaríamos hablando los cristianos?. Esta Iglesia que El Espíritu Santo “anima”, fue fundada por el mismo Cristo, poniendo a Pedro a su cabeza. Pienso yo que en esta decisión Cristo no se equivocaría, ¿no creen Vds.?...  La Iglesia que Cristo fundó y El Espíritu Santo vivifica, es una realidad que componemos todos los bautizados, y que convive con cada una de nuestras generaciones. Nosotros somos sus componentes, pero El Espíritu Santo es su Alma, ¿no están Vds. de acuerdo?.  En el transcurrir histórico de nuestra Iglesia, podemos observar muchas “incidencias”. Digo incidencias no con la pretensión de minimizar los acontecimientos, sino de hacer ver que éstos “inciden”, pero “no determinan” la Vida de la Iglesia. La Iglesia sigue viva, no por nuestras decisiones, sino merced al Espíritu de Dios. Un Espíritu que nos llama a la unión por la caridad. Permanece viva pese a todo. Pese a los pecados de cada uno, y pese a los pecados de los Papas también. Porque los pecados de todos nosotros, los de los unos y los de los otros, no son sino manifestaciones de nuestra condición... En estos días la Iglesia da “honra al mérito” de dos personas, Pío IX y Juan XXIII. Indudablemente hay razones para diferenciar una de otra. También pueden haber  entre nosotros mayores o menores simpatías hacia una u otra de las causas, e incluso considerarse la conveniencia de hacer coincidir o no ambas beatificaciones....  Dentro de la Iglesia, todos podemos opinar, exponer, razonar... ¿Pero no creen Vds. que debemos hacerlo siempre procurando no entorpecer la labor de unión por la caridad que opera El Espíritu del Amor dentro de la Iglesia.?.    Dorota Urbina Aurtenetxea     

CÁNTICO ESPIRITUAL

 De todas las composiciones poéticas de San Juan, El Cántico Espiritual es la más extensa. Su destinataria es la Madre Ana de Jesús, priora de las Descalzas de San José de Granada,  a quien San Juan remite en 1584 y a petición de ella misma, un manuscrito en el que “se tocan y declaran algunos puntos y efectos de oración”

Ya en el prólogo del Cántico Espiritual, San Juan nos advierte de que nadie puede escribir “cuando el Espíritu del Señor morando en nosotros pide, lo que nosotros no podemos bien entender ni comprender para lo manifestar” lo que “a las almas amorosas donde Él mora hace entender, sentir o desear” Ésta es la causa por la que con figuras, comparaciones y semejanzas, trata de transmitirnos aquellos “secretos misterios” que “de la abundancia del Espíritu vienen”, y que “con razones lo declaran”...

Para la lectura e interpretación subjetiva del lenguaje simbólico que San Juan utiliza, él mismo nos da una norma exegética elemental: “ha de ser leído con la sencillez de espíritu de amor e inteligencia que el mismo lenguaje lleva”, por cuanto este mensaje, “compuesto en amor de abundante inteligencia mística”, “no ha menester distintamente entenderse para hacer efecto de amor y afición en el alma”

El texto va describiendo la trayectoria que describe un alma desde que comienza a servir a Dios, hasta que alcanza el estado de perfección que es el matrimonio espiritual. En las canciones se tocan los tres grados o vías de ejercicio espiritual por las que pasa el alma hasta llegar a dicho estado, que son la purgativa, la iluminativa y la unitiva.

Comentario

San Juan nos dice que Dios nunca falta al alma: que el alma siempre está en presencia de Dios. Sin embargo, nos dice también que nuestro Dios es un Dios escondido, y nos habla de una triple presencia de Dios en el alma relacionada con tres niveles de consciencia.

Para San Juan, la vida del alma humana evoluciona tendiendo siempre a la posesión del Amado (de Dios, en el Hijo), y pasa por un proceso a través del cual el alma va desprendiéndose del “hombre viejo” siendo que, en la medida en que lo hace, aumenta en ella la presencia de Dios.

Se trata pues, de un abandono del alma en Dios. De un vaciamiento de las experiencias sensibles y racionales del hombre, puestas todas ellas en el alma en una disposición de apertura a Dios para que Dios se enseñoree en ellas.

Esto pasa por un imperar de la razón humana sobre las tendencias sensibles (corporales y espirituales), de modo que los distintos estímulos no sean capaces de distraer su atención de su objetivo: la comunicación con Dios en el Amor.

Claro que el hombre necesita conocer para amar, y el conocimiento de Dios y la comunicación con Él no le convienen al hombre por naturaleza, sino que se le alcanzan a través de la Gracia.

La Gracia es una comunicación que Dios nos hace de Sí mismo, y que opera en el hombre una transformación que le hace capaz de participar en la persona del Hijo, de la naturaleza divina.

Merced a la Gracia, y en la medida en que el hombre participa de ella, está éste en condiciones de alcanzar (mediada su libertad), un cierto grado de perfección en el conocimiento de la ciencia divina (la fe) que le permite actuar de un modo “deiforme” (gracias a la esperanza), llegando a participar en esa medida de la comunicación con Dios en el  Amor (la caridad)

San Juan nos habla de los tres estadios por los que está llamada a pasar el alma en esta vida para llegar a alcanzar la comunión con Dios, en la Persona del Hijo, en el Amor.

 Se trata de un proceso a través del cual el alma acoge y reacciona ante las mociones del Espíritu Santo quien previene y actúa sobre ella potenciando su capacidad humana de comprensión 

Estrofas 1-4 (vía purgativa):

En un primer estadio, el alma toma conciencia de su propia realidad y de la realidad de todas las criaturas. Siente en ella una llamada a la eternidad en plenitud, pero es consciente de que esta Realidad no es ella misma, por lo que comienza a buscarla con un fuerte instinto, pero lo hace fuera de sí.

En nuestro texto el alma, enamorada del Verbo, clama primero al Padre para que le muestre su esencia, por cuanto que intuye que es ahí  donde se encuentra escondido su Amado (en el seno del Padre) y el alma desea unirse esencialmente a Él.

Pero San Juan nos dice Dios está presente en el interior del alma humana, y que es ahí donde debe buscarle con amor el buen contemplativo, y desde donde debe orar al Padre para que Dios se le manifieste y comunique con ella.

Mientras tanto, todas las criaturas dan al alma noticias de Dios, pero el alma ha de buscar a Dios como si estos rastros de Dios existieran, pero no fueran.

Estrofas 5 a 12 (vía iluminativa)

Despegándose de toda querencia y siguiendo las cada vez mayores mociones del Espíritu Santo, el alma llega a un estadio al que San Juan denomina “desposorio espiritual”

En él el alma, gozando de un conocimiento más perfecto del Amado y de una mayor libertad, se entrega a Él en mayor medida, ya adornada en cantidad suficiente con las virtudes teologales.

Se encuentra, pues, “engalanada por ellas” y dispuesta (aunque no de un modo consolidado) para el matrimonio espiritual. Porque en esta fase existe aún el peligro de la concupiscencia de la razón, y el alma está expuesta ante peligros que provienen de ella misma (de su propia razón), sin excluir otro tipo de influencias procedentes de otros seres racionales o del demonio mismo.

Goza no obstante el alma, de la dulzura del Amado y sus potencias se ven altamente reforzadas. Pero no lo hace constantemente, sino del modo conveniente para ella en aras a que, permaneciendo en el ejercicio de las virtudes, alcance la plenitud de su ser sólo con lo cual, llegará a compartirse con Él.

Estrofas 13 al final (fase unitiva)

Llegado a ese punto, el alma, con su ser divinizado y plenificado por obra de Dios y por su correspondencia a la Gracia, participa de la Gracia creada de Nuestro Señor Jesucristo, y llega a compartirse con Él y en Él, a la comunión con Dios en el Amor, que no es sino una participación en plenitud del alma en la Vida divina.

 Como el hombre es un ser con una naturaleza dual, esta experiencia mística puede tener también unas manifestaciones en el orden físico, y realizarse de modo diferente en cada sujeto, por cuanto se trata de un acto libre del Amor de Dios, que tiene como correspondencia un acto también libre, del ser humano.