12ª PREGUNTA REALIZADA
Nos encontramos en esta ocasión con una pregunta de Dorota. Para leerla y poder opinar, tendríais que pinchar en comentarios
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Nos encontramos en esta ocasión con una pregunta de Hola. Para leerla y poder opinar, tendríais que pinchar en comentarios
Hay situaciones en las que parece que el pasado aherrojara nuestro ánimo dentro de una indefinible prisión, y de las que sólo se sale tras efectuar una determinada opción que quizá a través de la película de Ruzowitzky podamos analizar.
Trataremos para ello de introducirnos en su planteamiento, no tanto para hacer sobre él una valoración moral, cuanto que para efectuar en base a él una serie de consideraciones.
Imaginémonos, pues, en un campo de concentración en el que se nos obligara a ejercer una determinada opción. Una opción de la que se derivaran determinantes efectos tanto para nosotros y para cuantos estuvieran en nuestra misma situación (nuestra propia supervivencia), como para el resultado en uno u otro sentido de un hipotético final de la guerra.
Las circunstancias serían las mismas para todos los optantes, y por lo tanto las limitaciones de su libertad también. En realidad, fueron las circunstancias las que hicieron que nuestros dos protagonistas sobrevivieran pese a que sus opciones fueron diversas, pero sin considerar ese resultado, se nos propone ahora que imaginemos cuál hubiera sido nuestra opción.
Habida cuenta de las circunstancias, me temo que no cabría en principio más que una posibilidad: la de intentar sobrevivir.
Nuestra libertad se vería tan violentada, y nuestra voluntad tan mermada, que a mi modo de ver cualquier conducta sería disculpable, puesto que en esas circunstancias no caben los análisis racionales ni el ejercicio de la libertad.
Sin embargo, y una vez tomada la opción básica –la de sobrevivir- puede suceder que, aunque los resultados hayan sido los pretendidos, se produzca en nuestro interior una cierta desafección.
Se llegaría entonces a una situación en la que el sujeto –sabiéndose juez y parte de su comportamiento- “se malquisiera” a sí mismo por no haber llegado a optar por una auténtica y objetiva razón de bien.
Son los sentimientos los que entrarían en juego en este caso, puesto que es a través de sus emociones como el ser humano llega a intuir “lo bueno” y “lo malo” de su actuación.
Como sin duda sabréis, las pasiones (los afectos, los sentimientos) son componentes naturales del psiquismo humano que constituyen como si dijéramos un “lugar de paso” que asegurase el vínculo entre la vida sensible y la vida del espíritu.
El amor (una de ellas) causa el deseo del bien ausente y la esperanza de obtenerlo -lo que culmina en su caso en el placer y el gozo del bien poseído-, mientras que la aprehensión del mal causa el odio, la aversión y el temor ante el mal que puede sobrevenir, lo que culmina –también en su caso- con la tristeza a causa del mal presente o con la ira con la que el ser humano se opone a él.
No es que nuestros sentimientos más íntimos decidan la moralidad de nuestros actos, pero sí que nos informan sobre ellos.
Constituyen como un depósito inagotable de las imágenes y de las afecciones de nuestra vida moral, y sucede que, aunque en ocasiones podamos reconocer una opción como la única posible y en ese sentido no considerarla como inmoral -supongamos que el objeto y la intención al tomarla fueron válidas, y las circunstancias ante la misma insalvables y extremas-, hay algo en nuestro interior que la rechaza, y que hace que nos sintamos responsables –en tanto que optantes- de nuestra actuación.
Esto es así porque la libertad conlleva responsabilidad, y aunque estemos totalmente de acuerdo en que hay circunstancias en la que nuestra libertad podría verse fatalmente violentada, hay una libertad como tendencia –que es la que nuestros sentimientos nos recuerdan- que nadie nos puede quitar.
Es pues cuando un ser humano se encuentra a solas con su conciencia, cuando puede llegar por encima de todo análisis racional a sentirse reo de sí mismo, y a esa situación es a la que yo aludo cuando os hablo de nuestras hipotéticas -aunque posibles- “cárceles del alma”.
En el caso de nuestro protagonista, el resultado que pretendía –la supervivencia- estaría garantizado, y sin embargo de algún modo (interpreto) se recriminaba a sí mismo el hecho de haber tenido en ello siquiera una mínima participación. Con su intervención, el objetivo de los torturadores llegó a realizarse, aunque coincidió en el tiempo con el final de la contienda, lo que hizo que las circunstancias cambiaran a su alrededor.
Llegó entonces el momento de pasar página, y con él el de la propia objetividad.
Pero -si lo pensamos bien- no es esta una realidad que nos resulte tan distante.
En ocasiones también nosotros podríamos llegar a encontramos en una de esas especie de “cárceles del alma”, y aunque nuestro íntimo deseo fuera el de evadirnos –el de “pasar página”- comprobamos que esto no es posible, sin haber ejercitado antes una nueva y generadora opción.
Se trataría de una experiencia del perdón.
En primer lugar, tendríamos que llegar a concebir esa posibilidad; pero en ocasiones nuestra conducta nos resulta tan abyecta, tan imperdonable, que sabemos positivamente que en ningún caso llegaríamos a restañar una situación maleada por nuestra culpa, ni a compensar a terceros de los perjuicios causados por nuestra actuación.
Es por tanto necesario conocernos a nosotros mismos y nuestras posibilidades para llegar a perdonarnos, puesto que el no perdonarnos supone el no aceptarnos, y sólo en la medida en que nos aceptamos a nosotros mismos podremos asimilar una situación y ser capaces de aceptar las situaciones de los demás.
No se trata de pactar con nuestros errores, sino de ser capaces de reconocerlos y de aprender de una situación: de saber hacer de ella una ocasión para evolucionar.
Desde esa comprensión únicamente seremos capaces de abandonar nuestras prisiones, con la firme intención –en la medida en que nos sepamos capaces- de regenerarnos y de intentar restañar -en la medida en que de nosotros dependa- los efectos negativos de nuestra actuación.
Será la aspiración al Bien lo que nos aliente, y la opción por Él la que nos permitirá nuestra evasión. Nuestros propios y nuevos sentimientos ante nuestros aciertos y/o errores nos informarán, e iremos con todo ello progresando en la adquisición de unos nuevos valores, que serán los que nos den, a nuestros propios ojos, un nuevo valor.
En fin.
Yo el camino lo veo claro.
Realmente no se lo que hubiera hecho en aquellas circunstancias, pero pienso que es posible que de aquella experiencia hubiera aprendido a –de una manera diferente- sobrevivir...
Eso creo, al menos…
Reproduzco en esta ocasión una entrevista con Stefan Ruzowitzky, guionista y director de LOS FALSIFICADORES, una película que aún está en cartelera y que acabo recientemente de ver. Según sus propias palabras, Ruzowitzky pretende que los espectadores nos cuestionemos cómo nos hubiéramos comportado en una situación como la que él plantea, y esto realmente es lo que me ha hecho pensar.
Lo que a modo de tryler el entrevistado nos dice sobre su obra es lo siguiente:
"Los Falsificadores nos muestra un capítulo algo fuera de lo común de la época nazi. ¿A qué dificultades se enfrentó Ud. durante la realización?
Es evidente que no queríamos rebajar el holocausto a una suerte de "daño colateral". No me habría atrevido a presentar el horror cotidiano en un campo de concentración. Me dije a mí mismo: "Eso es algo que no se puede filmar". Pero sí me interesó contar "otra historia", la historia de un grotesco enclave en medio de un campo de concentración. En todo caso, siempre tuve muy claro que la película sería altamente política. Por eso mismo, intentamos no exagerar nada. La mesa de ping-pong, por ejemplo y otros muchos detalles más son auténticos. Ningún guionista se habría atrevido a inventar algo así. Los productores reaccionaron positivamente frente a esta autenticidad.
¿Se puede decir que ha llegado el tiempo para las "aves exóticas" (como decimos en alemán) que también hubo durante el nacionalsocialista?
Por respeto a las víctimas, hay mucho que no se ha podido mostrar hasta ahora. Pero, la generación de los culpables y la de las víctimas se extingue. Hoy, el público cinematográfico se compone más bien de la generación de sus nietos. Esto abre nuevas formas de acceder a este intento de superación de la aflicción, de superación del horror de lo ocurrido.
A través de la película, ¿pudo Ud. llegar a entender mejor este tiempo?
Sí, sabíamos que nos movíamos en una piscina llena de tiburones, de fuertes emociones. Para no "meter la pata", tuvimos que investigar minuciosamente. Por ello, recomendé a los artistas, una y otra vez, leer mucho acerca de este tiempo.
¿Son auténticos los aspectos de comedia de la película?
En este sentido, nos ayudó mucho el hecho que Veit Stübner –que interpreta a "Atze"– venga de la RDA y haya estado en una cárcel del SED (Partido único de la República democrática alemana). Veit nos explicó que “en una situación así, es habitual que se cuente chistes”. Pienso además -aunque en otro nivel- lo que ocurre en “One Day in the Life of Ivan Denisovich” ("Ein Tag im Leben des Iwan Denissowitsch"). Al final del “día“, el protagonista puede decir que ha tenido, en cierta forma, suerte, pues ha encontrado algo de comer y ha sobrevivido esa jornada.
De la autenticidad, se preocupó también el nonagenario Adolf Burger.
Sin duda, fue muy emotivo que los últimos sobrevivientes, Adolf Burger y Jack Plappler hayan visitado el set. En realidad, el auténtico Burger era mucho más radical que el que se presenta en la película. En “Die Fälscher“, Burger no es él la figura principal, sino Sorowitsch, un falsificador “de profesión”, pero me fascinó su figura. Él tenía ya “experiencia en prisión”, como quedó de manifiesto en una escena de la cinta. Sorowitsch o Salomon Smolianoff, como se llamaba en realidad, era todo lo contrario a los intelectuales burgueses por quienes estaba rodeado. Después de la Guerra llamó la atención en Argentina por descubrir la existencia de obras de "antiguos maestros" de la pintura.
En su película, se enfrentan dos posiciones que tienen una cierta legitimación moral.
Sí, espero que los espectadores se pregunten: ¿cómo me habría comportado yo en una situación así? Salomon Sorowitsch tiene razón. Pero, Adolf Burger también la tiene. Todos están en la razón. De manera que no está claro quién se comporta correctamente. En el fondo, este es el tema de la película. Los sobrevivientes de la “Operation Bernhard“ no están de acuerdo sobre si el oficial de la SS que la comandó, fue un criminal -porque permitió que mataran a seis de los falsificadores- o tal vez, y pese a todo, un héroe, porque salvó la vida de los demás.
¿Es un "happy end" apropiado para la película?
El "happy end" definitivo está más bien al comienzo de la historia. Vemos a un sobreviviente con los bolsillos llenos de dinero y una hermosa mujer en los brazos, en la Cote d‘Azur. Entonces, este sobreviviente se plantea la cuestión: "¿Hice algo malo"? ¿Fracasé moralmente?" De ello se trata precisamente toda la película.””
En mi corto criterio, os diré que se trata de una película muy interesante, pero ya sabéis que no es exactamente de cine de lo que pretendo hablaros, sino –en esta ocasión- de la reflexión que me ha sugerido su visualización.
De momento, os doy ocasión de que vosotros también la veáis, y en un artículo posterior (LAS CÁRCELES DEL ALMA se llamará) trataremos de analizar el modo en que se llega a determinadas situaciones que mantienen al alma humana presa de sí misma, pese a tenerse los bolsillos llenos de dinero, o a disfrutar de una inmejorable compañía en la Costa Azul.
Quizá no sea exactamente a lo que se refiere Ruzowitzky en su planteamiento,
... pero acaso sí…
El actor y director italiano Roberto Benigni –que obtuvo el Oscar con su película “La vida es bella”- es un personaje singular. Políticamente de izquierdas (es famosa su foto con el entonces Secretario del Partido Comunista italiano –Enrico Berliger- en brazos) no tiene, sin embargo, una mentalidad cerrada a la transcendencia, como parece ser “obligado” según un cierto modo de entender la política.
Todo esto viene a propósito de una entrevista publicada por Il Giornale de Milán, donde Benigni se refería al impacto que provoca el Evangelio, con declaraciones como éstas:
”¿Cómo no quedar fascinado por la figura de Jesucristo. Se lee el Evangelio y se pregunta uno: ¿quién es Éste?.
Yo lo leo por gusto. Leo también otros libros de la Biblia, como el Libro de la Sabiduría, pero es con el Evangelio con el que quedo hecho polvo; basta una línea de las parábolas. Tiene una fuerza espectacular, casi te pones de pie en la silla…
Tiene dentro una violencia interior que te da alas.
Una fuerza que te desbarata toda la vida, porque te dice que siempre puedes recomenzar otra vez. Te pone en condiciones de que cada uno pueda hacer una revolución de sí mismo.
Antes de que llegase Jesucristo, la relación con Dios consistía en el dolor, y Él ha tomado todo sobre sí. Para mí es desconcertante”
Benigni en el fondo, es un poeta –dice el entrevistador-. Basta verlo recitar a Dante (en televisión) para contagiarse de su emoción ante el amor y el misterio. Dice que para disfrutar de Dante no hace falta creer en Dios, pero sí conocer el cristianismo. Esto no es difícil –añade- pues “toda nuestra civilización es cristiana sin saberlo”
Hasta aquí el contenido de la entrevista.
Desde luego Benigni es un hombre intuitivo…
… pero vamos a tratar de descubrir ahora por qué El Evangelio tiene esa gran fuerza creadora que Benigni percibe…
La razón no es otra que el hecho de que en El Evangelio se contiene la Palabra de Dios, una Palabra que –en la Vida misma de Cristo- se concreta precisamente en su predicación…
Jesús es “el sujeto” mismo de la predicación, y su mensaje cobra sentido -vuelve a ser una “realidad activa” para todos nosotros- cada vez que el Espíritu que lo ha inspirado lo prende en el corazón de quienes lo escuchan.
Así es como Dios habla también hoy a quienes acogen esa Palabra.
La “sacramentalidad” de la Palabra de Dios se ve cuando tantas veces actúa manifiestamente más allá de la comprensión de la persona, más allá de toda explicación humana, y con una desproporción evidente entre el signo y la realidad que produce.
Es por ello que cuando celebramos la Santa Misa, hablamos de Ella como de la doble Mesa de la Eucaristía y de la Palabra. En ella, las lecturas están destinadas a que reconozcamos a Quien se hace presente al partir el pan, iluminando cada vez más un aspecto particular del misterio que se realiza, y es de este modo –como sucedió con los discípulos de Emaús, quienes fue escuchando la explicación de las Escrituras como reconocieron después a Jesús por el modo de partir el pan- como nosotros podemos también reconocerle.
Es al hacerlo cuando no somos sólo oyentes, sino interlocutores e incluso actores de la misma, puesto que llegamos a participar más conscientemente y a manifestar en nosotros y actuando sobre nosotros, la realidad de la Palabra de Dios.
Tal vez a estas alturas lo haya decubierto ya Benigni...
Estaba en oración delante del Monumento la noche del Jueves Santo, cuando me di cuenta de que sólo pretendía escuchar. Escuchar donde no había palabras... Recuerdo que, con la mente en blanco, me dirigía al Señor para recordarle -como S. Pedro- que Él ya sabía que le amaba.
Pretendía contarle lo difícil que era amar para mí en algunas circunstancias. Preguntarle qué quería de mí. Que me dijera que yo era para Él alguien especial,
... pero nada salvo el ruido de una calefacción se escuchaba…
Entretenida en la contemplación del Monumento -flores, velas, reclinatorios, orantes- no me daba cuenta de su Presencia, no porque Él no estuviera, sino porque realmente yo no le contemplaba…
Me sentía como la Magdalena cuando vivió la ausencia del Cuerpo del Amado del Sepulcro. Sentí su sentimiento de abandono. Sin embargo, había cosas que yo ya sabía, y entonces fue cuando empecé a recordar…
Me vinieron a la mente sus palabras: lo que Él nos dijo cuando todavía estaba con nosotros…
Cuando celebrando la Pascua con sus discípulos, a todos lavó los pies. Cuando para todos (también para el que le habría de entregar) partió el pan…
Fue entonces también cuando les dio un mandamiento nuevo:
… tendrían que vivir “amando”,
... “como Él les amó”…
Como a mí me estaba pasando en aquel momento, sus discípulos no debieron de entenderle,
... y sin embargo El Señor sabía muy bien lo que decía…
Entonces se dirigía “a su pequeña comunidad” y les adelantaba algo que ya antes habían escuchado: que lo que estaba dicho a través de los profetas, tendría en Él su cumplimiento…
Pero también les adelantaba algo más:
... que el cumplimiento tendría lugar en ellos,
... siempre que amaran como Él les amaba -lo que incluía que tomaran sobre sí mismos amorosamente su cruz…
No debían tener miedo, puesto que a partir de ese momento ya no estarían solos:
... porque con ellos y en medio de ellos, siempre estaría Él...
Sin duda El Señor sabía muy bien lo que decía, pero,
… a la vista de lo que después sucedió,
… ¿por qué les habría dicho que ya no estarían solos?….
Alguna vez sí que se apareció como El Resucitado (debió de ser para que concibieran aquello de que la muerte no tiene la última palabra)…
… ¿pero cómo podría ser aquello de que continuaría “siempre” con ellos?...
¿Acaso podría creerse que en unas simples especies, por muy escogidas que fueran, se iba a contener la Persona de Cristo y mucho menos su Divinidad?...
Aún hoy nos resulta incomprensible, ¡así que imaginémonos a ellos!...
Sin embargo, llegó un momento en el que sí lo comprendieron,
... cuando el mismo Poder del Resucitado les fue comunicado…
Supieron entonces acabadamente quiénes eran, y a qué estaban destinados. Supieron también de su misión, y del por qué de que recibieran el Poder del Espíritu de Dios.
Era para la edificación de la Iglesia.
Para que a través de sus obras el Pueblo de Dios comprendiera, que hay un solo Dios en Cristo, cuyo Poder a través de sus obras se manifestaba…
Sería a través de sus obras también como ese poder que entonces recibían (en Pentecostés) fuera perpetuado en un pueblo sacerdotal:
... en un pueblo llamado a participar en la común-unión con Cristo –único y verdadero Sacerdote- del Poder del Espíritu de Dios.
A un tiempo Sacerdote y Víctima, Él era quien ofrecía y redimía nuestra humanidad, y quien nos consagraba como pueblo haciéndonos uno con El al compartir con nosotros el Poder de su Divinidad.
Pero ese poder ilimitado que nos permite permanecer en El Cristo también se nos alcanza hoy a través del Sacramento del Sacerdocio Ministerial...
Es ese el modo previsto para que mediante la imposición de manos de un descendiente de los Apóstoles (el Obispo), cada persona llamada a esa vocación reciba de una manera singular el Poder del Espíritu de Dios destinado a la edificación de la Comunidad.
Es así también como ese ser humano, bajo la acción del Espíritu Santo –es decir, bajo la acción del Poder del Espíritu de Dios-, adquiere una especial “habilitación permanente” para su cometido.
Así es como la fe, la esperanza y la caridad propias de la Gracia de este Sacramento modifican "su sustancia" (es decir, su forma de ser, su forma de actuar y su forma de participarse), y a ello es a lo que nos referimos cuando decimos que el Sacramento del Orden "imprime carácter" al ordenando.
No adquiere con ello una especie de “halo” de santidad: en virtud de sus actos un sacerdote podrá ser tan santo o tan mezquino como cualquiera...
Sin embargo, lo singular, lo realmente importante, es que esa persona ha recibido un poder extraordinario que no proviene de él y que posibilita que el mismo Cristo actúe a través de sus obras comunicándonos su Gracia por el Poder del Espíritu de Dios.
La Gracia propia de este Sacramento modifica “sustancialmente” pues al sacerdote, pero es sin embargo una Gracia a compartir,
… una Gracia “al servicio” del Pueblo de Dios...
No quiere decir esto que de las palabras de un sacerdote se deriven “por sí mismas” la fe, la esperanza y la caridad para el Pueblo de Dios,
… sino que a través de ellas se proclama,
... se hace realidad,
... y se nos participa la misma Palabra de Dios…
¡El mismo Cristo resucitado!.
Así es como Él se hace presente entre nosotros, y así es también como se nos participa la Vida que nace de Su aceptación.
A estas alturas de mi reflexión, yo ya había encontrado las respuestas que buscaba, y me postré agradecida ante la presencia eucarística de su Palabra y ante los designios amorosos de Nuestro Padre Dios…
De nuevo las palabras del P. Cantalamessa para el Domingo de Resurrección. Las lecturas son Hechos 10, 34a.37-43; Colosenses 3, 1-4; y Juan 20, 1-9, y su intervención dice así:
""A las mujeres que acudieron al sepulcro la mañana de Pascua, el ángel les dijo: "No temáis. Buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado. ¡Ha resucitado!"...
¿Pero verdaderamente ha resucitado Jesús?
¿Qué garantías tenemos de que se trata de un hecho realmente acontecido, y no de una intervención o de una sugestión?...
San Pablo, escribiendo a la distancia de no más de veinticinco años de los hechos, cita a todas las personas que le vieron después de su resurrección, la mayoría de las cuales aún vivían (1Co 15,8). ¿De qué hecho de la antigüedad tenemos testimonios tan fuertes como éste?...
Pero para convencernos de la verdad del hecho, existe también una observación general. En el momento de la muerte de Jesús, los discípulos se dispersaron; su caso se da por cerrado. "Esperábamos que fuera Él", dicen los discípulos de Emaús.
Evidentemente ya no lo esperaban, y he aquí que -de improviso- vemos a esos mismos hombres proclamar unánimes que Jesús está vivo; afrontar, por este testimonio, procesos, persecuciones, y finalmente -uno tras otro- el martirio y la muerte. ¿Qué ha podido determinar un cambio tan radical más que la certeza de que Él verdaderamente había resucitado?...
No pueden estar engañados, porque han hablado y comido con Él después de su resurrección; y además eran hombres prácticos, ajenos a exaltarse fácilmente. Ellos mismos dudan de primeras y oponen no poca resistencia a creer. Ni siquiera pueden haber engañado a los demás, porque si Jesús no hubiera resucitado, los primeros en ser traicionados y salir perdiendo (¡la propia vida!) eran precisamente ellos.
Sin el hecho de la resurrección, el nacimiento del cristianismo y de la Iglesia se convierte en un misterio aún más difícil de explicar que la resurrección misma.
Estos son algunos argumentos históricos, objetivos; pero la prueba más fuerte de que Cristo ha resucitado ¡es que está vivo!. Vivo, no porque nosotros le mantengamos con vida hablando de Él, sino porque Él nos tiene en vida a nosotros, nos comunica el sentido de su presencia, nos hace esperar.
"Toca a Cristo quien cree en Cristo", decía San Agustín, y los auténticos creyentes experimentan la verdad de esta afirmación.
Los que no creen en la realidad de la resurrección, siempre han planteado la hipótesis de que se haya tratado de fenómenos de autosugestión; los apóstoles creyeron ver. Pero ésto, si fuera cierto, constituiría al final un milagro no inferior al que se quiere evitar admitir. Supone, en efecto, que personas distintas, en situaciones y lugares diferentes, tuvieron todas la misma alucinación.
Las visiones imaginarias llegan habitualmente a quien las espera y las desea intensamente; pero los apóstoles, después de los sucesos del Viernes Santo, ya no esperaban nada.
La resurrección de Cristo es -para el universo espiritual- lo que fue para el universo físico, según una teoría moderna, el Big-Bang inicial: tal explosión de energía como para imprimir al cosmos ese movimiento de expansión que prosigue todavía miles de millones de años después.
Quita a la Iglesia la fe en la resurrección y todo se detiene y se apaga, como cuando en una casa se va la luz.
San Pablo escribió: "Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo" (Rm 10,9)
"La fe de los cristianos es la resurrección de Cristo", decía San Agustín.
Todos creen que Jesús ha muerto, también los paganos y los agnósticos. Pero sólo los cristianos creen que también ha resucitado, y no se es cristiano si no se cree ésto.
Resucitándole de la muerte, es como si Dios confirmara la obra de Cristo, le imprimiera su sello.
"Dios ha dado a todos los hombres una garantía sobre Jesús, al resucitarlo de entre los muertos " (Hechos 17, 31)""
Hasta aquí las palabras del P. Cantalamessa.
Es la suya, como siempre, una interesante reflexión sobre la Resurrección de Cristo. Compartiéndola, os deseo...
... ¡UNA FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN PARA TOD@S!
Porque aún quedan un par de días para poder ir al cine, os voy a presentar en esta ocasión y con palabras de Juan Orellana para la revista Cinemanet, una película que yo he visto ayer y cuya crítica dice así:
“Con Las hermanas Bolena vuelve a ponerse sobre la mesa lo que ocurre cuando se paga el precio de la felicidad por alcanzar el poder. Siempre se paga la misma factura: la soledad radical. Veamos el caso de Las hermanas Bolena, una película muy estimable que ha llegado a España rodeada de glamour.
La película supone el debut cinematográfico del cineasta británico Justin Chadwick, hasta ahora realizador de ficciones televisivas. Se trata de una adaptación de una novela histórica de Philippa Gregory, La otra Bolena y supone un acercamiento al trágico matrimonio de Enrique VIII con Ana Bolena desde la perspectiva de Mary, la ignorada hermana pequeña de la reina, que tuvo un hijo con el Monarca antes de que este se encaprichara de Ana. Para realizar con éxito esta dificil adaptación, el proyecto ha contado con un guionista británico experto en grandes personajes históricos, Peter Morgan, responsable de guiones cinematográficos como el de la galardonada The Queen, o El último rey de Escocia e incluso de libretos televisivos y teatrales como Enrique VIII, Nixon, o The Deal, de Stephen Frears, sobre Tony Blair y que le supuso el BAFTA de televisión al Mejor Guión Original.
Las hermanas Bolena no es, en strictu sensu, una película histórica en la que se nos describe el archiconocido episodio que supuso, entre otras cosas, la salida de Inglaterra de la Iglesia católica y romana. Por otra parte, la incontinencia sexual del monarca ya ha sido afrontada en muchos otros film como La vida privada de Enrique VIII (1933)-, Las seis esposas de Enrique VIII (1971), Enrique VIII y sus seis mujeres (1972). El film tampoco analiza con rigor histórico los avatares de un personaje histórico, como sí que hizo la memorable Un hombre para la eternidad con Sir Tomás Moro, mandado degollar por Enrique VIII. Así pues, el film de Chadwick, lejos de analizar los grandes asuntos de Estado, o de proponer un análisis histórico-político, es ante todo un drama psicológico, y sobre todo, moral.
Desarrolla los procesos personales que llevan a dos jóvenes doncellas a rivalizar por la alcoba de un poderoso rey. Dicho de otra forma, Las hermanas Bolena es un drama moral sobre la ambición humana y sus límites.
Al igual que para Shakespeare, la historia de Inglaterra no es más que un telón de fondo para poner en escena un drama humana de contornos universales y atemporales. Pero no se trata de un film esquemáticamente moralizante y mucho menos maniqueo: María Bolena traiciona a su esposo por complacer sexualmente al Monarca, y a pesar de su error no se puede decir que no sea una mujer humilde y de buenos sentimientos, capaz de sacrificios, generosidad y perdón; Ana es maquiavélica, pero su perversión es fruto de que todos sus principios nobles fueron sistemáticamente machacados por su padre y su abyecto tío, y en el trance final parece una mujer arrepentida. Casi el único personaje de una pieza, íntegro y sin tacha es Catalina de Aragón, interpretada por Ana Torrent. También es honesta Isabel, la madre de las Bolena, pero se muestra incapaz de actuar al margen de las órdenes de su marido, un hombre mezquino y cobarde, y cuya ambición le impide a ella hacer valer su sentido del bien y la justicia en una sociedad tremendamente machista. El resultado son dos hijas lanzadas al circo de de la debilidad humana, carne de cañón de un hombre que confunde la razón de Estado con sus propios caprichos personales.
Por otra parte, el tratamiento de la cuestión religiosa, aunque presentado de puntillas, no ofrece ninguna estridencia valorativa tan típica de las actuales películas históricas. Es más, el catolicismo de Catalina parece ser la única posición sólida en medio del vacío de creencias y referentes del resto de personajes.
La interpretación de las actrices es excelente, y logran con éxito la difícil conjugación de la mezquindad con retazos de humanidad; Scarlett Johansson y Natalie Portman comparten pantalla en un duelo intrageneracional que las dos saben llevar a buen puerto; Eric Bana, que es un gran actor, no deslumbra demasiado a causa de su personaje, construido muy lejos de la fisonomía real del monarca. El formato del film es convencional, pero resultón, muy equilibrado entre su guión y puesta en escena, y la dirección artística deslumbrante. Las hermanas Bolena no decepciona.”
Espero que esta crítica os resulte sugerente.
A mí, efectivamente, no me ha decepcionado.