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EL NAZARENO

Me pregunto qué haríamos si supiéramos cuál iba a ser nuestro futuro. A corto, a medio, a largo plazo… No el que pretendemos o por el que luchamos, sino la concreción del mismo, aún con nuestra intervención, o aún a pesar de ella.

En esto es en lo que pensaba yo el lunes, cuando caminaba tras el paso de Jesús Nazareno por el barrio de Las Cortes, en el centro de Bilbao.

Era el Cristo de Medinaceli.

Procesionaba junto con una imagen de La Magdalena, y como una Magdalena más procesionábamos tras Él aquellos que de algún modo comprendíamos que su futuro estaba unido al nuestro futuro.

Aplaudimos cuando levantaron las andas y comenzó la procesión, y yo me coloqué al final de ella, para hacer con Jesús su mismo trayecto.

El recorrido pasaba por una zona muy deprimida. Un lugar en el que existe prostitución, droga, marginación…

… como si de una realidad distinta a nuestra propia realidad se tratara, pero que no era tal sino que compartida...

De repente, me dí cuenta de hasta qué punto esa realidad era mi propia realidad, y de hasta qué punto también, ambas formaban parte de la realidad del Nazareno. Fue entonces cuando recordé una reflexión de Chiara Lubich, y tomé la decisión de compartirla con todos vosotros en cuanto llegara a casa.

Era una meditación sobre el Viernes Santo -“La heroica lección de amor” se llamaba-, y decía así:

“Lo había dado todo: una vida al lado de María, en medio de las incomodidades y en la obediencia. Tres años de predicación revelando la Verdad, dando testimonio del Padre, prometiendo el Espíritu Santo y haciendo toda clase de milagros de amor.

Tres horas en la cruz, desde la cual perdona a sus verdugos, abre el Paraíso al ladrón, nos da a su Madre y, finalmente, su Cuerpo y su Sangre después de habérnoslos dados místicamente, en la Eucaristía. Le quedaba la divinidad.

Su unión con el Padre, la dulcísima e inefable unión con Él, que lo había hecho tan potente en la tierra, como Hijo de Dios, y aún en la cruz mostraba su realeza, este sentimiento de la presencia de Dios, debía ir desapareciendo en el fondo de su alma, hasta no sentirlo más; separarlo de algún modo de Aquel del que dijo que era una sola cosa con Él “El Padre y yo somos una sola cosa” (Jn 10,30). En Él, el amor estaba anulado, la luz apagada; la sabiduría callaba.

Se hacía nada, entonces, para hacernos partícipes del Todo; gusano de la tierra (Salmo 22,7), para hacernos hijos de Dios. Estábamos separados del Padre. Era necesario que el Hijo, en el que todos nos encontrábamos, probara la separación del Padre. Tenía que experimentar el abandono de Dios para que nosotros nunca más nos sintiéramos abandonados. Él había enseñado que nadie tiene mayor caridad que quien da la vida por los amigos. Él, la Vida, daba todo de sí. Era el punto culminante, la expresión más bella del amor.

Su rostro está detrás de todos los aspectos dolorosos de la vida; cada uno de ellos es Él.

Sí, porque Jesús que grita el abandono es la figura del mundo: ya no sabe hablar.

Es la figura del ciego: no ve; del sordo: no oye.

Es el cansado que se queja.

Roza la desesperación.

Es el hambriento de unión con Dios.

Es la figura del desilusionado, del traicionado, parece haber fracasado.

Es miedoso, tímido, desorientado.

Su rostro está detrás de todos los aspectos dolorosos de la vida; cada uno de ellos es Él.

Jesús abandonado es la tiniebla, la melancolía, el contraste, la figura de todo lo que es raro, indefinible, que parece monstruoso, porque es un Dios que pide ayuda. Es el solitario, el desamparado. Parece inútil, un descartado, trastornado. Lo podemos ver en cada hermano que sufre. Acercándonos a los que se parecen a Él, podemos hablarles de Jesús abandonado.

A los que se descubren semejantes a Él y aceptan compartir su suerte, Él se convierte, para el mudo, en la palabra; para quien no sabe, en la respuesta; para el ciego, en la luz; para el sordo, en la voz; para el cansado, en el descanso; para el desesperado, en esperanza; para el separado, en la unidad; para el inquieto, en la paz. Con él las personas se transforman y lo absurdo del dolor adquiere sentido.

El había gritado el por qué, al que nadie había dado respuesta, para que tuviéramos la respuesta a cada por qué.

El problema de la vida humana es el dolor. Cualquier tipo de dolor, por más terrible que sea, sabemos que Jesús lo ha hecho suyo y transforma, con una alquimia divina, el dolor en amor.

Por experiencia puedo decir que apenas nos alegramos de un dolor, para ser como Él y luego seguir amando haciendo la voluntad de Dios, el dolor, si es espiritual, desaparece, y si es físico se convierte en yugo suave.

Nuestro amor puro en contacto con el dolor, lo transforma en amor; en cierto modo lo diviniza, casi continuando en nosotros –si así podemos decir- la divinización que Jesús hizo del dolor.

Y después de cada encuentro con Jesús abandonado, amado, encuentro a Dios de un modo nuevo, más cara a cara, más evidente, en una unidad más plena.

La luz y la alegría vuelven y, con la alegría, la paz que es fruto del Espíritu.

La luz, la alegría y la paz que nacen del dolor amado, impactan y conquistan a las personas más difíciles. Clavados en la cruz se es madre y padre de almas. La máxima fecundidad es el efecto.

Como describe Olivier Clément, “”el abismo, que por un instante abrió aquel grito, se ve colmado por el gran soplo de la resurrección””.

Se anula cualquier tipo de desunión, la separación y las rupturas son sanadas, resplandece la fraternidad universal, da lugar a milagros de resurrección, nace una nueva primavera en la Iglesia y en la humanidad”.

Al final, el decidirse a hacerse uno con el Nazareno es una opción,

... ¿pero cómo ignorar la realidad que expone Chiara Lubich en su reflexión?...

Aunque no estemos pasando ahora mismo por esos momentos, y aunque los evitemos,

... ¿cómo no esperarlos o cómo negarse a la posibilidad de compartir nuestro destino con el del Nazareno compartiendo con la Suya nuestra propia resurrección?...

Chiara Lubich nos ha dado un testimonio clarísimo de cómo aceptar por Amor y con Amor el sufrimiento y de saber morir a uno mismo por Amor, un Amor que se convierte así en fecundo y que hace de nosotros y de nuestro entorno un amoroso hogar (focolar, en italiano) para los demás.

Ella fue la fundadora de la Obra de María (los focolares), y sus exequias se celebraron el pasado día 18.

El Papa le ha proclamado “profeta de la unidad”.

Sus palabras, su experiencia del dolor y del Amor son para nosotros de gran ayuda.

Descanse en paz, y que gozando ya de la Vida eterna, siga velando por la unidad de la Iglesia por toda la eternidad.

Que así sea. 

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6 comentarios

Dorota -

El último comentario tuyo, Gorka, es genial.

Gorka 97 -

Me he quedado maravillado con el escrito de Chiara Lubich.
Como dices Dorota muy bien:
"Chiara Lubich nos ha dado un testimonio clarísimo de cómo aceptar por Amor y con Amor el sufrimiento y de saber morir a uno mismo por Amor, un Amor que se convierte así en fecundo y que hace de nosotros y de nuestro entorno un amoroso hogar (focolar, en italiano) para los demás"
Es un testimonio bien bello de la Resurreción de Jesús, que vence a la muerte en la misma muerte.
Lo que es real dicen en filosofía, es posible.

Dorota -

Sé muy bienvenida, María.
Estoy de acuerdo contigo: Chiara Lubich debió de ser una gran mujer.

maría -

como se puede expresar de forma tan bonita sentimientos y pensamientos tan complejos.
A mi me pasa igual, cuando leo cosas que transmiten e incitan reflexión, me entran ganas de seguir oyendo o leyendo lo que dicen las personas capaces de eso. (Por eso me encuentro en este blog!!!)

Dorota -

Celebro que te haya gustado, Manuel.
Cuando lees algo así de una autora, te quedan ganas de conocer más sobre ella, ¿verdad?...
Éso es al menos lo que me pasa a mí.

Manuel -

Preciosa reflexión.
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