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LA INTERVENCIÓN DE JAIME (2)

LA INTERVENCIÓN DE JAIME (2)

Es indispensable conocer bien la tradición y transmitirla bien. Esto es precisamente lo que hace Dorota en Peldaños de Luz: entrar en diálogo con las ideas de algunos de los mejores exponentes del pensamiento cristiano e interpretarlas desde nuestro tiempo. Detrás de estas páginas es posible identificar la voz de Platón, Aristóteles, Agustín de Hipona, Dionisio Areopagita o Tomás de Aquino. Cada uno de ellos tomó el pensamiento heredado y lo interpretó a su modo y para su tiempo, no sin afrontar, por ello, grandes dificultades. Si no se menciona explícitamente ninguno de estos nombres, como no aparece tampoco el de la autora, es porque las controversias personales son secundarias para el propósito del libro: lo fundamental es la aportación a una línea multisecular de pensamiento, preocupada por comprender el lugar del hombre en el mundo y discernir el camino de la vida buena.

 

Ese modo saludable de comprender y transmitir la tradición parece hoy más necesario que nunca. Cuando la tradición se malentiende, nos traiciona. No en vano “traidor” traditor tiene el mismo origen etimológico y significa “el que nos entrega”. La tradición nos entrega, nos hace pasar a las peores manos, cuando se entiende como un cuerpo inmutable de conocimientos y prácticas que nos evita la molestia de pensar por nosotros mismos. Esto puede resultar simplemente ridículo cuando nos descubrimos cumpliendo con una arcaica costumbre que ha perdido su función originaria, pero puede ser fatal cuando es el sentido de nuestra vida lo que está en juego. Si el valor y el sentido de todo cuanto se puede hacer y pensar está fijado de antemano, no nos queda más que abdicar de nuestra libertad y someternos a quien quiera erigirse en guardián de nuestra mente y nuestros actos. Y lo malo es que nunca faltan candidatos a este puesto.

 

Vemos fácilmente cómo algunas tradiciones, que nos son más o menos ajenas, la islámica, por ejemplo, quedan convertidas en instrumentos de dominio cuando se aprisionan en interpretaciones empobrecedoras e interesadas. Pero no debemos olvidar que nuestra propia tradición tampoco se haya nunca a salvo de este peligro. Sin ir más lejos, hace aún pocos años, una determinada interpretación de la fe católica bendecía los crímenes de muchas dictaduras en España y otros países. Ni el integrismo islamista ni el nacionalcatolicismo pueden llevar legítimamente a una condena de la tradición musulmana o católica, porque no son sino sus interpretaciones aberrantes. Ahora bien, tampoco basta con ser conscientes de que el peligro existe: hay que evitarlo activamente esforzándose por promover formulaciones valiosas y liberadoras de cada tradición. En nuestras manos está convertirlas en instrumentos de opresión o de crecimiento.

 

Sólo con esfuerzos como el de Dorota, por formular razonablemente la fe y prestar atención a las necesidades del ser humano actual, seremos capaces de llevar nuestra propia tradición al diálogo con las demás y con la modernidad. Las otras tradiciones no se encuentran ya a miles de kilómetros, sino a un par de manzanas. Nuestra sociedad es multicultural, lo queramos o no, y ya empezamos a ver los problemas de convivencia a los que conduce la contraposición de sistemas de valores encerrados en sí mismos.

 

También la modernidad secular puede verse enriquecida por el diálogo con la tradición: esta idea, que se acepta muchas veces sin discusión aplicada al budismo o al hinduismo, parece fuera de lugar cuando hablamos de la religión católica. Y sin embargo, no dudo de que el discurso clásico en torno a las virtudes, por ejemplo, tendría aún mucho que aportar en esta sociedad ferozmente competitiva. Ocurre que los no creyentes tenemos a menudo una relación difícil con la que es nuestra propia tradición (algo que no ocurre con opciones más exóticas). Para llegar a un entendimiento fructífero y a un aprendizaje mutuo debe darse un esfuerzo por ver lo que el otro pueda aportarnos. Este libro, desde luego, nos lo pone más fácil.

 

Gracias, Dorota, por esta contribución honesta, generosa y valiente, al diálogo sobre lo que el hombre es y puede ser. Su lectura me ha resultado sugerente y enriquecedora. Espero que así lo sea también para vosotros.

 

Muchas gracias.

 

Jaime Cuenca.

Bilbao, 17 de Abril de 2008”.

 


Esker’ik asko, Jaime.

Biotz biotzetik.

LA INTERVENCIÓN DE JAIME (1)

LA INTERVENCIÓN DE JAIME (1)

Quisiera agradeceros a todos vuestros buenos deseos, compartiendo en este artículo lo que para mí fue un día muy especial. Con una asistencia –a decir de quienes suelen acudir a este tipo de actos- más que suficiente y aunque de entrada os confieso que me tuve que tomar un “cubata” antes de comparecer, lo cierto es que resultó una reunión muy agradable en la que -al parecer- mi “novatez” se hizo patente cuando con cara de asombro, veía cómo venían hasta mi mesa para proceder a la firma de ejemplares.

 

En la foto nos tenéis a la organizadora del evento, a “servidora” y al presentador del libro. Quiero poner el acento en su figura, porque pese a ser un hombre muy joven, es Filósofo, profesor de Ética y de Arte en la Universidad de Deusto, el mejor expediente académico en Humanidades de esa Universidad y segundo mejor expediente en el ámbito estatal, y un hombre que –además- se declara agnóstico. Comprenderéis que me interesaba sobremanera lo que sobre mi libro tuviera que decir.

 

Aunque existían otras opciones, lo cierto es que la elección de Jaime Cuenca como presentador fue inmediata. Su juventud, su formación y su experiencia pedagógica corrían en paralelo con la novedad, la fidelidad a la Revelación y el respeto a la Tradición que yo pretendía imprimir a mi obra, por lo que le consideré desde el primer momento la persona más adecuada para representar con sus valores tanto el espíritu de mi libro, como la excelencia de sus lectores.

 

Él ha tenido la amabilidad de facilitarme lo que fue su intervención. La reproduzco no para que veáis qué bueno es mi libro, sino para que comprobéis hasta qué punto y en base a qué tanto él como yo consideramos que se debe dialogar.

 

Vaya por delante mi agradecimiento a sus amables palabras que decían así:

 

“Buenas tardes.

 

En primer lugar, quiero agradecer la invitación a participar en este acto, en el que Dorota nos quiere presentar su obra Peldaños de Luz. Entiendo que esta reunión es, ante todo, un acto de amistad. Porque un signo de amistad es querer compartir con el otro lo que nos hace bien, para tratar de gozar juntos. Y es precisamente esta generosidad la que demuestra Dorota, al querer compartir con nosotros este libro, y todo cuanto vuelca en él.

 

Sin duda, ha tenido que vencer cierto pudor y algunos miedos para dar este paso. No podía ser de otra manera, porque los libros se parecen a sus autores y nos los revelan, de algún modo. Ni un solo escritor se puede librar del ser humano concreto, de carne y hueso, que escribe. Por eso la construcción de una trama o el diseño de un personaje nos dicen mucho más sobre el autor que los pormenores de su biografía. Si ocurre así con todos los libros, éste, en concreto, pertenece a ese tipo de libros que nos abren una vía directa al interior de quien los escribe, esos libros que son casi como una operación a corazón abierto. Y esto, ya lo sabemos, no está exento de riesgos. De modo que al reunirnos aquí para mostrarnos su obra, Dorota se presenta ante nosotros en la sinceridad de sus convicciones más profundas y constitutivas, compartiendo con nosotros lo que más le importa.

 

A la generosidad y la valentía que he destacado, tengo que sumar una tercera virtud: la honestidad intelectual. Cuando supe que Dorota me había elegido a mí para presentar su obra, mi primera reacción fue proponer ponerle en contacto con alguno de mis antiguos profesores de la Universidad, dominicos, jesuitas o sacerdotes diocesanos. Cualquiera de ellos, pensaba, desde la fe y formación teológica compartidas, sería más apto que yo para esta tarea. Mi sorpresa vino cuando la autora rechazó mi ofrecimiento: al parecer quería que fuera precisamente yo, filósofo y agnóstico, quien presentara su libro. Que yo no hubiera estudiado Teología ni compartiera su fe, no eran males menores, sino parte de los motivos por los que me elegía.

 

No creo que esto sea una mera anécdota, sino el signo de una actitud de honestidad intelectual que honra a la autora. Y no, desde luego, por haberme escogido justo a mí, ni porque no haya muchos que cumplirían esta tarea mejor que yo, sino porque revela una intención de hablar al otro y de escuchar al otro, al que piensa distinto que yo, es decir, una intención de dialogar. El diálogo no es algo accesorio que pueda añadirse o no a la actividad intelectual: el pensamiento mismo es dialógico y procede por controversia, derribo parcial y reconstrucción transitoria. Quien teme al diálogo, por tanto, tiene miedo a pensar. Habrá quien diga que no pierde su tiempo en hablar con el otro porque se basta a sí mismo y porque el otro se equivoca, pero esta autosuficiencia  esta certidumbre son fingidas. Bajo la máscara de una certeza imperturbable se oculta el terror de cuestionar las propias convicciones y descubrir alguna verdad en las ajenas. Los intentos por comunicar las propias ideas y creencias sin entrar en diálogo son baldíos. Estoy convencido de que sólo aprendemos dialogando; lo demás es adoctrinamiento o instrucción militar.

 

Con el aprendizaje tocamos un punto central. La honestidad, la valentía y la generosidad de las que he hablado se ponen en Peldaños de Luz al servicio de un propósito: la comunicación razonable de la fe católica. Dorota expone en el libro muchos de los contenidos del magisterio de la Iglesia, centrándose especialmente en la doctrina sobre las virtudes teologales y la Trinidad. Y lo hace de una manera rigurosa y clara, avanzando con seguridad de una idea a otra sin dar un paso en falso ni un solo rodeo: cada palabra está medida y en su lugar. En última instancia, si no me equivoco, la intención de la autora es fundamentar una transmisión razonable de la fe a través de la educación religiosa, bellamente entendida –en sus palabras- como una “tarea colegiada de crecimiento personal”. No puedo compartir gran parte de los contenidos del libro sin compartir la fe que los anima; sin embargo, atribuyo un gran valor a su propósito. Trataré de explicar por qué.

 

He comenzado diciendo que Peldaños de Luz nos abre una vía directa al corazón de la autora. Ella misma nos aclara que el libro es fruto de la introspección y de la búsqueda personal, y que emana de la íntima experiencia de la fe. Ahora bien, ninguna experiencia humana es inmediata. Como seres históricos que somos, todo lo que experimentamos pasa por el tamiz de nuestras circunstancias sociales y culturales, y está mediado por ellas. Desde ellas percibimos, comprendemos y damos sentido a cuanto nos rodea; también aquello que transciende esas mismas circunstancias. La fe del siglo XXI, siendo la misma que la de los primeros cristianos, se concibe y expresa de un modo muy diferente. Así pues, hay distintos modos de entender la fe, es decir, distintos modos de dar sentido a esa experiencia que el creyente tiene de alcanzar un “cierto conocimiento de las cosas de Dios”. Lo que Dorota hace en el libro es presentar uno de esos modos: todo un sistema de conceptos y argumentaciones que, a su juicio, constituyen un acercamiento razonable y fructífero a la vivencia de la fe. Su convicción es que este sistema de ideas puede ayudar a otros a vivir y comprender su fe, quizá a descubrirla. De modo que, pese a ser cierto que el libro nos abre camino hasta las más profundas convicciones de la autora, lo fundamental no es esto, sino su voluntad de comunicar a otros lo que a ella misma le ha hecho bien. Este deseo de transmitir un conocimiento que hace bien es lo que integra a Dorota en el seno de la tradición del pensamiento cristiano.

 

“Tradición”, traditio, viene del latín tradere, que significa precisamente transmitir, hacer pasar a manos de otro. En la actualidad ésta es una palabra desacreditada. Asociamos la tradición con lo que ha quedado desfasado en el curso de la historia, con los restos arbitrarios e irracionales de viejos modos de vida, ante los que parece que sólo cabe sentir una ciega adhesión, curiosidad o repulsa. Así, hablamos de los “trajes tradicionales”, más o menos vistosos, de diversas regiones o decimos que en Manganeses de la Polvorosa, provincia de Zamora, es tradición arrojar una cabra desde el campanario. Cuando no podemos justificar una creencia o una conducta propia de una comunidad, la atribuimos a la tradición. Después, si se trata de nuestra comunidad, la defendemos con un orgullo ciego; si es la de otros, la miramos con morbo o con indignación.

 

Éste es un concepto estúpido y perverso de tradición. Vista así, la tradición se convierte en una afrenta a la inteligencia, un baldón que el pasado arroja sobre los hombros del presente. Debemos tomar conciencia de que todo nuestro universo cultural, y no sólo una costumbre aislada, nos ha sido trasmitido por las generaciones anteriores. Si  queremos aprender de este depósito heredado de prácticas y conocimientos, y no vernos aplastados por él, debemos entrar en diálogo con la tradición. Sin diálogo, como decía antes, no hay aprendizaje. Al poner en contacto la tradición con nuestras circunstancias y necesidades actuales no la estamos destruyendo o despreciando; todo lo contrario, la estamos continuando y llevando a su cumplimiento. Porque la tradición no es una verdad inmutable dictada en el pasado y de una vez para siempre, sino el fruto vivo y cambiante del diálogo entre cada generación y quienes la precedieron.

 

(Por precaución voy a dividir el contenido en dos artículos. Espero que os esté interesando)

 

 

 

PELDAÑOS DE LUZ

Aunque la posibilidad de adquirirlo la tenéis anunciada en un costado de la pantalla, lo cierto es que el libro del que ahora hablamos no ha visto la luz hasta este momento. De hecho pasado mañana –Dios mediante- será su presentación.

Debido a mi excesiva timidez, no me siento con fuerzas para hablaros de mí trabajo; pero faltaría a la verdad si no os dijera que considero a Peldaños de Luz una herramienta válida para adentrarnos en las verdades de nuestra fe y un texto interesante.

Para tratar de salvar este obstáculo, y porque considero que siempre se ve mejor el tema desde fuera, os voy a transcribir a continuación la valoración que le mereció a Dña. Irene Rodríguez, responsable de una imprenta con la que estaba previsto en principio contratar la edición –que no la distribución- después de haberlo leído, y que dice así:

“Ensayo complejo que abarca una amplitud de temas relacionados todos ellos con la trascendencia, la naturaleza y esencia de Dios, el vínculo entre Dios y el ser humano y la fe como nexo de comunicación entre ambos.

Manteniendo en todo momento un tono pedagógico y divulgativo, la autora va desgranando reflexiones y consecuencias y elaborando un minucioso discurso con el fin de adentrarse en el complejo objetivo de definir, ahondar y profundizar en la esencia misma de la espiritualidad.

En este sentido, Dorota Urbina Aurtenechea plantea con coherencia y lucidez, cuestiones tan complejas como los efectos de la fe, el alcance de la esperanza, las características de la vida, el bien, el sentido de la existencia, etc.

Un ensayo enriquecido con gráficos, que va ganando enteros a medida que avanza, hasta componer un todo sólido, que invita a la reflexión más profunda, aportando detalles que pretenden ayudar al crecimiento interior del lector.

Formalmente el lenguaje se adecua al fin perseguido, predominando la sencillez formal para compensar el complejo trasfondo. En este sentido, de forma voluntaria o espontánea, la autora logra hilvanar con acierto las distintas reflexiones con una naturalidad y una coherencia narrativa especialmente reseñables.

Por último mencionar la valentía y originalidad de la propuesta, especialmente atípica en los tiempos que corren, y su transfondo educativo y humano, razones por las cuales felicitamos a su autora y recomendamos sinceramente su edición”

Tras mi agradecimiento, la Srta. Rodríguez decía:

“Estimada Dorota:

Gracias a ti. Yo simplemente intento cumplir con mi trabajo. Tu obra me causó una buena impresión y de ahí mi valoración.

Espero sinceramente que te animes a editarlo, con nuestro sello o con cualquier otro, y sobre todo, que no abandones el ímpetu de escribir y de tratar de llegar a otros. No es muy habitual.

Ánimo, suerte ¡y hasta pronto!

Un saludo muy cordial. Irene.

No os voy a ocultar la satisfacción que me produjo su comentario, y tampoco lo agradecida que le estoy por el ánimo que me infundió.

Espero ahora también, que su valoración os resulte sugerente.

LA DECLARACIÓN DE MONTSERRAT

Líderes religiosos y civiles internacionales han firmado el día pasado día 10 una declaración mediante la que invitan a no relacionar en modo alguno religión con violencia. Es a mi modo de ver un planteamiento muy atinado sobre el que unos y otros podríamos opinar y que dice así:

 

“”MONTSERRAT, jueves, 10 abril 2008. El mediodía de este jueves se celebró en el Monasterio de Montserrat un acto con personalidades internacionales procedentes de diferentes tradiciones religiosas y de la sociedad civil para afirmar que “las religiones no deberían ser nunca más origen de confrontación, y sí de conciliación”.

 

Los firmantes de la llamada “Declaración de Montserrat” han reclamado la implicación de la sociedad civil, que debe exigir a las autoridades que  emprendan acciones, así como la de gobiernos y las organizaciones internacionales, y la de los líderes políticos y religiosos, para que refuercen su papel como “actores de la paz y la comprensión mutua”.

 

Entre los firmantes se encuentran Mohammad Jatami, presidente de la Fundación para el Diálogo entre Civilizaciones y ex presidente de la República de Irán; Aram I, Catholicos de Cilicia de la Iglesia Armenia Ortodoxa y presidente del Consejo de Iglesias de Oriente Medio; el rabino francés René-Samuel Sirat; Federico Mayor Zaragoza, presidente de la Fundación Cultura de Paz y ex director general de la UNESCO; William F. Vendley, secretario general de la Conferencia Mundial de Religiones para la Paz.

 

En la declaración se lee que “la información engañosa sobre el origen de los conflictos reclama un análisis inequívoco sobre la relación entre los sentimientos religiosos y la violencia, para avanzar hacia la construcción de paz mediante la prevención y la resolución pacífica”.

 

“Si no analizamos y damos a conocer de un modo  esmerado esta relación, algunos medios de comunicación y muchas personas de cualquier parte del mundo continuarán pensando y percibiendo que la religión es, a menudo, la que alimenta la violencia”.

 

Ya en 1994, en Barcelona, tuvo lugar una reunión entre los representantes de diferentes creencias y organizaciones religiosas en la cual los participantes llegaron a la conclusión unánime de que las religiones, basadas en valores compartidos como la fraternidad, la solidaridad humana y el amor, “no deberán ser nunca jamás origen de confrontación sino de conciliación”.

 

Ahora, los signatarios de esta Declaración afirman que “los conflictos dramáticos e inacabables de Oriente Próximo, como también los acontecimientos trágicos que han tenido lugar recientemente en otros lugares del mundo, requieren soluciones desde la toma de conciencia, del compromiso y de la implicación de la sociedad civil, que debe exigir a las autoridades que emprendan acciones y adopten medidas políticas”.

 

Así, piden “superar las ideas falsas, los estereotipos, el lenguaje tendencioso y los conceptos que difunden los medios de comunicación y a menudo reproducen los líderes irresponsables. Debemos rebatir las actitudes que propagan la idea de un vínculo entre religión y violencia, extremismo e incluso terrorismo».

 

“Por lo tanto, reunidos en la edificante montaña y abadía de Montserrat, y dentro del marco del 60º aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, reconfirmamos nuestra adhesión plena a los principios ratificados en la Declaración, como también en otros documentos y acuerdos internacionales, que garantizan el derecho y el pleno respeto a la libertad de religión y otras creencias, y promueven el diálogo y la interacción con personas de otras afinidades e identidades, sean creyentes o no.”

 

“Destacamos la importancia que tienen hoy las identidades, las cuales, dejando aparte los extremismos, constituyen la base más poderosa para crear un modelo efectivo de coexistencia internacional””. 

 

 

EL ENCARGO

Una cuadrilla de constructores y artesanos, recibieron el encargo de construir los accesos a la Ciudad de Luz. Si por ella me preguntarais y si la tal Ciudad imaginar pudiéramos, pensar habríamos de hacer en un recinto en el que cuanto lo compusiera, sin perder su forma y por ser en sí luminoso, fuera también capaz de iluminar.  

La construcción iría pautándose, hasta que –llegado el momento- los nuevos aledaños,  formaran igualmente parte de la Ciudad.  

Los materiales serían pequeñas piececitas de colores –como piedritas con las que se compusiera un sugerente mosaico- en el que, cada piececita con su diferente brillo y su particular color, evidenciara, ya en construcción, su capacidad de recibir y reflejar la Luz que emanaba de nuestra resplandeciente Ciudad. 

En el encargo no se hablaba de la forma que los accesos habrían de tener, ni tampoco sobre el plazo para su conclusión.  

De hecho, la obra sólo se consideraría acabada en el momento en que los aledaños pudieran demostrar, no ya la luminosa capacidad de sus materiales, sino su propia y luminosa condición.  

Sabedores como eran de que el  nivel de excelencia de su trabajo y el acierto en los materiales elegidos se juzgaría por la medida en que lo que con ellos construyeran pudiera participar al cabo de la Luz proveniente de nuestra Ciudad, comenzaron su trabajo  integrando una tras otra las distintas soluciones a los diferentes problemas que les planteaba la construcción. 

Se dieron cuenta en un primer intento, de que un crecimiento sin referencia, ensombrecía por sí mismo algunas zonas, lo cual invalidaba –si no la calidad de los  materiales- si su operatividad. 

Debían, pues, referenciar su obra hacia la Luz, y ésta sería su primera conclusión. 

Acometerían su obra con una orientación certera, pero parece que esta manera de construir tropezaba así mismo con una dificultad. 

La infinitud, es decir, la ausencia de límites de la Ciudad de Luz, les hacía imposible conocer cuál sería el punto de acceso a Ella.  

Imposible circunvalarla para averiguarlo, decidieron ponerse en contacto con el Señor de la Ciudad, quien haciendo uso de su infinita Sabiduría, les facilitó tanto el acceso como el modo de acceder con su trabajo a la Ciudad de Luz. 

En realidad el trabajo no está aún terminado, pero esta pequeña recreación me servirá para deciros que, si de lo que se tratara fuera elaborar con las pequeñas piececitas de nuestros actos una integral que nos permitiera llegar a participar de la Ciudad de Luz, con nuestros maestros constructores y artesanos habríamos de aprender a integrar intención, orientación, y docilidad ante la manifestación de la Sabiduría de nuestro Padre Dios. 

En ausencia de estas premisas, y como les pasaba en el primero de los casos a nuestros constructores, en ocasiones nos encontramos a nosotros mismos construyendo una especie de escalera helicoidal, en la que quizá con la mejor de nuestras intenciones y contando quizá con instrumentos muy válidos además, por no tener la debida orientación o por negarnos a aprehender las indicaciones convenientes, no nos llevaría sino a construir indefinidamente, sin llegar a alcanzar nuestro objetivo final. 

Claro que siempre podemos enderezar el rumbo...

CONTINUACIÓN A LA PREGUNTA 13ª

Quizá porque la extensión de los anteriores sea grande, me encuentro en esta ocasión que no puedo incluir mi último comentario en torno a la pregunta que realizaba Hola. Las intervenciones anteriores en ella las encontraréis. Sólo me queda incluir el comentario pretendido que dice así:

Sólo dos cositas, querido Hola.

El ser ancian@ no es ningún valor. Tampoco lo es la ancianidad.

El reconocimiento de un valor supone la plasmación de algo intrínsecamente bueno y susceptible de considerarse valioso por el ser humano.

La consideración y el cuidado de las personas ancianas será un valor social por tanto, siempre que se traduzca en la consideración de sus circunstancias y en el respeto que les es debido, y en otro caso, no.

Por lo demás, cuanto sugieres es muy interesante, pero tal vez sea mejor (como en el caso de la ancianidad) que vayamos centrándonos en ejemplos concretos…

En cuanto a la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza que planteas, te aclararé que las mismas no son propiamente valores, sino “hábitos operativos buenos”, es decir, virtudes.

Estas cuatro son las cardinales, y junto con las tres teologales (fe, esperanza y caridad) constituyen lo que se ha dado en llamar el “cuerpo de las virtudes”.

Unas y otras se diferencian por su objeto, porque mientras el objeto de las virtudes teologales es Dios mismo, el objeto propio de las cardinales es el bien moral, es decir, la ordenación de nuestros actos en orden al fin sobrenatural.

Como hábitos operativos que son, disponen al entendimiento y a la voluntad para obrar según el juicio de la razón iluminada por la fe.

El reconocimiento de estas virtudes se encuentra ya en el paganismo grecorromano –según dice la Wilkipedia-.

En Platón, por ejemplo, se encuentran asociadas tres a cada una de las partes que tiene el alma según su teoría, y así, la virtud de lo racional es la prudencia; la de lo irascible es la fortaleza; y la de lo concupiscible es la templanza. La cuarta, que es también la virtud más importante de todas, es la justicia, que nace cuando cada una de las partes del alma cumple bien su tarea y viene a ser así una virtud rectora encargada de cohesionar las otras tres.

También se encuentran formuladas estas virtudes en Cicerón y en el emperador Marco Aurelio.

No se si nos habremos acercado un poco a lo que querías, querido Hola, pero me temo que –salvo que quieras que empecemos una serie nueva con las virtudes- poco más te puedo decir.

NO TE MENTIRÁS

Sabido es –o al menos los lectores de este blog sabréis que así lo venimos manteniendo- que cuanto somos lo somos en relación y por efecto de nuestros actos. Vamos a tratar ahora de referirnos a la moralidad de los mismos, es decir, al juicio que cabe efectuarse en base a su coherencia o no con una razón de bondad “objetiva” y común a todos los que de común tenemos el ser y el actuar. 

Para ello trataremos de analizar dos conceptos -el del bien, y el del mal- que, aunque como en el caso de los valores no tengan una forma material concreta, en realidad tienen su plasmación en nosotros mismos, como vamos seguidamente a tratar de argumentar. 

Comenzaremos recordando que, como cuando hablábamos de los transcendentales decíamos, cualquier ente –y por el hecho de serlo- posee en sí y por participación, unas características que le transcienden y que son comunes al común de los entes: la unidad, la bondad, la verdad y la belleza. 

Quiere esto decir que cada ente, en la medida en que lo sea y por el simple hecho de serlo,

  • es uno (diferenciable de lo diverso),
  • verdadero (coherente con ello mismo),
  • bello (armónico con el conjunto de lo real)
  • y bueno (tendría en sí una razón de bondad, que es precisamente de lo que ahora pretendemos tratar).  

Observaréis que hemos utilizado la expresión “en la medida en que lo sea”, lo cual nos remite a la característica evolutiva de nuestro ser “en relación”. 

La cuestión es que esta evolución se produce en la medida en que se actualizan nuestras potencias,

o        y que es en la medida en que se actualizan precisamente,

o      como de un modo diverso el común de los entes va evolucionando de un modo relacionado

o        conformando de ese modo y entre todos el común de la realidad. 

Pues bien. 

La potencialidad del ser humano implica la capacidad de distinguir esta realidad. Puede así juzgarla en tanto que conveniente, así como optar en uno u otro sentido de cara a lo que interprete como conveniente para su propia realización personal. 

Una de esas opciones es la del bien, y otra lo es la del mal, como decíamos nada tangible si no fuera porque –en tanto que asumidos- nos los encontramos condicionando nuestra realidad. 

Nos introducimos así de lleno en el campo de los valores, y aquí es donde “para no engañarnos” como nos advertía el título de nuestro artículo, sería deseable que distinguiéramos entre los significados de los términos valor, valioso, y evaluable,

  • porque una cosa es distinguir la singularidad de un valor perfectamente identificable en el común de lo existente, que es precisamente lo que hace a un ente en la medida en que participa de él evaluable en el valor que se esté considerando,
  • y otra cosa que –por nuestro modo de conocimiento, a la vista de las circunstancias, o por razones de practicidad sencillamente- por nuestra coyuntural conveniencia como valioso lo consideremos. 

La cuestión es,

  • que como todos optamos por una razón de bien (es decir, partiendo de la consideración de algo en cuanto que conveniente, tras cuyo intento de aprehensión se encuentra la motivación de toda nuestra conducta),
  • sucede que,
    • el yerro en cuanto a la consideración objetiva de un valor o de un contra-valor en sí mismo, así como la opción por él en base a un criterio meramente subjetivo,
    • podría comportar a través de nuestra actuación una serie de efectos tanto para nosotros mismos como para nuestro entorno, que podrían llegar a confundir, si no a trastocar, la realidad de aquello que, siendo objetivamente valioso –o aun no siéndolo aún- “estaría llamado a ser”. 

La opción correcta supondría la aprehensión y la existencia en nosotros como principio dinamizador de nuestra conducta de algo que como tal hemos asumido y a lo que hemos denominamos “bien”, y la incorrecta –y con sus mismos efectos- la presencia dinamizadora de algo que -también en cuanto asumido- hemos denominado “mal”. 

El bien y el mal, por tanto –como el resto de los valores- nos los encontramos encarnados y en forma de tendencias. 

Lo que me gustaría recalcar ahora, es que la opción por uno u otro, supone para nosotros la evolución o no hacia el logro de nuestra propia razón de bondad -tanto como individuos, como como integrantes del conjunto de la realidad-. 

Que esto sea así, supone la coherencia, la armonía, la unidad y la bondad en la actuación de un sujeto que -por el hecho de serlo y de serlo en relación- actuaría verdaderamente, como tal sería cognoscible, y participaría mediante sus actos, en la realización de la estructura finalística y en la verdadera razón de bondad de toda la creación. 

Así, pues, el bien y el mal son en nosotros mismos, pero mientras que uno conduce a la plena realización de lo que siendo como debe, es bueno, el otro no. 

  • Pero no somos buenos o malos, ni algo es bueno o malo porque así lo juzguemos y mucho menos porque así lo juzguemos en razón de nuestra conveniencia,
  • sino que lo es o lo somos en tanto que evolucionados en lo que verdaderamente nos conviene, que no es otra cosa que la plena realización de nuestras capacidades, como forma de realización –individual y colectiva- de nuestro propio ser relacional. 

No se si hemos avanzado un poquito en la comprensión del por qué y de la bondad de nuestros valores, querid@s  amig@s. 

Vosotros diréis. 

13ª PREGUNTA REALIZADA

Nos encontramos en esta ocasión con una pregunta de Hola. Para leerla y poder opinar, tendríais que pinchar en comentarios