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DOS SANTOS, DOS PAPAS Y UN BEATO

Aunque no lo parezca, bajo el artículo que nos remitía Txebox y que yo titulaba SOBRE LOS JESUÍTAS se estaba hablando del carisma de dos grandes Santos, de las limitaciones y de la actuación de dos Sucesores de San Pedro, y del incomprendido tratamiento que se le podría estar dando en la actualidad al proceso de beatificación de un vasco singular denominado Pedro Arrupe, S.J.
El medio de conducción: un colectivo, la Compañía de Jesús.
Puesto que solicitas mi opinión, querido Txebox, ésta es:
Lo primero que quiero decir y que ya he manifestado en alguna otra ocasión, es que los carismas de dos santos no pueden estar en contradicción, puesto que los dones del Espíritu Santo al tiempo que tienen un mismo origen, se otorgan para la edificación de la Iglesia.
Dicho esto, estableceremos que la aportación de S. Josemaría Escribá de Balaguer fue su manea radical la de meter a Dios en todo y para todo. Según dicen sus seguidores, fue un comunicador de Amor (como no podía ser menos) a quien le distinguía singularmente su amor por la Virgen María y su confianza total en una activa comunión de los santos. Vaya por delante mi reconocimiento para este Santo.
Aun siendo su presencia entre nosotros anterior en el tiempo, para mí el carisma de S. Ignacio es especialmente valioso en la actualidad.
Su espiritualidad está formulada desde el prisma del discernimiento: no a través de grandes discursos, sino de orientaciones prácticas y asequibles a todo aquel que se proponga sinceramente hacer de su vida una expresión clarividente de la voluntad de Dios.
El de Loyola nos transmitió su experiencia de Dios en base a un recorrido espiritual que nos remite a “la acción, tras la contemplación, y mediante la formación”.
Es un recorrido que él mismo efectuó y que relata admirablemente en forma de novela histórica Pedro Lamet, S.J. en su libro “El caballero de las dos banderas” cuya lectura os sugiero. (Éste jesuita es también biógrafo del P. Arrupe, el quinto de los protagonistas de cuantos pretendemos también hoy hablar).
Pues bien.
Sucede que los carismas de estos dos grandes Santos nos los encontramos ahora contextualizados, vividos en sociedad.
El carisma de San Josemaría, ha dado vida a la Prelatura del Opus Dei, y el carisma de San Ignacio a la Compañía de Jesús, Orden Religiosa de la Iglesia Católica cuyos miembros son popularmente conocidos como jesuitas, quienes trabajan por la evangelización del mundo en defensa de la fe y la promoción de la justicia en permanente diálogo cultural e interreligioso, como dicen de ellos mismos.
Unos y otros son hijos e hijas de la Iglesia (por cierto, que la Compañía de Jesús también tuvo una jesuita: la princesa Juana, única mujer que murió con votos –puesto que haber hubieron otras tres, Isabel Roser, Lucrecia di Brandine y Francisca Cruyillas en cuyo caso no fue así), y como tal asumen la obediencia filial al Papa, cada uno animados por el carisma propio que caracteriza a su formación.
Aquí es donde aparecen en mi razonamiento las figuras de también dos grandes Papas: Juan Pablo II, y Benedicto XVI.
El proceso de beatificación del primero de ellos parece estar adelantado en el tiempo al del quinto de mis personajes, Pedro Arrupe, situación ésta que –como es lógico- incomoda en gran medida a los miembros de la Compañía de Jesús, y que realmente puede extrañar y hasta escandalizar a personas diversas que interpreten que pudiéramos estar ante una maniobra “de la Jerarquía”.
Dejadme decir que tiene que ser realmente difícil dirigir los destinos de la Iglesia. Juan Pablo II se encontró con hijos de la misma con verdadero carácter, con verdadero carácter sacerdotal, quiero decir. Uno de ellos fue Pedro Arrupe.
Tal vez las formas de uno y otro les hicieran extrañarse y hasta desconfiar. Como dice Jesús Rodríguez en su artículo, el P. Arrupe no dominaba el lenguaje de la curia, y era un vasco directo y cabezota además.
Profundamente jesuita, su carisma le remitía al discernimiento, y su discernimiento quizá, a su más humilde y resistente coherencia con la Verdad.
Algunos años han pasado.
Ahora rige los destinos de la Iglesia y ostenta la responsabilidad de dirigir la barca de S. Pedro otra autoridad: Benedicto XVI (un gran teólogo como reconocía en su artículo el articulista mencionado). A él le corresponde el discernimiento, por lo que vamos a pedirle a Dios que le ilumine especialmente en la resolución de lo que subyace en el origen de mi comentario.
Precisamente hoy van a beatificarse 498 mártires del siglo XX en España: son mártires por causa de la fe en medio de una contienda fraticida, y la Iglesia reconoce en ellos una intervención divina para afianzar la fe de la comunidad.
Algo similar parece haberse reconocido en el caso de Juan Pablo II, cuya causa de beatificación ha avanzado tan prontamente porque, antecediéndose al criterio de la Iglesia como institución, parece que el pueblo llano ha dado muestras de su percepción y es eso precisamente lo que motiva su actuación.
No es el caso de P. Arrupe. A él es muy poco probable que le conocieran las masas, porque, aparte de todo yo no diría que era un papa negro, sino un papa traslúcido: un hombre que “sabíase sólo” un instrumento de Dios.
¡Ojala pronto veamos su reconocimiento como participante oficial de la comunidad de los Santos, tal y como la concebiría S. Josemaría Escrivá de Balaguer!...
Que él vele y se comunique con nosotros desde el cielo.
Pero si para eso fuera necesario el reconocimiento de un milagro mediante su intervención, con todo descaro me atrevería a pedirle a este postulante a santo, (a Pedro Arrupe, S.J.), que rogara a Dios para que Benedicto XVI supiera interpretar los signos de los tiempos, lo cual estaría en la base de la comprensión de una Iglesia en la que tod@s los hijos de Dios tuvieran cabida, y en la que todas las interpretaciones sirvieran para dilucidar y conseguir una unidad de acción ante la Verdad.
Tal vez penséis que el milagro que solicito es demasiado grande, pero yo creo que no es así, porque no son los santos los que hacen milagros: los milagros los hace Dios (a veces mediante su intercesión).

Dios quiera pues, que una de las primeras manifestaciones de este milagro, sea precisamente la aceleración de su proceso de beatificación.
Esto es lo que opino, Txebox...
... no se lo que te parecerá.

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3 comentarios

dorota -

Creo que tu comentario es realmente bueno,Gorka.
Y gracias por lo de "escritora"

Gorka -

Es un comentario muy bueno, muy preciso sobre el carisma ignaciano, que lo reafirma en su escrito,con estas palabras:
"Lo primero que quiero decir y que ya he manifestado en alguna otra ocasión, es que los carismas de dos santos no pueden estar en contradicción, puesto que los dones del Espíritu Santo al tiempo que tienen un mismo origen, se otorgan para la edificación de la Iglesia"
Esta expresión es muy exacta, "no puede haber contradicción en los carismas de los Santos"
La escritora de hoy,tiene claro que el carisma ignaciano, está en el discernimiento para el mayor servicio que Dios le pida a cada uno, para buscar y hacer su Santa Voluntad.
El Jesuita debe ser "Un contemplativo en la acción" y para serlo de verdad , y estar dispuesto a ello, ser un hombre libre de afectos desordenados.
No está regulado en el jesuita,cómo debe ser el tiempo personal, para esta experiencia, sencillamente por que no hay dos personas iguales.
El tiempo dedicado a la formación debe ser largo y lo más científicamente posible, para estar preparado lo mejor posible, para lo que Dios le pida
Esta ausencia de regulación se perdió con S,Fco. de Borja, pues la autobiografía de S.Ignacio la metió como quien dice el la Caja fuerte, y así propagó una vida de S.Ignacio escrita por alguien que conocía muy a S.Ignacio y le quería enormemente; pero es la visión de un particular.El P.Arrupe, sacó de la Caja Fuerte -esto de la Caja Fuerte es una imagen.-
El P.Arrupe revitalizó la Autobiografía, al ponerla de nuevo a la luz del día y así se alimenten los jesuitas de la fuente original .
Al P.Arrupe se le está considerando como el General más grande que han tenido los Jesuitas después de S.Ignacio.
La persecución fuerte del P.Arrupe nace al seguir el carisma ignacio de que Fe y Justicia no puede separarse; Justicia es " Es vida y dignidad para todos"

Martika -

Disculparme por mi ausencia,a pesar del enorme interes que me despiertan estos temas. Y lo mucho que me gusta como escribe Dorota. Pero uttimamente he tenido poco tiempo,y en este blog para participar en el se necesita. Por lo elaborado y su continua actualizacion. Me desmoraliza bastante el tema de la iglesia como institucion. Ademas si ellos pueden beatificar yo tambien. Se arrogan un papel q no les corresponde. Mas santa me parece mi tiísima,una mujer de fortaleza,generosidad,y con una capacidad de amar y perdonar que el Señor Escriba de Balaguer,porque no estoy segura de que el como mi tia,haya dejado entrar a cualquiera en su casa!
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