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LO QUE DECÍA SIMONE DE BEAUVOIR

Dicen, que Simone de Beauvoir decía, que tras toda persona feliz había una historia. Fue al final de un programa sobre el centenario del nacimiento de esta precursora del feminismo donde el pasado día 9 lo escuché, y, como veis, todavía hoy sigo dándole vueltas en mi cabeza.  

Estaba recordando esta frase en la peluquería, mientras observaba a través de una puerta abierta a un montón de señoritas que al salir a atendernos, nos ofrecerían la mejor de sus sonrisas. No había ninguna que destacara. Eran muy semejantes y, sin embargo, cada una tenía detrás una historia que, poco a poco y como clientas, las que lo somos ya vamos conociendo. 

Extendí la mirada y nos ví a nosotr@s mism@s. Cada un@ con nuestra propia historia.  Si Simone de Beauvoir tenía razón, y puesto que tod@s tenemos detrás una historia, en principio tod@s tendríamos que ofrecer un semblante feliz; tendríamos al menos que parecer felices, pero me temo que no siempre es así... 

¿Qué tienen entonces detrás, las personas que realmente son felices?, me pregunté... 

Como cristiana, se que es fundamental una experiencia de fe; pero, sin embargo, también tengo observada una expresión de sincera felicidad en personas que en absoluto son creyentes. En algún caso, más bien todo lo contrario. Entonces, ¿qué es realmente lo que tienen en común, y que es lo que diferencia –en su caso- a unas y a otras?....  

Yo diría que las personas que son felices tienen en común el conocimiento: el conocimiento de sí mism@s, y en el conocimiento de la realidad que les circunda. Ése es el primer paso también para una experiencia de fe. 

Estas personas han comprendido en un momento o en otro que la vida es un proceso, y que, dentro de él, ell@s mism@s son un@s procesantes. 

Se saben conviviendo, es decir, viviendo-con con elementos coyunturales y variables. En algunas ocasiones puede que les falte un hijo o una hija; en otras, un trabajo; algún amig@ quizá...  

Distinguen ya que sus circunstancias -sean cuales sean o hayan sido las que puedan haber sido-, no son sino ocasiones, y desde luego, están decidid@s a aprovecharlas,  porque saben bien que, aunque con algunas añoranzas y pese a todo, ell@s siguen vivos y procesándose. 

Saben también que son “algo” para los demás. Que son sus con-vivientes. 

Tal vez no se planteen un futuro escatológico ni la llegada definitiva del Reino de Dios, pero saben de los efectos de sus actos y, en su caso, de la necesidad de corregirlos.  

Algunos han llegado así a un nivel de maduración francamente grande, y han hecho suyos mediante la práctica, valores como la honestidad, la conmiseración, la armonía, la mansedumbre, la coherencia… pero quizá otros no. En eso pienso que realmente estriba la diferencia entre personas que son felices y otras que no lo son. 

No es pues cuando tenemos una historia, sino cuando la tenemos asimilada y la reconocemos en cuanto ordenada a nuestro propio vivir, cuando nos mostramos satisfechos con nuestra propia vida.  

Es entonces cuando tenemos una experiencia de paz, y, para ello, habrá sido necesario superar nuestros coyunturales duelos, no tener nada especialmente grave que recriminarnos, o en todo caso, haber sido capaces de corregir convenientemente el rumbo y de integrar nuestros quebrantos en lo que realmente constituye el continuo de nuestra propia existencia. 

Así, pues, yo pienso que lo que las personas felices tienen en común, es la vivencia de que, aunque en su vida propia hayan sido intervinientes, no es su propia voluntad la que la determina. 

A las personas que realmente han sido capaces de hacer esta síntesis, es frecuente que recurramos con admiración a solicitar su consejo. 

Algunas nos hablarán de su presente y de su pasado, pero no se nos referirán sino con la duda a su futuro; sin embargo, hay otras personas que nos hablarán tranquilamente del mismo, no como de algo escatológico, sino como de algo que ya pueden intuir, puesto que se trata de una experiencia de la que son conscientes de haberla vivido ya en la realidad. 

Aquí es donde realmente observo la diferencia entre personas creyentes y personas que no lo son. 

Las personas creyentes saben que lo que realmente hace feliz a una persona, no es la conformidad con su propia vida ni la voluntad cierta de favorecerla, sino la confianza de una plena realización. 

Yo suelo decir que ante la vida caben dos tipos de posturas: la “realista”, que nos remite a la contextualización, y “la más realista”, que nos refiere a la trascendencia. 

Cuando pretenden comunicarnos su visión de la vida, las personas “realistamente felices” nos hablan del presente y del pasado, mientras que las personas “más realistamente felices” lo hacen también del futuro, hablando de él no como de algo escatológico como digo, sino como de algo que ya han podido experimentar. 

Así, las personas “realistamente felices”, pueden haber reconocido en la vida un sentido, y habiéndolo favorecido, llegar a alcanzar un cierto grado de evolución en relación a ella. Sin duda Dios, que es Padre de todos, habrá actuado también a través suyo.  Pero tal vez les falte el sentimiento de agradecimiento y de confianza de quienes se saben hijos de Dios, por cuanto conocen en quién hunde la vida sus raíces. 

Éstos, saben que la verdadera vida es la del Amor, y que es Él quien alienta y vivifica su propia existencia.  

Su vida, pues, la pasada, la presente y la futura, está alimentada y sostenida por el Amor. Saben que sólo por Amor existen, y que es animadas por ese Amor y como fruto de su amor al Mismo, como han podido llegar a comprender y a realizar acciones a lo largo de su vida que hubieran estado con mucho por encima de sus capacidades. 

No creen en la casualidad, sino en la causalidad, y saben que los designios del Amor incluyen para ellas su participación en Él.  

Saben también, que animadas por el Amor, haciendo continuos actos de amor y como consecuencia de los efectos de los mismos, no sólo han compartido, comparten y compartirán ese Amor con los demás, sino que ellas mismas se irán haciendo paulatinamente más amables y susceptibles así de perpetuarse en el Amor. 

De esto van siendo también “paulatinamente conscientes”, porque como ya hemos mantenido en algunos otros artículos, el modo de conocimiento humano es progresivo, mediato, puntual y acumulativo, y por eso mismo ese conocimiento hay que permanentemente actualizarlo, puesto que coyunturalmente su consciencia en nosotros puede desfallecer. 

Esa consideración precisamente es la que me va a permitir asociar lo que hasta ahora venimos razonando, con el Sacramento de la Unción de los enfermos.  

Hay personas “más realmente felices” que, sin hablar de las crisis ordinarias de las que tanto sabemos en medio de las que reforzamos nuestra fe mediante otros Sacramentos, ante momentos de ultimidad como pueden ser la proximidad de la muerte, una situación de riesgo, o un periodo de larga enfermedad por ejemplo, sienten la gravidez de sus limitaciones y realmente pueden llegarles a faltar las fuerzas ante la revelación de Dios. 

Pues bien: ante esas situaciones es cuando nuestras limitaciones son superables contando con la Gracia del Sacramento de la Unción.

A través de él nos advienen las dosis suficientes de fe, de esperanza y de caridad, para poder seguir confiando, para poder seguir esperando, y para poder seguir abandonándonos, en la voluntad de Dios. 

Cuando ese momento llegue, con el auxilio de la Gracia y por encima de nuestras limitaciones, será el momento también de conocer la auténtica y perpétua felicidad.   

 

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3 comentarios

Begoñi -

Uff...
El artículo quita el aire, y el comentario de Joaquim es precioso.

Gorka 97 -

Como ha dicho muy bien Joaquín es un texto bellísimo; yo lo repito.
Es para releerlo y dejarse empapar por él para que le refuerze lo que uno vive.

Joaquim -

Un texto bellísimo.
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