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LA INTERVENCIÓN DE JAIME (1)

LA INTERVENCIÓN DE JAIME (1)

Quisiera agradeceros a todos vuestros buenos deseos, compartiendo en este artículo lo que para mí fue un día muy especial. Con una asistencia –a decir de quienes suelen acudir a este tipo de actos- más que suficiente y aunque de entrada os confieso que me tuve que tomar un “cubata” antes de comparecer, lo cierto es que resultó una reunión muy agradable en la que -al parecer- mi “novatez” se hizo patente cuando con cara de asombro, veía cómo venían hasta mi mesa para proceder a la firma de ejemplares.

 

En la foto nos tenéis a la organizadora del evento, a “servidora” y al presentador del libro. Quiero poner el acento en su figura, porque pese a ser un hombre muy joven, es Filósofo, profesor de Ética y de Arte en la Universidad de Deusto, el mejor expediente académico en Humanidades de esa Universidad y segundo mejor expediente en el ámbito estatal, y un hombre que –además- se declara agnóstico. Comprenderéis que me interesaba sobremanera lo que sobre mi libro tuviera que decir.

 

Aunque existían otras opciones, lo cierto es que la elección de Jaime Cuenca como presentador fue inmediata. Su juventud, su formación y su experiencia pedagógica corrían en paralelo con la novedad, la fidelidad a la Revelación y el respeto a la Tradición que yo pretendía imprimir a mi obra, por lo que le consideré desde el primer momento la persona más adecuada para representar con sus valores tanto el espíritu de mi libro, como la excelencia de sus lectores.

 

Él ha tenido la amabilidad de facilitarme lo que fue su intervención. La reproduzco no para que veáis qué bueno es mi libro, sino para que comprobéis hasta qué punto y en base a qué tanto él como yo consideramos que se debe dialogar.

 

Vaya por delante mi agradecimiento a sus amables palabras que decían así:

 

“Buenas tardes.

 

En primer lugar, quiero agradecer la invitación a participar en este acto, en el que Dorota nos quiere presentar su obra Peldaños de Luz. Entiendo que esta reunión es, ante todo, un acto de amistad. Porque un signo de amistad es querer compartir con el otro lo que nos hace bien, para tratar de gozar juntos. Y es precisamente esta generosidad la que demuestra Dorota, al querer compartir con nosotros este libro, y todo cuanto vuelca en él.

 

Sin duda, ha tenido que vencer cierto pudor y algunos miedos para dar este paso. No podía ser de otra manera, porque los libros se parecen a sus autores y nos los revelan, de algún modo. Ni un solo escritor se puede librar del ser humano concreto, de carne y hueso, que escribe. Por eso la construcción de una trama o el diseño de un personaje nos dicen mucho más sobre el autor que los pormenores de su biografía. Si ocurre así con todos los libros, éste, en concreto, pertenece a ese tipo de libros que nos abren una vía directa al interior de quien los escribe, esos libros que son casi como una operación a corazón abierto. Y esto, ya lo sabemos, no está exento de riesgos. De modo que al reunirnos aquí para mostrarnos su obra, Dorota se presenta ante nosotros en la sinceridad de sus convicciones más profundas y constitutivas, compartiendo con nosotros lo que más le importa.

 

A la generosidad y la valentía que he destacado, tengo que sumar una tercera virtud: la honestidad intelectual. Cuando supe que Dorota me había elegido a mí para presentar su obra, mi primera reacción fue proponer ponerle en contacto con alguno de mis antiguos profesores de la Universidad, dominicos, jesuitas o sacerdotes diocesanos. Cualquiera de ellos, pensaba, desde la fe y formación teológica compartidas, sería más apto que yo para esta tarea. Mi sorpresa vino cuando la autora rechazó mi ofrecimiento: al parecer quería que fuera precisamente yo, filósofo y agnóstico, quien presentara su libro. Que yo no hubiera estudiado Teología ni compartiera su fe, no eran males menores, sino parte de los motivos por los que me elegía.

 

No creo que esto sea una mera anécdota, sino el signo de una actitud de honestidad intelectual que honra a la autora. Y no, desde luego, por haberme escogido justo a mí, ni porque no haya muchos que cumplirían esta tarea mejor que yo, sino porque revela una intención de hablar al otro y de escuchar al otro, al que piensa distinto que yo, es decir, una intención de dialogar. El diálogo no es algo accesorio que pueda añadirse o no a la actividad intelectual: el pensamiento mismo es dialógico y procede por controversia, derribo parcial y reconstrucción transitoria. Quien teme al diálogo, por tanto, tiene miedo a pensar. Habrá quien diga que no pierde su tiempo en hablar con el otro porque se basta a sí mismo y porque el otro se equivoca, pero esta autosuficiencia  esta certidumbre son fingidas. Bajo la máscara de una certeza imperturbable se oculta el terror de cuestionar las propias convicciones y descubrir alguna verdad en las ajenas. Los intentos por comunicar las propias ideas y creencias sin entrar en diálogo son baldíos. Estoy convencido de que sólo aprendemos dialogando; lo demás es adoctrinamiento o instrucción militar.

 

Con el aprendizaje tocamos un punto central. La honestidad, la valentía y la generosidad de las que he hablado se ponen en Peldaños de Luz al servicio de un propósito: la comunicación razonable de la fe católica. Dorota expone en el libro muchos de los contenidos del magisterio de la Iglesia, centrándose especialmente en la doctrina sobre las virtudes teologales y la Trinidad. Y lo hace de una manera rigurosa y clara, avanzando con seguridad de una idea a otra sin dar un paso en falso ni un solo rodeo: cada palabra está medida y en su lugar. En última instancia, si no me equivoco, la intención de la autora es fundamentar una transmisión razonable de la fe a través de la educación religiosa, bellamente entendida –en sus palabras- como una “tarea colegiada de crecimiento personal”. No puedo compartir gran parte de los contenidos del libro sin compartir la fe que los anima; sin embargo, atribuyo un gran valor a su propósito. Trataré de explicar por qué.

 

He comenzado diciendo que Peldaños de Luz nos abre una vía directa al corazón de la autora. Ella misma nos aclara que el libro es fruto de la introspección y de la búsqueda personal, y que emana de la íntima experiencia de la fe. Ahora bien, ninguna experiencia humana es inmediata. Como seres históricos que somos, todo lo que experimentamos pasa por el tamiz de nuestras circunstancias sociales y culturales, y está mediado por ellas. Desde ellas percibimos, comprendemos y damos sentido a cuanto nos rodea; también aquello que transciende esas mismas circunstancias. La fe del siglo XXI, siendo la misma que la de los primeros cristianos, se concibe y expresa de un modo muy diferente. Así pues, hay distintos modos de entender la fe, es decir, distintos modos de dar sentido a esa experiencia que el creyente tiene de alcanzar un “cierto conocimiento de las cosas de Dios”. Lo que Dorota hace en el libro es presentar uno de esos modos: todo un sistema de conceptos y argumentaciones que, a su juicio, constituyen un acercamiento razonable y fructífero a la vivencia de la fe. Su convicción es que este sistema de ideas puede ayudar a otros a vivir y comprender su fe, quizá a descubrirla. De modo que, pese a ser cierto que el libro nos abre camino hasta las más profundas convicciones de la autora, lo fundamental no es esto, sino su voluntad de comunicar a otros lo que a ella misma le ha hecho bien. Este deseo de transmitir un conocimiento que hace bien es lo que integra a Dorota en el seno de la tradición del pensamiento cristiano.

 

“Tradición”, traditio, viene del latín tradere, que significa precisamente transmitir, hacer pasar a manos de otro. En la actualidad ésta es una palabra desacreditada. Asociamos la tradición con lo que ha quedado desfasado en el curso de la historia, con los restos arbitrarios e irracionales de viejos modos de vida, ante los que parece que sólo cabe sentir una ciega adhesión, curiosidad o repulsa. Así, hablamos de los “trajes tradicionales”, más o menos vistosos, de diversas regiones o decimos que en Manganeses de la Polvorosa, provincia de Zamora, es tradición arrojar una cabra desde el campanario. Cuando no podemos justificar una creencia o una conducta propia de una comunidad, la atribuimos a la tradición. Después, si se trata de nuestra comunidad, la defendemos con un orgullo ciego; si es la de otros, la miramos con morbo o con indignación.

 

Éste es un concepto estúpido y perverso de tradición. Vista así, la tradición se convierte en una afrenta a la inteligencia, un baldón que el pasado arroja sobre los hombros del presente. Debemos tomar conciencia de que todo nuestro universo cultural, y no sólo una costumbre aislada, nos ha sido trasmitido por las generaciones anteriores. Si  queremos aprender de este depósito heredado de prácticas y conocimientos, y no vernos aplastados por él, debemos entrar en diálogo con la tradición. Sin diálogo, como decía antes, no hay aprendizaje. Al poner en contacto la tradición con nuestras circunstancias y necesidades actuales no la estamos destruyendo o despreciando; todo lo contrario, la estamos continuando y llevando a su cumplimiento. Porque la tradición no es una verdad inmutable dictada en el pasado y de una vez para siempre, sino el fruto vivo y cambiante del diálogo entre cada generación y quienes la precedieron.

 

(Por precaución voy a dividir el contenido en dos artículos. Espero que os esté interesando)

 

 

 

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5 comentarios

inés -

Fué un Honor para mí y una Alegria inmensa poder compartir aquellos momentos especiales CONTIGO !
Que sepas que desde mi modesta opinión , no pudo estar mejor ! Hasta tu nerviosismo del principio quedó genial y natural ... y luego ..renaciste y trasladaste tu luz a todos los allí presentes . Fíjate que hasta yo que rezo el Padrenuestro como tú lo hacías antes... recibí al menos un peldaño y comprendí mejor lo que previamente había leido de tus mails.
Un abrazo muy fuerte y ENHORABUENA .. espero estar en el próximo libro

Gorka 97 -

"En la foto nos tenéis a la organizadora del evento, a “servidora” y al presentador del libro. Quiero poner el acento en su figura, porque pese a ser un hombre muy joven, es Filósofo, profesor de Ética y de Arte en la Universidad de Deusto, el mejor expediente académico en Humanidades de esa Universidad y segundo mejor expediente en el ámbito estatal, y un hombre que –además- se declara agnóstico. Comprenderéis que me interesaba sobremanera lo que sobre mi libro tuviera que decir."
Jaime hace honor lo que es su personalidad que Dorota ha puesto en el párrafo que acabo de copiar y que acabo de copiar.
Me quedé admirado de su presentación del libro.
Hace honor a lo que acabo de decir del presentador que lo hizo mejor que la autora del libro.
Desde luego el que no ha leído ese libro, es para que no pierda lo que puede enriquecerle su lectura

Joaquim -

¿Sabías que la compraventa se perfecciona con la "traditio"? ¡Que puedas acabar diciendo que has entregado muchos libros!

Dorota -

Pues me temo que mucho peor, querido amigo. Jaime es mucho mejor pedagogo que yo.

Alfredo -

No se cómo sería tu intervención, pero la presentación es magnífica.
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