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CRISTIANISMO VS. JUDAISMO Y/O ISLAMISMO (II)

Si me permitís el inciso, creo que tú Gorka te estás refiriendo a la práctica, y tú Joaquim al modo de acercarse mediante la razón, a esa experiencia de la que los dos habláis: la de compartir nuestra vida con la del Resucitado (que es a lo que equivale el hecho de ser cristianos). 

Tanto Joaquim como Martika quieren saber por qué. Por qué decimos que las cosas son de una determinada manera, y no de otra. 

Vamos a tratar, pues, de hacer un ejercicio conjunto de apologética y a recordar también un poquitito de historia, con la pretensión de buscar algunas razones que avalen una determinada verdad. 

Lo intentaremos, porque lo bueno que tiene la verdad es que una vez que creemos distinguirla -y aún a riesgo de seguir equivocados- vamos asimilándola como tal y en aras a ella, vamos modificando nuestra comprensión de las cosas hasta llegar -que es lo que pretendemos- a comprender por fin que nos hallamos ante la vivencia de una evidencia, que es precisamente en lo que estriban nuestras certezas. 

Pues bien. 

Cuando se trata de hacer apologética sobre la figura de Cristo, lo primero que hay que decir es que, independientemente de cuándo se hayan dado por buenos unos u otros argumentos, por fuerza en nuestro discurso se ha de incluir una dimensión trinitaria. 

Como le decía a Martika, Cristo es el Hijo de Dios y su Palabra (por eso dice S. Juan, querido Joaquim, aquello de que "El Padre es mayor que Yo", y "El Padre y Yo somos una misma cosa"). 

Es la manifestación del ser de Dios "en relación" a nosotros, y "relacionándose" concretamente a través de la humanidad de Jesús de Nazaret. Fue la manifestación de ésto sobre Sí mismo lo que le valió a Nuestro Señor la persecución de la Sinagoga. 

Como se nos dice en el Evangelio sobre su Bautismo, Él es el Ungido, el Mesías -que es lo que quiere decir precisamente El Cristo- 

En Él comienza el cristianismo, Joaquim, no -como dices muy bien- con los apóstoles.

Si estimas que el cristianismo es un proceso -aunque yo creo que éso es así para cada cristiano, pero no objetivamente- Cristo es ni más ni menos que su origen y en comunicación con Quien tiene lugar propiamente su realización. 

Los datos que aportas son interesantísimos. Cuando quieras seguimos hablando de ellos.

Pero en cuanto a saber cuándo o por qué se produce la ruptura (nos referimos, claro está, entre el judaísmo y las primeras comunidades de cristianos), yo pienso que tendríamos que hablar de un proceso paralelo al crecimiento del pueblo de Dios por una parte, y de una interpretación del concepto de mesianismo por parte del pueblo judío por otra, que hicieron inaceptable para ellos la figura de Jesús de Nazaret, lo que provocó que actuaran en un determinado sentido. 

Como ha dicho Gorka en varias de sus intervenciones, los judíos interpretaban que el Mesías tenía que ser un salvador de la nación de Israel, y no lo identificaron así con el Siervo de Yahvé que diera su vida por los pecados del mundo del que hablaron los profetas. 

Que Jesús dijera de sí mismo que era el Hijo de Dios Vivo, el Mesías, y capaz de perdonar los pecados del mundo, fue lo que motivó que el Sanedrín le declarara blasfemo y reo de muerte. Eran aquellos mismos sacerdotes y príncipes los que tenían que enfrentarse también con los discípulos que predicaban a Cristo resucitado.  

Así pasó que, después de Pentecostés, la predicación y los milagros de los Apóstoles hicieron que se congregara en torno a ellos un buen número de fieles, lo que provocó la hostilidad y la intervención de las autoridades judías. 

La primera vez que Pedro y Juan fueron apresados, el Sanedrín les prohibió anunciar el nombre de Jesús, y, como ellos no se callaron, presos otra vez –esta vez los Doce- fueron azotados. 

Parece ser que el discurso de Esteban fue la gota de agua que colmó la medida, y, en un arrebato de furia, la asamblea decidió arrastrar a S. Esteban fuera de la ciudad y darle muerte.  Ése fue el estallido de una gran persecución que obligó a los primeros discípulos a huir de Jerusalén, lo cual fue ocasión de que se abrieran nuevos caminos a la predicación del Evangelio.  

La Iglesia comenzaba a tener así la dimensión de universalidad que le correspondía, todo ello coincidiendo en el tiempo con la existencia en Jerusalén de cristianos de dos procedencias: hebreos y helenistas, como dice Joaquim.

Unos y otros tenían conciencia arraigada de formar parte del pueblo escogido.  Muchos pensaban -entre ellos inicialmente Pedro- que tan sólo los que pertenecían a ese pueblo eran destinatarios privilegiados de la esperanza mesiánica anunciada por los profetas y realizada en Cristo, pero fue la conversión milagrosa de Cornelio y de su familia -tras una intervención divina al parecer-, lo que le llevó a S. Pedro a reconocer que “para Dios no hay acepción de personas, sino que en toda nación el que teme a Dios y practica la justicia, le es acepto”. 

El hecho de que Pedro conviviera con gentiles incircuncisos y les otorgara el bautismo, produjo entre sus hermanos judeocristianos una profunda conmoción. Tuvo entonces que referirles puntualmente lo que había sucedido para que se operase en ellos un cambio de mentalidad, lo que supondría una auténtica conversión: la liberación de prejuicios inveterados, y el darse cuenta del carácter universal de la obra salvífica que le Señor había proclamado tanto en sus enseñanzas. 

Fue en el concilio de Jerusalén (año 49 de nuestra era) donde se trató la cuestión de las relaciones entre el cristianismo y Antigua Ley.  

Pero muchas cosas habían ocurrido para entonces: la conversión de Pablo, el comienzo de sus viajes misionales, en la Pascua del año 44 una nueva persecución de la Iglesia de Jerusalén por parte de Herodes Agripa, el martirio de Santiago el Mayor, la prisión y milagrosa liberación de Pedro...  

El colegio de los Doce dejó de tener su residencia común en la Ciudad Santa, y en Antioquia y en otras muchas ciudades gran número de gentiles habían sido recibidos ya en la Iglesia...  

Lo que pasaba es que el ambiente de las Iglesias de la gentilidad era muy distinto del que rodeaba a la de Jerusalén, cuyos miembros seguían viviendo a la sombra del Templo y observando los preceptos de la Antigua Ley. 

Los conversos de la gentilidad y los judeocristianos de Palestina –herederos de las tradiciones de Israel- tenían un espíritu y una mentalidad muy diferentes. Era comprensible que unos y otros se miraran con recelo y que sus relaciones no fueran fáciles. 

Los cristianos de Jerusalén desconfiaban de sus hermanos gentiles, no sólo porque consideraban que no pertenecían -como ellos- al pueblo elegido, sino porque consideraban también que ni siquiera guardaban las más esenciales observancias impuestas por la Ley de Moisés. 

En ese ambiente, hubo un incidente en Antioquia entre S. Pedro y S. Pablo que ahora os contaré.  

Pedro, que vivía en esa ciudad -Antioquía-, convivía abiertamente con cristianos de procedencia gentil y comía en sus casas. Pero cuando llegaron algunos cristianos de Jerusalén, se retrajo y entonces Pablo le reprendió...

La cuestión es que él también, en razón de los judíos que había en los lugares donde tenía que trabajar, aceptó hacer algunas concesiones –entre otras la de que su discípulo Timoteo fuera circuncidado. 

El tema era, que algunos judeocristianos venidos de Jerusalén sembraron la inquietud entre los gentiles de Antioquía, porque decían que, si no se circuncidaban, según la Ley de Moisés no podían salvarse. Como es normal, ese anuncio provocó gran agitación entre las iglesias de la gentilidad. 

Durante la celebración del Concilio algunos judeocristianos, pues, pretendieron imponer a todos los cristianos la circuncisión y la observancia de la Ley de Moisés, pero al final fue Pedro quien se impuso, proclamando la libertad de los cristianos con respecto a los preceptos legales judíos. 

La asamblea resolvió no imponer a los gentiles cargas inútiles; bastaba solamente con que se guardaran de la fornicación y, en obsequio a la vieja Ley, que observasen dos sencillos preceptos: abstenerse de comer carnes inmoladas a los ídolos, o carnes no sangradas. 

Así fue como fue zanjada (hasta donde yo se) la cuestión de la obligatoriedad de la observancia de los preceptos de la antigua Ley. 

Los cristianos de Jerusalén y Palestina siguieron acudiendo al Templo y observando sus prácticas tradicionales, aunque celebraban sus Eucaristías en la intimidad.

Poco después, Santiago –primer obispo de Jerusalén- fue condenado a muerte por el Sanedrín y lapidado. 

Al estallar la guerra judaica, los cristianos de la Ciudad Santa se refugiaron en Pella, y no se hallaban dentro de Jerusalén cuando fue sitiada y destruida por Tito en el año 70, y ya a finales del siglo I, los judeocristianos que quedaban en Palestina rompieron definitivamente los últimos lazos que les unía con la Sinagoga. 

Me temo que no puedo deciros más....

Espero no haberos resultado demasiado pesada.

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1 comentario

Martika -

Gracias a unos y a otros por las respuestas q me habeis dado,tan extensas q me han llevado tiempo asimilarlas,pero es una gozada poder participar en un foro,con posturas tan dispares. Me doy por respondida,y seguire preguntando!!!
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