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LA TRINIDAD DEL P. LARRAZKUETA

La homilía de hoy, corresponde a la festividad de la Santísima Trinidad. Las lecturas son: Éxodo 34,4b-6;8-9; II Cor. 13, 11-13; Jn. 3, 16-18, y ésto es lo que nos dice el P. Larrazkueta:

“Hablar hoy de la Trinidad parece una empresa fuera de juego, algo así como perder el tiempo; algo así como si uno pretendiera evadirse de los problemas actuales buscando una justificación en temas extraños y lejanos de la realidad.

Y sin embargo, la Trinidad es la manifestación fundamental de la fe cristiana. La Trinidad me dice que Dios es Amor, lo más profundo que el hombre puede decir de Dios. Amor que es comunicación, comunidad de personas: Dios Padre, Dios Hijo, Dios espíritu Santo…

A esa Trinidad hacemos nuestra confesión de fe cuando en el Credo decimos “Creo en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo”, y hoy queremos alegrarnos por celebrar la fiesta de Dios Padre, de Dios Hijo, de Dios Espíritu Santo: la fiesta de la Trinidad de Dios.

De esto nos hablan las lecturas de la liturgia de hoy cuando nos dicen: que Dios es fiel al amor (primera lectura), que nos llama a vivir en comunión con Él (segunda lectura), y a vivir un amor que se hace presente y patente en el mundo con la venida de Cristo a la tierra (tercera lectura)

La Trinidad no es una simple teoría: la venida de Cristo nos descubre la esencia de Dios, pues sólo en Cristo sabemos que tenemos un Padre, que vivimos todos del mismo Espíritu.

Pero Cristo nos revela algo más: Cristo nos dice que Dios es Amor, y que ese Amor se realiza en la comunicación mutua.

El hombre, imagen de Dios, puede llegar a comprender algo de esto cuando mira a su familia, a la comunidad social en la que vive, al mundo en el que está insertado.

Desde la parte práctica, la Trinidad me dice además que los hombres no somos sólo individuos aislados, y que solamente llegamos a realizarnos plenamente cuando -en el amor- rompemos con nuestro egoísmo personal, cuando –desde el amor- nos damos a los demás para formar una comunidad, un pueblo, una familia…

A la luz de la Trinidad de Dios deberíamos hacer un examen de conciencia para ver cómo vivimos hoy nuestra vocación colectiva, nuestra vocación social de sentirnos hermanos en la familia, en la Iglesia y en el mundo.

Un examen de conciencia que nos lleve a descubrir hasta dónde nos aferramos a nuestro egoísmo, a nuestros criterios personales, a nuestra forma de ser individual como obstáculo que nos impide llegar a vivir el verdadero cristianismo que nos dice que la vida no es sólo para mí: la vida tiene una función plural; la vida es también para ponerla al servicio de los demás hombres.

Estamos celebrando la Eucaristía, y la estamos celebrando de la única forma que se puede celebrar: de una forma comunitaria, formando una Asamblea junto al altar.

¿De verdad son así de auténticas nuestras Eucaristías?, ¿en la práctica son así, o vivimos cerrados a la fraternidad de los hombres que celebran el Día del Señor?

¿Damos parte, cuando menos una parte de nuestra actividad social a los demás hombres con los que vivimos en la familia, en el trabajo, en la diversión, en nuestras relaciones sociales?

¿Sabemos estar al lado de los que pasan alguna necesidad, de los que tienen problemas en la vida, de los ancianos abandonados, de los pobres sin trabajo y sin casa?

Cristiano es el hombre que cree en la Trinidad. Cristiana es la mujer que confiesa la Trinidad, y creer en la Trinidad es creer en la Comunidad de Dios.

Creer teóricamente en la Trinidad de Dios es muy fácil; confesar teóricamente la Comunidad es bastante sencillo.

Vivirla prácticamente ya es algo más difícil, porque supone acabar con el egoísmo: supone perder a veces la tranquilidad en un compromiso, supone sintonizar con los problemas de los demás hombres a los que quizá demasiado fácilmente llamamos hermanos.

Ojala sepamos sintonizar con los problemas de los demás hombres a los que quizá demasiado fácilmente llamamos “hermanos”.

Ojala sepamos no sólo decir sino vivir prácticamente la oración del Padre Nuestro, porque rezar el Padre Nuestro compromete a vivir prácticamente que los hombres tenemos un Padre que es Dios, somos hermanos en Cristo Jesús, y tenemos todos la vida del Espíritu.

Esto es vivir “en cristiano”, saber dejar el egoísmo del “yo” para saber abrirse en postura cristiana al “nosotros”.

Esto es lo que confesamos cuando decimos que creemos en la Trinidad.

Que Dios Uno y Trino os conceda una vivencia práctica de esa verdad: de ese modo podremos decir con toda verdad que “La Gracia de Nuestro Señor Jesucristo, el Amor del Padre, y la Comunión del Espíritu Santo estén realmente con todos nosotros”.

Que así sea.

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2 comentarios

Javier -

La homilía del P. Larrazkueta me gustó. Tiene ese regusto de lo verdadero y un buen final.

Joaquim -

Gracias P. Larrazkueta.
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