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SANACIÓN CREYENTE

Viene siendo habitual que comentemos posteriormente documentos de trabajo que nos hablan del Evangelio correspondiente a cada domingo. En esta ocasión, os incluyo uno que Xabier Pikaza ha colgado en su blog. A mi modo de ver es magnífico, pero me encantará conocer vuestras opiniones. Dice así:

Domingo 28. Tiempo ordinario. Ciclo C.

"Mientras va culminando su camino de ascenso hacia Jerusalén, el Jesús de Lucas expone cada vez con más fuerza la riqueza de la fe. El domingo anterior he comentado la palabra de fondo de Habacuc 2, 4: "El justo vive por la fe". Hoy quiero comentar la nueva palaba de Jesús que dice al enfermo "tu fe te ha curado". La fe es principio radical de sanación. La mayor enfermedad humana (mental y somática) es la falta de fe. El hombre que cree en el Reino de Dios, en el Dios del Reino de Jesús puede curarse, sea judío o samaritano. Gratuita es la curación, con agradecimiento debe respodner el curado. Éste es el tema clave: que la humanidad enferma pueda curarse.

Texto Lucas 17, 11-19

Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: "Jesús, maestro, ten compasión de nosotros."
Al verlos, les dijo: "Id a presentaros a los sacerdotes."
Y, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias.
Éste era un samaritano.
Jesús tomó la palabra y dijo: "¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?"
Y le dijo: "Levántate, vete; tu fe te ha salvado."

Primer acercamiento

No hace falta ser judío, no hace falta ser cristiano. Ante Jesús son todos iguales, judíos y samaritanos. La lepra no distingue religiones externas. Los leprosos judios y los samaritanos pueden andar juntos.

Pero una vez curados... los leprosos pueden distinguirse. Unos van a lo anterior (los judíos, con sus sacerdotes). Otros, como los samaritanos, pueden volver a dar gracias. Sólo éstos se han curado de verdad, sólo estos pueden empezar una vida nueva con Jesús.

Una reflexión más detallada.

Ahora podemos condensar en breves trazos el sentido de los milagros de Jesús , tal como han sido reasumidos y entendidos por la tradición cristiana. Nos hallamos en ese punto central, piedra angular, donde se juntan experiencia religiosa y compromiso de amor liberador sobre la tierra. Es el punto donde el reino de Dios se hace visible entre los hombres, como base de vida y fundamento de futuro.
Jesús mismo ha llegado hasta aquí: como profeta escatológico de Dios puede ofrecer los signos del reino sobre el mundo. Así los ha ofrecido. No pregunta si lo suyo es magia o religión:sabe que es amor y como amor lo ofrece;sabe que es poder de creación y como creador ayuda, en actitud de fe, a los pobres y enfermos de su entorno. Humanamente hablando, Jesús ha compartido la esperanza apocalíptica del tiempo: la manera de entender el gran combate entre Dios y su adversario, los signos y señales de Satán sobre la tierra (enfermedad, posesión). En ese mundo de dolor y enfermedad ha penetrado Jesús con "toda el alma", con la gran certeza de que llega el reino y de que el reino es libertad para los hombres que se encuentran cautivados.

De esa forma ha vinculado los dos rasgos de su obra:
su "mensaje apocalíptico", de culminación del mundo viejo, ha tomado cuerpo en las señales de vida que ha ofrecido a los enfermos y posesos;
por otra parte, esas "señales" aparecen así como anticipo (anuncio) de aquella libertad total de Dios que ya se acerca.
De esa forma, Jesús no ha pretendido ir resolviendo los problemas de los hombres uno por uno. Ha hecho algo más hondo, más definitivo:dentro de esos mismos problemas que son la expresión del mundo viejo, como iniciador de un camino de Dios, Jesús ha introducido unas señales de esperanza: los signos de su reino.

No es magia, es fe que cura

Planteamos de esa forma la verdad más paradógica de todo el evangelio. Parece que la magia antigua quiere triunfar de una manera externa sobre el mal del mundo. Por eso apela a los poderes exteriores: pide que ellos vengan y que actúen, como liberando al hombre de su propia responsabilidad, de eso que pudiéramos llamar el peso de su acción y sacrificio.
En contra de eso, Jesús actúa como un hombre de fe. Por eso no resuelve los problemas de los hombres ofreciéndoles un tipo de ayuda desde fuera. No les lleva a la evasión o al olvido de la tierra sino todo lo contrario: en el centro de la misma enfermedad Jesús suscita un gesto de fe en aquellos que le acogen y le escuchan. Así actúa como promotor de vida en medio de la muerte, como signo de esperanza en medio de una sociedad que parece condenada a la desesperanza. Tres son los elementos que actúan en sus curaciones:

a) Jesús actúa como mediador de fe: dialoga con el enfermo (o poseso); penetra en el lugar de su dolor, en la raiz de su misma enfermedad o su locura. Actúa en gesto de iluminación psicológica, de donación de amor, de entrega radical. Precisamente allí donde parece que la vida se encuentra condenada y fracasada ha penetrado Jesús con su fuerza de amor gratuito y transformante.

b) Jesús pone a los enfermos ante el poder de Dios que definimos con todo el evangelio como "reino". De ese Dios hemos hablado ya en el capítulo anterior, presentándole como gratuidad al servicio de los pobres y pequeños, como amor creador que triunfa de la muerte. A modo de mensajero de ese reino actúa Jesús, haciendo que cada enfermo pueda colocar su vida (enfermedad, esperanza) en manos de Dios.

c) Por eso el milagro se realiza como fe. Así lo indica la tradición evangélica recordando una y otra vez las palabras de Jesús que dice a los enfermos "si crees puedes curarte" o "tú fe te ha curado". Fe es ponerse en manos de la gracia de Dios, en manos de su fuerza creadora. La fe es el gesto por el cual, superando lo que somos, nos ponemos en brazos de aquel que nos hace vivir, de aquel que nos capacita par esperar. Al llegar a este nivel puede realizarse y se realiza muchas veces el milagro.

Milagro no es por tanto algo que puede hacerse por la fuerza; si se hace por la fuerza no es milagro. Tampoco es milagro si se logra demostrar por métodos científicos. Por eso, frente a la magia que quiere expresarse como dominio del hombre sobre las fuerzas superiores (divinas) de la realidad, el auténtico milagro de Jesús viene a expresarse como signo de fe, como expresión de gracia.

De esa forma se vinculan, en unión gratificante y creadora, los tres agentes indicados: el hombres que escucha la palabra de Jesús y se confía en manos del Dios de la vida. Por eso se puede decir que cura Dios (poder del reino); y se puede añadir que los milagros son gestos de Jesús, que es portador del reino; pero, al mismo tiempo, se puede y debe añadir que los milagros son gestos de fe del mismo enfermo que supera su antigua situación y pone su vida en manos del misterio de la gracia.

El milagro es la fe que actúa

Es el gesto y consecuencia de aquella confianza radical que, en medio de este mundo malo, pone a los hombres ante el resplandor de Dios. La máxima actuación del hombre consiste en dejar que Dios actúa, dejándose en los brazos de su reino. Por eso el milagro no se puede programar ni demostrar; no se puede convertir después en acción de compraventa, en mercado de favores religiosos. Allí donde comienza el mercado termina el milagro. Donde se programa la feria de prodigios se apagan los auténticos prodigios, en la línea de la gracia de Jesús.

Milagro es la misma vida de la gracia, es la gratuidad de los samaritanos: el gesto de amor de Dios que irrumpe, por medio de Jesús en la existencia de los hombres, el gesto de amor de los samaritanos que responden dando gracias. Por eso, toda la vida del creyente empieza a ser milagro: signo de gratuidad, canto de vida, principio de libertad.

Por los prodigios de la magia el hombre puede quedar fijado en lo exterior, en manos de poderes que le manipulan. Esto es lo que intentan siempre los grandes "buscadores" de prodigios, los que van al adivino y hechicero, al echador de cartas o al pronosticador de futuro: tienen miedo de su propia libertad; quieren que otro les resuelva los problemas desde fuera.
En contra de eso, el milagro de Jesús es principio de libertad. Me libera Dios para que pueda hacerme responsable de mí mismo, para que asuma las riendas de mis propia vida. Son muchos los, que de un modo o de otro, quieren vivir esclavizados, en manos de poderes exteriores. Quizá se refugian en la misma enfermedad, porque tienen miedo de sí mismos; les cuesta asumir una responsabilidad, enfrentarse con los grandes problemas de la vida. Pues bien, el milagro de Jesús (sobre todo en lo que toca a los exorcismos) nos lleva siempre al lugar de la libertad, al lugar donde cada uno puede y debe hacerse responsable de su propia vida.

Milagro, una fe que se hace amor

No cura Jesús para resolver los problemas de los hombres; cura para ayudarles a ser humanos, para hacerles capaces de asumir su responsabilidad en un camino de existencia abierto hacia la entrega de amor y hacia la muerte. Dos son, en esta línea, los componentes fundamentales de todo milagro de Jesús:

a) El milagro es gesto de amor: Jesús mira a los hombres y tiene compasión, pues los encuentra encorvados, aplastados en la tierra. Por eso, como mensajero de la gratuidad de Dios quiere ayudarles, ofreciéndoles la mano, dándoles su cariño, haciéndoles capaces de asumir su propia vida.

b) Al mismo tiempo, los milagros son invitación a la libertad: Jesús quiere que los curados, liberados de la enfermedad, los que superan el abismo de su locura o de la lepra, puedan hacerse responsables de su vida. En fórmula paradógica, podríamos decir que Jesús cura a los hombres para hacerles capaces de asumir en libertad su propia muerte como gesto de entrega por los otros. Los samaritanos curados tienen que iniciar ahora una nueva travesía de libertad, por encima de los ritos anteriores (a los que vuelven los judíos, que no han entendido a Jesús, a pesar de cumplir externamente la palabra de Jesús (ir donde los sacerdotes)

Jesús, sanador

Jesús ha curado a muchos enfermos, viniendo a presentarse como profeta poderoso en obras y palabras", pero luego es "impotente" en el Calvario. Por eso le acusan los contrarios diciendo que es un mago fracasado. Al obrar de esta manera desconocen su mensaje más profundo, el sentido de su fidelidad en el amor.

El auténtico milagro consiste en aprender a amar, pudiendo así entregarse hasta la muerte. Un hombre inmortal no podría amar nunca del todo, ni podría dar su vida por el otro, como han destacado algunas de las versiones modernas del "superman": un héroe inmortal, que realiza series de prodigios exteriores, viene a estar al fin como cautivo de su propia "grandeza". No puede enamorarse de verdad: no puede dar su vida por los otros. El milagro de Jesús consiste en que se hace humano hasta el final y así actualiza el don total de reino en forma de entrega humana. El milagro de Jesús consiste en que ha vivido el amor de una manera total, hasta la misma frontera de la muerte.
Jesús ama dando su propia vida; hace milagros comprometiéndose al hacerlos. De esa forma, su amor a los necesitados no es un tipo de juego superficial, algo que resbala por su entraña. No es mago que actúa mirando las cosas desde fuera, como un visitador que permanece siempre alejado de los verdaderos problemas de los hombres. Es todo lo contrario: en cada gesto de amor, en cada uno de los milagros, Jesús entrega su propia vida y de esa forma va "muriendo".

Significativamente, a Jesús le han condenado a muerte porque ha hecho milagros en favor de la libertad de los más pobres del pueblo, como mostraremos en el capítulo final de este libro. Le condenan porque sus milagros desestabilizan el orden social que había forjado Israel. Jesús no cura a unos pocos. . . , poniendo sus curaciones al servicio del sistema, como sucede en Epidauro o en los sitios donde actúan los exorcistas judíos. Jesús cura ofreciendo a los curados y a todos los pobres de la tierra un ideal nuevo de vida liberada, de amor hasta la muerte. Cura mostrando con sus curaciones la llegada de un nuevo orden de gracia donde todos los hombres son hermanos, todos libres, todos responsables de su propia vida.

De esta forma, los milagros de Jesús se convierten en principio de ruptura dentro de aquella sociedad establecida en la que había sitio para cojos, mancos, ciegos y posesos. . . pero dentro un sistema sacral que justifica el orden existente. Pues bien, Jesús ha roto ese sistema. Ha curado a los enfermos y a los locos para abrir su corazón y su existencia hacia una forma de existencia liberada, de plena gratuidad. Por eso le persiguen como peligroso, por eso le acusan de "poseso" y le acaban condenando como a un hombre que destruye el orden de la ley israelita.
He dicho que las curaciones de Jesús, siendo gesto de amor a los pequeños son, al mismo tiempo, una expresión de libertad. Jesús quiere liberar a los pobres y enfermos, haciéndoles capaces de vivir en gratuidad, en apertura al reino, haciéndoles capaces de gozar y de morir por ese reino. Por eso, cuando le entregan a la muerte y le clavan en cruz, Jesús sigue fiel a su ideal de reino y se mantiene (sufre) en la cruz precisamente por amor al reino. Ha confiado en Dios y esa confianza ha sido base de todos sus milagros; en Dios sigue confiando desde el mismo abismo de la muerte.

El valor de los milagros de Jesús viene a condensarse, de esta forma, en el fin de su vida: acepta la muerte porque cree en el Dios de sus milagros, porque sigue confiando en la vida del amor desde el abismo del odio y de la muerte. Está en juego lo que ha sido su camino. Si fracasa ahora su gesto acaba todo: Jesús no habría sido más que un simple mago fracasado; si Dios responde es que Jesús ha sido profeta verdadero, aquel supermago del amor que hace posible que la vida se convierte en gracia y esperanza desde el mismo abismo de la muerte de este mundo."

Realmente, no creo que se pueda ser más realista. ¿Vosotros si?...

ESTA VEZ EL COMENTARIO NO ES MÍO

Es de un viejo conocido de todos nosotros, y dice así:

Publicamos el comentario del padre Raniero Cantalamessa OFMcap, predicador de la Casa Pontificia, al ensayo difundido por el periodista anglo-estadounidense Christopher Hitchens bajo el título «Dios no es grande – La religión envenena todo».

* * *

P. Raniero Cantalamessa

CHRISTOPHER HITCHENS Y EL FINAL DE LA EVOLUCIÓN


Hace tiempo un anónimo benefactor se preocupó de hacerme llegar como regalo, de parte del editor, el ensayo del conocido periodista anglo-estadounidense Christopher Hitchens titulado «Dios no es grande»; el subtítulo es: « La religión envenena todo» («God is not great. How religion poisons everything», Nueva York 2007). Pienso que no lo hizo con afán polémico, sino con el deseo de ayudarme a salir del engaño en el que, en su opinión, me encuentro como creyente y como comentarista del Evangelio en televisión.

Quiero decir enseguida que estoy agradecido a este desconocido amigo. Muchos reproches que Hitchens dirige a los creyentes de todas las religiones (el islam no recibe en el libro un trato mejor que el cristianismo, cosa que revela una buena dosis de valor por parte del autor) son fundados y hay que tomarlos en consideración para no repetir los mismos errores del pasado. El Concilio Vaticano II afirma que la fe cristiana puede y debe sacar provecho también de las críticas de quienes la combaten, y éste es ciertamente uno de los casos.

Pero Hitchens mete todo en el mismo saco. Dice atenerse al criterio evangélico de juzgar el árbol por sus frutos, pero del árbol de la religión él considera sólo los frutos podridos, nunca los frutos buenos. Los santos, los genios y los benefactores dados a la humanidad por la fe, o alimentados de ella, no cuentan nada. Con los mismos criterios, esto es, considerando sólo el lado oscuro de una institución, se podría escribir un libro negro de todas las grandes realidades humanas: de la familia, de la medicina (recuérdese para qué servía la medicina en Auschwitz), del psicoanálisis (¡de él se ha escrito recientemente, de hecho, un «libro negro»!), del propio periodismo que ejerce el autor (¡cuántas veces ha estado, y está, a servicio de los tiranos y de los intereses de grupos de poder!).

De su crítica no se salva nadie. ¿Francisco de Asís? ¡«Un mamífero que creía hablar a los pájaros»! ¿La Madre Teresa de Calcuta? «Una ambiciosa monja albanesa», hecha famosa por el libro «Algo bello para Dios», escrito sobre ella por Malcom Muggeridge. En otras palabras, ¡un producto como tantos otros de la era mediática!

Pascal concluye el relato de su descubrimiento del Dios vivo con las palabras: «Alegría, alegría, lágrimas de alegría», y C. S. Lewis describe su conversión como haber sido «sorprendido por la alegría»; pero para Hitchens «hay algo sombrío e incongruente» en estos dos autores, una fundamental ausencia de felicidad como en todos los creyentes («¿Por qué una creencia así no hace felices a sus seguidores?»).

Dostoiewski fue uno de los principales testigos de cargo de la religión, pero de él se toman en consideración mucho más los argumentos puestos en boca del rebelde y del ateo Iván que los del devoto Aliocha, el cual, como se sabe, refleja bastante más de cerca el pensamiento del escritor.

Tertuliano se convierte en un «padre de la Iglesia» de manera que su «credo quia absurdum», «creo porque es absurdo», pueda presentarse como el pensamiento de todo el cristianismo, mientras se sabe que, cuando escribe tales palabras (interpretadas, aparte de todo, fuera del propio contexto y de modo inexacto), Tertuliano está considerado por la Iglesia como un hereje. Extraña, además, esta crítica a Tertuliano, porque si existe un apologeta al que Hitchens se parezca espectacularmente, en la cara opuesta, es precisamente este africano: la misma capacidad dialéctica, la misma voluntad de triunfar del adversario, sepultándolo bajo una masa de argumentos aparentemente, pero sólo aparentemente, indiscutibles: la cantidad sustituyendo a la calidad de los argumentos.

Un recensor inglés ha comparado al autor del libro con un desafiante púgil que en el gimnasio lanza puñetazos furiosos contra un saco de arena inerte, ignorando que el verdadero campeón que hay que abatir está en otro sitio. Él no derriba la verdadera fe, sino su caricatura. A mi la lectura del libro me ha traído a la memoria el deporte de tiro al plato: se lanzan al aire blancos artificialmente confeccionados que el tirador, sin esfuerzo, hace añicos con disparos precisos.

Hitchens combate los distintos integrismos religiosos con otro de signo opuesto. «El de Hitchens –observaba Renzo Guolo en "La Repubblica"— se asemeja al manifiesto militante de un mundo que parece polarizado entre los inquietantes partidarios del fundamentalismo, con sus locos proyectos de nuevos, totalitarios, estados éticos, y los proclives a un neosecularismo integral que minusvalora la búsqueda de sentido de muchos en el tiempo del final de las "grandes narraciones"».

Hitchens da prueba de integrismo también en otro sentido. Aún con intenciones opuestas, él lee las Escrituras exactamente como lo hacen ciertos representantes del fundamentalismo bíblico de corte evangélico americano, esto es, a la letra, sin esfuerzo alguno de contextualización y de hermenéutica histórica. Esto le permite hablar de «la pesadilla del Antiguo Testamento».

Pero Christopher Hitchens es una persona inteligente. Ha previsto que la religión sobrevivirá también a su ataque, como ha sobrevivido a muchísimos otros que le han precedido, y se ha preocupado de dar una explicación a este embarazoso hecho: «La fe religiosa --escribe-- es inextirpable porque somos criaturas en evolución. No se extinguirá nunca, o al menos, no se extinguirá mientras no venzamos el miedo a la muerte, a lo oscuro, a lo desconocido y a los demás». La religión no es más que un estadio intermedio provisional, ligado a la situación del hombre que es un «ser en evolución».

De esta forma el autor se atribuye tácitamente el papel de quien ha roto tal barrera, anticipando solitariamente el final de la evolución e, igual que el Zaratustra nietzschiano, vuelve a la tierra para iluminar sobre las realidades de las cosas a los pobres mortales.

Repito: no se puede dejar de admirar la extraordinaria cultura del autor y la pertinencia de ciertas críticas suyas. Lástima que haya preferido vencer clamorosamente, renunciando así a convencer, incluso cuando podría haberlo hecho en provecho de la sociedad y de la propia religión."

Personalmente a mí este señor me dice mucho, ¿y a vosotros?...

 

MOMENTOS DE VIDA

Comentaremos en esta ocasión un texto de THICH NAHT HANN que nos remite nuestra amiga Begoñi relacionándolo con el artículo "LA ESPERANZA DE UNA ESPERA" y que dice así:

"La vida no está disponible sino en el aquí y en el ahora. El pasado se fue y el futuro no ha venido aún. Sólo hay un momento para mí que vivir: es el momento presente. La primera cosa que debo hacer es regresar al momento presente y, haciendo esto, toco profundamente la vida. Mi inspiración es la vida, mi espiración es la vida, el paso que doy es la vida, el aire que respiro es la vida y puedo tocar el cielo azul. Puedo tocar la vegetación. Puedo escuchar el canto de los pájaros, puedo escuchar a otro ser humano.

Si somos capaces de quedarnos en el momento presente, somos capaces de tocar las maravillas de la vida que están allí, disponibles. Muchos de entre nosotros pensamos que la alegría no es posible por el momento. Muchos de entre nosotros pensamos que hace falta todavía algunas condiciones suplementarias para poder ser felices. Es por eso que somos aspirados por el futuro. No somos capaces de estar aquí en el momento presente y es por lo que pisoteamos sobre muchas de las maravillas de la vida. Si continuáis corriendo, entonces no podéis entrar en contacto con estas maravillas que os curan, os transforman y os aportan la alegría."

"Durante el tiempo de la posición sentada, de caminar, de comer o de trabajar al exterior, cultivamos siempre nuestra libertad, pues la libertad es aquello que practicamos todos los días. Para mí, no hay alegría sin libertad y la libertad no nos es dada por nadie. Debemos cultivarla nosotros mismos. Compartiré con vosotros cómo aprender a tener más libertad por vosotros mismos. Independientemente de cómo o de dónde estéis, si tenéis esta libertad seréis felices. "

Sin tener conocimiento de la trayectoria vital de este autor, no cabe duda de que el texto nos remite a unos conceptos que, siendo significativos para él,  circunscribe a un momento puntual de la vida, y yo me temo no estar de acuerdo con él, puesto que considero que el origen o la causa de esas vivencias que él considera puntuales, pervive por sí mismo.

No vivimos momentos presentes ni aislados. Vivimos el presente, porque hemos vivido el pasado, y como preparación de lo que viviremos en el porvenir, siempre que la Vida habite en nosotros.

Esta Vida que habita en nosotros y que nosotros vivimos, como decíamos en un artículo anterior al considerar la virtud de la esperanza, no se hace sino que hace; no se produce, sino que produce; aunque los une, es algo más que la suma de sus componentes, no es otra cosa que la participación de las criaturas (en el modo conveniente a cada una de las naturalezas) de una vida que sólo proviene de Dios. La evolución de nuestra vida (decíamos también), supone la Vida: una Vida que está ya y cuyas manifestaciones observamos.

Puesto que nuestro modo de conocimiento es puntual, mediato y acumulativo, el conocimiento de esta realidad se relaciona con nuestras vivencias, pero la realidad de esta Vida nos trasciende, independientemente del modo que tengamos de concebirla. No está por tanto circunscrita a nosotros, ni somos libres en un momento dado, sino en cada momento por cuanto la libertad forma parte de nuestra condición.

Digámoslo o no, siempre caemos en la tentación de creer que el hombre (el ser humano mejor), es la medida de todas las cosas. Que el tiempo es, que los otros son, que sus criterios son o deberían ser tal y como nosotros lo consideramos. Que todo es según el color de nuestro cristal, pero esto no es así.

La auténtica libertad no es arbitraria, sino la capacidad de autodeterminarnos que tenemos conforme a fines a lo largo de toda nuestra vida, siendo que entre todos los fines que el ser humano se marca, existe uno que prioriza toda nuestra actuación y que todos perseguimos al que denominamos fin último, que no es otra cosa que el concepto que cada uno tenga de su propia felicidad.

Como los cristianos sabemos y todos los seres racionales intuyen que nuestro fin último es llegar a compartirnos con el Amor, resulta que sabemos también que sólo la auténtica libertad es la que nos conduce a ello.

Es ella la que nos permite ordenar nuestros actos hasta llegar a alcanzar nuestra meta, pero no sólo en el momento presente, sino a lo largo de toda nuestra vida.

Si me permitís una licencia poética, os diré que cuando la ejercemos correctamente, cuando el ejercicio de nuestra libertad está ordenado a la consecución de ese fin último del que hablábamos antes, con ella efectivamente nos llega el gozo: un gozo que anticipa el gozo de los ciudadanos del cielo.

¡Fijaos si es intemporal y no momentánea la dicha a la que estamos llamados!..

VELAD Y ESTAD PREPARADOS

Después de haber instruido a los discípulos en el correcto uso de las cosas, Jesús les exhorta sobre el correcto uso del tiempo. El P. Cantalamessa, comentando los textos correspondientes al domingo XIX del tiempo ordinario del ciclo C, dice así:

 "Desearía proseguir en la línea de Jesús y añadir también yo una imagen y una parábola. Se trata del Himno de la perla que se remonta a la literatura de Oriente Medio del siglo I o II d.C. y que se nos ha transmitido por el apócrifo Hechos de Tomás.

Trata de un joven príncipe enviado por su padre de Oriente (Mesopotamia) a Egipto para recuperar una determinada perla que ha caído en manos de un cruel dragón que la custodia en su cueva. Llegado al lugar, el joven se deja descaminar; se sacia de un alimento se le habían preparado con engaño los habitantes del sitio y que le hace caer en un profundo e inacabable sueño. El padre, alarmado por el prolongamiento de la espera y por el silencio, envía, como mensajera, un águila que lleva una carta escrita de su puño y letra. Cuando el águila sobrevuela al joven, la carta del padre se transforma en un grito que dice: «¡Despiértate, acuérdate de quién eres, recuerda qué has ido a hacer a Egipto y adónde debes regresar!». El príncipe se despierta, recupera el conocimiento, lucha y vence al dragón y, con la perla reconquistada, vuelve al reino donde se ha preparado para él un gran banquete.

El significado religioso de la parábola es transparente. El joven príncipe es el hombre enviado de Oriente a Egipto, esto es, por Dios al mundo; la perla preciosa es su alma inmortal prisionera del pecado. Él se deja engañar por los placeres del mundo y se hunde en un tipo de letargo, o sea, en el olvido de sí, de Dios, de su destino eterno, de todo. Le despierta, en este caos, no el beso de un príncipe o de una princesa, sino el grito de un mensajero celestial. 

Para los cristianos este mensajero enviado por el Padre es Cristo, que grita al hombre que se despierte, que esté alerta, que recuerde para qué está en el mundo. La exhortación: «¡Estad preparados!» no es una invitación a pensar en cada momento en la muerte, a pasar la vida como quien está en la puerta de casa con la maleta en la mano esperando el autobús. Significa más bien «estar en regla». Para el propietario de un restaurante o para un comerciante estar preparado no quiere decir vivir y trabajar en permanente estado de ansiedad, como si de un momento a otro pudiera haber una inspección. Significa no tener necesidad de preocuparse del tema porque normalmente se tienen los registros en regla y no se practican por principio fraudes alimentarios.

Lo mismo en el plano espiritual. Estar preparados significa vivir de manera que no hay que preocuparse por la muerte. La receta para disfrutar de esta tranquilidad es vivir en gracia de Dios y sin pendencias graves con Dios o con los hermanos."

 Me parece una reflexión muy acertada y, como me sucede con el P. Gorrotxategi, os recomendaría su lectura previamente a la audición del Evangelio de la Eucaristía de hoy.



LA ESPERANZA DE UNA ESPERA

LA ESPERANZA DE UNA ESPERA

Puesto que dicen que una imagen vale más que mil palabras, me van a permitir hoy presentarles una que se me antoja perfectamente comprensiva de aquello que no es la esperanza. Su autor es un tal Fidel.

Se trata de una reflexión sobre la locura y/o la cordura (Ez-eroa se llama), a través de la que se plantea el autor hasta qué punto el hecho de esperar algo (itxaron) equivale o es lo mismo que el hecho de tener esperanza (itxaropena).

Esta imagen ha permanecido largo tiempo en mi ordenador como salva-pantallas, y sé por qué me impresionó vivamente. Digamos que en demasiadas ocasiones, me he sentido identificada con aquel ser humano que, sentado en el suelo, esperaba.

Aquel ser humano me interpelaba. No mostraba ninguna actividad. Permanecía en un recinto del que, pese a tener las puertas abiertas, no mostraba actitud alguna de evadirse. Simplemente esperaba a que le dieran su pan (ogia).

 

Acostumbrado a su rutina y pese a tener frente a sí las puertas abiertas hacia la luz de su libertad, este ser humano esperaba algo, pero ese algo sólo era pan. Su falta de horizonte, su pasividad: ésas eran sus verdaderas cadenas.

¿Cuántas veces no nos pasa eso?. ¿Cuántas veces no nos conformamos con que nos den un mendrugo de pan?...

El mendrugo puede tener distintas formulaciones, pero una misma es la idea: Nos conformamos con tener; nos conformamos con haber tenido, pero siempre algo.

Ahí termina nuestro recorrido, sin darnos cuenta de que lo importante no es tener algo, sino aquello que hemos hecho o que podemos hacer para poder conseguirlo.

Son nuestras obras las que nos transforman. Son sus efectos los que nos llevan a avanzar en un determinado sentido.

Es caminando hacia la luz como la alcanzaremos. Si lo permitimos, es esa Luz la que nos guiará. Es caminando hacia Ella como seremos auténticamente libres, porque es en Ella precisamente donde reside la auténtica libertad.

Es ésa la raíz de la auténtica esperanza, y es el tender hacia Ella lo que nos convierte en seres esperanzados.

Ante ella, el tener material se desvanece porque no es en él en lo que Ella está basada. Si miramos a nuestro interior, podemos darnos cuenta de que el tener material es en demasiadas ocasiones nuestra auténtica cárcel.

Sólo levantando nuestros ojos hacia la Luz podemos ampliar nuestro horizonte. Sólo así sabremos hacia dónde dirigirnos. Caminemos, pues hacia la Luz.

EL VALOR DE LOS AMORES FAMILIARES

Publica la Editorial BIBLIOTECA INSTITUTO DE CIENCIAS PARA LA FAMILIA, un texto de Dn. Pedro-Juan Viladrich denominado EL VALOR DE LOS AMORES FAMILIARES del que, aparte de poder decirse que se trata de un libro inteligente y bien estructurado, nos sirve en esta ocasión para reflexionar sobre la identidad de lo que los seres humanos somos y hasta qué punto lo somos verdaderamente, en nuestras relaciones en comunidad.

 Comienza el Sr. Viladrich desde una consideración de valor como de la de “algo que es bueno, que por serlo es valioso, y por valer provoca aprecio y estima y deseo de tenerlo”, para pasar desde allí a analizar la razón de bondad de algunos valores a los que, por tener como origen la familia puesto que desde ella se difunden al resto de los escenarios compartidos y por considerarlos propios y específicos de ella, pasa a denominar valores familiares 

Así, y en base a que un valor es una bondad de verdad, es decir, un bien objetivo cuya razón de integridad, de verdad, de bondad y de belleza no la creamos nosotros puesto que la causa de su unidad, de su bondad, de su valía y aprecio no le vienen de fuera sino de dentro de la propia cosa, mantiene el Sr. Viladrich que “la bondad de un valor no depende de nuestro criterio, sino que está implícita en su propio ser con total soberanía e independencia”  

Esto es así porque todos los entes (es decir, todos los seres que son) en la medida que son como deben, lo son auténticamente (es decir, son verdaderos), y manifiestan en ellos la razón de unidad, de bondad, de verdad y de belleza que cada uno guarda en relación a todo lo creado. (Es notable la utilización que el Sr. Viladrich hace de los denominados Trascendentales Metafísicos).

 

 Pues bien. Mantiene el Sr. Viladrich, que la familia encierra muchas de esas bondades auténticas y de profunda verdad, pero que para que dichas verdaderas bondades puedan ser compartidas, es necesario en primer lugar conocerlas, siendo que en ningún caso podríamos asimilarlas en soledad.  

Por ello (nos dice) “es necesario comprender una dosis nuclear, un punto suficiente y verdadero de lo que son los valores de la familia para poder vivirlos dentro de ella” puesto que es precisamente dentro de cada una de nuestras familias, donde esos valores se enseñan y comparten de generación en generación.

Así, nos dice el Sr. Viladrich, insertos en nuestras familias, “nuestras relaciones familiares, entrelazándose, son aquello con lo que se compone nuestra singular e irrepetible identidad personal”, y puesto que esto es así,

o       puesto que la identidad en familia es una co-identidad, y puesto también que somos lo que somos en el seno de una relación de unión “vivida en comunión”,

o       podemos deducir que la unión es el principal bien de la familia, y la desunión y desintegración su principal mal. 

Es pues la de la familia una relación de unión en comunión, en la que la donación de la intimidad individual se realiza, y a través de la que los valores familiares se comparten “como algo a lo que se tiene derecho”, y “como algo debido en justicia” además.

 

Es ésta la segunda línea argumental que el Sr. Viladrich utiliza (la primera sería la metafísica de la que hemos hablado) en base la que pormenoriza y analiza las distintas relaciones que se establecen por el hecho de compartirse y en función de las distintas identidades individuales entre los diferentes miembros de una familia.

 

Pero vamos a quedarnos ahora con la idea de que como en la familia, también en la sociedad somos lo que somos en el seno de una relación de unión vivida en comunión.

 En esa relación, como en todas las relaciones, hay dos extremos (el origen y el término de la misma) y una razón:

o       una razón exterior a los mismos

o       que la justifica,

o       cuyos valores se comparten,

o       y en cuya transmisión encontramos la causa última de tal relación.

 

Dentro de esta relación co-existimos compartiendo una razón,

o       y es en la medida en que la compartimos como llegamos a ser mediante los efectos de nuestros actos de una u otra forma

o       y como llegamos a constituir, también de uno u otro modo, una sociedad.

 

Pero como es la razón de bondad de aquello que valoramos e incorporamos a nuestra existencia lo que nos hace evolucionar y lo que determina en último término nuestra conducta, tanto individual como colectivamente cabe hacer sobre ello una valoración moral.

 

Porque efectivamente la bondad de un valor no depende como diría el Sr. Viladrich de nuestro criterio,

  • lo que estimamos valioso para serlo, ha de tener en sí una razón de bondad, o dicho de otro modo, de conveniencia para el bien de cuantos lo comparten.
  Es así que lo que ahora vamos a denominar valores sociales se comparten, también como algo “a lo que cada uno tiene derecho” y algo “que a los otros es debido en justicia” en una sociedad,

o       y es en la medida en que esto se haga convenientemente,

o       como esa sociedad evoluciona conforme a los designios para la que fue creada, alcanzando a lo largo de la historia determinadas cotas de bondad y de autorrealización.

   Pero como unos u otros valores se transmiten y comparten en cada época y de generación en generación, hemos de ser conscientes de la importancia de su selección, y considerar el papel fundamental de la familia como crisol de una escala de valores de la que sus miembros participan y que comparten en comunidad, por cuanto que la familia es la célula de la sociedad.

 

 

LA FRATERNIDAD EN EL REINO DE DIOS

¡Mirad qué cosa tan bonita he tenido ocasión de leer del P. Karmelo Gorrotxategi, S.J.!

Dice así:

 La experiencia del seguimiento (Mc. 10, 28-31) 

"Pedro pregunta por la recompensa, lo que indica que su seguimiento no ha sido puro ni desinteresado. El objeto de la renuncia deben ser Él y el Evangelio: la persona de Jesús y su mensaje. 

La frase “recibirá el cien por uno” es una fórmula conocida en la época de Jesús, aplicada a aquellos que dejaban determinadas cosas por la Ley. 

Ese recibirá aquí significa una experiencia incomparablemente mayor que la dejada; se trata de una experiencia que hay que redimensionar desde los valores del Reino. 

En la fraternidad de Jesús se compartirán numerosos hermanos y hermanas y madres; en la fe, la renuncia se convertirá en plenitud. 

La fraternidad de Jesús no será un grupo de hambrientos, sino una comunidad en que los bienes estarán al servicio de los otros y de los pobres. Se trata de una vida humana digna, desde el único lugar que se pueden compartir las cosas con los pobres. 

Jesús no revelará el modo; en cada caso, el grupo lo determinará, pero todo debe ser compartido. Abundará la fraternidad. Estará ausente la idea de dominar (patriarcalismo) representado por el padre en la sociedad hebrea.

El Padre Dios preside desde su amor de Abbá (ternura) todo el espacio de la comunidad. 

El esposo, la esposa, ambos han de compartir el mismo proyecto, por eso el seguimiento de Jesús tendrán que vivirlo en común. Nadie puede entrar en esa intimidad; constituyen una única realidad. 

Muchos primeros serán los últimos y los últimos los primeros en el Reino. Los últimos, los servidores de todos serán los primeros.

Cabe preguntarnos ¿cómo es mi espíritu de servicio?..."

Estas introducciones (que realiza previamente al "yo confieso"), constituyen la ocasión para una mayor comprensión del Evangelio en las Eucaristías que a diario preside.

Le felicito

CÁNTICO ESPIRITUAL

 De todas las composiciones poéticas de San Juan, El Cántico Espiritual es la más extensa. Su destinataria es la Madre Ana de Jesús, priora de las Descalzas de San José de Granada,  a quien San Juan remite en 1584 y a petición de ella misma, un manuscrito en el que “se tocan y declaran algunos puntos y efectos de oración”

Ya en el prólogo del Cántico Espiritual, San Juan nos advierte de que nadie puede escribir “cuando el Espíritu del Señor morando en nosotros pide, lo que nosotros no podemos bien entender ni comprender para lo manifestar” lo que “a las almas amorosas donde Él mora hace entender, sentir o desear” Ésta es la causa por la que con figuras, comparaciones y semejanzas, trata de transmitirnos aquellos “secretos misterios” que “de la abundancia del Espíritu vienen”, y que “con razones lo declaran”...

Para la lectura e interpretación subjetiva del lenguaje simbólico que San Juan utiliza, él mismo nos da una norma exegética elemental: “ha de ser leído con la sencillez de espíritu de amor e inteligencia que el mismo lenguaje lleva”, por cuanto este mensaje, “compuesto en amor de abundante inteligencia mística”, “no ha menester distintamente entenderse para hacer efecto de amor y afición en el alma”

El texto va describiendo la trayectoria que describe un alma desde que comienza a servir a Dios, hasta que alcanza el estado de perfección que es el matrimonio espiritual. En las canciones se tocan los tres grados o vías de ejercicio espiritual por las que pasa el alma hasta llegar a dicho estado, que son la purgativa, la iluminativa y la unitiva.

Comentario

San Juan nos dice que Dios nunca falta al alma: que el alma siempre está en presencia de Dios. Sin embargo, nos dice también que nuestro Dios es un Dios escondido, y nos habla de una triple presencia de Dios en el alma relacionada con tres niveles de consciencia.

Para San Juan, la vida del alma humana evoluciona tendiendo siempre a la posesión del Amado (de Dios, en el Hijo), y pasa por un proceso a través del cual el alma va desprendiéndose del “hombre viejo” siendo que, en la medida en que lo hace, aumenta en ella la presencia de Dios.

Se trata pues, de un abandono del alma en Dios. De un vaciamiento de las experiencias sensibles y racionales del hombre, puestas todas ellas en el alma en una disposición de apertura a Dios para que Dios se enseñoree en ellas.

Esto pasa por un imperar de la razón humana sobre las tendencias sensibles (corporales y espirituales), de modo que los distintos estímulos no sean capaces de distraer su atención de su objetivo: la comunicación con Dios en el Amor.

Claro que el hombre necesita conocer para amar, y el conocimiento de Dios y la comunicación con Él no le convienen al hombre por naturaleza, sino que se le alcanzan a través de la Gracia.

La Gracia es una comunicación que Dios nos hace de Sí mismo, y que opera en el hombre una transformación que le hace capaz de participar en la persona del Hijo, de la naturaleza divina.

Merced a la Gracia, y en la medida en que el hombre participa de ella, está éste en condiciones de alcanzar (mediada su libertad), un cierto grado de perfección en el conocimiento de la ciencia divina (la fe) que le permite actuar de un modo “deiforme” (gracias a la esperanza), llegando a participar en esa medida de la comunicación con Dios en el  Amor (la caridad)

San Juan nos habla de los tres estadios por los que está llamada a pasar el alma en esta vida para llegar a alcanzar la comunión con Dios, en la Persona del Hijo, en el Amor.

 Se trata de un proceso a través del cual el alma acoge y reacciona ante las mociones del Espíritu Santo quien previene y actúa sobre ella potenciando su capacidad humana de comprensión 

Estrofas 1-4 (vía purgativa):

En un primer estadio, el alma toma conciencia de su propia realidad y de la realidad de todas las criaturas. Siente en ella una llamada a la eternidad en plenitud, pero es consciente de que esta Realidad no es ella misma, por lo que comienza a buscarla con un fuerte instinto, pero lo hace fuera de sí.

En nuestro texto el alma, enamorada del Verbo, clama primero al Padre para que le muestre su esencia, por cuanto que intuye que es ahí  donde se encuentra escondido su Amado (en el seno del Padre) y el alma desea unirse esencialmente a Él.

Pero San Juan nos dice Dios está presente en el interior del alma humana, y que es ahí donde debe buscarle con amor el buen contemplativo, y desde donde debe orar al Padre para que Dios se le manifieste y comunique con ella.

Mientras tanto, todas las criaturas dan al alma noticias de Dios, pero el alma ha de buscar a Dios como si estos rastros de Dios existieran, pero no fueran.

Estrofas 5 a 12 (vía iluminativa)

Despegándose de toda querencia y siguiendo las cada vez mayores mociones del Espíritu Santo, el alma llega a un estadio al que San Juan denomina “desposorio espiritual”

En él el alma, gozando de un conocimiento más perfecto del Amado y de una mayor libertad, se entrega a Él en mayor medida, ya adornada en cantidad suficiente con las virtudes teologales.

Se encuentra, pues, “engalanada por ellas” y dispuesta (aunque no de un modo consolidado) para el matrimonio espiritual. Porque en esta fase existe aún el peligro de la concupiscencia de la razón, y el alma está expuesta ante peligros que provienen de ella misma (de su propia razón), sin excluir otro tipo de influencias procedentes de otros seres racionales o del demonio mismo.

Goza no obstante el alma, de la dulzura del Amado y sus potencias se ven altamente reforzadas. Pero no lo hace constantemente, sino del modo conveniente para ella en aras a que, permaneciendo en el ejercicio de las virtudes, alcance la plenitud de su ser sólo con lo cual, llegará a compartirse con Él.

Estrofas 13 al final (fase unitiva)

Llegado a ese punto, el alma, con su ser divinizado y plenificado por obra de Dios y por su correspondencia a la Gracia, participa de la Gracia creada de Nuestro Señor Jesucristo, y llega a compartirse con Él y en Él, a la comunión con Dios en el Amor, que no es sino una participación en plenitud del alma en la Vida divina.

 Como el hombre es un ser con una naturaleza dual, esta experiencia mística puede tener también unas manifestaciones en el orden físico, y realizarse de modo diferente en cada sujeto, por cuanto se trata de un acto libre del Amor de Dios, que tiene como correspondencia un acto también libre, del ser humano.