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VIGILIA DE PENTECOSTÉS

Transcribimos hoy la interesante homilía que nos remite un amigo, el P. Larrazkueta, S.J. correspondiente a la Vigilia de Pentecostés. Las lecturas son las del ciclo A: Ezequiel 37, 1-14; Romanos 8, 22-27 y Juan 7, 37-39, y el contenido de la homilía es el siguiente:

““Siempre que la Iglesia, antes de una fiesta, pone una vigilia en su liturgia, es señal inequívoca de que esa fiesta es importante, y esto es lo que sucede con la fiesta de Pentecostés.

La fiesta de Pentecostés que celebramos mañana, tiene tanta importancia litúrgica que la Iglesia la hace preceder de una misa de vigilia propia y especial.

Pentecostés es el punto final de la Pascua: es la culminación del Misterio Pascual.

Hace unos días celebramos la fiesta de la Ascensión, una fiesta perfectamente consecuente con la Encarnación, donde se nos decía que Jesús es verdadero hombre. Como verdadero hombre, su presencia física entre nosotros no podía prolongarse en forma indefinida, y por eso físicamente nos dejó el día de la Ascensión.

Pero la Encarnación también nos dice que Jesús es verdadero Dios, y como verdadero Dios nos había prometido “no os dejaré huérfanos”, “yo estaré con vosotros hasta el fin de los tiempos”, y así tenía que ser porque Jesús de Nazaret –verdadero Dios- es el Cristo válido para todos los hombres de todos los tiempos.

Y en su ausencia, encarga a los discípulos una misión: la de ser sus continuadores, la de ser su presencia física en el mundo para todos los hombres, la de llenar el hueco que Él deja el día de la Ascensión.

“Id y predicad el Evangelio a toda criatura”

Y para que puedan cumplir con este mandato les envía su Espíritu: el Espíritu que será su “presencia”, el Espíritu que hará con los Apóstoles el papel que hizo Jesús: el mismo que Él hacía cuando estaba físicamente entre ellos.

Esta es la fiesta que hoy celebramos, el envío del Espíritu de Jesús, el nacimiento de la Iglesia: Iglesia como presencia de Jesús en el mundo, e Iglesia vivificada por la presencia del Espíritu.

Espíritu que es el único capaz de llenar la ausencia del Jesús físico. Espíritu que es el alma, la vida de la Iglesia en el mundo y la presencia de Jesús de Nazaret cuando Jesús ya no está entre nosotros.

¿Cómo es, cómo actúa el Espíritu en el mundo, en la Iglesia?

La primera lectura nos narra una de las páginas, a mi gusto, más bellas de todo el Antiguo Testamento.

Se trata de una imagen plenamente poética: Dios toma al Profeta y lo saca a un descampado para que, con perspectiva, contemple la situación del Pueblo de Israel –un pueblo deshecho espiritual y materialmente, roto y sin ilusión para seguir viviendo y cuyos miembros son esos huesos secos y sin vida desparramados por el campo-. Un pueblo sin vida y sin ilusión, sin ganas de seguir viendo…

Algo parecido a lo que hoy puede ser nuestra situación en el mundo en que estamos, en la sociedad en la que nos ha tocado vivir. Un mundo de injusticias y guerras, de odios y violencias donde los hombres no tenemos de humanos más que el nombre y donde los hombres rivalizamos en poder demostrar quién es más cruel.

Y sobre ese mundo, sobre esa sociedad –como sobre el Pueblo de Israel- Dios derrama su Espíritu que nos vivifica, que nos recrea, y que nos da ilusión y esperanza para encontrar sentido a la vida y para que nos volvamos a poner otra vez en marcha.

Un Espíritu que nos abre a la Esperanza (segunda lectura), que viene en nuestra ayuda, que apoya nuestra debilidad, que alienta nuestro cansancio…

Este es el Espíritu que hoy derrama Jesús sobre nosotros: el Agua Viva (tercera lectura) que sacia nuestra sed de justicia y fraternidad, nuestra ansia de paz y de concordia.

El Espíritu que preside nuestras reuniones en el altar, que nos da valor para luchar, consuelo en las penas, perdón a nuestros pecados, alimento con la Palabra del Evangelio, fuerza en la Eucaristía…

El Espíritu que es el Padre de los pobres, de los que sufren y de los olvidados, de los que lloran y los hambrientos…

El Espíritu que alimenta nuestra esperanza en el más allá.

A ese Espíritu vamos a presentar nuestras peticiones:

Por la Iglesia, para que sea dócil a lo que Él quiera de ella. Para que sea valiente para extender su mensaje de salvación a los hombres.

Por nosotros, para que derrame sus dones de paz, amor, concordia, reconciliación, alegría… tan necesarios en estos tiempos de odio, tristeza, guerra, violencia…

A este Señor le decimos:

“Derrama los dones de tu Espíritu sobre todos los confines de la tierra, y no dejes de realizar hoy en el corazón de tus fieles, aquellas maravillas que obraste en los comienzos de la predicación evangélica”

Que así sea””

Sirva la transcripción de esta homilía (de alto contenido teológico a mi modo de ver) para darle la bienvenida al P. Larrazkueta entre nosotros. Quiera Dios que en un futuro próximo podamos seguir contando con su colaboración.

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4 comentarios

Martika -

Sí,apoyo totalmente los anteriores comentarios

Joaquim -

¿Y porqué no va a querer? Contamos con el P. Larrazkueta.

Gorka 97 -

El escrito del P.Larraskueta, me ha sido tan rico, tan completo que me veo en la necesidad de volvera leerlo de nuevo, despacio.
Lo haré; no he encontrado un escrito sobre Pentecostés más completo con lo que significa Pentecostés.

Dorota -

Sólo un apunte para decir que las últimas 24 visitas han sido para tí, J.M. Larrazkueta.

Como ves, eres muy bienvenido.
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