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::: Dorotatxu :::

NO TE MENTIRÁS

Sabido es –o al menos los lectores de este blog sabréis que así lo venimos manteniendo- que cuanto somos lo somos en relación y por efecto de nuestros actos. Vamos a tratar ahora de referirnos a la moralidad de los mismos, es decir, al juicio que cabe efectuarse en base a su coherencia o no con una razón de bondad “objetiva” y común a todos los que de común tenemos el ser y el actuar. 

Para ello trataremos de analizar dos conceptos -el del bien, y el del mal- que, aunque como en el caso de los valores no tengan una forma material concreta, en realidad tienen su plasmación en nosotros mismos, como vamos seguidamente a tratar de argumentar. 

Comenzaremos recordando que, como cuando hablábamos de los transcendentales decíamos, cualquier ente –y por el hecho de serlo- posee en sí y por participación, unas características que le transcienden y que son comunes al común de los entes: la unidad, la bondad, la verdad y la belleza. 

Quiere esto decir que cada ente, en la medida en que lo sea y por el simple hecho de serlo,

  • es uno (diferenciable de lo diverso),
  • verdadero (coherente con ello mismo),
  • bello (armónico con el conjunto de lo real)
  • y bueno (tendría en sí una razón de bondad, que es precisamente de lo que ahora pretendemos tratar).  

Observaréis que hemos utilizado la expresión “en la medida en que lo sea”, lo cual nos remite a la característica evolutiva de nuestro ser “en relación”. 

La cuestión es que esta evolución se produce en la medida en que se actualizan nuestras potencias,

o        y que es en la medida en que se actualizan precisamente,

o      como de un modo diverso el común de los entes va evolucionando de un modo relacionado

o        conformando de ese modo y entre todos el común de la realidad. 

Pues bien. 

La potencialidad del ser humano implica la capacidad de distinguir esta realidad. Puede así juzgarla en tanto que conveniente, así como optar en uno u otro sentido de cara a lo que interprete como conveniente para su propia realización personal. 

Una de esas opciones es la del bien, y otra lo es la del mal, como decíamos nada tangible si no fuera porque –en tanto que asumidos- nos los encontramos condicionando nuestra realidad. 

Nos introducimos así de lleno en el campo de los valores, y aquí es donde “para no engañarnos” como nos advertía el título de nuestro artículo, sería deseable que distinguiéramos entre los significados de los términos valor, valioso, y evaluable,

  • porque una cosa es distinguir la singularidad de un valor perfectamente identificable en el común de lo existente, que es precisamente lo que hace a un ente en la medida en que participa de él evaluable en el valor que se esté considerando,
  • y otra cosa que –por nuestro modo de conocimiento, a la vista de las circunstancias, o por razones de practicidad sencillamente- por nuestra coyuntural conveniencia como valioso lo consideremos. 

La cuestión es,

  • que como todos optamos por una razón de bien (es decir, partiendo de la consideración de algo en cuanto que conveniente, tras cuyo intento de aprehensión se encuentra la motivación de toda nuestra conducta),
  • sucede que,
    • el yerro en cuanto a la consideración objetiva de un valor o de un contra-valor en sí mismo, así como la opción por él en base a un criterio meramente subjetivo,
    • podría comportar a través de nuestra actuación una serie de efectos tanto para nosotros mismos como para nuestro entorno, que podrían llegar a confundir, si no a trastocar, la realidad de aquello que, siendo objetivamente valioso –o aun no siéndolo aún- “estaría llamado a ser”. 

La opción correcta supondría la aprehensión y la existencia en nosotros como principio dinamizador de nuestra conducta de algo que como tal hemos asumido y a lo que hemos denominamos “bien”, y la incorrecta –y con sus mismos efectos- la presencia dinamizadora de algo que -también en cuanto asumido- hemos denominado “mal”. 

El bien y el mal, por tanto –como el resto de los valores- nos los encontramos encarnados y en forma de tendencias. 

Lo que me gustaría recalcar ahora, es que la opción por uno u otro, supone para nosotros la evolución o no hacia el logro de nuestra propia razón de bondad -tanto como individuos, como como integrantes del conjunto de la realidad-. 

Que esto sea así, supone la coherencia, la armonía, la unidad y la bondad en la actuación de un sujeto que -por el hecho de serlo y de serlo en relación- actuaría verdaderamente, como tal sería cognoscible, y participaría mediante sus actos, en la realización de la estructura finalística y en la verdadera razón de bondad de toda la creación. 

Así, pues, el bien y el mal son en nosotros mismos, pero mientras que uno conduce a la plena realización de lo que siendo como debe, es bueno, el otro no. 

  • Pero no somos buenos o malos, ni algo es bueno o malo porque así lo juzguemos y mucho menos porque así lo juzguemos en razón de nuestra conveniencia,
  • sino que lo es o lo somos en tanto que evolucionados en lo que verdaderamente nos conviene, que no es otra cosa que la plena realización de nuestras capacidades, como forma de realización –individual y colectiva- de nuestro propio ser relacional. 

No se si hemos avanzado un poquito en la comprensión del por qué y de la bondad de nuestros valores, querid@s  amig@s. 

Vosotros diréis. 

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3 comentarios

Bea -

Pues yo creo que las dos cosas, aunque no soy capaz de decir nada más.

Alfredo -

Quería decir ser y bondad, que me he equivocado

Alfredo -

Hermosa manera de relacionar ser y verdad, querida amiga.
Muy en tu línea.
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