Blogia
::: Dorotatxu :::

Presentaciones

LA ESPERANZA EN UNA ENCÍCLICA

Porque el articulo que estoy preparando sobre ella tiene otro enfoque, porque la Spe Salvi me parece una encíclica altamente recomendable, y porque me temo que para cuando yo lo publique y como noticia vaya perdiendo actualidad, no dudo en hacer mío el artículo de D. Gabriel Mª de Otalora, que con su autorización reproduzco, y que dice así: 

“Benedicto XVI acaba de alumbrar una nueva encíclica. A la que puso por nombre Dios es amor, le sigue ahora Salvados en la esperanza, y próximamente nos espera una tercera, al parecer centrada en temas sociales. Breve como la primera, tampoco nos deja indiferentes esta carta pastoral papal en torno a la esperanza. En primer lugar, Ratzinger entiende la esperanza no tanto como un mensaje (cristiano) que informa, sino como una comunicación personal que comporta hechos y nos cambia la vida, al tratarse de un Dios que se revela como amor y como una realidad esperada que atrae al futuro dentro del presente, de modo que el futuro ya no es el puro todavía no. Desde esta posición, Benedicto XVI nos cuestiona: la fe en esperanza cristiana ¿es también para nosotros ahora una esperanza que transforma y sostiene nuestra vida?. Toda la encíclica está escrita bajo el signo de la Historia, sin eludirla, aportando luz a algunos de los acontecimientos más relevantes de la misma desde el anhelo universal de esperar un sentido a nuestra existencia con la felicidad como máximo referente. Y así va desgranando hechos como el dominio de la Tierra y de la ciencia como un ejercicio de restablecimiento del paraíso perdido en la Tierra, aunque a costa de desplazar la fe a un segundo plano; la fe en el progreso desde el dominio de la razón y la libertad, para en un tiempo posterior cambiar de esperanza a favor de la política. Aquí se detiene en Marx elogiando su capacidad de análisis y en cómo ha descrito la situación de su tiempo acertando en el cómo cambiar la situación pero sin explicar cómo se debería proceder después. Para el Papa, su gran error fue haberse quedado en la fase intermedia con las consecuencias que todos conocemos (Stalin, Mao...) creyendo que el ser humano sólo es fruto de las condiciones económicas (el materialismo como el motor de la Historia). 

Al llegar a la Modernidad, incide en la necesaria autocrítica del cristianismo moderno y deja muy claro que el progreso es mucho más que el mero progreso técnico, cuestionándonos implícitamente si es lo mismo progreso que desarrollo y nuestra postura sobre el crecimiento insostenible con la desesperanza que genera, cuando se pregunta ¿qué significa realmente progreso?. Y recuerda lo que la ciencia es capaz de destruir o crear depende en las manos que caiga. Para Benedicto XVI, la ciencia no redime ni da esperanza de felicidad por sí sola; la vida feliz sólo tiene un sinónimo: el amor. La esperanza entendida como algo “sólo para mí no es una esperanza verdadera porque olvida y descuida a los demás”. A partir de aquí, pone muy claro el acento de la conexión entre el Dios del amor y el prójimo, sobre todo en relación con el inevitable dolor humano. Debemos hacer todo lo posible por evitar el sufrimiento, “el propio y el ajeno, el físico y el psíquico. Son deberes de la justicia y el amor”. Y remacha su reflexión afirmando que tratar de no sufrir prescindiendo de ayudar a los demás, de solidarizarnos con los que sufren, puede disminuir el dolor pero a costa de algo mucho peor: la oscura sensación de falta de sentido y de soledad existencial. Y ante el sufrimiento inevitable, pues aceptarlo y transformarlo en fuente de amor. Y por si quedasen dudas, afirma que “una sociedad que no es capaz de aceptar a los que sufren ni de compadecerse, es una sociedad cruel e inhumana”. Mayor claridad, imposible. Verdad, justicia y amor no son simplemente ideales, sino realidades de enorme densidad. Como consecuencia de lo anterior, el juicio final es, ante todo y sobre todo, esperanza. Por tanto, nuestra esperanza debe ser siempre y esencialmente una esperanza para otros, nos dice Benedicto XVI. Debemos crear espacios de esperanza a través de gestos concretos de amor, de compromiso, de compasión. 

Lo mejor del texto papal, a mi juicio, es que nos habla sin ambages desde la razón y la fe sobre el papel meridiano que debemos desempeñar hoy y aquí los cristianos para hacer presente al Dios de la esperanza frente al dolor y el mal en el mundo, por encima de teorías e individualismos. Y su estilo, que nos obliga a la reflexión, sin dejarnos que otros, aunque sea el Papa, piense por nosotros y se diluyan nuestras responsabilidades. Nuestra esperanza es siempre y esencialmente también esperanza para los otros; quizá por ello dedica más espacio para el juicio en clave de esperanza y gracia que para hablar del cielo y el infierno: “En una gran parte de los hombres (...) queda en lo más profundo de su ser una última apertura interior a la verdad, al amor de Dios”. Lo menos bueno de la encíclica después de una primera lectura, es la falta de referencia a la misericordia divina, que va más allá de la compasión, y alguna referencia explícita a que la justicia hay que trabajarla ya en este mundo (reino de Dios, reino de justicia; hágase tu voluntad en la Tierra como en el cielo...) en relación con el pecado de mantener estructuras socioeconómicas injustas, tan de nuestro tiempo. “Nadie se salva solo” nos advierte el Papa. La última consideración del Papa se la lleva María y su ejemplo contra toda esperanza; ella es la mejor luz de esperanza para toda la Humanidad. Termino con una reflexión de Kant que el propio Benedicto XVI destaca en esta encíclica: “Si llegara un día en el que el cristianismo no fuera ya digno de amor, el pensamiento dominante de los hombres debería convertirse en el de un rechazo y una oposición contra él””. 

Realmente buena, ¿no creéis?... 

Lo único que yo le diría al Sr. Otalora, es que la Misericordia divina es compasión precisamente al haberse hecho humana, y que es de suponer que lo que echa en falta en la Spe Salvi de la idea de “trabajar la justicia ya en este mundo” en relación con “el pecado de mantener estructuras socioeconómicas injustas”, parece probable que nos lo encontremos en la tercera de las encíclicas de Benedicto XVI.  

En su interpretación, pienso que el Sr. Otalora no puede ser más objetivo, pero vosotros diréis.

EN LA CONCIENCIA ÁVIDA, HABITA EL GOZO

Después de leer a Benedicto XVI en la encíclica Spe Salvi y haciendo mía una reflexión de Agustín de Hipona, he comprendido que en nuestros puntuales enamoramientos, aquello de lo que nos solemos enamorar, o propiamente nuestros enamorad@s, son para nosotr@s auténtic@s generador@s de ideas:

  • De ideas que podemos compartir,
  • que ocasionalmente valoramos,
  • cuya claridad u oscuridad está en ellas mismas,
  • que únicamente nosotros somos responsables de su selección,
  • en las que solemos depositar nuestra confianza,
  • que pueden llegar a expandir nuestra capacidad de amar,
  • pero que en ningún caso son capaces por ellas mismas de llegar a colmarla.

Somos por tanto, buscadores de ideas.

De evocadoras ideas de cuya selección depende precisamente, el hecho de que en nuestras ávidas conciencias habite el gozo, puesto que el gozo únicamente reside en la íntima posesión de lo Amado por parte de quien ama.

El gozo se experimenta, pues, tras compartirse con el Amor.

Pero en ocasiones, tendemos a “objetivizar” nuestras ideas:

  • a considerarlas un objetivo en sí mismas,
  • y a cifrar en su consecución nuestra felicidad,
  • sin darnos cuenta de que nuestra capacidad de amar -“esa dolencia de amor” de la que hablaba San Juan de la Cruz- únicamente se colma “con la presencia y figura del Amado”.

Esta posibilidad representa claramente un error, y el error consistiría en no reconocer que,

  • cuando amamos,
  • no hacemos sino responder a un Amor que “espera” de nosotros, aún en mayor medida que en la que nosotros “esperamos” de Él.

Pues bien.

Aunque no lo parezca, yo creo que de ésto precisamente es de lo que nos habla Benedicto XVI en sus dos cartas encíclicas a las que en mi próximo artículo me referiré.

En la primera de ellas, Benedicto XVI nos decía que “Dios es caridad”.

Definía así la esencia del Amor: un amor en base al cual existimos y hacia el cual tendemos, por cuanto que hemos sido creados para amar.

Nos hablaba con ello, del objeto y del objetivo de nuestro amor,

  • porque si Dios es para nosotros caridad,
  • es porque en el Dios Vivo y Verdadero, “en el Dios en acto”,
    • es donde encontramos el origen y la fuente
    •  de aquella caridad que entre todos estamos llamados “a poner en acto” para poder compartirnos con Él.

En su segunda encíclica, Benedicto XVI nos remite a una esperanza sustanciada por la fe y alentadora de nuestra caridad.

  • A una esperanza “performadora” que dice él, y susceptible por sí misma de motivar la actuación de toda una vida tendente a una auténtica experiencia del gozo, realmente anclada en el Amor de Dios.

Como véis, he utilizado el contenido de este artículo como introducción a uno próximo que pretendo publicar y que, si Dios quiere, llevará por título "LAS VIRTUDES TEOLOGALES EN BENEDICTO XVI".

En él trataré de haceros comprender en la medida de mis posibilidades, qué cosa sea aquello que auténticamente constituye el ya presente gozo de nuestra esperanza.

Confío en que despierte mínimamente vuestro interés.

DIES NATALIS

El P. Cantalamessa nos explica hoy quiénes son los santos. Las lecturas de esta festividad, por si alguno tenéis curiosidad, son las siguientes: Apocalipsis 7, 2-4.9-14; 1 Juan 3, 1-3; Mateo 5, 1-12a. Dice así:

"Hace tiempo que los científicos envían señales al cosmos en espera de respuestas de parte de seres inteligentes en algún planeta perdido. La Ig lesia desde siempre mantiene un diálogo con los habitantes de otro mundo, los santos. Es cuanto proclamamos al decir: «Creo en la comunión de los santos». Aunque existieran habitantes fuera del sistema solar, la comunicación con ellos sería imposible porque entre la pregunta y la respuesta pasarían millones de años. Aquí en cambio la respuesta es inmediata porque existe un centro de comunicación y de encuentro común que es Cristo Resucitado.

Tal vez también por el momento del año en que cae, la Solemnidad de todos los santos tiene algo especial que explica su popularidad y las numerosas tradiciones ligadas a ella en algunos sectores de la cristiandad. El motivo está en lo que dice Juan en la segunda lectura. En esta vida «somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos»; somos como el embrión en el seno de la madre que anhela nacer. Los sant os han «nacido» (la liturgia llama «día del nacimiento», dies natalis, al día de su muerte); contemplarles es contemplar nuestro destino. Mientras a nuestro alrededor la naturaleza se desnuda y caen las hojas, la fiesta de todos los santos nos invita a mirar a lo alto; nos recuerda que no estamos destinados a marchitarnos en tierra para siempre, como las hojas.

El pasaje del Evangelio es el de las Bienaventuranzas. Una en particular ha inspirado la elección del pasaje: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque serán saciados». Los santos son aquellos que han tenido hambre y sed de justicia, esto es, en lenguaje bíblico, de santidad. No se han resignado a la mediocridad, no se han contentado con medias tintas.

Nos ayuda a entender quiénes son los santos la primera lectura de la Solemnidad. Son «los que han lavado sus vestiduras en la sangre del Cordero» . La santidad se recibe de Cristo; no es de producción propia. En el Antiguo Testamento ser santos quería decir «estar separados» de todo lo que es impuro; en la acepción cristiana quiere decir más bien lo contrario, o sea, «estar unidos», se entiende que a Cristo.

Los santos, esto es, los salvados, no son sólo los que enumera el calendario o el santoral. Existen también los «santos desconocidos»: quienes arriesgaron su vida por los hermanos, los mártires de la justicia y de la libertad, o del deber, los «santos laicos», como alguien les ha llamado. Sin saberlo, también sus vestiduras han sido lavadas en la sangre del Cordero, si han vivido según la conciencia y les ha importado el bien de los hermanos.

Surge espontáneamente una pregunta: ¿qué hacen los santos en el paraíso? La respuesta está, también aquí, en la primera lectura: los salvados adoran, echan sus coronas ante el trono, gritando: «Alabanza, honor, bendición, acción de gracias...». Se realiza en ellos la verdadera vocación humana, que es la de ser «alabanza de la gloria de Dios» (Ef 1,14). Su coro es guiado por María, que en el cielo continúa su canto de alabanza: «Proclama mi alma la grandeza del Señor». Es en esta alabanza donde los santos encuentran su bienaventuranza y su gozo: «Se alegra mi espíritu en Dios». El hombre es aquello que ama y aquello que admira. Amando y alabando a Dios uno se ensimisma con Dios, se participa de su gloria y de su propia felicidad.

Un día, un santo, San Simeón el Nuevo Teólogo, tuvo una experiencia mística de Dios tan fuerte que exclamó para sí: «Si el paraíso no es más que esto, ¡me basta!». Pero la voz de Crist o le dijo: «Eres bien mezquino si te contentas con esto. El gozo que has experimentado en comparación con el del paraíso es como un cielo pintado en papel respecto al verdadero cielo»".

SOBRE UNA SENTENCIA APARECIDA EN VALENCIA...

El artículo que pretendo comentar próximamente contando con vuestras intervenciones, apareció recientemente como una colaboración de D. Gabriel Mª Otalora en la publicación Noticias de Guipúzcoa y dice así: 

El derecho a apostatar y… 

“NO es un tema nuevo, pero ahora es cuando los tribunales han dictaminado el derecho a que una persona bautizada pueda exigir que, junto a su partida de bautismo, aparezca su renuncia a pertenecer a una comunidad católica. Entre nosotros, todo aquel que quiere borrarse de su pertenencia formal y oficial de los registros parroquiales, no tiene más que solicitarlo al párroco para que se tramite su petición en el obispado.No es el caso de otros lugares.

Por ejemplo, en Valencia, donde el arzobispo (desde hace unas fechas ascendido a cardenal) ha puesto pegas a la cancelación de la inscripción bautismal de un apóstata. El tribunal le ha dado la razón al particular que, en definitiva, es quien tiene derecho a disponer de sus datos personales incluyendo en el lote borrarse del Libro de Bautismos para que no figure en las estadísticas como católico.

Como el cardenal García Gasco, los que tienen su  misma mentalidad estadística de sobrevalorar la importancia de la militancia formal, numérica, están nerviosos ante una posible cascada de peticiones similares que muestran el cabreo supino de los peticionarios con la institución eclesial. No parece que algunos jerarcas eclesiásticos dediquen tiempo para reflexionar sobre la razón de semejante cabreo; tampoco sobre la desconexión material, de fondo, de muchísimos más que pasan olímpicamente de cualquier militancia religiosa real sin beligerancia alguna, en silencio.

Los indiferentes son muchos más que los otros, y todo apunta a una tendencia al alza.¿Dónde queda la importancia de mostrar, con hechos, la esencia del Evangelio para que su mensaje cautive a tantísimos indiferentes y a los rebotados con la Iglesia?

Soy católico y me gustaría que la fórmula “católico practicante” estuviese estrechamente asociada  con la vivencia del ejemplo evangélico, en lugar de estarlo con el precepto dominical de la misa, como si este acto aislado justificase una práctica religiosa comprometida, real. Lo contrario es desvirtuar la esencia de la misa, a la que asisto y participo bastantes más días que los domingos. Antes o después, las inconsecuencias elevadas a práctica bendita acaban desembocando en indiferencia y piedra de escándalo.

La apostasía que reniega de un registro no es peor que emborronar la esencia del Evangelio. Jesucristo se centró en la compasión, en la liberación, en la acogida, en el perdón… actitudes que llamamos Buena Noticia. Una invitación de vida, sana y solidaria, muy diferente a lo que destacados profesionales de la religión están transmitiendo de manera lamentable con sus actuaciones de poder y condenas que evidencian un estilo contrario a la parábola del Padre (conocida popularmente como la del Hijo pródigo)

No es la primera vez que incido en estos temas, porque nuestro tiempo reclama renovación en lugar de encasillamiento: salir al encuentro, escucha y mano tendida, en lugar de condenas indiscriminadas pero cuidando de mirar para otro lado ante ciertas injusticias del poderoso. Si lo esencial está en crisis, ¿de qué nos sirve aferrarnos a todo lo demás?Afortunadamente, aun quedan profetas como José Antonio Pagola que saben iluminar nuestra existencia poniendo el acento en lo prioritario, sobre lo que debería ser absolutamente prioritario: la compasión por encima de todo. “La misericordia y no la santidad es lo que hemos de imitar de Dios. Porque Jesucristo no niega la “santidad” de Dios, pero lo que cualifica esa santidad es su amor compasivo que, a la postre, configuró su vida.

Estamos confundiendo la adhesión a la fe cristiana con la defensa de una herencia religiosa multisecular. Cuando uno se confía a la misericordia de Dios, se sitúa en una religión donde caben todos.

Para Jesús, la mejor metáfora de Dios es la compasión hacia un herido. Jesús no acepta que la mujer sea considerada a la ligera como fuente de tentación y ocasión de pecado para el hombre. En contra de la tendencia general nunca previene a los varones de las artes seductoras de las mujeres, sino que les alerta sobre su propia lujuria y pone el acento en la responsabilidad de los hombres. Lo decisivo es el amor… Son reflexiones de José Antonio Pagola recogidas en su último libro sobre la aproximación histórica de Jesús (PPC), que nos alertan del deslizamiento de algunas prácticas que no reconocen al Jesús del Evangelio.

Por tanto, no hay que rasgarse los capisayos ante el florecimiento de la apostasía, sino ante la falta de humildad para aceptar que la imagen y el verdadero mensaje de Cristo, o son reconocibles por la inconsecuencia de los cristianos.

¿Han pensado algunos miembros de la jerarquía que buena parte de las parábolas podrían tenerles a ellos como destinatarios directos? Hay que empezar por el principio, y en esta obviedad estamos” 

Interesante, ¿verdad?...

… aunque tal vez haya algo que aportar…

FRANCISCO Y CLARA. DOS ENAMORADOS, ¿PERO DE QUIÉN?

Decía en un artículo anterior que concebía (como Julio Verne) que dos personas que mirando con los ojos del Amor reconocieran en sí mismas el Amor, indefectiblemente se enamorarían juntas. Veamos ahora cómo desarrolla el P. Cantalamessa este concepto. Para mí es un bellísimo canto a lo que dos personas, sabiéndose mutuamente complementarias pueden compartir, bien en unión o bien de un modo paralelo. 

El artículo, aparecido en la revista Zenit de ayer, dice así: 

“Se ha hecho cosa corriente hablar de la amistad entre Clara y Francisco en términos de amor humano. En su conocido ensayo sobre Enamoramiento y amor, Francisco Alberoni escribe que «la relación entre Santa Clara y San Francisco tiene todas las características de un enamoramiento transferido (o sublimado) a la divinidad». «Francisco y Clara», de Fabrizio Costa, la serie televisiva emitida en Rai Uno los días 6 y 7 de octubre, mejor tal vez que «Hermano Sol y Hermana Luna» de Zeffirelli, ha sabido evitar esta cesión al romanticismo, sin quitar nada a la belleza también humana de un encuentro así.

Como cualquier hombre, aunque sea santo, Francisco puede haber experimentado la atracción de la mujer y del sexo. Las fuentes refieren que para vencer una tentación de este tipo una vez el santo se arrojó en pleno invierno a la nieve. ¡Pero no se trataba de Clara! Cuando entre un hombre y una mujer hay unión en Dios, si es auténtica, excluye toda atracción de tipo erótico, sin que exista siquiera lucha. Es como refugiarse. Es otro tipo de relación. Entre Clara y Francisco había ciertamente un fortísimo vínculo también humano, pero de tipo paterno y filial, no esponsal. Francisco llamaba a Clara su «plantita», y Clara llamaba a Francisco «nuestro padre».

El entendimiento extraordinariamente profundo entre Francisco y Clara que caracteriza la epopeya franciscana no viene «de la carne y de la sangre». No es, por poner un ejemplo igualmente célebre, como aquél entre Eloisa y Abelardo. Si así hubiera sido, habría dejado tal vez una huella en la literatura, pero no en la historia de la santidad. Con una conocida expresión de Goethe, podríamos llamar a la de Francisco y Clara una «afinidad electiva», a condición de entender «electiva» no sólo en el sentido de personas que se han elegido recíprocamente, sino en el sentido de personas que han realizado la misma elección.

Antoine de Saint-Exupéry escribió que «amarse no quiere decir mirarse el uno al otro, sino mirar juntos en la misma dirección». Clara y Francisco en verdad no pasaron la vida mirándose el uno al otro, estando bien juntos.

Intercambiaron poquísimas palabras, casi sólo las referidas en las fuentes. Había una estupenda discreción entre ellos, tanta que el santo a veces era amablemente reprochado por sus hermanos por ser demasiado duro con Clara.

Sólo al final de la vida vemos atenuarse este rigor en las relaciones y a Francisco buscar cada vez con mayor frecuencia consuelo y confirmación junto a su «Plantita». Es en San Damián donde se refugia próximo a la muerte, devorado por enfermedades, y está cerca de ella cuando entona el canto de Hermano Sol y Hermana Luna, con aquel elogio de «Hermana Agua», «útil y humilde y preciosa y casta», que parece escrito pensando en Clara.

En lugar de mirarse el uno al otro, Clara y Francisco miraron en la misma dirección. Y se sabe cuál fue para ellos esta «dirección». Clara y Francisco eran como los dos ojos que miran siempre en la misma dirección. Dos ojos no son sólo dos ojos, o sea, un ojo repetido; ninguno de los dos es sólo un ojo de reserva o de recambio. Dos ojos que contemplan el objeto desde ángulos diversos dan profundidad, relevancia al objeto, permiten «envolverlo» con la mirada. Así fue para Clara y Francisco. Contemplaron al mismo Dios, al mismo Señor Jesús, al mismo Crucificado, la misma Eucaristía, pero desde «ángulos», con dones y sensibilidad propios: los masculinos y los femeninos. Juntos percibieron más de lo que habrían podido hacer dos Franciscos o dos Claras.

Si existe una laguna en la serie sobre Francisco y Clara es tal vez la insuficiente relevancia prestada a la oración, y con ella a la dimensión sobrenatural de sus vidas. Una laguna probablemente inevitable cuando la vida de los santos se lleva a la pantalla. La oración es silencio, quietud, soledad, mientras que la palabra «cine» viene del griego kinema, ¡que significa movimiento! La excepción es la película «El gran silencio» sobre la vida de los cartujos, pero no resistiría en la pequeña pantalla.

En el pasado se tendía a presentar la personalidad de Clara demasiado subordinada a la de Francisco, precisamente como la «hermana Luna» que vive del reflejo de la luz del «hermano Sol». El ejemplo en este sentido es el libro publicado el verano pasado sobre «la amistad entre Francisco y Clara» (John M. Sweeney, Light in the Dark Age: the Friendship of Francis and Clare of Assisi, Paraclete Press 2007 ).

Tanto más es de elogiar, en la serie televisiva, la elección de presentar a Francisco y a Clara como dos vidas paralelas, que se entrecruzan y se desarrollan en sincronía, con igual espacio dado a uno y otro. Es la primera vez que ocurre de esta forma. Ello responde a la sensibilidad actual orientada a evidenciar la importancia de la presencia femenina en la historia, pero en nuestro caso corresponde a la realidad y no es algo forzado.

La escena que más me ha impactado al ver el preestreno de «Francisco y Clara» es la inicial, emblemática, una especie de clave de lectura de toda la historia. Francisco camina en un prado, Clara le sigue introduciendo sus pies, casi jugando, en las huellas que deja Francisco, y a su pregunta: «¿Estás siguiendo mis huellas?», responde luminosa: «No, otras mucho más profundas».

 (P. Raniero Cantalamessa)" 

¿No os parece, además, una grandísima reflexión sobre el celibato?

SOBRE LA COMPAÑÍA DE JESÚS

Me remite Txebox a una página web al tiempo que me dice que le gustaría conocer mi opinión. El contenido de la página (también aparecido en el suplemento del País del sábado) es el siguiente, y dada su extensión, os remito a un próximo artículo en elq ue tenga ocasión de manifestar mi opinión. El texto dice así:

JESUITAS: LOS “MARINES” DEL PAPA

“Desde su despacho, mucho antes de que amanezca, el papa negro de los jesuitas divisa cada mañana los dominios del papa blanco en Roma. Las ventanas de ambos son las primeras en iluminarse en el Vaticano. Las separan unos centenares de metros. Luego ofician misa en soledad. Son los dos hombres más poderosos de la cristiandad. Unidos a través de la historia por un sólido vínculo de complicidad y también de sospecha. A lo largo de cinco siglos, sus relaciones han sido tormentosas. De amor y odio. Un papa disolvió la Compañía de Jesús en 1773, y otro, Juan Pablo II, la sometió con mano de hierro en 1981 y a punto estuvo de disolver su caballería ligera. Sus monjes soldado universales, inquietos y disciplinados. Universitarios y políglotas. Humildes y soberbios al tiempo. Entrenados física y mentalmente como marines por los Ejercicios Espirituales de San Ignacio. Siempre a disposición del pontífice en los cinco continentes; en vanguardia; en el filo de la navaja.

Los soldados papales descubrieron a los pobres. Se pusieron de su lado. La Iglesia no estaba preparada para esa revolución. El sector más avanzado anhela el regreso de los jesuitas al liderazgo de la Iglesia; que marquen de nuevo el camino. Arrupe no dominaba el untuoso y sibilino lenguaje de la curia. Era un vasco directo y cabezota. No se entendía con Wojtyla. Tras la sangría de vocaciones, sólo hay en España un noviciado con 19 internos. El más joven, de 20 años; el mayor, de 42

Se saben distintos. Definen su trabajo como "estar en la frontera". Lo explica el padre Héctor de Vall, de 72 años, rector del Pontificio Instituto Oriental, situado en un elegante palacio semioculto tras la basílica de Santa María la Mayor, de Roma, que busca servir de puente entre las iglesias de Oriente y Occidente: "Nuestro voto de obediencia al Papa es para la misión; el Santo Padre te puede enviar a la frontera intelectual o geográfica que considere oportuna. En un principio, disponía de los jesuitas, un grupo de gente muy especializada, que sabía latín y tenía una carrera civil, para que fueran a los confines del planeta. Hace un siglo, la frontera suponía estar en el mundo de la ciencia, porque los científicos eran ateos. Y los jesuitas, como científicos, debíamos demostrar que la fe no era contraria a la razón; hoy, nuestra frontera es la lucha por la justicia, la paz, la ecología, los derechos humanos".Esa búsqueda febril que tantos problemas les ha proporcionado en el Vaticano. Desde aquel 1974 en que la Congregación General de la Compañía decidiera que, para los jesuitas, el servicio a la fe debía ser inseparable de la promoción de la justicia en el mundo. Un terremoto. Su Mayo del 68. Los soldados papales, martillo de protestantes, confesores de papas, aliados de reyes, educadores de ricos, descubrían a los pobres. Y se ponían de su lado. Contra las dictaduras, denunciando el racismo en Estados Unidos, con los más desfavorecidos en Nicaragua y El Salvador. En los barrios marginales. Entre los refugiados. Una refundación rápida y profunda.

Más allá del críptico lenguaje eclesiástico, ¿qué significa en la actualidad "la promoción de la justicia"? Contesta Jon Sobrino, de 68 años, forjador de la teología de la liberación en Centroamérica y uno de los miembros más queridos en la Compañía: "¿Qué es justicia para esas mayorías a las que se les niega una vida digna? ¿Qué es justicia para las mujeres maltratadas y oprimidas? ¿Qué es justicia donde hay apartheid? ¿Qué es justicia si Estados Unidos consume el 28% del oxígeno de la Tierra? La promoción de la justicia no se puede definir. Es vida y dignidad para todos. Algo que clama al cielo. Nuestra misión".

La Iglesia no estaba preparada para esa revolución. Para ese atracón de libertad. Pasar del traje talar al mono de obrero sin escalas. Ya en la Nochebuena de 1955, el jesuita José María Llanos había dado un portazo al régimen del general Franco y se había instalado en una chabola de El Pozo del Tío Raimundo, en Madrid, junto a un grupo de compañeros de la Compañía. Una experiencia similar a la que habían protagonizado los curas obreros en Francia y que iba a transformar la mentalidad de muchos jesuitas jóvenes en España. Llanos y sus hermanos no habían aterrizado en ese suburbio para convertir a nadie; organizaron una escuela profesional, una guardería, una escuela de educación nocturna, y dinamizaron el clandestino movimiento sindical. Marcharon codo con codo con los vecinos. Construyeron una capilla en una chabola. Hoy es una iglesia en la que aún se trabaja por el barrio.

"Aquel espíritu sigue entre nosotros", comenta Higinio Pi, de 41 años, que medio siglo después representa una nueva generación de jesuitas en El Pozo. "En aquel momento, los jesuitas querían saber qué pasaba en la calle, vivir como la gente normal, padecer lo mismo. Y salieron del centro de las ciudades y las parroquias. Hoy, las necesidades de la sociedad son distintas; trabajamos para ver cómo acoger a los inmigrantes que acaban de llegar. Estamos a pie de obra; investigamos de dónde vienen y la incidencia social que provocan. Nuestro fin no es enseñarles el catecismo; expresamos nuestra fe al luchar contra la injusticia. Nuestro trabajo con la inmigración no es asistencial; consiste en saber quién viene y por qué. Hay una parte muy interesante de los jesuitas como think tank para conocer mejor la inmigración. Y también en la cooperación al desarrollo y la cultura por la paz. Nuestro fin no es dirigir; no queremos figurar, sino iniciar proyectos, dejar paso a otros y seguir adelante".

"Es la manera de ser de la Compañía", explica un veterano jesuita. "Analizamos la realidad del lugar donde estamos y respondemos en consecuencia. Vamos por libre. Somos los free-lancers de la Iglesia. Llegamos a un sitio y ponemos en práctica lo que nadie antes ha hecho. Como Llanos en El Pozo: no sabía qué iba a hacer, no tenía instrucciones de uso, se encontró una realidad y le dio una respuesta".

A este mismo territorio llegaría en 1974 otro jesuita proscrito. Hoy, a sus 96 años, José María Díez Alegría conserva una lucidez, memoria y sentido del humor envidiables. Doctor en Derecho y Filosofía, licenciado en Teología, profesor de Ética en la Universidad Gregoriana de Roma, hermano de dos generales de Franco, es considerado un precursor de la teología de la liberación en la Compañía. "Tengo dos doctorados universitarios, pero el doctorado de mi vida ha sido El Pozo", explica sentado en un decrépito sillón de la residencia de ancianos de la Compañía en Alcalá de Henares (Madrid), donde transcurren los últimos compases de su vida. Díez Alegría nunca ha perdido la sonrisa. Ni en los tiempos más difíciles. "Hay que tomarse menos en serio; los obispos podían tomar nota". Represaliado por el Vaticano en 1973 por su libro Yo creo en la esperanza, una desnuda autobiografía en la que reflejaba su visión crítica de la Iglesia y el sacerdocio y que negó a pasar por el trámite de la censura vaticana, el padre Díez Alegría había comprendido ya una década antes que "Cristo denunció la riqueza injusta; estuvo con los pobres y criticaba el capitalismo salvaje. Y, en ese sentido, yo estaba a favor del diálogo con los comunistas, y lo decía en mis clases en Roma. No soy un comunista dictatorial, pero creo en un socialismo democrático. Llevaba mucho tiempo fichado. Tras el lío del libro, me obligaron a abandonar la cátedra y dejar la Compañía, pero el padre Arrupe, nuestro general, se portó muy bien; dijo que, aunque yo ya no fuera jesuita, podría vivir siempre en casas de la Compañía. ¡No, nunca pensé en dejar el sacerdocio! Me fui a El Pozo. Era un jesuita sin papeles. Aquello sentó muy mal en el Vaticano. Los conservadores nunca se lo perdonaron a Arrupe"

Los jesuitas eran los primeros que se habían quitado la sotana y marchado a vivir en pisos. Leían a Marx (la biblioteca de la Gregoriana guarda 47.000 libros sobre el tema). Profundizaban en las religiones orientales. Se mezclaban con gentes de todas las razas y creencias. Vestían taparrabos en la selva de Brasil y túnicas en la India. Rezaban al estilo zen en Japón. Y avanzaban más rápido que ninguna otra orden en su visión de Dios. Sin embargo, fue su compromiso con la teología de la liberación en Centroamérica el detonante de su ruptura con el Papa.

Jon Sobrino sitúa el inicio la teología de la liberación entre los jesuitas en 1969: "Ese año, el padre Ignacio Ellacuría convocó unos ejercicios espirituales en El Salvador, donde se reunieron 200 jesuitas que hicieron una profunda autocrítica ante Dios. Arrodillados ante los pueblos crucificados del mundo, se preguntaron cuál era su parte de culpa para que estuvieran así y qué podían hacer para bajar de la cruz a los oprimidos de la Tierra.

En la vida hay un camino que va a los honores y otro que va a la pobreza y los oprobios. Ellacuría escogió este último. Y detrás, muchos jesuitas en América, y luego, en África y en Estados Unidos. Esa aspiración se concretó en la Congregación General de la Compañía en 1974: allí cambió nuestra forma de ver a Dios, a los hombres y a nosotros mismos.

El padre Arrupe, nuestro general, era muy reacio al experimento. Nos pedía prudencia. Decía que estábamos demasiado en el cambio social, en lo político, y nos olvidábamos de lo espiritual. En 1976 me llamó a Roma; hablamos durante una semana, nos conoció y cambió de idea. Nos animó a seguir adelante. No era un camino de rosas. Muchos jesuitas dieron su vida. Dieciséis en Centroamérica. El primero, Rutilio Grande, en 1977".

El mismo Ellacuría sería asesinado por los militares salvadoreños en 1989 junto a otros cinco compañeros y dos trabajadoras de la Universidad Centroamericana. "Yo estaba fuera de El Salvador y me salvé por los pelos. Con la muerte de Ignacio Ellacuría perdimos un gran referente. Ya nada sería lo mismo". Casualmente, el mismo día que Ignacio Ellacuría caía bajo las balas del Ejército, su hermano, el también jesuita José Ellacuría, era expulsado de Taiwan por la dictadura del país acusado de actividades ilegales y de comunista.

"Frente a la explotación y la pobreza, la respuesta de los jesuitas en Taiwan no fue la caridad, sino la creación de una estructura obrera organizada. Decidimos luchar por los derechos de los trabajadores. Yo creé el primer sindicato independiente del país. El Gobierno me tenía pinchado el teléfono y la policía registraba mi oficina. Hubo encierros y huelgas de hambre. Pero seguimos adelante. Si te metes en el camino de la justicia, es como si coges un cable de alta tensión".

José Ellacuría, de 78 años, sonrisa perenne, cabellera blanca e ironía jesuítica, sigue trabajando por los olvidados y por la paz en Euskadi. Hoy, desde la comunidad de Loyolaetxea, en Guipúzcoa, donde junto a otros tres jesuitas, Pedro, Manu y Txema, dan techo, amor y esperanza a hombres y mujeres que acaban de salir de la cárcel. "Esto es una comunidad de vida". Está dispuesto a morir con las botas puestas. "Los Ellacuría somos muy guerreros".

A mediados de los setenta, el sector más conservador de la Iglesia comenzaba a rebelarse contra los excesos de la Compañía. Se avecinaba la contraofensiva integrista en Argentina, Italia y, especialmente, la España del nacionalcatolicismo. La Conferencia Episcopal hizo llegar sus agravios a Pablo VI y más tarde a Juan Pablo II. La mayoría de los jesuitas que trabajaban en Centroamérica eran españoles. Muchos de ellos vascos. Los nuncios de todo el mundo enviaban a diario mensajes alarmantes al Vaticano sobre las actividades de los jesuitas. El dossier secreto de quejas (que aún sigue sin conocerse) aumentaba en Roma.

Sólo el cardenal Tarancón dio la cara por ellos, como confirma el que fuera su mano derecha, el jesuita José María Martín Patino. Se olfateaba la tormenta. En 1981, los jesuitas caían en desgracia en Roma.Un papa polaco que jamás pisó las selectas aulas de su Universidad Gregoriana en Roma: su particular fábrica de cardenales -"Juan Pablo II, de teología, cero", dice un jesuita navarro- les iba a humillar a conciencia.

Desconfiaba del liderazgo del papa negro, el español Pedro Arrupe, que, con sus portadas en Time o Stern y sus apariciones televisivas, eclipsaba su estrellato mediático. Wojtyla, un sacerdote producto de la guerra fría, nunca comprendió los devaneos de los jesuitas con los marxistas. La creciente democracia interna en el seno de la Compañía. Sus posiciones a favor de la contracepción. Su forma individualista de actuar. Esa "fidelidad creativa" de la que presumen. Les quería más monjes y menos hombres.

"Más que desconfiar, Juan Pablo II nos desconocía; la imagen que tenía de la vida religiosa era muy distinta de la que llevamos los jesuitas", afirma Ignacio Echarte, de 56 años, una de las figuras importantes en la dirección de la Compañía en Roma. "No somos de vida contemplativa, no cantamos en el coro, no estamos aislados del mundo. Estamos a la intemperie, donde hay barro y ahí te manchas". "Pero es que si no fuéramos flexibles, no seríamos jesuitas", añade el padre José María de Vera, también destinado en la curia de Roma. "Si no estuviéramos en el mundo ni cambiáramos según las circunstancias de tiempo y lugar, no seríamos jesuitas: seríamos monjes. Y estaríamos en un convento.

¿Le cuento un chiste para que vea cómo somos?-Adelante.-Un dominico, un franciscano y un jesuita están un día en la basílica de San Pedro, cuando se produce un apagón y se quedan a oscuras. El dominico aprovecha para reflexionar profundamente entre el contraste entre la luz y las tinieblas, el franciscano se postra humildemente y comienza a rezar "a la hermana luz y la hermana tiniebla", y el jesuita...-¿Y el jesuita?-Sale del Vaticano y arregla los plomos.

En 1981, el momento de debilidad de la Compañía fue aprovechado por el Opus Dei y otros movimientos neocons para arrebatarles los puestos clave en la curia vaticana. El poder. El favor del Papa. El Opus consiguió en tiempo récord la beatificación de su fundador. Y una posición de privilegio en el catolicismo. Mientras, la Compañía de Jesús dejaba de ser noticia. Muda y prudente durante más de dos décadas. Mirada larga y pies de plomo. Resistencia pasiva. Hacer lo de siempre, pero sin ser noticia. Sin hacer ruido. Esperando su momento. Sin desgastarse en enfrentamientos con la jerarquía. Ni siquiera por la beatificación del padre Arrupe, aplazada sine die por el Vaticano. O la de Ellacuría. Dos personajes incómodos para el Vaticano. Aguantar. Pura astucia jesuítica. Una vez más.Porque en el vaticano, muchos jerarcas habían olvidado que la Compañía ha sobrevivido durante 467 años a decenas de pontífices. A guerras, disoluciones y expulsiones.

Juan Pablo II falleció en 2005. Y hoy, el sector más avanzado del catolicismo anhela el regreso de los jesuitas al liderazgo de la Iglesia. Que den un paso al frente. Y marquen de nuevo el camino. Su relación con el nuevo papa, Benedicto XVI (éste, sí, un teólogo de prestigio), se ha suavizado. Incluso ha nombrado a un jesuita, Federico Lombardi, de 65 años, como su jefe de prensa, en lugar del opusdeísta Joaquín Navarro Valls. Y fulminado al líder del grupo neoconservador Legionarios de Cristo Rey, el sacerdote mexicano Marcial Maciel, por sospechas de pederastia. "Algo que Juan Pablo II nunca hubiera hecho. Tal como están las cosas en la Iglesia, el Papa no puede prescindir de nadie, y menos aún de la Compañía", afirma un jesuita español, "y Ratzinger nos está dando coba. Bueno, en realidad, una de cal y otra de arena, porque también ha sancionado a Jon Sobrino por sus escritos y nos ha dolido mucho a todos. Cada jesuita es todos los jesuitas".

El próximo mes de enero, 200 de ellos llegados de todo el mundo elegirán en Roma un nuevo general en su Congregación General número 35 que sustituirá a Peter-Hans Kolvenbach, papa negro desde 1983. Puede haber llegado el momento de los jesuitas, aunque nadie en la Compañía de Jesús más extendida y universal de todos los tiempos se aventure a pronosticar el resultado del cónclave negro. Puede pasar de todo.La Curia General de la Compañía de Jesús, en el número 4 del Borgo Santo Spirito de Roma, es un enorme y frío palazzo en cuyo sombrío interior, el sacerdote holandés Peter-Hans Kolvenbach, de 78 años, dirige a 20.000 religiosos (sacerdotes y hermanos), 200 universidades, 700 colegios y miles de obras sociales, culturales y religiosas en 127 países. No hay que equivocarse, esto no es el Vaticano. Aunque estemos a un tiro de piedra de San Pedro. Aquí no hay pompa ni ceremonia. Ni monseñores de áurea cruz pectoral. Todo es sobrio y austero. Una mezcla de monasterio y ministerio. El portaaviones al que llegan y del que despegan a diario jesuitas de todo el mundo con encargos políticos y religiosos. Delicadas misiones en cualquier lugar del planeta. Desde Afganistán o Kenia hasta Bruselas o Washington.En el Borgo Spirito Santo no hay obras de arte ni muebles de estilo. El silencio es absoluto. La madera oscura de los interminables pasillos brilla como un espejo. Huele a sacristía. No hay un alma por el laberinto de corredores y despachos. En algunos rincones, bellos aguamaniles de mármol con toallas de lino. Grandes estancias fantasmales con decenas de albas, las vestiduras blancas de las que se pertrechan los sacerdotes para decir misa, silentes en colgadores de bronce. Capillas insospechadas en los rincones. Y en cualquiera de ellas, algún jesuita de paso oficiando en soledad.

Retratos dolorosos de san Ignacio de Loyola, el fundador de la Compañía: "Ignacio" a secas para sus hijos. El mismo despacho del general, en la cuarta planta, no tiene más ornamento que un pequeño lienzo de Ignacio obra de Sánchez Coello que se transmite de general a general. En esta cuarta planta viven 70 jesuitas en comunidad. En áridas estancias amuebladas con cuarteleras camas metálicas.Son los hombres que gobiernan la Compañía junto a Kolvenbach. El estado mayor del hombre prudente (el más jesuita de los jesuitas) que salvó a la Compañía de las iras del anterior papa.

El consejo de administración de esta singular multinacional se reúne a las ocho de la mañana de lunes a sábado en una biblioteca de la tercera planta del palacio. Sobre baratas sillas de oficina, el general, sus 12 asistentes por zonas geográficas del mundo, el consejero de formación, el delegado de las Casas Romanas y el director de comunicación repasan la actualidad del mundo y de la Compañía. Se habla de nombramientos. Sólo Kolvenbach viste sotana, una anticuada, de estilo oriental, recuerdo de sus 20 años en Líbano; el resto, ni alzacuellos, un gesto poco habitual en la curia vaticana, donde el clergyman es de rigor. El estilo es relajado y fraternal. Se habla en inglés, español y un curioso italiano curial entreverado de latín.

El general relata su reciente viaje a Cuba y su encuentro con Fidel Castro, antiguo alumno de la Compañía. Kolvenbach, adicto al consenso, poco amigo de entrevistas y siempre temeroso del efecto de sus palabras en el Vaticano, maneja en privado un ácido sentido del humor. Una ironía muy jesuítica. Hoy, los asistentes ríen con ganas al escuchar sus desventuras en el avión con un papagayo disecado que le regalaron en una de sus escalas centroamericanas: "En cuanto pude, se lo largué a un padre y me lo quité de encima".

Cuentan los jesuitas de Roma que durante su pontificado, Juan Pablo II salía muy de mañana los domingos para visitar todas y cada una de las parroquias de la Ciudad Eterna. Y a esa hora siempre estaba arrodillado en el portalón del Borgo el padre Arrupe, predecesor de Kolvenbach, en señal de sumisión al Papa. Y que Juan Pablo II nunca hizo frenar su Mercedes para saludar al papa negro. Los lazos entre los dos hombres estaban rotos.

Arrupe nunca entendió el untuoso y sibilino lenguaje de la curia. Que cuando dice sí quiere decir no. Era un vasco directo y cabezota. No se entendía con Wojtyla, que incluso dejó de recibirle. Por fin, en 1981, Juan Pablo II, aprovechando una trombosis cerebral del general de los jesuitas, daba un golpe de Estado en la Compañía, apartaba del poder al sector progresista heredero de Arrupe y nombraba un delegado personal, Paolo Dezza, líder de los conservadores. "El Papa tenía una lista de los jesuitas izquierdistas que no quería que fueran generales; no quería que la Compañía siguiera la línea de Arrupe y contagiara al resto de órdenes religiosas, y por eso intervino la Compañía y puso a Dezza para que preparase la sucesión hacia alguien más de su gusto. Fue un escarmiento para la Compañía y para el resto de órdenes religiosas", explica un jesuita de la curia romana.

Para Juan Masiá, un jesuita significado como progresista por sus análisis de la bioética contrarias a las esgrimidas por la Conferencia Episcopal Española: "La intervención suponía un paso más en la marcha atrás que dio Juan Pablo II frente a la Iglesia del Concilio Vaticano II, con la represión de los teólogos progresistas, el control de las revistas, libros y universidades católicas, y el nombramiento de obispos afines. Juan Pablo II tenía alergia a Arrupe".

Pudo haber sido peor. Diversas fuentes confirman que el Papa pensó en disolver la Compañía o, incluso, poner al frente de la misma a un religioso no jesuita que podía haber sido el obispo español Eduardo Martínez Somalo, un profesional de la diplomacia vaticana cercano al Opus. El protectorado del Papa en la Compañía duraría dos largos años, hasta la congregación general de 1983, en la que sería elegido Kolvenbach en primera votación. Una sorpresa para todos. Los jesuitas habían optado por un papa gris, de perfil bajo; un sacerdote ajeno a Roma y sus intrigas y a la teología de la liberación para no provocar a Juan Pablo II.

Tenía la difícil misión de restaurar la comunicación con el Papa. Y evitar una desbandada de los jesuitas. Para conseguir ese cometido contaba con una larga experiencia como mediador en Oriente Próximo y mucha mano izquierda. Y como él mismo ha asegurado: "Aprendí vaticanés; cuando se visita un país extranjero, tienes que hablar el idioma de ese país".

"Al padre Kolvenbach no le conocía nadie en la Compañía; de hecho, días antes de la congregación nos mandaron preparar las 10 biografías de los candidatos con más posibilidades y no estaba la suya. El último día, alguien nos dijo que había que hacer una número 11; era la de Kolvenbach, el provincial de Oriente Próximo. La Compañía eligió a alguien que tuviera posibilidad de restañar las heridas con el Papa", explica el padre José María de Vera.

Desde la enorme terraza que cubre el cuartel general de los jesuitas se domina el Estado vaticano, la majestuosa cúpula de la basílica San Pedro y, del otro lado, un cuidado jardín oculto tras los muros del Borgo Santo Spirito, por cuyo empedrado ruedan las naranjas. Paseamos por este cuidado triángulo verde junto al padre José María de Vera, de 78 años, director de comunicación de la Compañía. Cumple a la perfección el perfil del jesuita: educado, culto y astuto. Madrileño, licenciado en Derecho, Filosofía y Teología, toda su carrera transcurrió en Japón hasta que, en 1994, Kolvenbach le llamó a su lado.

"Lo primero que hizo el padre Kolvenbach, al ser elegido general en 1983, fue cargarse la oficina de prensa de la Compañía que tanto había sobrexpuesto a los medios al pobre padre Arrupe y tanto había irritado a Juan Pablo II. Kolvenbach pensaba que la información había sido una de las bases de los problemas de los jesuitas con la Santa Sede. En 11 años no dimos una sola noticia".

El Padre De Vera recuerda sus primeros pasos en la Compañía. Cuando en la España de la posguerra había siete noviciados. Y en el suyo de Aranjuez, 72 novicios. Tiempos en que nuestro país era la cantera de una Compañía con 36.000 miembros. Años de rígida disciplina militar, de timbres y estrictos horarios. De distancia absoluta entre los propios jesuitas. La Compañía, al mando de un gélido canonista flamenco, John Janssens, les imponía hablarse de usted, no tocarse, no mirarse a los ojos, manifestar una indiferencia total incluso hacia los padres. Eran jesuitas. Los elegidos. Esa parafernalia fundamentalista saltaría en pedazos tras el Concilio Vaticano II (1962-1965) y el rompedor generalato de Pedro Arrupe (1965-1981), el hombre que había sobrevivido a la bomba atómica sobre Hiroshima.

Tras la sangría de vocaciones de los setenta-noventa, hoy sólo subsiste en España un pequeño noviciado con 19 internos. El más joven, de 20 años; el mayor, de 42. Los aspirantes a soldados del Papa viven en un chalé anónimo a las afueras de San Sebastián. Las habitaciones son mínimas, desnudas y sin baño. No hay televisión, sus salidas están limitadas y la cerveza es un lujo. Los aspirantes a jesuitas son educados y angelicales. Atildados en su ropa deportiva. Hablan a media voz mientras almuerzan puré de verduras y macarrones con chorizo. Se ocupan de las tareas domésticas. El maestro de novicios es el padre Juan Antonio Guerrero, de 48 años, un tipo sensato y con aire de místico. Aquí pasarán los novicios dos años a su cargo en un ambiente de silencio, trabajo y oración.

"Un tiempo de desconexión para empezar de nuevo", explica el maestro; "la cuestión es que ajusten su vida a la de Cristo en amor, sufrimiento y pobreza. Mi trabajo es configurar su disco duro a nuestro sistema operativo". En esos dos años, sin vacaciones, los novicios realizan tareas en psiquiátricos, asilos y hospitales; llevan a cabo un mes de ejercicios espirituales en completo silencio, rezan dos horas al día, estudian inglés, aprenden a escribir y expresarse en público, y ayudan en parroquias marginales. La última prueba antes de terminar este primer periodo de formación es la llamada peregrinación: los novicios son abandonados en algún lugar de nuestra geografía sin dinero y deben subsistir durante tres semanas, mezclarse con los pobres e inmigrantes, trabajar en la construcción o los invernaderos, hasta llegar a un destino convenido.

Para ser jesuitas aún les quedarán 10 años más en los que estudiarán Filosofía, Teología y otra carrera civil. Y viajarán por el mundo. Y entonces sí, tras un año más en el noviciado, realizarán la tercera probación, que culminará con el voto de obediencia al Papa "exclusivamente para las misiones", aclaran. Y comenzarán a usar de por vida las iniciales S. J. (Societas Jesu) detrás de su nombre.A 1 de enero de 2007, 13.491 personas cumplían esa condición en todo el mundo, 10.000 menos que en 1965. Y, lo que es peor, con una media de edad de 65 años. Las residencias de jesuitas ancianos están a rebosar. Y las vocaciones se dan con cuentagotas, a excepción de en la India, la última gran cantera de los jesuitas. En Navarra, una de las tradicionales factorías de jesuitas, el más joven tiene 70 años. Ya no es raro encontrar colegios de la Compañía sin más jesuitas que el director. Por ejemplo, el colegio madrileño de Santa María del Recuerdo, el más prestigioso de la Compañía en España, con 2.500 alumnos, sólo tiene 20 jesuitas en nómina. "Y la mayoría no está a tiempo completo", explica su director, el padre Isidoro González Madroño, de 59 años. "Y me parece bien que no haya un exceso de clericalismo en el colegio. Lo que hoy es imprescindible es la colaboración con los laicos: poner nuestra marca y que sigan otros".

La misma Universidad de Deusto, el campus de los jesuitas más grande de Europa, cuenta con una veintena de profesores jesuitas para 11.000 alumnos.Una sequía de vocaciones que está provocando un intenso debate en la Compañía. Los jesuitas comienzan a plantearse qué misiones, instituciones, colegios, universidades, publicaciones, radios, parroquias deberán abandonar en un futuro inminente y en cuáles deberán centrarse. Ya es imposible que atiendan a todo.

El general que salga de la Congregación del próximo mes de enero deberá hacer luz al respecto. Y concretar el papel de los laicos y las mujeres en una Compañía de Jesús sin jesuitas.Una nube de polvo cubre el aula magna donde se celebrará el cónclave negro, en el Borgo Spirito Santo de Roma, a partir del próximo 6 de enero. Un grupo de albañiles y pintores trabaja contrarreloj para adecentar la curia de cara a la Congregación General. A finales de diciembre comenzarán a aterrizar en Roma los 200 jesuitas que elegirán al nuevo general. Un tercio llegará de Asia y África; otro tercio, de América, y el resto, de Europa. Previamente se están celebrando reuniones de jesuitas en todo el mundo para dibujar el perfil del candidato.

El padre Pep Buades, de 41 años, delegado de migraciones y uno de los valores emergentes en la Compañía, esboza un retrato robot: "Un hombre abierto, con sentido de libertad, pero que no vaya de héroe; que sane heridas y tienda puentes; dispuesto a llevarse un capón pero que no provoque. Que conozca el mundo y la compañía universal, políglota, con un sentido social fuerte, que haya estado en los servicios centrales de Roma y mantenga una buena relación con la Santa Sede".

Sobre todo, eso, que se lleve bien con el sumo pontífice. No hay que olvidar que, ante todo, son los marines del Papa. Siempre dispuestos a todo. Siempre en vanguardia. Como reza su credo: "A mayor gloria de Dios"”.

Deseémosles suerte, ¿si? .Conozco un poquito este tema porque, por si no lo sabéis, Arrupe era bilbaino, y decía de sí mismo que porque era cristiano, y también de aquí, por obligación tenía que ser optimista, así como yo.

EL UNIVERSO EN UN SÓLO ÁTOMO

Mirad hasta qué punto podemos converger con la filosofía budista en la interpretación de cómo la unión entre la ciencia y espiritualidad puede salvar el mundo:

"Haciendo examen de mis setenta años de vida, veo que mi encuentro personal con la ciencia se produjo en un mundo casi totalmente precientífico, donde lo tecnológico parecía milagroso.

Supongo que mi fascinación con la ciencia sigue basándose en el inocente asombro que me producen sus maravillosos logros.
Desde el principio, mi recorrido de la ciencia me ha llevado por caminos de gran complejidad, como el impacto de la ciencia en nuestra forma de entender el mundo, su poder de transformar las vidas humanas y la propia Tierra en que vivimos, y los terribles dilemas morales que plantean sus descubrimientos más recientes.
No obstante, no podemos y no debemos olvidar la maravilla y la belleza de aquello que los ha hecho posibles.
Los descubrimientos científicos han enriquecido muchos aspectos de mi cosmovisión budista.
La teoría de la relatividad de Einstein con sus impresionantes experimentos lógicos ha recubierto con una textura empírica mis conocimientos de la teoría de la relatividad del tiempo de Nagarjuna.
La imagen extraordinariamente detallada del comportamiento de las partículas subatómicas en los niveles más pequeños imaginables me hace pensar en la enseñanza budista de la naturaleza dinámicamente transitoria de todas las cosas.
El descubrimiento del genoma que todos compartimos pone de relieve la visión budista de la igualdad fundamental de todos los seres humanos.
¿Qué lugar ocupa la ciencia en el marco global de los esfuerzos humanos?
Lo ha investigado todo, desde la ameba más pequeña hasta el complejo sistema neurobiologico del ser humano, desde la creación del universo o la emergencia de la vida en la Tierra hasta la mismísima naturaleza de la materia y la energía.
La exploración científica de la realidad ha sido espectacular. No solo ha revolucionado nuestros conocimientos sino que ha abierto nuevas avenidas para el saber. Ha empezado a abrir caminos en el complicado terreno de la conciencia, la característica principal que nos convierte en seres sensibles.
La pregunta es si la ciencia puede proporcionarnos una imagen exhaustiva del espectro entero de la realidad y de la existencia humana.
Desde el punto de vista del budismo, la plena comprensión de lo humano no debe ofrecer únicamente una descripción coherente de la realidad, nuestra manera de comprenderla y el lugar que ocupa la conciencia en ella, sino que debe incluir una clara concepción de cómo tenemos que actuar.
Según el paradigma científico actual, sólo el conocimiento derivado de los métodos estrictamente empíricos y sostenido por la observación, la inferencia y la verificación experimental se puede considerar válido.
Estos métodos se basan en la cuantificación, la medición, la posibilidad de repetición y la confirmación de terceros.
Muchos aspectos de la realidad, al tiempo que algunos elementos cruciales de la existencia humana, como la capacidad de distinguir entre el bien y el mal, la espiritualidad o la creatividad artística -cualidades altamente valoradas en el ser humano- quedan inevitablemente fuera del alcance de los métodos científicos. .
El conocimiento científico en su estado actual no es completo.
Creo que es esencial reconocer este hecho, así como los limites del conocimiento científico.
Solo con este reconocimiento podremos apreciar realmente la necesidad de integrar la ciencia en la totalidad de los conocimientos humanos.
De otra forma, nuestra concepción del mundo y de nuestra propia existencia quedará limitada a los hechos aducidos por la ciencia y dará lugar a una cosmovisión reduccionista, materialista e, incluso, nihilista.
El reduccionismo en sí no me plantea problemas.
De hecho, muchos de los avances más importantes se han realizado gracias a la aplicación del concepto reduccionista, que tanto caracteriza la experimentación y el análisis científicos.
El problema surge cuando el reduccionismo, que es, esencialmente, un método, se convierte en punto de vista metafísico.  Esto refleja la tendencia común de confundir los medios con el fin, especialmente cuando el método especifico demuestra ser muy eficaz.
Para hacer una comparación significativa, uno de los textos budistas nos recuerda que, cuando alguien apunta con el dedo a la Luna, es a esta a la que tenemos que dirigir nuestra mirada y no a la punta del dedo que señala.
Espero que a lo largo de este libro haya podido mostrar que podemos tomar la ciencia en serio y aceptar la validez de sus descubrimientos empíricos sin estar de acuerdo con el materialismo científico.
He argumentado a favor de la necesidad y la viabilidad de una cosmovisión basada en la ciencia pero que no rechaza la riqueza de la naturaleza humana ni la validez de otros métodos de conocimiento, aparte del científico.
Digo esto porque estoy convencido de que existe una íntima relación entre nuestra interpretación conceptual del mundo, nuestra visión de la existencia humana y su potencial, y los valores éticos que guían nuestro comportamiento.
Nuestra manera de vernos a nosotros mismos y al mundo que nos rodea no puede menos que influir en nuestras actitudes y nuestras relaciones con los demás seres vivos y con el mundo en que vivimos.
Esta es, en esencia, una cuestión ética.
Los científicos tienen una responsabilidad especial, una responsabilidad moral de asegurar que la ciencia sirva los intereses de la humanidad de la mejor manera posible.
Lo que hacen en sus respectivas disciplinas tiene el poder de afectar las vidas de todos nosotros.
Por muchas razones históricas, los científicos han llegado a disfrutar de un grado mucho más elevado de confianza pública que otros profesionales.
Es cierto, no obstante, que esta confianza ya no representa una fe absoluta.
Ha habido demasiadas tragedias directa o indirectamente relacionadas con 1a ciencia y la tecnología para que esta confianza sea incondicional.
Desde que yo nací, basta pensar en Hiroshima, Chernobil, la isla de las Tres Millas o Bopal, en lo que se refiere a desastres nucleares y químicos, y en la degradación del medio ambiente - incluida la destrucción de la capa de ozono- entre las crisis ecológicas.
Ruego que nuestra espiritualidad, la plena riqueza y la sencilla pureza de nuestros valores humanos básicos, influyan en el curso de la ciencia y en la dirección que sigue la tecnología dentro de la sociedad humana.
En esencia, aunque apliquen métodos distintos, la ciencia y la espiritualidad comparten el mismo objetivo, es decir, la mejoría de la condición humana.
En sus mejores facetas, la ciencia está motivada por la búsqueda de un conocimiento que nos conducirá a una mayor prosperidad y felicidad.
En términos budistas, esta ciencia se puede calificar de sabiduría fundamentada en la compasión y moldeada por ella.
De manera similar, la espiritualidad es un viaje hacia los recursos internos del ser humano, que se propone comprender quienes somos en el sentido más profundo de nuestra existencia y descubrir cómo debemos vivir de acuerdo con el ideal más elevado posible.
Aquí también se trata de la unión de la sabiduría con la compasión.
Desde que nació la ciencia moderna la humanidad ha vivido el compromiso de la ciencia con la espiritualidad como el de dos importantes fuentes de conocimiento y bienestar.
A veces, la relación ha sido estrecha - una especie de amistad - y otras, gélida.
En muchas ocasiones, ambas se han sentido incompatibles.
Actualmente, en esta primera década del siglo XXI, la ciencia y la espiritualidad tienen la posibilidad de encontrarse más cerca que nunca y de emprender un esfuerzo en común para ayudar a la humanidad a enfrentarse a los desafíos que se nos plantean. Estamos juntos en esto.
Que cada uno de nosotros, como miembro de la familia humana, responda a esta obligación moral para que la colaboración sea posible.
Este es mi ruego, de todo corazón."

(Dalai Lama, En universo en un sólo átomo. Grijalbo. 2006.Pp. 239-246).

GALILEO RESUCITADO

Me vais a permitir presentaros hoy un interesante artículo aparecido en el Diario de Ibiza del día 15 y cuyo autor es RAFAEL VARGAS. Me interesa que lo conozcáis, porque en un próximo artículo intentaré argumentar sobre estos mismos temas. Dice así: "Muchos ignoran las vicisitudes de la biografía de Galileo y no saben ponerla en su contexto ni en relación a las personas que intervinieron en ella, pero `Galileo´ evoca de inmediato en la memoria colectiva, más que lo específico del personaje, una imaginería hostil contra la Iglesia católica: intolerancia, fanatismo y oposición al progreso y al pensamiento científico. Con manifiesta intención, uno de los polemistas sobre la exposición de l´Hospitalet titulaba su escrito al Diario de Ibiza «La Resurrección de Galileo». Desde Voltaire, la Ilustración y muchos historiadores del siglo XIX clasificaron a la Edad Media como `Edad de la Fe´, anterior a la `Edad de la Razón´. Esa interpretación de la Historia en secciones manejables, con el salto de una época de creencias a otra de conocimiento tiene muchos admiradores, pero sufrió su cataclismo académico a partir de los estudios históricos de Pierre Duhem. El mal carácter de este francés y la incorrección política de sus ideas le condenó a un casi destierro y a que parte de su obra no se imprimiera hasta 40 años después de muerto, pero logró cimentar el estudio de la ciencia medieval. Contra la teoría que otorga al siglo XVII una revolución científica anti-aristotélica y anticlerical, trasladó los orígenes conceptuales de esa revolución a la Edad Media y a manos de instituciones y hombres de la Iglesia: las universidades, la razón como árbitro de las controversias peculiares en ellas, Buridan, Oresme, Bacon, etc.., que anticiparon los descubrimientos de Galileo y otros científicos. La tendencia entre los historiadores de la ciencia a partir de Duhem subraya el papel crucial de la Iglesia en la génesis y desarrollo de la ciencia. Muchos no se han enterado, y en la mentalidad popular, incluida la de muchos católicos acomplejados, persiste el mito que nos transmitieron historiadores del siglo XIX que en dos páginas denigradoras contaban todo el medioevo.  Que la ciencia naciera y se desarrollara en un medio católico no fue coincidencia: el concepto bíblico de un Dios racional y una creación racional y ordenada, con una regularidad de los fenómenos naturales reflejo del mismo orden divino creador, es la base para suponer a la naturaleza sometida a leyes regulares. En el libro de la Sabiduría 11:21, Dios «ordena todas las cosas por medida, número y peso»: el Dios de los cristianos sostiene la racionalidad del Universo que permite una investigación cuantitativa para entenderlo. Historiadores católicos como Stanley Jaki y marxistas como Joseph Needham reconocen hoy lo imprescindible de esa metafísica como fondo en el parto de la ciencia: un Creador trascendente que dotó a su creación racional y ordenada de leyes físicas consistentes. La idea aparentemente obvia de un Universo racional y ordenado, tan fructífera como indispensable para el progreso de la ciencia, le faltó según Jaki a siete grandes culturas: la griega, babilónica, hindú, maya, árabe, china y egipcia: faltas del elemento filosófico adecuado, contribuciones tecnológicas impresionantes de esas culturas no consiguieron continuidad. El mito de la Iglesia anticientífica quizás esté ahí para quedarse, la historia de la ciencia lo desautoriza.