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LA ESPERANZA EN UNA ENCÍCLICA

Porque el articulo que estoy preparando sobre ella tiene otro enfoque, porque la Spe Salvi me parece una encíclica altamente recomendable, y porque me temo que para cuando yo lo publique y como noticia vaya perdiendo actualidad, no dudo en hacer mío el artículo de D. Gabriel Mª de Otalora, que con su autorización reproduzco, y que dice así: 

“Benedicto XVI acaba de alumbrar una nueva encíclica. A la que puso por nombre Dios es amor, le sigue ahora Salvados en la esperanza, y próximamente nos espera una tercera, al parecer centrada en temas sociales. Breve como la primera, tampoco nos deja indiferentes esta carta pastoral papal en torno a la esperanza. En primer lugar, Ratzinger entiende la esperanza no tanto como un mensaje (cristiano) que informa, sino como una comunicación personal que comporta hechos y nos cambia la vida, al tratarse de un Dios que se revela como amor y como una realidad esperada que atrae al futuro dentro del presente, de modo que el futuro ya no es el puro todavía no. Desde esta posición, Benedicto XVI nos cuestiona: la fe en esperanza cristiana ¿es también para nosotros ahora una esperanza que transforma y sostiene nuestra vida?. Toda la encíclica está escrita bajo el signo de la Historia, sin eludirla, aportando luz a algunos de los acontecimientos más relevantes de la misma desde el anhelo universal de esperar un sentido a nuestra existencia con la felicidad como máximo referente. Y así va desgranando hechos como el dominio de la Tierra y de la ciencia como un ejercicio de restablecimiento del paraíso perdido en la Tierra, aunque a costa de desplazar la fe a un segundo plano; la fe en el progreso desde el dominio de la razón y la libertad, para en un tiempo posterior cambiar de esperanza a favor de la política. Aquí se detiene en Marx elogiando su capacidad de análisis y en cómo ha descrito la situación de su tiempo acertando en el cómo cambiar la situación pero sin explicar cómo se debería proceder después. Para el Papa, su gran error fue haberse quedado en la fase intermedia con las consecuencias que todos conocemos (Stalin, Mao...) creyendo que el ser humano sólo es fruto de las condiciones económicas (el materialismo como el motor de la Historia). 

Al llegar a la Modernidad, incide en la necesaria autocrítica del cristianismo moderno y deja muy claro que el progreso es mucho más que el mero progreso técnico, cuestionándonos implícitamente si es lo mismo progreso que desarrollo y nuestra postura sobre el crecimiento insostenible con la desesperanza que genera, cuando se pregunta ¿qué significa realmente progreso?. Y recuerda lo que la ciencia es capaz de destruir o crear depende en las manos que caiga. Para Benedicto XVI, la ciencia no redime ni da esperanza de felicidad por sí sola; la vida feliz sólo tiene un sinónimo: el amor. La esperanza entendida como algo “sólo para mí no es una esperanza verdadera porque olvida y descuida a los demás”. A partir de aquí, pone muy claro el acento de la conexión entre el Dios del amor y el prójimo, sobre todo en relación con el inevitable dolor humano. Debemos hacer todo lo posible por evitar el sufrimiento, “el propio y el ajeno, el físico y el psíquico. Son deberes de la justicia y el amor”. Y remacha su reflexión afirmando que tratar de no sufrir prescindiendo de ayudar a los demás, de solidarizarnos con los que sufren, puede disminuir el dolor pero a costa de algo mucho peor: la oscura sensación de falta de sentido y de soledad existencial. Y ante el sufrimiento inevitable, pues aceptarlo y transformarlo en fuente de amor. Y por si quedasen dudas, afirma que “una sociedad que no es capaz de aceptar a los que sufren ni de compadecerse, es una sociedad cruel e inhumana”. Mayor claridad, imposible. Verdad, justicia y amor no son simplemente ideales, sino realidades de enorme densidad. Como consecuencia de lo anterior, el juicio final es, ante todo y sobre todo, esperanza. Por tanto, nuestra esperanza debe ser siempre y esencialmente una esperanza para otros, nos dice Benedicto XVI. Debemos crear espacios de esperanza a través de gestos concretos de amor, de compromiso, de compasión. 

Lo mejor del texto papal, a mi juicio, es que nos habla sin ambages desde la razón y la fe sobre el papel meridiano que debemos desempeñar hoy y aquí los cristianos para hacer presente al Dios de la esperanza frente al dolor y el mal en el mundo, por encima de teorías e individualismos. Y su estilo, que nos obliga a la reflexión, sin dejarnos que otros, aunque sea el Papa, piense por nosotros y se diluyan nuestras responsabilidades. Nuestra esperanza es siempre y esencialmente también esperanza para los otros; quizá por ello dedica más espacio para el juicio en clave de esperanza y gracia que para hablar del cielo y el infierno: “En una gran parte de los hombres (...) queda en lo más profundo de su ser una última apertura interior a la verdad, al amor de Dios”. Lo menos bueno de la encíclica después de una primera lectura, es la falta de referencia a la misericordia divina, que va más allá de la compasión, y alguna referencia explícita a que la justicia hay que trabajarla ya en este mundo (reino de Dios, reino de justicia; hágase tu voluntad en la Tierra como en el cielo...) en relación con el pecado de mantener estructuras socioeconómicas injustas, tan de nuestro tiempo. “Nadie se salva solo” nos advierte el Papa. La última consideración del Papa se la lleva María y su ejemplo contra toda esperanza; ella es la mejor luz de esperanza para toda la Humanidad. Termino con una reflexión de Kant que el propio Benedicto XVI destaca en esta encíclica: “Si llegara un día en el que el cristianismo no fuera ya digno de amor, el pensamiento dominante de los hombres debería convertirse en el de un rechazo y una oposición contra él””. 

Realmente buena, ¿no creéis?... 

Lo único que yo le diría al Sr. Otalora, es que la Misericordia divina es compasión precisamente al haberse hecho humana, y que es de suponer que lo que echa en falta en la Spe Salvi de la idea de “trabajar la justicia ya en este mundo” en relación con “el pecado de mantener estructuras socioeconómicas injustas”, parece probable que nos lo encontremos en la tercera de las encíclicas de Benedicto XVI.  

En su interpretación, pienso que el Sr. Otalora no puede ser más objetivo, pero vosotros diréis.

ONCE UPON A TIME

Como los dos próximos artículos que tengo previsto publicar serán un poquito serios, dejadme ahora introducir esta pequeña historia, que espero sea ilustrativa de cómo los verdaderos afectos “se nos apegan” en el corazón.

Veréis:

Cuando yo era jovencita, en algunas de las casas de cuantos nos considerábamos amigos, solían celebrarse frecuentes guateques.

No eran reuniones nada sofisticadas. No se necesitaba más que un pick up, apenas unas patatas fritas, y nuestras ganas de conocernos y de compartir nuestra amistad.

Aunque ligar no era lo pretendido, os diré que algunas de las relaciones de amor que entre mis amigos aún perduran surgieron de alguno de ellos; pero ahora voy a referirme a una muy especial:

 ... a una relación rediviva, que como veréis conservo aún con gran afecto en mi corazón...

Por aquel entonces teníamos 14 años.

Él era catalán y nos conocimos en uno de los guateques que tenían lugar en mi casa, y desde aquel día a diario recorría catorce kilómetros en bicicleta para venir a verme, puesto que esa era la distancia que separaba nuestras respectivas localidades de veraneo.

Como os imaginaréis, os estoy hablando de mi primer amor.

Nuestro veraneo duraba en aquel entonces, desde la fiesta de S. Pedro (el 29 de Junio), hasta la de El Pilar (12 de Octubre), y aproximadamente en esas fechas, mi primer amor (con su familia), viajaba de regreso a Barcelona...

Ya no podríamos vernos hasta el verano siguiente, y ésas eran para nosotros por tanto, fechas de gran dolor.

Nuestras familias contemplaban nuestra relación con gran agrado, pues eran muy amigas entre sí, y sin duda verían con simpatía a aquella “chiquita” que, con su Manolo, se despedía muy tímidamente cada año en una esquina de aquel recordado andén.

No se él, pero yo aún conservo sus cartas.

Eran comunicaciones de auténtico amor.

Tampoco nada elaboradas (os podéis imaginar el lenguaje de dos chiquillos de catorce años), pero aún hoy se puede percibir en ellas la presencia del uno en la vida del otro, así como la impaciencia, a lo largo de largos inviernos, por en el próximo verano llegarnos a ver.

En esas circunstancias fuimos “novios” durante cuatro años.

Llegó un momento en el que la vida nos separó. Primero me casé yo, y bastantes años después, lo hizo él.

Pero aún hoy, y cuando ocasionalmente nos vemos o nos hablamos, siempre lo hacemos con el mismo cariño de antaño, puesto que reconocemos en el otro (sean cuales sean nuestras circunstancias actuales) a aquel ser que descubrió en su día y ante los ojos del otro, su capacidad de amar.

Manolo fue por lo tanto, mi primer generador de ideas sobre el Amor: quien primero me llevó a experimentar lo que, aún hoy, es para mí la idea del verdadero Amor,

... una mezcla de mutuo conocimiento, de tendencia mutua, y de alentadora esperanza mutua, en la mutua y permanente común-unión....

Como veis, junto con su recuerdo, yo sigo conservando esa maravillosa idea en mi corazón.

EN LA CONCIENCIA ÁVIDA, HABITA EL GOZO

Después de leer a Benedicto XVI en la encíclica Spe Salvi y haciendo mía una reflexión de Agustín de Hipona, he comprendido que en nuestros puntuales enamoramientos, aquello de lo que nos solemos enamorar, o propiamente nuestros enamorad@s, son para nosotr@s auténtic@s generador@s de ideas:

  • De ideas que podemos compartir,
  • que ocasionalmente valoramos,
  • cuya claridad u oscuridad está en ellas mismas,
  • que únicamente nosotros somos responsables de su selección,
  • en las que solemos depositar nuestra confianza,
  • que pueden llegar a expandir nuestra capacidad de amar,
  • pero que en ningún caso son capaces por ellas mismas de llegar a colmarla.

Somos por tanto, buscadores de ideas.

De evocadoras ideas de cuya selección depende precisamente, el hecho de que en nuestras ávidas conciencias habite el gozo, puesto que el gozo únicamente reside en la íntima posesión de lo Amado por parte de quien ama.

El gozo se experimenta, pues, tras compartirse con el Amor.

Pero en ocasiones, tendemos a “objetivizar” nuestras ideas:

  • a considerarlas un objetivo en sí mismas,
  • y a cifrar en su consecución nuestra felicidad,
  • sin darnos cuenta de que nuestra capacidad de amar -“esa dolencia de amor” de la que hablaba San Juan de la Cruz- únicamente se colma “con la presencia y figura del Amado”.

Esta posibilidad representa claramente un error, y el error consistiría en no reconocer que,

  • cuando amamos,
  • no hacemos sino responder a un Amor que “espera” de nosotros, aún en mayor medida que en la que nosotros “esperamos” de Él.

Pues bien.

Aunque no lo parezca, yo creo que de ésto precisamente es de lo que nos habla Benedicto XVI en sus dos cartas encíclicas a las que en mi próximo artículo me referiré.

En la primera de ellas, Benedicto XVI nos decía que “Dios es caridad”.

Definía así la esencia del Amor: un amor en base al cual existimos y hacia el cual tendemos, por cuanto que hemos sido creados para amar.

Nos hablaba con ello, del objeto y del objetivo de nuestro amor,

  • porque si Dios es para nosotros caridad,
  • es porque en el Dios Vivo y Verdadero, “en el Dios en acto”,
    • es donde encontramos el origen y la fuente
    •  de aquella caridad que entre todos estamos llamados “a poner en acto” para poder compartirnos con Él.

En su segunda encíclica, Benedicto XVI nos remite a una esperanza sustanciada por la fe y alentadora de nuestra caridad.

  • A una esperanza “performadora” que dice él, y susceptible por sí misma de motivar la actuación de toda una vida tendente a una auténtica experiencia del gozo, realmente anclada en el Amor de Dios.

Como véis, he utilizado el contenido de este artículo como introducción a uno próximo que pretendo publicar y que, si Dios quiere, llevará por título "LAS VIRTUDES TEOLOGALES EN BENEDICTO XVI".

En él trataré de haceros comprender en la medida de mis posibilidades, qué cosa sea aquello que auténticamente constituye el ya presente gozo de nuestra esperanza.

Confío en que despierte mínimamente vuestro interés.

MIL ALBRICIAS

Yo siempre te felicitaré, María.

Seré una de tant@s que por generaciones lo hagamos...

  1.  Por ser una criatura creada especialmente capaz de Dios,
  2.  Porque supiste confiar en sus promesas,
  3.  Porque supiste esperar,
  4.  Porque siendo la única capaz de acoger en tus entrañas a la Palabra, supiste decir “amén”,
  5.  Porque supiste ser agradecida,
  6. Por tu virginidad espiritual,
  7. Porque nos diste a luz a la Luz,
  8. Porque eres nuestra Madre,
  9. Porque siempre nos miras con Amor,
  10. Porque siempre nos sonríes,
  11.   ... ¡Y por guapa!...

Por todas esas razones (que como veis son 11 -"hamaika" en euskera-, un número expresivo de la infinidad),

  • Virgen Inmaculada, Madre del Hijo de Dios, Madre del Amor Hermoso, y Madre de la Iglesia, hoy, como el día en que se proclamó el dogma de tu Inmaculada Concepción, los que te amamos subimos hasta tus plantas para cantarte el “Mil albricias”

ESTÁS COMPLETAMENTE DESPROVISTA DE FINGIMIENTO...

Te decía, querida Martika, que tu comentario de que aunque del Amor no estuvieras desengañada del enamoramiento si lo estabas (y mucho), evocaba en mí el recuerdo de un poema de E. Evtuchenko que comenzaba con la misma frase con la que he titulado este comentario.

Aunque del texto no dispongo en este momento (tal vez lo tenga en nuestra residencia de veraneo), lo que sí recuerdo de él es que Evtuchenko estaba prendado de un ser así.

No es para menos. Aquel ser era poco menos que un ángel para el poeta...

Yo creo que los ángeles existen, pero hay quien interpreta que no son sino manifestaciones puntuales de la Providencia de Dios en nuestras vidas.

Pues bien. Conjugando ambas posibilidades yo os digo que,

  •  de existir
  • y de adquirir como manifestación de la Providencia de Dios una forma semejante a la nuestra,
  •  por fuerza los ángeles han ser seres totalmente desprovistos de fingimiento

Otra posibilidad no cabe, puesto que el fingimiento no engendra sino mentira.

Es sabido que la Providencia de Dios puede hacerse patente de ilimitadas maneras; también por encima de las desgracias.

 o        Pero es francamente poco probable que nosotros la percibamos a través de seres en los que no habite la Verdad.

Lo que sucede es que a veces, y en nuestras vidas, confundimos ángeles (manifestaciones de la Providencia de Dios) con fantasmas que no son sino fruto de nuestra imaginación.

Decía Teresa de Ávila que la imaginación era la loca de la casa. Sustancialmente no estoy de acuerdo con esta afirmación (puesto que considero que la imaginación es una facultad necesaria y muy interesante en nuestro  buen razonar), pero si estoy de acuerdo con ella en que nuestra imaginación, en ocasiones, nos juega malas pasadas.

Esto es así,

  •  porque como los seres humanos sólo amamos por una razón de bien, (o de bondad),
  •  en ocasiones tendemos a concebir a nuestr@ amad@ “adornándole” con una serie de bondades
    • que aunque a veces sí es cierto que “malimaginamos”,
    •  otras veces también lo es que en dicho proceso interviene activamente “su fingimiento”, es decir, su ocultación deliberada de la verdad.

El amor egoísta, es decir, un amor ralo de estas características a través del cual “nuestr@ amad@” no se nos comparte como realmente es sino como pretende que le consideremos, como te decía en un post anterior como relación no es para nada deseable.

Celebro si te has desembarazado (supuesto que lo hayas hecho) de alguna relación así.

Tampoco te digo yo que nos enamoremos de ángeles, querida Martika.

Lo que sí te digo es,

  •  que cuando compartimos unos y otros el verdadero Amor,
  • cuantos amamos y cuantos nos aman son para nosotros auténticos ángeles:
    •  auténtica manifestación de los Designios de Amor para nosotros y en nuestra vida, de Nuestro Padre Dios.

Por cierto: tú pareces un angelito encantador...

LA PRIMERA DE NUESTRAS COMÚN-UNIONES

La Eucaristía es el Sacramento de la común-unión de Cristo y el/la cristian@.

Mediante la invocación al Poder de Dios que efectúa el sacerdote (la epíclesis), la acción del Espíritu Santo transubstancia (es decir, modifica la sustancia) de las especies (el pan y el vino) constituyéndolas en el cuerpo y la sangre de Cristo: del Cristo, Dios, y del Cristo, hombre.

Éste es el primer efecto de la actuación del Espíritu de Dios:

  •  el pan de nuestras ofrendas cambia su naturaleza y se convierte en el PAN DE VIDA,
  •  y el vino de nuestras ofrendas se transubstancia también, convirtiéndose en su principio de animación: en el VINO DE LA NUEVA ALIANZA.

Es así como se realiza la presencia de Cristo entre nosotr@s.

Pero es que el Sacramento de la Eucaristía tiene también otro efecto, que es el de nuestra propia transubstanciación, es decir,

  •  el de nuestra propia presencia en Él.

Es ahí donde se produce la común-unión.

Me explicaré:

Sucede que, por el hecho de compartir la naturaleza humana y la Gracia creada de Jesús de Nazaret, y por el hecho de estar ofreciéndose junto al pan y al vino nuestros humanos modos de ser y de actuar para que sobre ellos actúe y provoque sus efectos el Poder del Espíritu de Dios (El Espíritu Santo),

  • los mismos también se ven “transubstanciados” 
  • de modo que, como efecto de este hecho, el/la cristian@ se va haciendo cada vez más capaz de ser “cristificado”, es decir, de hacerse cada vez más “otro Cristo”, de hacerse cada vez más “semejante a Él”.

Esta posibilidad que sobrepasaría totalmente nuestra capacidad (puesto que la participación en la Vida divina que supone la Gracia no nos conviene por naturaleza),

  • se nos da por Cristo, con Él y en Él.

Así, pues, es por los méritos de Cristo, y por el hecho de participar en Él y con Él de su naturaleza y Gracia creada, por lo que nuestra capacidad de ser y de actuar humanas son transubstanciadas,  de modo que, contando con las “vitaminas” que Su Gracia comporta y que como decíamos atañen a nuestra fe, a nuestra esperanza y a nuestra caridad,

  •  nuestro modo de conocimiento de Dios (que procede de la asimilación de su Palabra y como efecto de la virtud de la fe),
  •  y nuestro modo de tender hacia Él (que procede de compartir su mismo Espíritu y por efecto de la virtud de la esperanza),
  •  originan que nuestra actuación sea tal,
    •  que a través de los efectos inmanentes y transeúntes de nuestros actos,
    •  podamos llegar a compartir entre nosotros y con todas las criaturas –en la medida de nuestras posibilidades- el genuino Amor de Dios (como efecto esto último de la virtud de la caridad) 

Pero como ya hemos dicho,

  •  aunque estas virtudes teologales que comporta la Gracia se nos dan gratuitamente,
  •  nos corresponde a nosotros hacerlas nuestras: tenemos que actuarlas, es decir, tenemos que actualizarlas (hacerlas realidad) en nuestra vida.

De ahí la necesidad de frecuentar los Sacramentos.

A mí me gustaría que lo hiciéramos conscientemente, y el informaros de Ellos en la medida de mis posibilidades es la tarea que me propongo.

Pensad que el Amor de Dios está ahí para tod@s nosotr@s, y que nosotr@s sólo tenemos que querer apropiárnoslo.

Es sólo que con nuestras solas fuerzas no podemos.

  •  Necesitamos la actuación de su Gracia:
    •  una Gracia que nos inhiere a través de los Sacramentos.

¡Frecuentémoslos, pues!. 

EL ENAMORAMIENTO

Sabéis que el estado de enamoramiento es a mis ojos nuestra condición, pero sabéis también que mantengo que de quien realmente nos enamoramos es del Amor.

Pues bien. Esto es así porque es el Amor quien suspende nuestro ánimo, mientras que es el enamoramiento un estado de ánimo que desencadena nuestra experiencia del Amor.

Cuando de quien te enamoras es de otra persona, y cuando esta experiencia es compartida por el/ella (es decir, cuando nos corresponden), experimentamos una vivencia del éxtasis, de la magia, en la que no parecen haber barreras para los amantes. Es como si nada tuviera mayor sentido que ellos mismos.

Cuando por el contrario no nos corresponden, el deseo y la frustración continua llegan a provocar en nosotros un estado de tristeza profunda. Toda la energía que genera el enamoramiento, al no encontrar respuesta, se vuelve contra uno mismo metamorfoseándose en autodestrucción. Se pierde la alegría, el deseo de vivir, y uno se ve a sí mismo inferior a lo que en realidad es.

En esas ocasiones,

  •  hay que hacer una despedida interior,
  • vivir el duelo
  • y prepararse para una nueva apertura.

La situación desencadenante de nuestra experiencia amorosa, puede presentarse ante nosotros bruscamente –lo que se denomina “el flechazo”- o bien puede dársenos como transformación de una relación que se inició como de una sincera amistad.

Pero en todo caso, al enamorarnos, deseamos estar el máximo posible de tiempo con la persona amada; tratamos de incorporarla a nuestro mundo, a nuestra vida; buscamos por todos los medios su contacto. Se busca su proximidad. Sentir su energía.

De algún modo, vivir el enamoramiento es como estar en otro mundo. Es vivir en la fantasía. Se altera nuestra manera de vivir el tiempo y el espacio, porque para nosotros no existe otra realidad que nuestra reciente realidad. Una realidad que nos produce placer, que nos vuelve más receptivos con todos nuestros sentidos y que nos permite también sentir más intensamente nuestras emociones.

Todo nuestro organismo se revitaliza. Hace además que aumente nuestra autoestima:

  •  nos sentimos más segur@s e importantes,
  •  querid@s,
  •  e incluso aquellos aspectos que antes no nos gustaban de nosotros mism@s llegan a minimizarse.

Es como si de repente nos sintiéramos hermos@s, útiles, inteligentes, fuertes, y desead@s ante los ojos del Amado.

  •  Como si nos hubiéramos convertido en todo aquello que queremos ser o que quiere el otr@ que seamos...

Es lo que tiene el Amor...

Como veis, alguna vez yo también me he enamorado.

Creo que acierto al decir que éstos han sido los efectos realmente válidos que de mi estado de enamoramiento se derivaban.

Aunque en este momento esté viuda, os diré por mi experiencia que todos percibimos que nos merecemos el Amor, porque para eso hemos sido creados,

  • y por eso, cuando nos enamoramos, aparece también en nosotr@s la creencia de que la otra persona ha de correspondernos, porque de lo contrario sería injusto.

Sin embargo, el enamoramiento (como todos los procesos internos) se produce individualmente,

  •  y aunque a veces esa maravillosa experiencia se de a dúo,
  •  en otras ocasiones no es así, pero, aunque así no sea, lo que quisiera deciros es que con ello no se ve para nada mermada nuestra capacidad.

Puesto que nuestro estado de enamoramiento, querámoslo o no, tiende a unirnos con la persona amada, su ausencia o su no correspondencia llega a causarnos dolor.

Pero no debemos tenerle miedo.

Nuestro estado de enamoramiento no es algo voluntario que se pueda crear ni hacerlo desaparecer. Sencillamente existe o no existe y es un proceso por el que estamos destinados a pasar,

  • porque aunque la mayoría de nuestros enamoramientos los vivamos como una experiencia hermosa (algo intenso, pero fugaz),
  • en realidad muchos de ellos han nacido en nosotros para concluir.

Forman parte (como si dijéramos) del aprendizaje de nuestra vida.

Son crisis que nos ayudan a renovarnos,

  • a generar nuestros propios recursos,
  • a afrontar la vida de una forma más positiva y feliz.

De nuestros errores no hemos de culpabilizarnos excesivamente, aunque sí sentirnos responsables. No hemos de verlos como un fracaso, sino como una ocasión para la evolución hacia algo más positivo, 

  • aprendiendo a confiar en nosotros mismos y en el propio proceso de la vida,       
  •  porque ese Amor que sin duda nos merecemos y que ya se nos ha dado, está ahí para nuestra propia evolución.

Aunque estuviéramos viviendo una situación de desamor, querida Almu, con el paso del tiempo nuestras emociones se tranquilizan y llegamos a ver las cosas con una mayor objetividad.  

“A lo último”, como diría una íntima amiga mía, descubres que la capacidad de Amar está en ti, no sólo intacta sino purificada, y no sólo eso sino que,

  • si la tienes, es para seguir amando,
  • perpetuamente enamorad@ del Amor.

Espero que mi carencia de pudor en este caso comporte también una cierta dosis de glosolalia para vosotros...

No he pretendido otra cosa...

LA GLOSOLALIA

Se entiende por glosolalia (del griego glossa,  “lengua”; y lalein, "hablar"), el fenómeno acaecido en Pentecostés sobre las comunidades de la Iglesia primitiva consistente en la capacidad de los apóstoles de hablar lenguas extranjeras (que no habían estudiado) bajo la acción y con el poder que les otorgaba el Poder del Espíritu de Dios (ver Hechos 2:4).

Ya sabéis que cuando hablamos del Poder del Espíritu de Dios hablamos de la forma de actuar ilimitada del Espíritu de Dios (del Espíritu Santo), y que porque esto es así (porque el Espíritu de Dios actúa a través nuestro), nuestra articulación voluntaria es don cuando la asume el Espíritu para orar a través de ella con voces inenarrables (es decir, para ponernos en relación con Dios) de un modo absolutamente superior a nuestra capacidad.

Así pues, aunque el fenómeno de la glosolalia parezca ser un fenómeno exclusivo del cristianismo del primer siglo, lo cierto es que el mismo se corresponde con el fenómeno de Pentecostés y con el don de sí mismo otorgado por el Espíritu de Dios a los hijos de la Iglesia,

o        a través de los apóstoles,

o        siempre para una misión,

o        y que como don subsiste en la actualidad por cuanto que, como tal, no está sujeto a limitación temporal.

Con mi pretensión de llegar a ser un poco glosólala para vosotros del otro día por tanto, no pretendía haceros reír, sino invocar a Dios para que a través de mis reflexiones, llegáramos todos a comprender la importancia de hacer coincidir infusión con misión.

Esta perspectiva es precisamente la que me va a hacer reflexionar sobre lo que yo creo que constituye lo realmente específico del Sacramento de la Confirmación.

Estamos ya ante un ser humano no sólo abierto a la transcendencia, sino (porque sobre ese ser humano y desde el momento de su Bautismo actúa el Poder del Espíritu de Dios) capaz de Ella.

Bajo su influjo, ese mismo ser humano ha ido evolucionando a lo largo de su corta o larga vida mística, hasta llegar un momento en que “por si mismo” es capaz de comprometerse,

o        de comprender el sentido de su vida (efecto de la vitamina de la fe para este Sacramento)

o        de fijarse el alcanzarlo como objetivo para sí mismo (efecto de la vitamina de la esperanza)

o        y de, consciente de ambas realidades, abandonarse para lograrlo en las manos de nuestro Buen Dios (efecto, por último, de la vitamina de la caridad)

Así, a un cristiano ya consciente y convenientemente formado, dentro de la Iglesia (y como en su momento lo hizo Jesús en primer lugar con los Doce y luego con los Setenta) el Señor llega a otorgarle una misión.

Cada uno tendremos la nuestra.

Para “signarla”, es decir, para hacer en el confirmando expresión de ese destino, la Iglesia le unge con un óleo significativo de su pertenencia a un Pueblo de Reyes a través del que el cristiano es también  “vigorizado” (como a un atleta se le vigoriza), para que, a partir de ese momento y con la fuerza de las vitaminas del Sacramento de la Confirmación pueda comenzar a actuar,

o        siendo consciente de la voluntad salvífica de Dios,

o        motivado por la Gloria a alcanzar,

o        y con su espíritu vigorizado con la fuerza de la Caridad.

La misión de ser cristiano es siempre una gran misión.

Pero para esas alturas ese cristiano ya sabe que la Gloria que persigue habrá de alcanzarla, y que sus logros o sus fracasos repercutirán en la comunidad. Por lo tanto, se sabe ya plenamente Iglesia, y como tal, acepta en Ella su participación.

Éste es el momento de la madurez, que es lo que pretendía decirle a Martika cuando comenzamos con esta serie dedicada a los Sacramentos. Esperemos que un mínimo de glosolalia haya recaído tanto sobre este artículo como sobre el contenido de nuestra misión, de modo que, hasta donde de nosotros dependa, sepamos utilizar cualquier medio de expresión para manifestar no nuestra gloria, sino la Gloria de Dios. Que así sea.